Aún no había amanecido cuando el teléfono de Ron Peesley, jefe de la oficina del FBI en Washington, sonó. No era su móvil personal. Era el teléfono que solo suena cuando llegan muy malas noticias. Ron se ajustó las gafas. Miró el reloj. Las siete y media. "Va a ser un día difícil", pensó. Descolgó al tercer tono. —Aquí Peesley Desde el otro lado de la línea un hombre le habló en un tono serio y preocupado, casi solemne. A Ron se le desencajó la cara. —¿Está confirmado? —Sí —¿