Policía extranjera
Aún no había amanecido cuando el teléfono de Ron Peesley, jefe de la oficina del FBI en Washington, sonó.
No era su móvil personal.
Era el teléfono que solo suena cuando llegan muy malas noticias.
Ron se ajustó las gafas. Miró el reloj.
Las siete y media.
"Va a ser un día difícil", pensó.
Descolgó al tercer tono.
—Aquí Peesley
Desde el otro lado de la línea un hombre le habló en un tono serio y preocupado, casi solemne. A Ron se le desencajó la cara.
—¿Está confirmado?
—Sí
—¿Cuándo?
—La han encontrado esta mañana. En el hotel Luxury
Peesley se llevó sus dedos a la garganta. Le costaba tragar.
—Mandaré a alguien. Gracias, Jennkins.
Colgó.
Segundos después, pulsó el intercomunicador
—¡Harris! ¡A mi despacho! ¡Ya!
Greta siempre tuvo esa cara de estar peleada con el mundo, pero cuando tu llama a su despacho tan temprano, su semblante era aún más duro.
Greta Harris vestía una chaqueta de cuero, vaqueros rotos y una camiseta con el dibujo de las garras de un tigre simulando rasgar la tela. En la mano derecha, tenía un vaso de café. El segundo de la mañana.
Se paró frente a la puerta de Peesley. Y apuró el café antes de arrugar el vaso y lanzarlo a la papelera.
Llamó con sus nudillos. La puerta cedió unos milímetros
—¿Me buscaba, jefe? —preguntó, asomando la cabeza.
—Sí, pasa.
Greta cruzó el umbral. Caminó despacio los pocos metros que había desde la puerta hasta el escritorio.
No se sentó. Se mantuvo de pie, con las manos cruzadas a la altura del ombligo.
—Ha muerto Hannah Wallace —mencionó Ron. No se podía edulcorar—. La han encontrado muerta en su habitación y se sospecha que no es un...
—¡Espera! —interrumpió Greta—¿Has dicho Hannah Wallace? ¿La hija del dueño de los Broncos de Denver? ¿La presidenta de la fundación... ¿Cómo se llamaba?
—Crystal —respondió Ron.
—Eso.
—Sí. Ella. Estaba en España. Por trabajo, creo —hace una pausa, se atusa el pelo—. Necesito que vayas.
—¿Por qué? Imagino que la poli de allí ya se estará encargando
—Quiero asegurarme de que hacen bien el trabajo. Y además es nuestra compatriota. Podemos aportar algunos detalles que puedan desconocer.
Greta apoyó sus manos en el respaldo de la silla.
—¿Por qué yo? Sigo investigando el crimen del universitario.
Ron se rascó la cabeza.
—Porque eres la única que vivió en España. La que conoce mejor el idioma y sabrá moverse por Madrid mejor que cualquier otro agente... Lo del universitario, pásaselo a Perkins.
—Pero, jefe, Perkins no es el más indicado. Tenía una relación estrecha con el fallecido.
—No se hable más, Harris. Te quiero a ti en Madrid.
Greta se encogió de hombros.
—Confío en ti, Harris —añadió—. No me falles.
"Ha muerto Hannah Wallace. Te necesito en España"
Greta se llevó la mano a la cicatriz del cuello. Recordó la muerte de la senadora Joanna Hughes, recordó aquella sala oscura, el cable suelto, la sangre que brotaba...
Desde entonces había dejado los casos mediáticos a un lado.
Y ahora Peesley le había mandado a Madrid a investigar el fallecimiento de Hannah Wallace.
El símbolo del cinturón se iluminó en la pantalla y sacó a Greta de sus pensamientos. Se abrochó, guardó toda la información que pudo reunir en una carpeta roja a punto de estallar y esperó a que el avión tomara tierra.
Había olvidado el calor de España, pero cuando el aparato comenzó a descender le llegó de golpe. Empezó a sudar y a sentir cómo se le secaba la garganta. Bebió agua.
El tren de aterrizaje tocó pista. Los pasajeros aplaudieron. Ella gruñó. Le parecía estúpido, pero debía estar de moda.
La voz metálica del comandante retumbó en los altavoces
"En nombre de Capitol Airlines, les deseamos una feliz estancia en Madrid"
Greta apenas escuchó. Se dedicó a responder mensajes acumulados mientras el resto de pasajeros salían del avión.
Los pasajeros se movían por la terminal sin rumbo fijo. Greta pasó entre ellos, esquivando maletas, mochilas y transportines para mascotas.
No fue difícil dar con Jennkins.
Él tenía cincuenta y cinco años, bajito y una calvicie que no podía ocultar bajo su boina. Vestía un traje negro y una corbata roja. Esperaba apoyado contra el Chevrolet azul marino.
Greta le reconoció por las deportivas. Era el único capaz de combinar el traje con unas playeras Nike blancas.
—Te he reservado una habitación en el Luxury —dijo mientras agarraba la maleta de Greta—. Así podrás investigar in situ.
—Muy listo, Jennkins —felicitó—. Tengo entendido que tengo que colaborar con alguien de aquí, pero Peesley no me ha facilitado el contacto.
—Sí. Katya Moreno. Está al frente de la investigación. Tienes una reunión con ella a las diez. Tiempo suficiente para que puedas descansar y adaptarte al jet-lag
—¡Quiero conocerla ya!
—¿No prefieres comerte un bocadillo de calamares? Puedo dejarte en el hotel y te llevo a un restaurante que conozco.
—No he venido para hacer turismo, Jennkins —gruñó Greta—. Pasaré por el hotel a dejar el equipaje y a ponerme ropa que no huela a estiércol.
Salvo por el logo de la Policía Nacional y los coches patrulla, aquel edificio no parecía una comisaría. Su fachada de ladrillos se fusionaba con las construcciones colindantes. Había también un parque infantil presidiendo la plaza donde se encontraba. A esa hora, había más niños de policías. Greta encontró a dos de estos fumando mientras hablaban de algún operativo de seguridad de algún evento. En el otro extremo, sentado, otro agente tenía una conversación por teléfono que no era profesional.
"Sí, cariño, voy a buscar a Aarón y lo llevo a piano"
Greta cruzó las puertas automáticas y se topó de frente con el arco de seguridad. Saludó a quién custodiaba la máquina enseñando su placa.
—Busco a Katya Moreno.
—Sí. La puerta del fondo.
Atravesó el arco de seguridad. Cogió sus pertenencias. Caminó por el pasillo y se topó con una puerta traslúcida. Estaba entreabierta.
Entró sin llamar.
Katya, que tenía la vista sobre unos documentos, levantó la cabeza.
—Soy Greta Harris. Del FBI. Tengo entendido que lleva el caso de Hannah Wallace.
No hubo saludo.
—La esperaba mañana —dijo, con una mirada de arriba a abajo, como si la escaneara.
—Me he adelantado.
—Me llamo Katya Moreno.
Katya volvió la pista a los papeles.
—Bien. Ya que está aquí, le pongo al día.
Junto al ordenador, Katya guardaba un sobre amarillo.
De él, sacó varias fotos que desplegó sobre el escritorio.
—Todo apunta a un suicidio —mencionó Katya—. No hay nada que nos diga otra cosa, pero hay testigos que aseguran que hubo discusiones fuertes en su habitación la noche que murió. Tenemos que investigar.
Greta cogió una de las fotos.
—No ha sido un suicidio —afirmó Greta.
Katya la miró, extrañada.
—Pues ya me dirás tú qué ves porque yo lo que veo es un suicidio. Pero claro, como los americanitos son los mejores...
Greta ignoró el comentario.
—Hannah tiene el arma con la que se disparó en la mano derecha.
—¿Y?
—Que Hannah es zurda.
—Y eso lo sabes, porque...
—Porque la conozco. La semana pasada me la encontré en un evento. Me dio la mano izquierda. Es su mano dominante.
—Genial. Tendremos que volver al hotel. El Luxury... ¿lo conoces?
—Me alojo allí.
—Por supuesto.
"No ha sido un suicidio" soltó Greta
Era sábado. Greta miraba en su tablet lo que los medios habían publicado sobre Hannah mientras saboreaba un café en la cafetería del hotel. En una mesa contigua, una pareja entrada en los sesenta hablaba a gritos sobre algún programa de televisión.
Era el cuarto día de Greta en Madrid, el quinto de la investigación. Y sentía que el caso no avanzaba. No sabía que decirle a Peesley en su informe diario.
Al menos Katya no era tan incompetente como pensaba.
Ella ya había aceptado la idea del asesinato.
Recordó aquellas dos entradas para ver el musical "El rey león", compradas para la misma noche en la que el forense había situado la hora de la muerte
—Nadie compra dos entradas para ver un musical si piensa suicidarse —reconoció Katya—. Tenías razón
Greta sonrió.
Su hostilidad hacia ella quedó al margen a partir de ese momento.
Katya llegó veinte minutos más tarde de lo que habían acordado, agitando un abanico. Los que hablaban a gritos ya se habían ido, pero la cafetería estaba más abarrotada
—Perdona. El tráfico a esta hora es lamentable —se justificó—. Tú como te alojas aquí...
Greta ignoró el comentario, bebiendo de la taza
—He hablado con Jaime —anunció Greta—. Es el botones. Me ha comentado que vio a Hannah con un hombre que no era su marido. Según él, parecían muy acaramelados.
—¿Una aventura?
—Es posible
—Quizá el marido se enterara y quisiera matar a su esposa —argumentó Katya—. Me parece sospechoso que no haya aparecido teniendo en cuenta que su mujer está muerta.
—Coincido.
—Pidamos una orden de búsqueda.
—Ya lo hice. Mientras tú frustrabas en el atasco.
La cafetería sonaba bulliciosa. Las conversaciones de los clientes se mezclaban con los golpes de las tazas sobre los platos, la cafetera que no paraba de sonar y una música instrumental que salía por los altavoces
—¿Y qué hacemos ahora, Sherlock? —preguntó Katya
Greta apuró el café. Depositó la taza con cuidado sobre su plato
—Podemos repasar el caso. Vamos a mi habitación.
La habitación de Greta estaba desordenada. Tampoco le importaba mucho.
Encima de la cama un montón de documentos sobre Hannah: recortes de prensa, fotos, árbol genealógico, posibles sospechosos...
—Si lo que nos ha contado Jaime es cierto, su marido es el principal sospechoso —dijo Katya, cogiendo la foto del esposo—. Además lleva desparecido desde el inicio de la investigación... Sin embargo, sería demasiado obvio.
—Opino como tú —se sorprendió Greta—. Esto es raro —sonrió de manera amplia, con los ojos fijos en Katya, que aún sostenía la foto del marido.
—Otro posible sospechoso podría ser su hermano Bruce —mencionó Katya—. He leído que podría quedarse sin la herencia y culpaba a Hannah.
—Él siempre fue un vividor —añadió Greta—. Pero piensa más en la fiesta y en drogarse. No le veo matando, la verdad.
—Puede... pero no le descartaría.
Greta se quitó los zapatos. Sus pies con las uñas pintadas de negro ocuparon espacio con las fotos y documentos de la cama.
—Este caso va a acabar conmigo —murmuró.
Katya la miró con sorpresa y ternura.
Gateó sobre la colcha hacia ella.
—Me recuerda al caso de Joanna —prosiguió Greta.
Katya la miró con interés.
—Era el año 2013 —Greta tragó saliva—. Nos llega un aviso de que Joanna Hughes había desaparecido. Nos tiramos diez días buscándola sin apenas pistas. Hasta que el puto secuestrador nos dio la ubicación. Era una trampa. Joanna había muerto tras el primer día... y yo acabé con esta bonita cicatriz.
Se la tocó.
Katya rozó la otra mano de su compañera.
De pronto, el aire se cargó.

Se besaron.
Fue Katya quien dio el primer paso. Greta, con los ojos húmedos, lo continuó.
Sus labios su fusionaron y la habitación se iba calentando.
Greta perdió su cazadora vaquera, Katya perdió sus pantalones. Greta llevó sus dedos a la braga de su compañera. Katya empezó a gemir. Cerró los ojos. Dejó que su cuerpo hablara por ella.
Greta movió sus dedos sobre la tela de la braga que se iba humedeciendo cada vez.
Después las apartó. Los dedos entraron en contacto con su piel. Katya gimió con más fuerza. Su cuerpo se estremeció sobre una cama revuelta. Los documentos habían acabado en el suelo.
Greta metió la lengua. Katya se mordió el labio. Sus gemidos salían encadenados. Sus ojos se abrían de par en par. Llevó su mano a la nuca de Greta, la apretó contra ella. Sus orejas rozaban sus ingles. La lengua se meneaba de arriba a abajo con velocidad. Katya tensó todo su cuerpo, agarrando con fuerza la almohada. Sus nudillos se ponían blancos.
Entonces, se corrió.
Sus jugos salieron en cascada, cayeron por sus ingles. Greta los saboreó como si aquello fuera el más exquisito manjar.
Se besaron, rodaron por la cama.
Greta puso el coño en la cara de Katya. La lengua de esta empezó a moverse como un molinillo. Greta apoyó las manos en la pared, con los dedos los más abiertos posible.
Debajo, Katya movía la lengua con decisión al ritmo que marcaban las caderas de Greta. Su trasero rebotando contra su rostro.
Katya metió también los dedos. Greta dio un respingo. Gritó casi con desesperación, cerrando los ojos, agarrando el cabecero de la cama.
Greta presionó sus muslos contra la cara de su compañera. El orgasmo estaba cerca.
Cerró los ojos. Apretó los dientes. Tensó sus piernas.
Explotó. Llegó al clímax.
Se dejó caer sobre Katya.
Se besaron hasta que el sueño las venció.
La calma llegó después de la tormenta.
Los primeros rayos de sol acariciaron la cara de Greta. Despertó inmediatamente. Se frotó los ojos sentada en el borde de la cama. Estaba desnuda, salvo por un calcetín a medio quitar.
A su espalda, Katya dormía plácidamente. Tapada con una sábana que, aun así, dejaba ver su trasero.
Greta se levantó y caminó a tientas por la habitación. Se acercó al minibar. Había dos tuppers con restos de la comida del día anterior, y su botella de agua, de la que bebió un generoso trago. De las botellas de cortesía, solo quedaban intactas cuatro de tequila. El resto estaba en la mesa o en el suelo, vacías.
Llegó al baño. Se apoyó en el lavabo. Se mojó la cara.
Se dio una ducha, con agua fría, como hacía siempre.
A su salida, Katya ya estaba despierta y vestida. Greta arqueó una ceja.
—Tenemos un nuevo sospechoso —anunció Katya, atándose los cordones de sus botas—. Poline Whitmore, cofundadora de la fundación. Acabamos de saber que Poline ha retirado una suma importante de dinero de las cuentas.
Greta dejó caer la toalla.
Desnuda se acercó a Katya y la besó.
—Deberíamos hablar de lo que ha pasado —dijo.
—No hay nada que hablar, Greta. Estuvo bien, pero ahora hay un asesino al que atrapar.
Greta asintió.

"Hay que atrapar a un asesino"



El sexo les dio nuevas inspiraciones para resolver el caso jaja.