Alcohólicas anónimas
La iglesia de San Andrés me recibió una tarde oscura de diciembre. Dos farolas iluminaban el paseo hasta su fachada principal. Desde el suelo, dos focos le daban un aura resplandeciente.
El aire gélido me golpeó la cara y me dificultó avanzar. Traté de cubrirme con la capucha de mi sudadera. El frío no era un problema para los chavales que se besaban como si no hubiera un mañana en uno de los bancos. En el otro extremo, un señor sujetaba la correa de su perro mientras el animal olisqueaba las flores del jardín.
Fue entonces cuando escuché el campanario.
Miré hacia allí.
"Las siete", pensé.
Si mi caminar era lento y pesado, con el tañido de la campana también se volvió torpe. Me temblaron las piernas y tenía que pararme a cada paso. Me sentí como un penitente en una procesión de Semana Santa.
Pero haciendo de tripas corazón, avancé hasta la puerta señorial del templo.
Me encontré con numerosos carteles: Varias esquelas - especialmente la de Paquita, la panadera, a la que mi familia siempre le había comprado el pan -, un programa de actividades para las fechas navideñas y la información para apuntarse para participar en el belén viviente.
Y, sin embargo, el cartel que me llamó la atención era uno escrito a mano sobre una hoja blanca. Sin florituras, sin Photoshop, sin una imagen llamativa...
Un boli, un folio, quince palabras.
"Todos los jueves a las 19:00, reunión de alcohólicos anónimos en la sacristía. Entrada libre"
Me tensó el cuerpo.
Miré atrás.
Quise correr, huir, alejarme de allí, pero mis pies parecían atornillados contra el suelo.
Aquel papel, sujeto con cuatro trozos de celo, lo hacía real.
Mi presencia allí solo tenía un motivo.
Era una hoja con un texto manuscrito, pero lo que ponía lo hizo real
Empujé la puerta con cautela. El interior estaba a oscuras. Solo se reveló en cuanto empecé a caminar. Con las manos en los bolsillos de la sudadera, y mirando al suelo.
No había pisado esa iglesia desde el funeral de mi madre cuando tenía doce años y todo estaba igual. Y yo tenía la misma sensación acongojante que entonces.
El eco de mis pasos me taladró el cerebro. Mi avance era lento, pero avanzaba. El altar se veía más grande a medida que me acercaba. Y cuanto más cerca más ganas tenía de huir, pero más atrapada me sentía.
La sacristía estaba a mi derecha.
La puerta, entreabierta.
Me paré frente a ella.
Resoplé una vez.
Dos.
Tres.
Entré.
La sala era pequeña, carecía de muebles - salvo una mesa para los canapés -, olía a humedad y a vidas truncadas que tratan de renacer. En el centro, un grupo de gente formaba un círculo sobre sillas de maderas plegables.
- Vaya - me dijo una mujer -. Parece que tenemos a una chica nueva. Coge una silla y siéntate donde quieras.
Me tensé.
Quería pasar desapercibida, ser invisible.
Pero mi estrategia voló por los aires.
Ella me había visto.
Y no había agujero en el que esconderme.
Cogí la silla y me senté en el hueco que el resto de mis compañeros me habían dejado.
Mi corazón latió fuerte. Tenía un bombo en mi pecho.
- ¿Quién quiere empezar?
La pregunta la formuló la misma mujer que me cazó, la que rompió mi capa de invisibilidad.
Cuarenta y tantos, pelo castaño, gafas, piernas cruzadas, un portafolios colocado en el muslo.
Y su mirada...
Su mirada me era difícil descifrarla.
- Yo
El hombre a mi derecha levantó el brazo.
- Adelante. Puedes comenzar.
Entonces el hombre comenzó su relato.
Apenas le escuchaba. Lo que contaba, me sonaba a chino
Apenas le miraba. Tenía mis ojos fijos en uno de los dibujos que se formaban en las baldosas.
Y así fueron hablando todos los del círculo.
Algunos contaban que llevaban tres meses sin beber.
Otros reconocían una recaída.
Alguno comentaba que, para ellos, el alcohol era una forma de no quedarse apartado de su grupo de amigos.
Que todos bebían y él no iba a ser menos...
Y yo, en cambio, seguía en mi mundo.
En una baldosa que, después de tanto mirar, tenía un parecido razonable con Madonna.
- ¿Quieres contarnos tu historia?
Tardé en reconocer que la pregunta iba dirigida a mí.
Levanté la vista despacio.
Mis ojos se cruzaron con los suyos.
Sentí autoridad, pero también comprensión, ternura.
Y que no me iba a juzgar.
Por primera vez, me sentía con fuerzas de hablar.
"¿Quieres contarnos tu historia?", la mujer dirigió la pregunta a mí, pero yo no la estaba mirando.
Carraspeé.
Tragué saliva.
- Me llamo Emma - dije - Y soy... soy alcohólica.
Decirlo en voz alta me revolvió el estómago.
La primera vez que lo reconocía.
- Hola Emma.
El grupo respondió al unísono. Me sentí abrumada. Todos los ojos estaban en mí.
No recuerdo cuándo empecé a beber. Ni por qué
Quizá fuera en la universidad. Los exámenes me estresaban.
Puede que fuese en alguna fiesta patronal. Por diversión.
O, simplemente, que mis ganas de beber siempre han estado allí y solo buscaba la excusa perfecta.
Pero cuando bebí por primera vez no supe parar.
Al principio fue una copa, después dos, tres...
Y dejé de contarlas.
No sabía estar sobria.
- ¿Por qué estás aquí? - me interrumpió la mujer
Me tembló el cuerpo.
Las gotas de sudor recorrían mi frente.
La sala me parecía una sauna... y no solo por el calentador.
Volví a tragar saliva.
Apreté los puños.
La garganta me picaba.
¿Por qué estaba frente a nueve desconocidos en la sacristía de una iglesia?
Pues porque hace dos noches sufrí un accidente. Sin consecuencias, por suerte.
No recuerdo ni de donde venía ni a donde iba.
Lo que sí recuerdo es la farola.
Recuerdo cómo saltó el airbag.
Recuerdo cómo se hizo añicos la luna delantera.
Recuerdo salir del coche gateando.
Y, sobre todo, recuerdo como buscaba a tientas entre el amasijo de hierro una botella de cerveza.
Iba bebida.
Y seguí bebiendo tras el choque.
Así que cuando llamé a mi hermana, ella pareció olerme el aliento. Dije "cariño" y ella me colgó. Volví a llamar dos veces más y no hubo respuesta.
Sabía que esta vez no me iba a sacar las castañas del fuego como en las cuatrocientas veces anteriores.
Me molestó.
Pero en el fondo, la entendía.
Soy un desastre. Y de los desastres, la gente se aleja.
Y entonces me quedé allí, sola, con la botella de cerveza y una sensación nueva en mí.
Y comprendí que no podía seguir así
Y por eso estaba allí, en la sacristía de una iglesia frente a nueve desconocidos.
La sala se quedó en silencio. Todos se miraban unos a otros, desconcertados.
Incluso entre los alcohólicos, yo era un caso perdido. O al menos, eso era lo que deducía
No lloré, pero mis ojos estaban húmedos.
Y volví a perderme en el patrón de las baldosas.
- El primer paso es reconocer que tienes un problema - comentó la mujer de las gafas.
Lo pronunció para todo el grupo, aunque fuera yo la destinataria.
- Y es el paso más difícil de dar. Todos los que estamos aquí, lo sabemos - añadió -. Pero ahora viene la verdadera lucha. Si estás aquí es porque quieres cambiar, pero... no voy a mentir, habrá altibajos en los que querrás refugiarte en la bebida. Y puede que alguna vez caigas. Hay que luchar. Y cuanto más luches, más fácil te será sujetarte ante las tentaciones.
El grupo se disolvió.
Todos empezaron a dejar las sillas en una hilera y se reunieron alrededor de la mesa de los canapés.
Yo no pude.
Me quedé sentada asimilando todo lo que había dicho.
Tuve ganas de vomitar
Y por primera vez, sentí asco de mí misma.
"El primer paso es reconocer que tienes un problema", dijo, como un mantra
Cuando me incorporé al grupo, apenas quedaban dos tristes canapés. Me llevé a la boca un panecillo con queso curado de vaca y un poco de miel. Di un bocado, que disfruté como si no hubiera comido en semanas.
Mastiqué con calma.
En ese momento, alguien habló a mi espalda.
- Has sido muy valiente - me dijo.
Me di la vuelta, tragando el bocado.
- No, no lo he sido - dije.
La palabra "valiente" en ese contexto me sonaba igual de raro que ver un pingüino en un desierto, pero ella insistió.
- Lo has sido, de verdad. Yo tardé cuatro sesiones en hablar. Y tú te has desgarrado en la primera. Eso dice mucho de ti.
Parpadeé.
- ¿Por qué no hablaste? ¿Miedo? - pregunté.
- Digamos que era difícil de asimilar - respondió -. Pero ya habrá tiempo de hablar de mí.
- Entonces no te pregunto más
- Venga... Te invito a cenar - me dijo - Veo que no has comido nada.
Me encogí de hombros.
Pero no era por vergüenza.
Era porque sí, tenía un hambre atroz. Y un trozo de queso y miel en una tostadita de pan no iba a calmarlo.
Acepté la invitación.
"Has sido muy valiente", me comentó. No la creí
La pizzería estaba enfrente de la Iglesia. Era un local pequeño, con una pizarra con el menú recibiendo a los comensales, paredes decoradas con fotos de monumentos italianos, manteles a cuadros, banderas de Italia y un lema que llenaba todos los rincones: "El orgullo de Italia"
El dueño, un hombre de aspecto rudo que respondía al nombre Andrea, cuya cara aparecía en el logo del establecimiento, nos saludó en cuanto reconoció a mi acompañante.
- Ah, Yolanda. Veo que te traes a una amiga. ¿La mesa de siempre?
- Sí, por favor. Gracias Andrea
Después me miró.
- Suelo cenar aquí cuando salimos de las reuniones - me dijo.
Yo recordaba haber cenado aquí cuando era niña. Venía con mi madre y comíamos tanto que ella siempre decía: "Vamos a salir rodando".
Estaba tan cambiado que me costaba ubicarlo en las imágenes de mi infancia.
La mesa estaba frente a la cristalera que daba al exterior. La iglesia se veía en todo su conjunto desde allí.
La música que sonaba era tenue y en la tele lo que parecía un documental sobre algún chef. O podía ser cualquier otra cosa. No tenía volumen.
Mientras ella miraba la carta como si fuera la primera vez que cenaba allí, yo la observaba a ella.
Y una pregunta se me instaló en el cerebro.
¿Por qué ella, una desconocida, había logrado sacarme más que cualquier psicólogo que había intentado ayudarme?
No tenía una respuesta clara.
Quizá fuera esa mirada serena y firme, pero comprensiva y llena de ternura.
O esa forma de hablar que no te pinta de rosa un camino que está lleno de espinas.
Lo único que sabía es que, por primera vez, estaba aliviada.
Un camarero me sacó de mis pensamientos.
- ¿Han elegido ya?
- Sí. Yo quiero una pizza mediana de cuatro quesos.
Miré la carta por encima.
Dos segundos
- Tomaré lo mismo - dije
- Y para beber... Agua - comentó Yolanda - Fría, si es posible.
- Yo vi... - vacilé -. Zumo de piña.
La conversación entre nosotras surgió de manera natural. Nos conocíamos desde hacía dos horas, pero hablábamos como si fuésemos amigas desde la infancia. No hablamos ni de adicciones, ni de recaídas, ni de historias lacrimógenas.
Eran temas banales.
Hablamos de nuestra música favorita, de las ciudades que queremos visitar - "Me muero por conocer Bakú", le dije -, de los famosos que nos parecían atractivos - mencioné a la atleta alemana Maddie Hubert, pero ella me dijo que no era para tanto. Le respondí que debía ponerse gafas. Y nos reímos. De verdad -, o del último modelo de robot que había salido al mercado.
Fue agradable que el alcohol no revoloteara en nuestra conversación, pero cuando llegamos a los postres el motivo de aquella cena afloró de nuevo.
- Me veo reflejada en ti - me dijo Yolanda.
Yo, mientras, paladeaba mi arroz con leche. Tuve que dejar caer la cuchara. El ruido de ella sobre la cerámica del cuenco hizo que algunos comensales giraran la cabeza.
- Para apoyarnos y superar nuestras adicciones solemos tener una persona de confianza - continuó -. Alguien a quien llamamos padrino o madrina
- ¿Te ofreces voluntaria? - le preguntó con un excesivo brillo en mi mirada. No fui capaz de remediarlo.
- Hace tiempo que no he tenido ese papel - confesó -, pero como he dicho... me veo reflejada en ti.
Mientras terminaba el arroz con leche, ella apuntó algo en la tarjeta de visita que había tomado prestada.
Me la entregó.
Lo que había apuntado era su nombre, su teléfono y una frase:
"Para cuando las cosas se tuerzan"
Abrí la puerta del "Cucamonas" con toda la fuerza que pude sacar. Las campanillas alertaron de mi presencia. No sé muy bien por qué estaba allí, por qué me había dejado arrastrar a ese bar de mala muerte en el que había acabado un elevado número de veces.
Pero ahí estaba.
El bar me parecía más oscuro, más sucio, más triste... O solo era yo quién lo veía diferente.
Un local al que nunca entrarías.
Salvo para beber hasta perder el conocimiento.
El camarero frotaba un par de vasos desde la barra. Me reconoció
- Vuelves a dejarte caer por aquí - me dijo - ¿Qué te pongo?
Me senté en uno de los taburetes. Hinqué los codos en la barra como si quisiera hundirla.
Mi cerebro se debatía entre mantenerme fiel a la promesa de una fría tarde de diciembre o volver a ser la Emma borracha y caótica de siempre.
Mis labios me traicionaron.
- Un whisky - dije -. Doble.
La lluvia golpeaba fuerte contra el cristal, pero yo escuchaba mi tormenta interior. Esa que me decía que solo valía para destrozarme la vida entre copas.
Y esa noche, iba a tener razón.
El camarero me dejó el vaso frente a mí.
Lo tomé, jugué con él. El liquido daba vueltas al mismo tiempo que movía la mano.
Me lo acerqué a los labios.
"Solo será uno", pensé buscando justificación al delito que iba a cometer. "Ella no tiene por qué enterarse"
Estuve a punto de beber.
Pero no lo hice.
Ocurrió un milagro.
En el bolsillo de mi chaqueta noté un trozo de cartón. Lo saqué.
Venía el nombre de una pizzería junto a su logo - la cara de su dueño - y la información de contacto.
Mis dedos se aflojaron del vaso, sosteniéndolo aún cerca de los labios.
Le di la vuelta a la tarjeta.
Un nombre.
Un teléfono.
Una frase.
"Para cuando las cosas se tuerzan"
Aquella frase hace ocho meses sonaba a promesa. Esa noche, era una verdad desgarradora:
Las cosas estaban muy torcidas.
Me llevé el vaso de whisky a la boca y... entonces, ocurrió un milagro
Sostuve la tarjeta en la mano, mientras con la otra mantenía el vaso de whisky. Como una balanza. Mi cabeza echaba humo tratando de convencerme qué opción tenía más peso.
Ganó Yolanda.
O, al menos, esa mirada severa y tranquilizadora. Firme y amable.
Una mirada que sabía que no te iba a juzgar.
Llamé.
- Voy a beber - le dije.
La pillé en fuera de juego. No le di tiempo ni a un saludo por cortesía. No tenía ese segundo de amabilidad.
Al otro lado de la línea, silencio. Fueron segundos que se me hicieron eternos.
- No lo hagas - me dijo, finalmente. Respiré - ¿Dónde estás?
- En el Cucamonas
- Voy a por ti. No bebas, por favor.
El vaso tembló en mi mano.
El camarero me miró extrañado.
Él me había visto beberme chupitos a dos manos.
Y ahora no era capaz ni de beberme un vaso de whisky.
La llegada de Yolanda la sentí cuando escuché las campanillas, pero yo ni la miré. Seguí escondida en mi caparazón, con mi cabeza cubierta con la capucha de mi abrigo. Mis manos me servían de almohada.
Y el vaso de whisky me miraba.
Sentí la mano de Yolanda en mi espalda.
Me giré.
- ¿Qué te ocurre? - me preguntó
- Nada
- Emma, no me has llamado a la 1:30 para nada - se cruzó de brazos - ¿Qué te pasa?
Apreté los labios.
Quería hablar
Pero, a la vez, no quería.
Vivía en una contradicción permanente.
Finalmente, me derrumbé.
- Hace cinco años... Tenía una cita con mi novio. Fui borracha. No me acuerdo de nada, pero debí montar una escena... Me dejó, claro.
- Siento oír eso.
- Hoy me le he encontrado - continué -. Con su mujer. Con su hijo sentado en su cuello. Podría haber sido yo, pero soy esta. La que ahoga sus penas en un vaso de whisky. Es mucho más fácil.
- Te entiendo - me dijo -. Pero tienes que ser más fuerte.
- ¿Qué vas a saber? Tú, la mujer perfecta. La que tiene palabras de aliento para todo el mundo. Tú no sabes nada
No hablaba yo, hablaba la rabia.
La rabia de verme en el abismo y necesitar una cuerda a la que agarrarme.
Yolanda se sorprendió.
Intenté disculparme torpemente
- ¿De verdad crees que soy perfecta? Te equivocas. No soy perfecta. Y, si me apuras, soy peor que tú.
Parpadeé.
- ¿Peor que yo? - repetí. Era la única manera de asimilar lo que acababa de decir.
- Sí
Se hizo el silencio.
Hasta el camarero apagó la música.
Yolanda tragó saliva.
- Yo... yo maté a alguien
La confesión me golpeó tan fuerte que volví a agarrar el vaso de whisky con intención de beber.
No lo hice.
Ella siguió hablando.
- Yo también iba borracha al volante. Tú ibas sola, yo no. Detrás iban mi prima y su novia. Veníamos de una fiesta. Estábamos cantando, felices. Y, de repente, di un volantazo. Nos despeñamos por una ladera.
Me agarré al taburete.
- A mí no me pasó nada, pero ellas... Mi prima perdió las piernas... y su novia... Muerta. En el acto... Así que no te atrevas a decir que soy perfecta. He luchado mucho por dejar todo aquello atrás.
- ¿Y qué pasó? - pregunté. No supe qué más decir.
- Pagué. Claro que pagué. Y tuve suerte. Porque mi abogado era muy bueno. Pasé solo cinco años en prisión. La fiscalía pedía diez.
Silencio.
Yo pensaba en beber.
Me sorprendió que ella no mirara al vaso ni una sola vez.
Eso me reconfortaba.
Si ella ha conseguido dejar el alcohol.
Yo también podría.
- Mi prima me ha perdonado, pero no fue fácil. No me dirigió la palabra hasta hace poco. Y la familia de su novia aún no me toleran. Para ellos seré siempre la persona que mató a su niñita...
Noté cómo una lágrima recorría mi mejilla. No la paré. La dejé caer.
Ella parecía que quería seguir hablando, pero se calló.
- Venga, te llevo a casa - dijo.
Dejé unos billetes en la barra.
El vaso seguía allí, intacto
- Y tú, señor - zanjó Yolanda -. Puedes tirar eso por el water.
"No soy perfecta", me dijo. "Yo... yo maté a alguien"
Me paré en seco frente a mi portal. Ella se colocó frente a mí.
- Vivo aquí - dije - En el sexto. Gracias por todo.
- De nada. Para eso estamos las madrinas. Pero, por favor, no me vuelvas a dar estos sustos... Bueno. Debería irme. Nos vemos el jueves.
Yolanda empezó a caminar.
Y me temblaron las piernas.
Después de lo que había vivido esa noche, me daba miedo flaquear
- ¡Quédate conmigo! - grité.
No quería que fuera una súplica
Pero lo era.
Y pensé que ella nunca accedería
Pero lo hizo.
- Muy bien, me quedaré, pero solo para que no bebas. Voy a ser como un detective privado.
- Dormiré en el sofá - me dijo.
- No hace falta - le respondí.
- Emma...
- Mi cama es grande. Cabemos las dos - añadí
Ella se mantuvo callada. Y había bajado la mirada.
Yo arqueé una ceja.
Ocho meses viendo como manejaba las reuniones con soltura, explicando que salir de las adicciones era difícil, enfrentándose a historias tan crudas que dolían, luchando contra sus propios demonios.
Y, conmigo, había bajado la mirada.
Solo era una propuesta inocente.
Bueno, quizá no lo era tanto.
- ¿Qué ocurre? - pregunté.
- Nada
- Mientas fatal... ¿lo sabías?
- Te preocupa algo... Sobre nosotras.
Yolanda me miró al fin.
Sentí su miedo.
Noté temblar sus piernas.
- No quiero que pase nada de lo que nos arrepintamos después.
Aquello me desarmó.
No se había negado.
No había dicho "es una locura"
Solo tiene miedo a las consecuencias.
No ha cerrado la puerta.
Al contrario, la ha abierto de par en par.
Si no cruza el umbral es por miedo.
El mismo miedo que sentí yo aquella tarde de diciembre.
Me acerqué a ella y Yolanda se mantuvo quieta, como una estatua.
- ¿De qué te vas a arrepentir?
Ella no respondió. Y no hizo falta.
El silencio lo decía todo.
- ¿De que te guste?
Yolanda crispó los dedos de los pies contra el parqué.
Mi corazón se aceleraba.
El suyo, también.
- Está bien. Dormiré contigo. Pero, las manos quietas.
- No te prometo nada.

Me tumbé en la cama. Adopté una pose fetal, con la mirada fija en el espejo de mi armario. Durante toda mi vida, aquel espejo era la ventana a mi infierno; aquella noche reflejaba mi versión más segura.
A través del espejo vi como Yolanda se desnudaba. Primero se quitó los pantalones, luego su blusa, después perdió el sujetador. Mantuvo sus bragas.
Yo sabía que le iban a durar poco.
Ella, también.
El colchón se hundió con su contacto.
Fue mi detonador.
Fingí dormir.
Después rodé sobre la capa.
Mis ojos se toparon con su espalda.
Mi dedo caminó por su piel.
Ella se estremeció.
- Emma...
- ¿Ocurre algo?
- Es un error
- Lo sé, pero es un error que quiero cometer.
Yolanda tembló cuando mi dedo se posó sobre los lumbares.
- Creo que ambas queremos lo mismo.
Yolanda se mantuvo callada.
Y eso ya era una respuesta.
Y aquello me dio pie a seguir jugando
Porque ella no me iba a detener.
Mis dedos rodearon su cadera, bajaron por se abdomen, cruzaron el ombligo, y se adentraron en su intimidad. Sin preguntas, pero sin frenos.
Ella se estremeció.
Y yo seguí masturbando.
Yolanda empezó a susurrar. Notaba irse su miedo, pero ahora vivía en la vergüenza. Algo que desea fervientemente, pero que no reconoce porque es prohibido.
Mientras seguía masturbando, me acerqué a su oído.
- Déjate llevar - le dije.
Ella me respondió con el mayor gemido, por el momento
- En las reuniones, tú eres la líder - añadí - Aquí mando yo, pero tranquila, seré cuidadosa. Te necesito tanto que no quiero dañarte
Sentí como ella relajaba los hombros.
Y al fin nuestros labios se encontraron.
Todo se redujo a eso. Al choque de nuestros labios.
A un beso que era tan placentero como liberador.
Mis dedos, en su coño, se movían más rápido.
Yolanda gemía fuerte.
Intentando taparse la boca.
Aparté las sábanas.
Yolanda se clavaba las uñas de los pies.
Era una imagen cautivadora.
Dejé de masturbarla.
Le quité las bragas.
Le abrí las piernas todo lo que pude.
Nos seguimos besando.
Quizá no había amor, pero había deseo, ternura y algo de necesidad.
Al menos en mi caso. Desde que mi ex me dejó no había tenido nada romántico.
Solo con las botellas.
Mi boca viajó hacia abajo. Besé todos los rincones.
Los hombros, el cuello, las clavículas, los pezones, el ombligo... un recorrido por cada centímetro de piel hasta que llegué a su sexo.
Metí la lengua sin ternura. Yolanda arqueó el cuerpo. Sus gemidos salían en cadena perdiéndose en el aire. Se agarró a las sábanas, mantenía los dedos de los pies crispados y doblados.
Yo tenía las manos agarrando su cadera. La atraía hacia mí.
Mi lengua se movía rápido.
Era como un gato.
Yolanda gemía. Y sentía como se liberaba con cada lengüetazo.
Lo había conseguido.
Había soltado los grilletes.
Lo noté cuando me agarró de la nuca, apretándome contra su coño.
Poco después, me llené la cara con su orgasmo.
Me tomé un momento de respiro.
Acompasé mi respiración.
Me acurruqué contra Yolanda. Mi oído posado sobre su pecho. Su corazón latía acelerado, pero se iba relajando.
No duró mucho.
Porque empezó a masturbarme.
Aunque me lo imaginaba, me sorprendió.
Eso fue lo que me hizo gemir. La sorpresa.
Después me entregué a ella.
Otra vez.
Me entregué a ella al desgarrarme aquella tarde de diciembre, me entregué a ella al sentirme vulnerable en el "Cucamonas", y me entregué a ella y al placer que me daba.
Sus dedos jugaban con mi clítoris que se iba mojando sin poder remediarlo.
Hacían conmigo lo que querían.
Yo no paraba de gemir. De pedir más. De exigir más.
Y ella me lo daba. Sus dedos se movían tan rápido que apenas me tocaban, y, aún así, estaba encendida.
De repente, paró en seco.
Se apartó y me desplomé sobre la cama.
La vi gatear alrededor de mi cuerpo.
La vi colocarse frente a mi coño.
Metió su lengua.
Di un respingo.
Mis gemidos sonaban más fuertes.
Me tapé.
A las 3 de la mañana mis gemidos podían despertar a un barrio entero.
Me tensé.
Y, después, exploté. Llegué al clímax.
Acabé agotada.
Dormí como un bebé.
Los rayos de sol se colaron por la persiana y me acariciaron la cara.
Abrí los ojos con cautela.
Como si esperara que todo lo que había vivido solo hubiera sido un sueño.
La cabeza me dolía. Un dolor que reconocía. Esa mala sensación que te queda cuando tienes resaca, pero esta vez, no había bebido.
Yolanda dormía a mi lado, desnuda. Las sábanas dejaban un pecho al descubierto. Sonreí.
No era un sueño. Ella estaba allí.
Me di una ducha.
Hace ocho meses, hubiera tardado una hora. Me hubiera entretenido bebiéndome las mini botellas de ron que guardaba escondidas entre los botes de champú. Aquella mañana, solo duró cinco minutos. Dejé el agua correr. Lo ocurrido en el "Cucamonas" ya era solo una página en mi "glorioso" pasado.
Salí de la ducha.
Cubrí mi cuerpo con una toalla.
Me fui a la cocina.
Desayuné. Tostadas, jamón y una manzana.
Ocho meses atrás, hubiera desayunado dos cervezas en lata y una copa de coñac.
Escuché los pasos de Yolanda.
Levanté la vista.
Vestía solo con su blusa. Nada más.
- Ha sido el error más delicioso que he cometido - le dije, con una sonrisa burlona.
- Pero sigue siendo un error - habló la Yolanda más práctica.
- ¿Y si no lo fue? ¿Y si podemos ser una pareja normal? No solo una madrina y su oveja descarriada.
Yolanda se quedó quieta en medio de la cocina. No esperó mi reacción.
Vi como se le tensaba la mandíbula.
Después, me robó un trozo de la manzana.
Lo entendí como una forma de alargar la incertidumbre.
- ¿Me quieres porque soy tu salvavidas o porque, realmente, me amas? Porque si es lo segundo... quizá pueda haber alguna posibilidad.
Me brillaron los ojos.
Pero ella se empeñó en apagarme.
- Pero si solo me ves como un salvavidas... así no llegaremos a nada. No quiero que dependas de mí para tu supervivencia.
Me quedé helada.
Pero tenía razón.
¿Qué era lo que habíamos construido?
¿Era dependencia emocional?
¿O, realmente, la amaba?
No lo sabía.
Pero lo que sí sabía es que lo que pasó, me gustaría repetirlo.

"¿Me quieres porque soy tu salvavidas o porque, realmente, me amas?" Y yo no supe qué responder



Buena forma de salir del alcohol, el sexo también es adictivo, pero solo tiene consecuencias positivas jajaja.