¿Eres la profesora de mi hija?
A través del cristal de mi coche vi a los primeros chiquillos saliendo disparados a encontrarse con sus progenitores. Algunos reían, otros reclamaban el bocadillo y, otros, se cubrían de la incipiente lluvia que ya mojaba todo lo que se encontraba, incluido mi vehículo.
He decidido esperar dentro de él a que salga mi hija Sofía para no perder tiempo. En dos horas tiene clases de natación y nos separan treinta kilómetros.
Pero más niños salen del edificio cargando con sus pesadas mochilas y ninguno de ellos es Sofía.
Es entonces cuando decido salir del coche y buscarla.
Esperé en el coche a que saliera Sofía, pero al tardar decidí entrar a buscarla.
Noté que la lluvia se intensificaba sobre nosotros, aunque he podido resguardarme en los soportales antes de empaparme más. Me adentré en el edificio.
Normalmente es mi marido Ramón el que viene a por la niña, el que se reúne con profesores y el que conoce el colegio como si todavía estudiara allí. Para mí es como un laberinto. Un lugar ajeno completamente a mí... Salvo porque mi hija está matriculada aquí.
Avancé por el gran pasillo - más por intuición que por conocimiento -. Crucé taquillas, esquivé a los alumnos rezagados que hablaban de lo buena que está Carmen, la de cuarto, atravesé la biblioteca y el gimnasio. Giré a la derecha y seguí caminando entre aulas. La última me confirmó que mi intuición no me había traicionado. Una gran placa me indicaba que esa era el aula de mi hija: 2º B ponía en letras negras y grandes.
El colegio, era para mí, un laberinto. Un lugar ajeno a mi vida.
La puerta, naranja chillón, estaba cerrada, pero pude asomarme a la ventana circular. Allí estaba Sofía, de espaldas - con su inconfundible mochila de las Supernenas -, hablando con una mujer de unos cuarenta años, con una melena negra azabache, ojos negros y grandes, y una elegancia sentada sobre el escritorio con las piernas cruzadas enseñando tacón.
Entonces lo supe.
La mujer que hablaba con mi hija tenía un nombre que conocía bien:
Carmela
Mi Carmela.
La misma Carmela que ayer me desvestía con desesperación, la misma que clavaba sus uñas en mi espalda, la misma que me arrancaba gemidos como si no hubiera un mañana, y la misma que mordía la almohada ahogando los suyos.
Ahora estaba ahí, sentada en el escritorio, comentando algo con mi hija.
Sentí como el suelo se abría bajo mis pies.
Que el mundo que conocía se desvanecía.
Traté de recolocarme la mascara de madre antes de entrar en el aula. Debía ser profesional y no dejar que mis sentimientos interfirieran.
Golpeé con los nudillos en la puerta. Y desde el otro lado, esa misma voz que jadeaba mi nombre me invitaba a pasar.
- ¿Ocurre algo, Sofía? - pregunté - Tenemos que ir a natación.
Carmela me miró y nuestros ojos se cruzaron un instante. Noté, rápidamente, que ella también me había reconocido. Y que a ella también le había sorprendido mi presencia allí.
- No, mamá - respondió ella muy rápido, como si ocultara algo.
- Le estaba diciendo a tu hija que sus notas estaban bajando - comentó Carmela, desmontando la respuesta de Sofía, que trataba de cubrirse con su camiseta sabedora de que le acababan de descubrir.
- En el último examen ha sacado un 3,75 - continuó Carmela - Y en el anterior un 4, 15. Y no solo pasa en mi asignatura, sino en las demás. Le estaba diciendo que como siga así acabará repitiendo curso.
Miré a mi hija, pero ella seguía metida en su madriguera de colores vivos y dibujos infantiles.
- Estoy convencida de que algo le pasa - expresó Carmela -, pero como no dice nada, no podremos ayudarla.
- En casa hablaremos con ella.
- Aunque quizá solo quiera un poco de atención. Sus dibujos son de primera - Carmela cogió el cuaderno de mi hija, abriéndolo por las últimas páginas. Me enseñó unos dibujos espectaculares - En esto dedica las horas lectivas - zanjó la profesora.
Me asomé a la ventana y la vi. A mi Carmela hablando con mi hija. No me lo podía creer.
Lo de los dibujos no me pilló por sorpresa porque la niña siempre había tenido talento para ese arte. Se lo había comentado a mi marido muchas veces. Y por eso cuando Carmela también lo apreció solo pude sonreír.
Fue lo último que escuché
Mi mente, entonces, se empezó a nublar.
Y me llevó de viaje.
Al veintitrés de septiembre. Seis meses atrás.
Al día en el que conocí a Carmela.
Era un martes cualquiera. Día sagrado para mí. Donde me reunía con mis amigas. Sin maridos, sin hijos, sin preocupaciones. Solo nosotras, unas botellas de cerveza y nuestras historias. Un día en el que reíamos, llorábamos o nos llenábamos de ira, en función de lo que nos contásemos.
Aquel día, Lucrecia, que llevaba seis años en paro, anunciaba que la habían contratado como secretaria en una empresa de calzado. El resto del grupo se alegró como si nos hubieran contratado a nosotras, pero para mí, la noticia fue tan histórica que quise celebrando pidiendo unos margaritas.
Celebramos la noticia, bebimos, reímos, cantamos...
Y, entonces, se abrió la puerta.
Era Carmela, aunque aún no tenía nombre. Entró sin hacer ruido, y yo la vi pasar por delante de mí. Era una mujer atractiva, sí, pero una mujer de tantas. Estaba con mis amigas y no le presté tanta atención.
Pero todo lo bueno se acaba y mis amigas se fueron yendo. Yo no, porque tenía el día libre al día siguiente.
Así que me quedé sola.
Rodeada de desconocidos.
Al menos es mejor que estar en casa con un marido más pendiente de veintidós hombres en pantalón corto persiguiendo un balón - Daban un partido de Champions entre el Real Madrid y el Liverpool -, que de mí.
Y, en ese momento, perdida en mi margarita, ocurrió la magia.
Era un martes cualquiera. Estaba con mis amigas.
Porque aquella mujer desconocida y yo cruzamos la mirada. Duró poco. No sé si fueron dos o tres segundos, pero lo suficiente para sentir algo que llevaba tiempo escondido. No es que mi matrimonio fuera mal, pero le faltaba deseo. Le faltaba chispa.
El nacimiento de mi hija fue como firmar el acta de defunción a nuestra vida sexual. Algo entendible cuando era pequeña, pero que con trece años ya no era tan lógico. Apenas nos tocábamos, ni nos decíamos cosas bonitas, no había fuego, no había pasión... Nada.
- ¿Está libre esta silla? - me preguntó.
Se sentó. Empezamos a hablar y sentí como fluía nuestro diálogo. Como si nos conociéramos de toda la vida. La electricidad entre ambas era tan palpable que incluso sentí como parpadeaban las bombillas del bar, como si nuestras miradas fueran un exceso de tensión.
No recordaba cuántas copas bebimos, ni como llegamos a su casa, pero sus besos me dejaron marcada. Cuando fui consciente, ya estaba atrapada a su olor.
Carmela y yo conectamos desde el primer instante, como si nos conociéramos de toda la vida. Y cuando fui consciente, ya estaba presa de su olor.
Se podía haber quedado ahí. Un encuentro sexual y cada una por su lado, pero el sábado volvimos a quedar. Y a la semana siguiente. Y a la siguiente. Y de un día a la semana, lo subimos a dos. Empecé a inventarme clases de yoga falsas o reuniones que se alargaban más de lo necesario
Llegó su apartamento en la playa, nuestros encuentros bajo la lluvia, las citas en el club de jazz...
Desde entonces han pasado seis meses de besos, caricias, ojos en blanco, uñas marcando nuestros cuerpos, agua, fuego... Seis meses sin promesas de futuro, solo sexo. Era cómodo así.
Pero todo parecía que iba a saltar por los aires.
Todo se podía haber quedado en un encuentro, pero volvimos a quedar el sábado. Y a la semana siguiente.
- Blanca
Su voz, esa misma que me pedía más ayer por la noche, me sacó de mi ensimismamiento.
Volví a la realidad, de golpe. La pizarra, llena de fórmulas matemáticas, los pupitres, el mapa político de Europa, el escritorio... Todo estaba en su sitio. Mi hija, a mi lado, mirándome con ojos extraños, y Carmela, con sus piernas cruzadas sobre el escritorio con su mirada fija en mí.
- ¿Me estás escuchando? - me preguntó
Tragué saliva. No sabía muy bien que decir. Opté por ser sincera.
- Perdóname - le dije -. Estaba... Bueno, da igual. ¿Qué decías?
- Decía que si no habéis pensado en llevar a Sofía a una escuela de arte - repitió - Si es así, yo conozco una que no es muy cara.
Noté como a Sofía le brillaban los ojos ante la propuesta.
Yo asentí. No era una mala idea. Pero Ramón debía estar de acuerdo.
- Lo tendré que hablar con mi marido - le dije.
Pero en ese momento, no me importaba ni las notas de Sofía, ni la escuela de arte ni de esa charla con Ramón que le había prometido.
Solo me importaba una cosa.
Carmela.
- Sofía, cariño - le dije - ¿Por qué no me esperas en el coche? Debo hablar con tu profesora.
- Pero tenemos que ir a natación - replicó ella.
- Es probable que no lleguemos - le dije, mirando el reloj -, pero te compro esa muñeca que te gusta si obedeces.
- Vale, mamá. Está bien.
Sofía salió del aula como un demonio. Cerró la puerta a su paso.
Nos quedamos solas. Por fin. No veía el momento, aunque no sentí deseo, solo una sensación de que lo que habíamos construido se desvanecía como un castillo de naipes.
- ¿Qué pasará con nosotras ahora? - le pregunté.
La pregunta le extrañó a juzgar por su expresión. Arqueó una ceja y me miró de arriba a abajo.
- Sí, qué va pasar - repetí -. Lo nuestro funcionaba porque éramos dos desconocidas. Dos mundos que no se tocan nunca. No eras mi cuñada, ni mi vecina, ni la peluquera que me hace las mechas. Eras alguien que viajaba en otro universo. Y solo chocábamos en tu apartamento dos días a la semana. Pero ahora... Ahora eres la profesora de mi hija.
- No cambia nada, cielo - me dijo ella - Sí, ahora sabes que doy clases a tu hija, pero seguimos siendo dos desconocidas. Mi apartamento sigue estando a kilómetros del tuyo. No hay nadie que nos relacione.
- Pero creo que mi hija sospecha algo. La tensión entre nosotras se podía cortar con un cuchillo. ¿Como le explico a la niña que tengo una aventura con su profesora?
- A ver, entiendo tu punto, pero de verdad que todo puede seguir como antes.
Se levantó del escritorio y caminó hacia mí, cerrando los escasos metros que nos separaban. Me sentí paralizada.
En el fondo, ella tenía razón. No me tenía que preocupar, pero sentía que mi burbuja, esa que tardé en hinchar seis meses, estaba a punto de explotar.
Pero, por otro lado, su voz me reconfortaba tanto que me tentaba seguir cruzando la línea. Total, ya estaba viviendo una segunda vida oculta.
- No le voy a decir nada a tu marido - me recordó.

Sus dedos recorrieron mi cuerpo y yo me estremecí sintiéndolos por encima de mi tela. Su olor me embriagaba y mi respiración se aceleraba. Su mirada penetraba en mí, como si observara dentro de mí. Sabía que me tenía a su merced. Y que no me podía resistir a ella. También sentía el vértigo la primera vez.
Nuestras bocas se besaron con ternura, mientras sus dedos exploraban mi intimidad. Suspiraba, aunque traté de mantener la calma.
- Espera... - dije echando un vistazo a mi alrededor - ¿Aquí?
Ella no respondió. Sus ojos, pícaros, como aquella primera vez, hablaban por ella.
Y su lengua lo refrendó.
El beso fue más intenso, más pasional, más fogoso... y mucho más prohibido de lo habitual. Sus dedos jugaban en mi coño y yo lo notaba húmedo. Mi respiración salía entrecortada, interrumpida solo por mis primeros gemidos.
Sus dedos en mi vagina se movían más rápido, yo temblaba de placer.
Me sentó en su escritorio, me quitó las bragas y me subió la falda, dejando mi coño al descubierto. Carmela metió su lengua. Yo apreté con mis muslos. Eché la cabeza hacia atrás y cerré los ojos.
La lengua de Carmela intensificó el ritmo, y yo trataba de gritar a su paso. Los gemidos se me agolpaban en la garganta. Dispuestos a inundar el aula.
Noté el orgasmo bajar por mi cuerpo. Carmela metió sus dedos y exploté. Lo saqué todo. Como siempre desde que estoy con ella. Carmela sabía donde tocar.
Se desvistió delante de mí. Yo me masturbé viéndola. Era superior a mis fuerzas.
Cambiamos las tornas. Ella se subió al escritorio, yo me acuclillé para meter mi lengua.
Carmela se estremeció cuando la introduje. Tenía su intimidad totalmente mojada. Mis dedos, que entraron segundos después, resbalaban con facilidad. Ella gemía con placer, gritando fuerte, como si deseara que todos se enteraran de la pasión que sentíamos.
Movía la lengua con velocidad, y sentía como su cuerpo se retorcía por el placer y como temblaban sus piernas. Sus gemidos inundaban el aula con esa calidez de su tono.
- ¡Me viene! ¡Me viene! - gritó Carmela.
Acto seguido, moví los dedos con más potencia, con más velocidad, hasta que su orgasmo hizo acto de presencia.
Me subí al escritorio con ella. Me sentí como una intrusa en su territorio. Nos besamos. Nuestras lenguas se fusionaban en una sola, mientras nuestros cuerpos, desnudos, se buscaban.
Entrecruzamos las piernas y empezamos a frotar como si no hubiera un mañana. Nuestros ojos se devoraban y nuestros cuerpos no nos pertenecían.
Llegamos al segundo orgasmo.
Nos besamos.
Me hubiera gustado quedarme más, pero me llamó mi hija.
- Sofía, cariño, salgo enseguida - dije.
Mientras, en mi espalda, Carmela dibujaba con su dedo corazones efímeros. Un pequeño detalle inocente, pero que nunca había hecho en nuestros encuentros anteriores. Mi mente empezó a elucubrar. "¿Y si ya no le parecía suficiente lo que teníamos y quería más?"
No le dije nada, pero esa pregunta quedó flotando en mi cerebro.
Me vestí con rapidez.
La miré, borraba las fórmulas de la pizarra.
- ¿Mañana donde siempre? - le pregunté.
Ella se giró suavemente, dejando que su melena acariciara su espalda.
- Sí, amor, mañana donde siempre.

- ¿Mañana donde siempre? - le pregunté.
- Sí, amor, mañana donde siempre.



El colegio es un buen lugar donde tener relaciones, es el mejor sitio donde aprender posturas nuevas jaja.