El Museo de Historia Nacional aún estaba cerrado al público a las nueve menos cuatro de la mañana, pero ya había gran actividad entre los trabajadores del mismo. Por eso, la recepcionista, de no más de veinte años, ocupaba su puesto. Vestía falda negra, medias de rejilla y una camiseta con el nombre de una banda punk alemana. Su pelo era de un llamativo rojo fuego. Un estilo que encajaba poco en un espacio como ese. Ella escuchaba música por sus auriculares JVC-2000 de última