La iglesia de San Andrés me recibió una tarde oscura de diciembre. Dos farolas iluminaban el paseo hasta su fachada principal. Desde el suelo, dos focos le daban un aura resplandeciente. El aire gélido me golpeó la cara y me dificultó avanzar. Traté de cubrirme con la capucha de mi sudadera. El frío no era un problema para los chavales que se besaban como si no hubiera un mañana en uno de los bancos. En el otro extremo, un señor sujetaba la correa de su perro mientras el ani