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Mala suerte

Alicia Márquez
10 oct
6 min de lectura

El despertador sonó a las siete y media de la mañana, como siempre.

Paula gruñó. Aquel molesto pitido la había despertado de un sueño erótico con George Clooney.

A tientas, buscó el dichoso cacharro en la mesilla. Lo apagó de un manotazo. Se incorporó, se sentó en el borde de la cama y contó hasta diez.

Aquella mañana no encendió la luz.

Debió hacerlo.

La pata de la cama le recordó por qué. Porque su dedo meñique decidió besarla.

Paula gritó de dolor y se dejó caer sobre la cama.

Cuando se recuperó del susto, siguió caminando. No le dio mucha importancia al golpe. Cosas que pasan.

Llegó al baño. Se miró al espejo. Los mechones le cruzaban la cara de manera aleatoria, las ojeras eran grandes, como si fuera un panda, y sus ojos estaban húmedos. Se desnudó y se metió en la ducha.

Esperó un minuto, dos, tres... pero del agua caliente ni rastro.

—Genial... Agua fría.

Se mojó el pelo, y salió.

Como si fuera una ladrona intentando ser sigilosa, caminó por el pasillo hasta la pequeña cocina. Cogió una taza del armario. Un poco de azúcar, el Cola-cao, leche...

¿Y la leche?

En la nevera, nada.

En la despensa, tampoco.

Por no haber, no había ni la de avena que toma su madre, a la que oía roncar a lo lejos.

Paula apretó los dientes, pero intentó mantener la calma. Seguro que una tostada al menos le serviría para calmar a sus tripas.

Metió una rebanada de pan en la tostadora.

Salió calcinada.

Paula apretó los puños. No quería gritar, pero ganas no le faltaban.

Se vistió, se puso los tacones, agarró el bolso. Y se fue.

Justo cuando llegó a la calle, el autobús de la línea seis que debía coger arrancó. Ella corrió por las calles húmedas por la lluvia de la madrugada, pero no fue suficiente. Llegó tarde. Muy tarde.

Y por si fuera poco, el siguiente bus decidió pasar por encima de un charco, salpicándola por completo.

—Joder —exclamó—. ¿Qué más me puede pasar hoy?


Eran las dos de la tarde cuando miró su móvil. Sus tripas rugían y sintió que era hora de finalizar su jornada matinal y buscar algo para comer.

Salió de su oficina y cruzó la calle. El semáforo estaba en rojo y un coche casi se la llevó pegada al parachoques.

Entró en un bar lleno de gente.

Consiguió acercarse a la barra. Al lado, un grupo de hombres conversaba alegremente.

Ella pidió un pincho de tortilla y una copa de vino.

Un señor del grupo hablaba al resto sobre haber encontrado una casa rural para pasar las Navidades. Movía las manos de manera enérgica y algo exagerada. Su codo golpeó la copa que Paula sostenía en el aire, dispuesta a beber. El vino se derramó sobre su camisa.

—Joder —exclamó.

El hombre se giró. Observó la mancha de vino.

—Lo siento mucho —se disculpó—. Te pago otra copa

—No se preocupe —declinó la oferta mientras se limpiaba torpemente con las servilletas del bar—. Debería irme

—Déjame, al menos, pagarte lo que has pedido.

Pero Paula se fue.

Ella ya había pagado.

Salió del bar humillada, tapándose la mancha con el bolso. El viento de cara le golpeaba con fuerza.

Metió el pie en una baldosa suelta y tropezó. Su hombro golpeó en una señal de tráfico.

Paula negó con la cabeza, pero sabía que podía ser peor.


Se dejó caer sobre la silla, agotada, asqueada y rezando para que ese día acabara cuanto antes.

Aún le quedaba la tarde.

Encendió el ordenador. La pantalla azul le dio la bienvenida.

Pero se encontró con un nuevo problema.

Todo lo que había hecho esta mañana no había servido para nada. No había guardado nada. Tenía que empezar de cero.

Paula ni siquiera protestó. Simplemente rio de manera nerviosa y siguió.

Se puso a rehacer todo lo perdido.


Con todo terminado otra vez, tocaba imprimir.

Pulsó el botón.

Se fue a la sala de fotocopias.

Allí, Daniel sujetaba un folio en blanco con cara de preocupación

—¿Qué ocurre? —preguntó Paula

—Creo que nos hemos quedado sin tinta —respondió él, resignado.

Paula volvió la vista al tablón de anuncios.

"Joder"


Paula solo quería volver a casa y que el día pasara rápido

Paula llegó a su casa consumida. No tenía ganas de nada. Sus pies se arrastraron por las baldosas, como si mandaran sobre ella.

Pisó el parqué y respiró aliviada.

"Al menos podré ver mi programa favorito"

Pero tampoco, porque la tele se encendió, pero no se veían imágenes. Solo dos palabras: "Sin señal"

Paula bufó, mientras se dejaba caer en el viejo sillón de su padre. Una de las patas cedió y ella se hundió con el peso de la butaca.

—Más cosas no me pueden pasar ya.

Se quitó los tacones, se desabrochó la blusa. Se fue a la cocina a hacerse un sándwich. Dos lonchas de chorizo; otras dos de queso.

Dio un bocado.

Sonó el timbre.

—Seguro que es un inspector de Hacienda.

No se molestó en abrocharse de nuevo la blusa. Si era un inspector de Hacienda al menos podría irse con una buena vista.

Pero detrás no había nadie de Hacienda, sino Olivia.

—Olivia... ¿Qué haces aquí?

—Te dije que pasaba a por ti. Habíamos quedado para cenar.

Paula se golpeó la frente

—Mierda. Lo he olvidado —confesó—. He tenido un día horrible.

Le invitó a pasar.

Se sentaron en el sofá

—El peor día de mi vida. Te lo juro.

—¿Peor que aquel día en el que descubriste que tu novio te la pegaba con otra?

—Sí, peor que aquel. Ese día no iba mal. Recuerda que también me ascendieron en el trabajo. Y, de repente... lo de mi novio. Hoy, es que todo me ha salido al revés. Mira, te cuento.

Paula empezó a relatar la serie de catastróficas desdichas.

Olivia intentó mantener la risa encerrada, pero no aguantó cuando le mencionó lo del sillón en el que ella ya había reparado.

Paula le regaló una mirada fulminante.

—Lo siento —dijo Olivia.

Paula se encogió de hombros.

—Parece que te ha mirado un tuerto

—Yo diría que ha sido toda una convención de ellos.

Si hizo un silencio. No era incómodo, pero nadie sabía cómo rellenarlo.

—Menos mal que no hemos ido a cenar —dijo Paula al fin—. Probablemente me hubiera encontrado una serpiente en mi plato o hubiera visto a mi ex ligando con su enésima novia o...

Olivia llevó un dedo a los labios de su amiga.

La besó

—Estoy aquí para que cambie tu suerte.



Paula se quedó paralizada y con una pregunta flotando en su cabeza. No pudo llevarla a su boca. Olivia la volvió a besar. Paula se lo siguió. Sus lenguas se fusionaban en una sola.

Cayeron sobre la alfombra.

Paula se desnudó

Olivia la siguió.

Volvieron a besarse, a comerse con los ojos, a desearse.

Olivia, encima, llevó sus dedos al coño de Paula, que no opuso resistencia. Empezó a masturbarla.

Primero fue suave, recorriendo todos sus labios vaginales.

Después, sus dedos se movieron con más velocidad. El cuerpo de Paula se arqueó y los gemidos quedaban solapados, chocando contra los labios de Olivia.

Ella empezó a bajar.

Le beso el cuello. Paula protestó de placer.

Jugó con sus pechos. Paula gritó.

Se entretuvo en su ombligo. Paula cerró los ojos.

Pasó su lengua por sus ingles. Paula se estremeció.

Sus dedos resbalaban al interior. Los gemidos de Paula llenaban el espacio.

La lengua se unió al festín. Paula se tensó. Agarró la alfombra, sus dedos de los pies se crisparon.

Olivia lamía con velocidad, como si no hubiera un mañana.

Paula gemía, mordiéndose el labio, dejando frases inconclusas.

Apretó los muslos.

Sentía el orgasmo bajar por sus caderas.

Olivia metió el cuarto dedo.

Paula explotó. Llegó al clímax. Convulsionó.


Olivia se sentó en el sofá. Abrió las piernas todo lo que pudo.

Paula se arrodilló.

Le besó los muslos.

Le besó las ingles.

Le besó el coño.

Después, metió su lengua.

Despacio, al principio. Pasando por todos los rincones, saboreando todos los recovecos.

Luego, aumentó el ritmo.

Olivia se estremeció sobre el sofá, agarrada a dos cojines.

Paula siguió aumentando la velocidad. Los gemidos de Olivia inundaban el salón. Agudos, casi afónicos. Ella pedía más. Paula era capaz de seguir subiendo.

Acompañó con dos dedos. Olivia arqueó la espalda, su melena cayó en cascada por el sofá. Tenía los ojos en blanco, y la garganta seca.

Llegó al orgasmo.

Sus jugos empaparon la cara de Paula.

Olivia se derrumbó en el sofá. Paula subió a él.


Entrecruzaron las piernas.

Frotaron sus coños.

Sus pechos bailaban, rebotaban contras sus cuerpos, hipnóticos.

Ellas gemían a coro.

Se movían al mismo ritmo. Si dejar de mirarse.

La velocidad aumentaba; los gemidos, también.

El deseo subía como la espuma.

El segundo orgasmo llegó.

Ellas se desplomaron. Acabaron agotadas. Sudadas y contentas.

Recuperaron el aliento abrazadas, desnudas y tiernas.

Paula descubrió que la suerte cambió de cara.



La suerte de Paula cambió de cara

1 comentario


pingui.blog99
11 oct

Al menos el día terminó de una manera bastante diferente y mejor a como se desarrolló todo lo anterior jaja.

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Av. Cobá 202, Cancún, Q.R., México

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