El reloj marcaba las siete y media. Todo estaba listo. Todo era perfecto. Unos pétalos de rosa serpenteaban por el suelo desde la puerta al sofá, había velas aromáticas encendidas, una música relajante y tenue de violines. Y luego estaba ella. Daniela. Vestía sus mejores galas - un vestido azul, con escote palabra de honor y falda que rozaba el suelo -, y tenía un peinado de peluquería. De esos que te tienen tres horas sentada en una silla. Pero a ella, el esfuerzo, le sa