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Un masaje antes de la boda

Alicia Márquez
3 ene
11 min de lectura

La sintonía de mi móvil me taladraba la cabeza. Me sentía como si me hubiera atropellado un camión y me arrepentía de los cinco Martinis que me había tomado de madrugada. La llamada solo era una chincheta más en el caos de mi mente. A tientas, conseguí llegar hasta el aparato y pude ver de refilón un número desconocido o, al menos, no guardado en mi agenda. Por ese motivo, no cogí. Tenía otras cosas más importantes en las que pensar...

En comprarme una cabeza nueva, por ejemplo.

Pero la maldita melodía volvió a sonar.

No tuve más remedio que coger.

- ¿Sí...? - dije, aunque sonaba como un rugido. No era mi voz.

- ¿Amalia Castro? - me preguntó una mujer al otro lado de la línea.

- Soy yo

- Me llamo Eva Pereda, represento a la banda "3/5", que contrataste para tu boda. ¿Cierto?

- Sí, lo es.

- Verá, esta madrugada uno de los miembros... - se paró en seco.

Esa pausa me aceleró el corazón y provocó que mi ira subiera por mi garganta. Estuve a punto de decir algo, pero entonces volvió a hablar

- Uno de los componentes se cayó por las escaleras y está en el hospital con la pierna rota. Se ha cancelado la actuación en la boda.

No respondí.

Preferí morderme la lengua antes de expresar mi egoísmo. Porque sí, solo podía pensar en que el día más importante de mi vida se estaba resquebrajando. Que mi boda, en vez de un cuento de hadas, era una película de terror. Mis niveles de estrés se multiplicaron. Mi corazón amenazaba con salirme del pecho.

- Le devolveremos el dinero íntegro - dijo Eva intentando tranquilizarme - y puedo sugerirle otro grupo: "Lost", que tienen un sonido similar.

- No les he escuchado - dije, con un tono cortante

Y colgué.


A dos días de la boda, tenía que volver a pensar en la banda que la amenizara

Me levanté de la cama intentando ignorar la conversación con Eva, como si ésta hubiera tenido solo en mi mente, aunque solo pensaba en buscar soluciones que pudieran ser viables a dos días de que me casara. En la distancia que separaba mi cama y la cocina tanteé varias opciones que descarté incluso antes de que salieran de mi boca.

En la cocina, mi madre, leía el periódico mientras comía una tostada con mantequilla y mermelada de arándanos.

- Buenos días cariño - me dijo - Tenemos cita con la peluquera, para el peinado.

Yo asentí, pero solo podía pensar en el contratiempo.

De repente, una idea me cegó como un rayo de luz

- Puedo pedirle a mi amiga Celia que toque - dije para mí.

La ilusión me duró el tiempo que tardé en caer en la cuenta de que ella "Está en México"

Volví a la casilla de salida.

Y, por si fuera poco, mi madre me había escuchado.

- ¿Qué pasó? - preguntó. Después, terminó su tostada. Un trozo de la mermelada salpicó y se instaló en su bata.

- No tengo banda para la boda - dije, sin entrar en detalles - Necesito otra.

- Yo me encargo - me dijo ella, antes de que pudiera abrir la boca.

- Mamá, no es que me fíe de ti, pero tú siempre has querido algo más tradicional. Y yo quiero algo más animado. Es algo que tengo que resolverlo yo. Aún no se lo he dicho a Rafa.

- Confía en mí - comentó mi madre - Conozco músicos. Déjame que haga unas llamadas. Tú llama a Ruth. Te va a quitar todo el estrés que tienes encima.

Me mantuve en silencio. La idea del masaje caló en mi cabeza que me dejó sin réplica.

- ¿Me das su teléfono? - pregunté con resignación.


- Llama a Ruth, yo me encargo de la música

La sala de espera era pequeña. Tenía una decoración sobria: Paredes en un blanco neutro, cuadros genéricos, una planta que pedía a gritos un poco de agua, cuatro sillas apoyadas en cada pared - doce en total -, y una mesa de centro llena de revistas del corazón. Por los altavoces salía una música relajante de violines y flautas.

Yo me senté junto a la planta mustia, en la última silla de la pared de la ventana. En el extremo contrario a la puerta por la que había accedido. Frente a mí una señora de unos sesenta años, pelo blanco, gafas y un bastón apoyado en la silla contigua. Leía con interés una revista de cine. Yo, en cambio, opté por coger una del montón.

En la portada de dicha revista, se hablaba de la boda entre Juan Carlos Coronado, portero del Atlético de Madrid, con Magdalena Toribio, la duquesa de Miraflores. Lucían estupendos. Ella con un traje blanco, cuya falda acariciaba el suelo, hecho por una prestigiosa firma de trajes de novia; él con un traje de chaqueta. Elegante, como nunca, sin rastro de esas camisetas llamativas con sudor y barro que llevaba en los partidos de fútbol. En la fotografía los recién casados se miraban enamorados. Entre medias, el hijo de él, que posaba sujetando una rosa.

No pude evitar pensar en mi boda. Y hacer comparaciones con la de la revista. Mientras en ella todo parecía haber salido a pedir de boca, la mía era una sucesión de catástrofes que me dejaron al borde del infarto en más de una ocasión. Y me ponía en lo peor. Con un día aún para celebrarse, había tiempo para más desastres.

Todo comenzó desde la misma selección de la fecha. Tuvimos que retrasarla hasta en cuatro ocasiones porque el castillo donde queríamos casarnos estaba en obras de restauración; después, las flores que íbamos a poner en los centros de mesa - pedimos rosas rojas, nos llegaron blancas -, y por último, el batería de la banda. "Había tenido que caerse a dos días de la boda" murmuré entre dientes. Y si a todo esto le sumamos las discusiones a la hora de tomar decisiones... te quedaban una boda muy frustrante.

Y para discusión, la de la organización de las mesas...


La boda de la portada de la revista no tenía que ver con la mía. Esa parecía un cuento de hadas, la mía una película de terror

Lo recordaba como si hubiera sido ayer, y ya habían pasado tres meses.

Tenía ante mí un plano con todas las mesas. Después de hacer cábalas, operaciones matemáticas, "jugar al tetris" para encajar las piezas, suspiré aliviada. Había conseguido ponerlos a todos en su sitio justo.

Pero Rafa, mi prometido, parecía tener otros planes...

- Te confirmo que vienen mi hermano con su novia - me dijo.

Yo ya los había metido en mi puzzle porque contaba con ello, pero entonces todo saltó por los aires.

- Bueno... con su ex novia. Han acabado mal, pero aún así quieren venir los dos para estar con nosotros en nuestro día. Yo no les pondría juntos. Se liará.

- Joder Rafa... ¿Y me lo dices ahora? ¿Ahora que ya lo había conseguido?

- No es mi culpa. Yo solo soy el mensajero.

- Pues el mensajero me ha hecho una faena gorda. Si no puedo poner a Luis y Rebeca juntos, ya me dirás dónde la pongo a ella.

Resoplé.

- Sería mejor que no viniera ella - dije sonando calmada, aunque sabía la respuesta.

- Amalia... Rebeca es amiga desde la infancia. Si quiere venir, está en su derecho.

- Pues ya me dirás que hacemos

- Podrías ponerla junto a tus compañeros de la universidad - comentó él.

- ¿Y a quién saco? Porque poner una silla más no es una opción. No quiero dejar descompensadas las mesas. De ninguna manera.

- Estoy tratando de darte soluciones.

- Mejor no ayudes. Déjame sola.

- Pero cariño, es la mejor solución. ¿O quieres meterla con los niños?

- Pues mira, alomejor lo hago. ¿De verdad no puedes decirle a Rebeca que no venga?

- Amalia... de verdad... Eso no va a pasar de ninguna manera. Apáñatelas.

- ¿Qué me las apañe? ¡Deberías ponerte tú aquí y organizar algo! ¡A ver si lo ves tan fácil! Ahora déjame sola. O te juro que no me caso. Esta boda no me está dando más que problemas. Y, otra cosa, si no se comportan, la culpa es tuya.

Rafa no me respondió. Y lo agradecí. Seguramente le hubiera tirado el boli y la cosas se nos hubiera ido de las manos. Le vi alejarse y yo borré todo lo que había escrito.


El golpe de unos zapatos contra el suelo de baldosas me sacó de mis pensamientos. Aún tenía la revista en mi regazo, abierta por el reportaje de la página diecisiete sobre la boda de portada, con más imágenes de los novios y algunos invitados, entre los que destacaban compañeros del portero, personalidades políticas o miembros de la cultura como el actor Alejandro Requejo.

Poco después escuché la voz de una mujer.

- Muchas gracias, Ruth - escuché - Me has alineados todos los chacras

- No hay de que - respondió ella - Ven cuando quieras.

Supe, en ese momento, que Ruth podría ser la solución que necesitaba. Quizá hablaba por mí la tensión en mi cuerpo, pero noté, en solo siete palabras que ella era la más indicada.

Cerré la revista y la dejé junto al resto, esperando a que Ruth me llamara.

- ¿Amalia Castro? - preguntó Ruth asomándose por la puerta.

- Soy yo.

- Acompáñame.


- ¿Amalia Castro? - preguntó Ruth - Acompáñame

Seguí a Ruth por un pasillo estrecho decorado con diplomas. Ella, vestida con unas mallas y top azul, caminaba con paso ligero mientras me habla de algunas técnicas que me sonaban a chino. Yo lo único que esperaba que una nueva Amalia saliera de este local.

Llegamos a una de las salas. Era más grande que la de espera y, aunque con la misma decoración, era más acogedora: Las velas le daban un toque íntimo y el olor a incienso resultaba acogedor. La música, que no había cambiado, sonaban más relajante. Era un paso, sí, pero para mí no era suficiente. Necesitaba mucho más para sentirme en las nubes y olvidar, por unos minutos, mi gymcana de boda sorteando los obstáculos como un corredor de los 110 metros vallas.

En el centro de la sala, una camilla de cuero negro con un agujero para meter la cabeza. Tras ella unos pequeños armarios con diferentes productos de masaje y el equipo de música. A mi derecha otro armario lleno de toalla y a mi izquierda, el biombo que me señaló Ruth. Sin mediar palabra, supe muy bien lo que quería de mí.

Tras el biombo me quité la ropa. Empecé por mis pantalones, después por mi camiseta de Disney, después mi sujetador y, por último mis bragas. Lo colgué todo en el biombo.

Nunca me había desnudado delante de otra persona que no fuera mi prometida, pero me sentí increíblemente segura. No había rastro de mi vergüenza habitual. Ruth estaba de espaldas, preparando su cinturón cargado con un bote de aceite. Yo me subí a la camilla. El crujido del cuero al contacto con mi cuerpo alertó a Ruth, pero aún así la avisé.

- Estoy lista - dije.

Sentí sus manos frías sobre mi espaldas. Di un respingo de sorpresa, pero poco a poco sus manos se deslizaban como una patinadora sobre hielo. Mi cabeza, encajonada en el agujero, no tenía tiempo de pensar en vestidos, peinados, bandas que cancelan, flores erróneas, mesas que no se organizan, exs que no se llevan bien... Sin embargo, sus manos, me empezaban a llevar a lugares agradables de mi pasado: Mi infancia en Valencia, mi primer beso, mi primer amor, mi victoria en el concurso de dibujo, el día que conocí a Rafa...

Poco a poco, me sentía más relajada. Noté mis hombros menos tensos. El olor a incienso se impregnaba a mi cuerpo, y la música era la más hermosa melodía que había escuchado. Sentía flotar en las nubes. Por primera vez, desde que Rafa me propuso matrimonio.

Ella me hablaba de tonterías. Yo, a veces, no era capaz de responder. Porque no estaba allí, estaba en otros sitios. Su voz ayudaba más al trance.

Sus manos se deslizaban por todo mi cuerpo, desde el cuello hasta los talones. Sentí mi cuerpo empapado por el aceite. Y una paz que no había sentido en meses.

- Aquí he acabado - dijo - Puedes darte la vuelta.



Rodé sobre la camilla

Ruth siguió con su ritual, con esas manos mágicas que hacían maravillas.

Ahora, además, podía verlo.

Veía como se ponía el aceite en sus manos, como frotaba y cómo, después, colocaba esas manos en mi cuerpo. Luego las movía con delicadeza por todos los poros de mi piel.

Cuando llegó a mis pechos, los rodeó con sus dedos. Estaba entrando en terreno prohibido, pero había sorteado la seguridad, como ese ladrón astuto que sabe dónde están las cámaras. Incluso en esos momentos de peligro, ella sabía como manejarlo.

Yo hace tiempo que estaba fusionada con todos los elementos externos que ayudaban a que mi mente no se fuera al desastre de mi boda.

Así fue que, cuando noté sus dedos en mi coño, no la frené. Es más, quería que se quedara allí jugando. Me tenía dónde ella quería. En otro plano, en otro territorio, en otro mundo.

Y ella se aprovechó de mi estado etéreo para seguir rozando mi sexo. Yo lanzaba gemidos y ella se acercaba peligrosamente.

Y entonces, sucedió.

Sus dedos dejaron de ser cautelosos, para entrar a matar, como un cuchillo en la mantequilla. Desperté de mi ensoñación, pero no fui capaz de decirle que parara. Aquello me gustaba demasiado. Mis gemidos se escapaban sin querer.

El masaje había subido de nivel.

Ella lo buscó, y yo lo encontré.

Se subió a la camilla. El cuero cedió aún más. Siguió masturbándome sin que yo hiciera nada para evitarlo. Solo gemía y gemía.

Me besó.

Tampoco lo evité.

Estaba completamente a su mereced y, lo que es peor, eso me gustaba

Me siguió besando, mientras sus dedos seguían ahí debajo, mojando mi sexo y rompiendo mi intimidad. Mis gemidos llenaban el espacio.

Ruth se desnudó.

Se colocó de espaldas a mí. Yo me coloqué tras ella. Mis manos la rodearon. Una de ellas se quedó en sus pechos, la otra bajó hasta abajo, hasta su coño húmedo. Mientras yo, le besaba el cuello notando como se le aceleraba su respiración.


Me tumbé en la camilla. Ella se puso frente a mí. Tenía las piernas abiertas. Ella metió su lengua. Me comió el coño. Mis gemidos se agolparon en mi garganta. Intenté bajar el volumen para que la señora de la revista de cine no nos escuchara, pero Ruth era tan buena con la lengua que con sus manos. Me fue imposible

"Así normal que te alineen los chacras", dije para mí misma, riéndome por dentro.

Por fuera, no paraba de gemir, de ver como la masajista se transformaba en un animal salvaje que me estaba succionando el coño. Le agarré de la nuca y la apreté contra mí.

Sentí el orgasmo bajando por mi cuerpo.

Ella metió sus dedos dentro de mí

Llegué al clímax. Mis jugos se desparramaron.


Nos volvimos a besar. Fueron besos muy apasionados. No había ternura, solo fuego en las entrañas.

Ella abrió las piernas. Yo metí la lengua. Luego, ella apretó sus muslos contra mi cara. Empecé a lamer como si no hubiera un mañana escuchando sus gemidos respirando en mi espalda.

Metí un dedo dentro del coño de Ruth, después un segundo. Resbalaban al interior con mucha facilidad. La misma facilidad con la que ella había conseguido que yo me convirtieran en una nueva Amalia. En una Amalia sin la tensión de afrontar inconvenientes de última hora.

Con mis dedos dentro noté como a ella le bajaba el orgasmo. Iba a sacar mucho, lo presentía.

Y así fue.

Mis dedos salieron totalmente empapados.

Ella gritó. Estaba en su clímax.

Después, se desplomó sobre la camilla.

Nos besamos una vez más.

- No creas que hago esto con todas mis clientas - me dijo - solo con las que están más tensas. Y tú, nena, estabas muy tensa. Hace tiempo que no veía a nadie tan rígida por la tensión acumulada.

Me encogí de hombros.

Ella se levantó, zanjando lo que habíamos tenido.


Escuché el chorro de agua corriendo. Ese sonido fue mi banda sonora mientras asimilaba lo ocurrido. Y todo lo que había perdido me regresó como una losa. Las flores equivocadas, la fecha atrasada, el infortunio del batería... A todos esos desastres se le unía inquilino más en la lista: Ruth. Un placentero desastre, pero desastre igualmente.

Había conseguido su propósito. Era una nueva Amalia, una diferente a la que entró. Y eso es algo que le agradeceré, pero su nombre será una nueva mochila con la que cargar. Puede que Ruth solo haya sido ese tronco al que te agarras cuando todo naufraga a tu alrrededor. Puede que no vuelva a caer en la tentación de sus manos. Lo que es seguro es que ella ha sido mi chute de energía.

Cogí mi ropa y me vestí lentamente, con la parsimonia que me daba la nueva Amalia. Esa que no se ahoga en un vaso de agua.

El grifo se cerró. Ella regresó a la camilla.

Nos dimos un apretón de manos que sentí frío. Después de lo que hemos vivido, no se podía resumir a un saludo con las manos. Le di un abrazo y un beso en la mejilla.

- Me has salvado la vida - le dije

- No ha sido para tanto - respondió

- Haz hecho magia - le comenté - Seguro que vuelvo a verte

- Aquí estaré.


Ruth me había recompuesto, pero su nombre era un desastre más. Un placentero desastre

1 comentario


pingui.blog99
06 ene

Creo que Amalia está pensando en casarse, pero no con su prometido, si no con Ruth jaja.

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