Contando historias de miedo
—¿Por qué no podemos jugar a un juego de mesa? —pregunté.
Todos me ignoraron.
Saúl se había salido con la suya.
Resoplé resignada.
Nos sentamos en el suelo, formando un círculo. La chimenea ya crepitaba. En el centro pusimos una bandeja con un bol de palomitas y vasos con diferentes bebidas.
Apagamos las luces.
"Porque sea Halloween no debemos hacer esto", pensé.
Saúl encendió la linterna. Se la colocó bajo la barbilla. Sus facciones se deformaron como si fuera un fantasma. Me tensé. Clavé mis uñas en la manta.
Él carraspeó.
Comenzó a hablar.
—Supongo que todos los que estamos aquí conocéis el viejo parque de atracciones de Grinigos —dijo Saúl.
Nadie habló, pero vi a varios asentir.
—Pero lo que muy poca gente sabe es que, desde que cerró el parque, vaga el espíritu de Joan, el taquillero —añadió.
La sala contuvo la respiración. Se escucha algún Uuuuu de emoción.
—Dicen que, cómo se aburre, pone en marcha las atracciones. Cuando hay gente que osa entrar allí, él se divierte asustándoles. Pero una noche, de marzo, creo, fue más allá. Un grupo de jóvenes como nosotros se coló saltando la valla. Y uno de ellos destrozó una de las míticas motos de decoración de la entrada. Enfurecido, Joan buscó venganza. Los chicos se vieron atrapados y empezaron a morir de maneras extrañas...
Hizo una pausa para comer palomitas. Yo estaba casi cubierta por la manta, agarrando del brazo a Tania. Clavé las uñas en su piel.
—¿Quieres tatuarme las uñas? —me dijo.
Avergonzada, me separé, pero no mucho, aún podía oler su perfume.
Saúl continuó con la historia.
—Uno de ellos murió atropellado por los vagones de una montaña rusa. A otro se le cayó un espejo de esos que te hacen más gordo o más bajo; una chica murió en la freidora de la churrería; otro acabó empalado con una lanza y clavado contra la gran estatua del parque. Solo consiguió huir uno. O eso creía. Le atropelló un camión.
Grité. Mis rodillas temblaban. Volví a clavar mis uñas en el brazo de Tania
—¿Esto es real? —preguntó Gema, que estaba a mi derecha.
Saúl no contestó.
Dibujó una sonrisa maliciosa que, en el haz de luz, daba verdadero pavor.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo.
Saúl apagó la linterna. Se la entregó a quien tenía a su izquierda: Esther.
—Yo vengo a hablaros de un asesino en serie —anunció —. Aterrorizó el norte del país en los noventa.
Yo había conseguido separarme de Tania, aunque mi mano rozaba la tela de sus vaqueros. Mi corazón estaba acelerado pensando en el maldito Joan cuando Esther decidió subir la apuesta.
"Asesinos en serie", refunfuñé entre dientes "Esto sí es real"
Volví a temblar. Intenté controlarme, pero mi cuerpo no me obedecía.
—Le llamaban el sin ojos
—¿Por qué? —intervino Saúl.
—Porque arrancaba los ojos a sus víctimas. Mató a diecinueve personas en diez años. La policía nunca le detuvo. Se dice que murió, que huyó a Brasil. Hay quien dice que no se ha retirado, que está buscando a la víctima perfecta para regresar a lo grande. No había patrón. Mató indistintamente a hombres y a mujeres, a niños y a ancianos. Su propia abuela fue la primera víctima. Y hay un detalle en aquel crimen que fue totalmente perturbador... Le arrancó los ojos cuando aún estaba viva.
Di un respingo. Me refugié en Tania. Otra vez mis uñas clavadas en su brazo
—Voy a tener que ponerme la antitetánica como sigas así, Clarita.
Rio. El resto, también.
Yo no. Yo me imaginaba a la pobre anciana viendo cómo su nieto acercaba el escalpelo a su rostro.
La linterna fue pasando de mano en mano. Todos tenían un relato terrorífico que contar: vampiros, zombis, un sanatorio mental abandonado, una muñeca diabólica... todo valía para aterrarme de por vida.
Al menos estaba agarrada a Tania. Parecía una extensión de su cuerpo.
Solo me separé cuando le tocó a ella contar su historia.
Y contó una historia que yo conocía. La de cómo alguien la espía desde un armario.
Recuerdo el día que me lo contó. En un bar, tomando unas cervezas. En aquel momento la historia me produjo un miedo atroz.
En la medianoche del 31 de octubre adquiría un cariz aún más terrorífico.
Apagó la linterna y me la pasó.
Ahora me tocaba a mí hablar.
Pero temblaba como un flan. Entre Joan, el taquillero; el Sin Ojos; Virgin, la muñeca diabólica y demás monstruos me tenían al borde de un ataque de nervios.
—Yo no me sé ninguna historia de miedo —confesé.
—Tu vida entera es una película de terror —bromeó Saúl.
Las risas inundaron el salón.
Intenté reír con ellos.
Pero solo pude ponerme roja como un tomate
Tania me miró.
Algo me debió decir, pero apenas la escuché.
Pasé la linterna al siguiente jugador.
Estaba agarrada a Tania. Parecía una extensión de su propio cuerpo
No podía dormir.
Cada vez que cerraba los ojos, los monstruos que, muy amablemente, habían sacado mis amigos, me acechaban.
Solo daba vueltas en la cama.
A las dos de la mañana, ya no pude más.
Decidí que no iba a pasar la noche sola.
Pero era la única que dormía en aquella zona de la casa.
Y debía cruzar el salón si quería llegar a las habitaciones de mis amigos.
Hice un repaso mental a la casa.
Tania dormía en la primera habitación después de pasar el cuarto de baño.
No fue fácil atravesar el salón. Me asusté con la rama de un árbol. La sombra que se colaba recordaba a una figura humana sosteniendo un cuchillo. Apreté los dientes y seguí andando.
Pisé un par de palomitas que habían quedado en el suelo.
La chimenea aún guardaba algo de calor.
El pasillo estaba oscuro. Y me quedé paralizada.
Quizá el Sin Ojos estuviera acechando.
Miré hacia atrás. Vi todo lo que había caminado.
No había llegado hasta ahí para seguir siendo una miedica.
Me guie por la puerta entreabierta del baño. Me apoyé en el quicio de la puerta y seguí avanzando.
Descubrí la gran maceta del pasillo en la penumbra. Y sabía perfectamente que la habitación de Tania estaba ahí.
Abrí despacio la puerta.
La tele estaba encendida. Vi a un tipo con una motosierra asustando a un grupo de chavales.
Luego crucé el umbral. Tania estaba tumbada en la cama con la barbilla apoyada en sus manos.
—¿No te cansas de pasar miedo?
Tania se giró hacia mí. Y se encogió de hombros.
—A mí me flipa esto. Ya lo sabes... ¿Qué haces aquí?
—No podía dormir.
—¿Y quieres que vaya a mirar si hay monstruos bajo tu cama?
Sus palabras me golpearon el estómago. Ella, mientras, apagaba el televisor.
—Muy graciosa, Tania
—Me lo has dejado a huevo, Clarita.
—¿Puedo quedarme aquí? No me gustaría pasar la noche sola.
Tania me miró de arriba a abajo.
Yo estaba de pie, con las manos cruzadas sobre mi vientre. La mirada perdida.
—Por supuesto.
Y mientras lo decía, golpeaba el colchón.
"No quiero pasar esta noche sola", le dije
El colchón se hundió cuando me dejé caer sobre él. Tania me dio la espalda.
—Buenas noches, Clara —me dijo—. Pero te lo advierto. Soy el monstruo más temible que te pueda asustar esta noche. Porque ronco, ya lo sabes.
Reí.
Fue una risa sincera.
No era una risa incómoda.
Ella me siguió la risa. Nos reímos a carcajadas.
Aquellas historias de fantasmas se fueron difuminando. La risa lo invadía todo. Hasta que sentimos que estábamos armando un buen escándalo.
Tania me tapó los labios con un dedo.
Yo traté de calmar esa sensación extraña. Ya no tenía miedo, ahora tenía un deseo irrefrenable de reírme sin control.
Y quizá, también, otro tipo de deseo.
—Bueno, ahora sí. Vayamos a dormir —dijo
Nos abrazamos.
Algo había cambiado.
Y tras el abrazo llegó lo que estaba buscando, aunque aún no lo supiera.

Fue ella la que me besó. Eso me descolocó, pero mi lengua pronto se juntó con la suya.
El beso fue intenso.
Y con esa misma intensidad nos quitamos la ropa.
Ella se quedó solo con sus bragas de encaje blancas.
Yo, completamente desnuda.
Me agarró del cuello.
Me fue empujando hasta que acabé tumbada sobre el colchón.
Después me abrió las piernas todo lo que pudo y me metió la lengua. Empecé a gemir como si estuviera poseída. Luchando contra el volumen de los mismos.
Pero a medida que más me esforzaba por controlarlos, más me costaba.
Su lengua era un torbellino.
Y conseguía llevarme al séptimo cielo.
Allí se estaba mejor. No había duda.
¿Quién quiere temblar cuando oye la palabra Halloween, si puede temblar por puro placer?
Me agarré las tetas. Las apreté fuerte la una contra la otra.
Tenía la mirada fija en Tania, pero apenas veía nada. Lo veía todo difuminado.
Los gemidos no paraban de salirme uno tras otro.
Tensé las piernas. Crispé los dedos de los pies. Arqueé la espalda. Apreté mis muslos contra su cara.
Noté el orgasmo.
Me corrí.
Mi cuerpo se relajó.
Nos besamos.
Nuestras lenguas se fusionaban.
Hubo pequeños mordiscos que me hacían perder los pocos papeles que pudiera tener.
Colocó su espalda contra el cabecero. Abrió las piernas.
Me guio con el dedo. Obedecí.
Me dejé caer en el colchón.
Le comí el coño como si no hubiera un mañana.
Noté como temblaba. Escuchaba sus gemidos.
Y yo movía la lengua aún más rápido.
Metí varios dedos en su interior. Estaba mojado. Resbalaban con facilidad.
Oírla gemir era música para mis oídos. Me motivaba. Mi lengua y mis dedos aumentaban la velocidad.
Tania me pedía más. Y yo, a veces, sentía que no podía seguirle el ritmo.
Noté sus pies en mi espalda. Sentí sus uñas clavándose en mis lumbares.
El orgasmo estaba cerca. Lo presentía.
Mis dedos se movieron con fuerza.
Tania explotó.
Llegó al clímax.
Lo mojó todo.
Exhaustas nos dejamos caer en la cama.
Y dormimos
Y por primera vez supe que iba a poder hacerlo como un bebé.
No sé cuánto dormí.
Quizá fuera una hora. O quizá dos.
Pero me sentía fenomenal.
Capaz de sobrevivir a un apocalipsis zombi.
Desperté abrazada a Tania. Jugué con su pelo, mientras ella dormía a pierna suelta. Sin ronquidos.
Me senté en el borde de la cama frotándome los ojos. Después, me levanté.
Adormilada, caminé hasta la cocina.
Hugo ya estaba allí, haciéndose unas tostadas
—Hola Clarita. ¿Dormiste bien? —me preguntó con una media sonrisa.
—Sí —respondí.
—Escuché gritos en la habitación de Tania.
—Yo no estaba. Yo duermo en la otra punta de la casa.
Abrí la nevera.
—Quizá estuviera viendo La matanza —continué—. Ya sabes lo que le flipa ver esa peli en Halloween.
—Pero escuché a dos personas. ¿Seguro que dormiste bien?
—Sí
"Mejor que bien"
Bebí leche directamente del cartón, pero parte del contenido me manchó la bata.
—¿Podemos hacer algo menos terrorífico?
—Íbamos a sacrificar cabras en un ritual satánico. ¿Estás segura de que no quieres venir?
—No
—Eres una miedica. Pero te queremos así
Sabía que lo de las cabras era una broma de Hugo.
Aun así, me encogí de hombros.

"¿Podemos hacer algo que no de miedo?"



Las fiestas de Halloween pueden ser muy buenas, y pueden salir cosas interesantes de ahí, pero nada como el Samaín jaja.