A través del cristal de mi coche vi a los primeros chiquillos saliendo disparados a encontrarse con sus progenitores. Algunos reían, otros reclamaban el bocadillo y, otros, se cubrían de la incipiente lluvia que ya mojaba todo lo que se encontraba, incluido mi vehículo. He decidido esperar dentro de él a que salga mi hija Sofía para no perder tiempo. En dos horas tiene clases de natación y nos separan treinta kilómetros. Pero más niños salen del edificio cargando con sus pe