Cuando el taxi dejó a Sandra frente a su casa, eran las nueve y veintisiete de la mañana del domingo. El barrio despertó sin prisa, con tranquilidad de un día festivo. El día se impuso a la noche, las farolas ya estaban apagadas y el sol anunció una jornada calurosa. Hubo personas que sacaban a sus perros para hacer sus necesidades, otros corrían sus veinte minutos de rigor con sus ropajes de colores llamativos. Y Dolores, la vecina, ya se asomó a su ventana desde la que vig