La sintonía de mi móvil me taladraba la cabeza. Me sentía como si me hubiera atropellado un camión y me arrepentía de los cinco Martinis que me había tomado de madrugada. La llamada solo era una chincheta más en el caos de mi mente. A tientas, conseguí llegar hasta el aparato y pude ver de refilón un número desconocido o, al menos, no guardado en mi agenda. Por ese motivo, no cogí. Tenía otras cosas más importantes en las que pensar... En comprarme una cabeza nueva, por ejem