¡Buenos días, mamá!
Cuando el taxi dejó a Sandra frente a su casa, eran las nueve y veintisiete de la mañana del domingo. El barrio despertó sin prisa, con tranquilidad de un día festivo. El día se impuso a la noche, las farolas ya estaban apagadas y el sol anunció una jornada calurosa.
Hubo personas que sacaban a sus perros para hacer sus necesidades, otros corrían sus veinte minutos de rigor con sus ropajes de colores llamativos. Y Dolores, la vecina, ya se asomó a su ventana desde la que vigilaba lo que ocurría.
Sandra bajó del taxi desorientada, sin saber muy bien dónde se encontraba. Reconoció el seto que cubría su casa, las banderas de España de los vecinos, o el coche destartalado de Ramón, que no encajaba con el resto de la urbanización, pero aún así le costó horrores ubicarse.
Cada paso que dio era una tortura. Se tambaleaba. Caminó haciendo zig-zag. Llevaba los zapatos en la mano, sus medias estaban llenas de carreras, y su ropa apestaba a alcohol: Podría emborrachar a quién estuviera cerca solo con oler.
Tenía el pelo alborotado y el maquillaje corrido.
Marcas visibles de una gran fiesta.
Ahora tocaba pagar las consecuencias.
Cuando el barrio despertaba, Sandra aún seguía pegada a su larga noche
En condiciones normales el trayecto desde la verja hasta la puerta de su casa cruzando el camino de losetas de piedra le hubiera costado menos de un minuto. Esa mañana tardó diez.
Sacó las llaves de su bolso, pero se le cayeron al suelo. Sus dedos parecieron conspirar contra ella. Abrir la puerta se convirtió en un desafío
Y, sin embargo, no era lo más difícil a lo que tendría que enfrentarse.
Aún le quedaba llegar a su habitación sin despertar a nadie.
Le costó varios intentos que la cerradura cediera.
Una vez dentro, comenzó a caminar de manera sigilosa por el espacio, como si fuera una ladrona, alternando grandes zancadas con otros pasos más pequeños y torpes, siempre pegada a la pared.
La luz natural de fuera se colaba en el interior, pero el salón se mantenía en una penumbra que le daba ventaja. La pared la mantuvo erguida. Avanzó entre los muebles sin tropezarse con ninguno, sorprendentemente.
Consiguió su primer hito: llegar al zapatero junto a la chimenea.
Se deshizo de los tacones.
Visualizó su próximo objetivo:
Las escaleras.
Diez metros.
Y, después, la salvación.
Llegó al zapatero sin tropezarse con ningún mueble. Ya solo le quedaban diez metros para alcanzar las escaleras
Entonces reparó en la presencia en el salón. Con la penumbra no la identificó perfectamente, pero supo enseguida que era su madre.
Y eso significaba problemas.
Marilia, su madre, no es de esas que se quedan dormidas en el sofá. Si sentía una pequeña pizca de cansancio, enseguida se subía a la habitación.
Pero esa vez no.
Esa vez se había quedado allí, sin una manta que tapara sus curvas, derribada por los brazos de Morfeo.
Para Sandra eso solo tenía una explicación.
Ella estaba allí esperándola.
Para reñirla.
Apretó los dientes, su cuello se tensó y empezó a sudar por lugares que no conocía. Todos sus esfuerzos habían muerto allí.
En su cabeza se reprodujo la última conversación antes de salir:
- A las dos, como muy tarde, aquí - dijo la madre.
- Sí, mami - respondió Sandra
Y eran casi las diez de la mañana.
Su madre dormía en el salón. Y estaba allí para reñirla
- ¡Mierda! - susurró.
Se quedó paralizada. No tenía escapatoria. Cualquier movimiento que hiciera ahora iba a despertarla.
La bronca que iba a recibir después se escucharía hasta en China.
Y no se lo podía permitir.
Había que pensar rápido.
Entonces, se le encendió la bombilla.
Ya sabía lo que iba a hacer.
Era una genial idea.
Sonrió.
Asintió.
Se arrodilló sobre la alfombra.
Empezó a gatear hacia el sofá con energías renovadas. Por un momento, el dolor de cabeza se había disipado. Lo único que le importaba a Sandra era llevar a cabo su perverso plan.
Ni siquiera le importaban las consecuencias.

Marilia dormía en posición fetal. Su cara apuntaba hacia el televisor. Solo estaba cubierta por un fino camisón que, en esa pose, dejaba al descubierto sus partes pudendas.
Sandra se paró a la altura de la cabeza de su madre y se quedó fantaseando con esa figura tan sexual que lucía. Se pasó la lengua por sus labios
Marilia emitió un pequeño ronquido
- Vale, sigue dormida - dijo, mientras notaba como su corazón se aceleraba
Cerró los ojos.
Suspiró
- Bien, vamos allá - se animó. Confirmando que iba a cruzar la línea y que no había vuelta atrás.
Sus dedos empezaron a deslizarse por los muslos de su madre sin que esta abriera los ojos. La cara de Sandra aumentaba en malicia y poco a poco se acercó más a zonas más peligrosas.
Marilia seguía durmiendo.
Sandra dobló la apuesta.
Uno de sus dedos rozó el coño de Marilia. No hubo respuesta. Siguió moviendo, aumentando el ritmo. Marilia empezó a gemir.
De repente, despertó.
Vio a Sandra masturbándola.
- ¡Hija! ¿Pero qué haces? - preguntó.
- Nada - respondió ella con picardía.
- Por favor, hija, para - suplicó, pero sus gemidos iban a más
Sandra ignoró el mensaje. Seguía concentrada en su misión. En evitar, por cualquier medio, una bronca de proporciones bíblicas.
Marilia no paraba de gemir.
- Eres muy mala, hija - dijo Marilia.
- Muy mala
- Para ya - pero, por dentro, se sentía excitada.
Sandra lo notaba, porque su coño estaba muy mojada.
- ¿Quieres que pare?
- Si hija. Eso quiero.
- No es lo que dice tu coño.
- Pero esto es un error.
- Venga mamá. Dime que no me has deseado nunca.
Marilia se mantuvo callada.
- Lo suponía - zanjó.
Sus dedos seguían masturbando a Marilia que insistía con parar, pero cada súplica sonaba más a mentira. Estaba completamente excitada.
Sandra subió el nivel. Dejó los dedos a un lado y metió su lengua juguetona. Marilia perdió toda la sensatez que le quedaba. Empezó a gemir fuerte, sin importar quien pudiera escuchar.
Agarró de la nuca a su hija apretándola contra ella.
- Si vas a hacer esto - dijo Marilia - Hazlo bien, joder.
Sandra aumentó su ritmo con la lengua. Marilia se desnudó mientras un escalofrío de placer recorrió su cuerpo.
Los gemidos de Marilia se escuchaban fuertes. Notaba el orgasmo cerca y eso le tensó la ingles.
Finalmente, explotó.
Sus muslos se convirtieron en ríos de flujo que emanaba sin miramientos.
Sandra lo saboreó, como si fuera el más exquisito manjar.
Se besaron. Sus lenguas libraron una luchas sin cuartel. Su saliva se mezcló sin pudor. Sus manos se buscaron sin obstáculos.
Marilia se tumbó, entonces, en el sofá. Sandra colocó sus piernas encima de su boca. Su madre metió la lengua, Sandra se balanceó acompasando su movimiento con el de Marilia.
Los gemidos de Sandra inundaron toda la habitación a medida que Marilia aumentaba el ritmo de sus lengüetazos. Sandra se movía con más intención. Sus pechos rebotaron con fuerza contra su propio cuerpo.
El orgasmo ya avisaba.
Sandra apretó sus muslos contra la cara de su madre. Intentó retrasar lo inevitable.
Finalmente, un estallido sacudió su cuerpo.
Marilia, debajo, relamió los jugos de su hija. Sandra se apretó más contra su madre.
Hasta sentir que se quedó seca de placer.
Y, después, la nada. Todo se acabó.
Quizá fue la consciencia de lo ocurrido.
O, simplemente, fue que la luz que iluminaba más el salón.
Pero, con cierta vergüenza, las dos se separaron ocupando diferentes esquinas en el sofá. Como dos boxeadoras al acabar el "round"
Ninguna habló.
En una esquina estaba Sandra, que sonrió. Había conseguido su propósito de no ser abroncada, aunque había cometido una travesura aún más grave. Además, la borrachera perdida se hizo más palpable y su dolor de cabeza se instaló en su cabeza. Se volvió a sentir mareada y desorientada
En la otra, Marilia, intentó no mirar a su hija. Por dentro era un volcán de sentimientos encontrados. Por un lado, se recordó que había sido un error, que eso jamás debía haber pasado y que debía haber sido más contundente a la hora de frenarlo, pero, por otro lado, se había sentido tan deseada que no podía evitar recrearse en lo ocurrido, pensar en cómo su hija la tocaba, la besaba y la hacía ver las estrellas.
Debía admitir que eso era algo que no creía volver a vivir. Sandra le había demostrado que se equivocó.
- Oye mamá... ¿Tú has tenido algo con mujeres? - preguntó Sandra rompiendo el silencio.
Marilia la miró por fin, extrañada por la pregunta. Los ojos de la niña la miraban con expectación.
Ella tragó saliva.
Respondió:
- La verdad es que sí. Tuve varios encuentros con una monitora de yoga
- Se nota. Esa lengua estaba entrenada.
Marilia se ruborizó
- Hija, por favor, no quiero hablar de ello - zanjó -. Ha sido un error.
Sandra emitió un pequeño gruñido.
- Pero ha sido un error maravilloso y placentero - se defendió Sandra - Quizá tenga que saltarme tus horarios más a menudo - añadió, con un guiño de ojos y tono picarón.
Marilia no supo muy bien qué responder.

"Quizá tenga que llegar tarde más veces", dijo Sandra. Marilia no supo qué responder



Menuda juerga tuvo que disfrutar Sandra para que la solución que se le vino a la cabeza y librarse de la bronca fuese liarse con su madre jajajaja