top of page

Ayuda externa

alialinstagram87
31 ene
12 min de lectura

El Museo de Historia Nacional aún estaba cerrado al público a las nueve menos cuatro de la mañana, pero ya había gran actividad entre los trabajadores del mismo. Por eso, la recepcionista, de no más de veinte años, ocupaba su puesto. Vestía falda negra, medias de rejilla y una camiseta con el nombre de una banda punk alemana. Su pelo era de un llamativo rojo fuego. Un estilo que encajaba poco en un espacio como ese. Ella escuchaba música por sus auriculares JVC-2000 de última generación, con los pies sobre el escritorio respirando una calma que no tendrá cuando las puertas mecánicas se abran constantemente para recibir visitantes.

Pero toda esa tranquilidad saltó por los aires cuando tres - dos mujeres y un hombre - figuras humanas se reflejaban ante el cristal de las puertas. Una de las mujeres, pelirroja de cuarenta y dos años, golpeó con la palma de la mano sobre el cristal. La recepcionista, con desgana y emitiendo un bufido ensordecedor, se acercó hasta la puerta.

- Estamos cerrados aún - dijo la joven.

- Es urgente - dijo la pelirroja.

- Lo siento, pero deberán volver más tarde

La pelirroja se alejó dos pasos de la puerta.

La recepcionista dibujó una sonrisa de satisfacción ante su pequeña victoria.

Pero la pelirroja tenía aún un as bajo la manga...

Sacó de su bolsillo su placa y la apoyó contra el cristal de la puerta

- Soy la agente especial Emma Price y estos son mis colegas Gomez y Rolland. Necesitamos hablar con alguien. Urgente.

La satisfacción de la recepcionista por la pequeña victoria se tornó en una amargura ante la revelación de la pelirroja. Volvió a su puesto y pulsó el botón que activaba las puertas automáticas.


"Soy la agente especial Emma Price. Y necesito hablar urgentemente con alguien del museo"

Los tres federales entraron al recinto con celeridad, imponiendo respeto ante sus cazadoras azules y las letras amarillas. Emma, siempre al frente de la expedición, cargaba un maletín blanco metálico, que agarraba como si se lo fueran a robar. Se colocaron junto al mostrador de recepción. Allí estaba la recepcionista - Maya, según rezaba su identificador-, auriculares al cuello, maldiciendo esta inoportuna interrupción.

- Necesitamos hablar con alguien del museo. Alguien que sepa de artefactos extraños, de mecanismos increíbles, o simplemente alguien que nos pueda decir que diantres es esto - dijo Emma enseñando el maletín a Maya.

Maya tecleó lo más rápido que supo en el ordenador.

- Ahora mismo, la única que podría ayudaros es la doctora Joanna Miller - comentó Maya - Es la conservadora jefe del museo. Estará en su despacho centrada en algún experimento. Vengan, les llevaré.


- Buscan a la doctora Joanna Miller - dijo Maya sin levantar la vista del ordenador - Vengan, les llevaré

Maya condujo a los tres agentes por las tripas del museo, mientras la parte pública quedaba a la derecha, bajando unas escaleras. Se podía ver alguna vitrina sin luz, paneles informativos apagados... Todo esperando a despertar.

El paseo concluyó en un pasillo que desembocaba en una puerta roja con un ojo de buey en la parte superior.

- Es la puerta roja - dijo Maya - A partir de aquí os dejo a vosotros. Vuelvo a mi puesto.

- Gracias - respondió Emma sin apenas mirarla.

Los tres agentes caminaron hasta la puerta roja. Emma apretaba más su mano contra el maletín a medida que se acercaba a la entrada. Un escalofrío recorrió su cuerpo. Tragó saliva. Golpeó con sus nudillos sobre la puerta.

La puerta se abrió unos segundos después.

Tras ella, una mujer con aspecto serio apareció. Vestía una falda de tubo negra, una blusa marrón, una bata blanca abierta manchada por las solapas, tacones, el pelo recogido en un moño algo desaliñado y gafas de pasta.

- ¿Qué desean? - preguntó. Su tono reflejó la molestia ante una visita inesperada e inoportuna

- Usted debe ser la doctora Miller - dijo Emma.

La doctora asintió.

- Soy la agente especial Emma Price y estos son Gomez y Rolland - anunció Emma - Necesitamos hablar con usted. Es importante, doctora. Créeme.

Miller volvió la vista a su despacho.

El tiempo allí lo marcan sus experimentos y el que tenía entre manos iba a tardar bastante.

- Está bien, pasen.

Joanna abrió más la puerta dejando paso a Emma, a quien le dolía la mano de apretar el asa del maletín. Se paró una vez cruzado el umbral. Se dirigió a sus colegas.

- Quedaos aquí - ordenó - ¡Qué no entre nadie!


- Hola, doctora Miller. Necesitamos hablar con usted. Es importante, créeme

El laboratorio de Joanna Miller estaba claramente dividido en dos partes separadas por un biombo. A la derecha, su despacho, con una mesa de madera de caoba, un ordenador de última generación, varias estanterías llenas de libros científicos - y alguna novela, para las horas muertas -, y otras tantas para archivadores con los informes realizados y guardados, ordenados por fecha. Allí solo pasaba tres o cuatro horas al día para interpretar los datos obtenidos de los experimentos, para escribir los informes y para las conferencias y reuniones con sus colegas.

A la izquierda, la zona de laboratorio. Mucho más grande. El laboratorio tenía una atmosfera diferente, una decoración más fría, un aire más pesado y el olor a lejía y a otros productos químicos era más intenso, capaz de tumbar hasta a un elefante. El laboratorio constaba de varias mesas metálicas en el centro de la estancia llenas de tubos de ensayos, probetas y demás artilugios, lavabos metálicos, armarios con puertas de cristal con más material científico, y un perchero de donde cuelgan dos batas blancas y varias gafas de protección. Al lado, una caja de guantes de látex. Aquí pasaba la gran parte del tiempo, alrededor de once horas, realizando experimentos y haciendo análisis. Era su segunda casa e, incluso, había días que se quedaba a dormir allí, sobre una de esas banquetas verdes que había por toda la sala.


La doctora Miller condujo hacia el laboratorio a Emma, que aún mantenía la presión sobre el asa.

- ¿De que se trata? - preguntó Joanna, parándose en la primera mesa metálica. Su tono que mezclaba el tono profesional con un aroma a curiosidad.

Emma, con un movimiento rápido, subió el maletín a la mesa, desbloqueó los cierres - El "clanc" inundó la estancia - y subió la tapa.

Dentro, lo que a simple vista parecía un disco volador como el que lanzan los niños en el parque.

Eso desconcertó a Joanna que pensó que Emma la estaba vacilando. Estuvo a punto estuvo de decirlo, sin embargo, las palabras murieron en su garganta cuando se fijó en un pequeño detalle. Algo que convertía un objeto cotidiano en algo más sofisticado.


Sin mediar palabra, y superado el desconcierto inicial, Joanna agarró una lupa y la pasó por la superficie de ese disco volador guardado en una bolsa para pruebas. Sus ojos se abrían como platos a la vez que la lupa recorría el contorno del extraño artilugio. Su expresión era una mezcla de asombro y de miedo.

- Este compuesto... - comentó Joanna, dejando la lupa encima de la mesa - He oído hablar de él, pero jamás lo he visto - reconoció -. Leí que los rusos lo estaban desarrollando en los años cincuenta, pero que paralizaron el proyecto debido al alto coste. Quizá nos engañaron.

- ¿Qué es? - preguntó Emma, ignorando el comentario sobre los rusos

- Debería analizarlo con más detenimiento - confesó la doctora -, pero parece ser un compuesto que llamaron Compuesto Elastomérico Inerte o CEI.

Emma se mostró confundida, como si la hablaran en chino

- Explíquese

- Es un compuesto que vuelve a su forma original. Da igual que lo estires, lo deformes o lo rompas, que siempre acabará volviendo a su forma original. Digamos que es similar a lo que pasa cuando una estrella de mar pierde un brazo... Pero debería hacer más pruebas.

- Debo entregarlo al almacén de pruebas. No puedo dejárselo a una civil.

- Aquí tengo todo lo que necesito. Tranquila, sé lo que hago.

Emma se mantuvo callada, mirando al ventilador que no paraba de girar en el techo, como si la hipnotizara. Sopesaba las opciones. Que Joanna se quede con el objeto va en contra del protocolo, pero, por otro lado, ella podría dar con la clave de este caso que la tiene al borde del colapso.

- Puede quedárselo. Necesito saber qué es, además de ese compuesto utilizado. Lo hemos encontrado en casa de Marcus Randall, que ha aparecido muerto hace dos días. Este objeto puede ser la pieza clave para resolver su asesinato.

Al escuchar eso, Joanna se tensó. Le entraron sudores fríos y sentía como su blusa le oprimía el cuello. Aquel objeto, ahora, adquiría un cáliz más peligroso.

- Sé lo que me hago. Estate tranquila. Será prioritario

- Dejaré a mis hombres camuflados, por si acaso.

Joanna asintió.


- Es un compuesto elastomérico inerte - dijo la doctora -, es decir, que siempre volverá a su forma original aunque lo estires, lo deformes o lo rompas

Aún era de noche cuando Emma recibió la llamada. Murmuró. "¿Quién puede llamar a estas horas?", dijo con una amargura que le quemaba el pecho. Mientras sus ojos se posaban fugazmente en el reloj despertador. Las 5:16 de la mañana.

Sin embargo esa amargura se disipó cuando leyó el nombre de Joanna en la pantalla de su móvil. Su corazón palpitó tan fuerte que parecía que se iba a independizar de su pecho. Surgió, entonces, un sentimiento de urgencia. También de alivio porque podría estar más cerca de resolver el caso.

- Tengo los resultados - anunció Joanna con satisfacción.

- Voy enseguida. Diez minutos. Quince, a lo sumo.

Emma empezó, así, una carrera a contrarreloj

Cogió la ropa del día anterior, colgada en su silla, se mojó la cara con agua y arrasó la nevera en busca de algo para comer. Optó por el trozo de pizza que había sobrado de la noche.

Su lucha contra el crono siguió en su rellano, bajando las escaleras de dos en dos, tropezándose en algunos escalones.

La ciudad la recibió a oscuras. Dos limpiadores desafiaban, como ella, la negrura de la noche. Les saludó con un leve movimiento de cabeza y se metió en su coche.

Diez minutos después - tal y como prometió -, Emma llegó al museo. Todo estaba a oscuras salvo por algunas ventanas encendidas en el edificios cercanos y en el propio museo. Aparcó el coche derrapando como el mejor piloto de rallys, mientras en la radio se hablaba del tiempo en la ciudad. "Día despejado. Podrá haber rachas fuertes de viento, especialmente por la tarde. La temperatura máxima alcanzará los veintidós grados"


- Tengo los resultados - comentó Joanna.
Emma se vistió deprisa. Era su carrera a contrarreloj

En el hall del museo esperaba Joanna. Tenía un café humeante entre las manos. El humo se dirigía imparable a sus fosas nasales. Su ropa no estaba impecable, su moño era más desaliñado y su rostro era cansado, como si no hubiera dormido en una semana. Emma lo comprendió: Joanna había tenido una de esas noches interminables en su segundo apartamento.

Y aún así era bella.

Bella a rabiar.

Al menos eso pensó Emma, aunque quiso desterrarlo poco después. No era el momento en fijarse en la doctora que podría tener la clave del caso que estás investigando.

Se introdujeron por el laberinto de pasillos que formaban las tripas del museo. Y desembocaron en la puerta roja, esta vez, entreabierta. Joanna se plantó frente a ella, empujando la puerta con la palma de la mano, dejando que frenara sola contra el tope.

- Tengo los resultado - repitió Joanna con un cansado entusiasmo.

La puerta se cerró de un golpe seco.

Joanna le entregó un informe a Emma. Ella lo sujetó, pero no se iba a molestar en leerlo. Prefería que la doctora le contara los detalles de su propia voz.

- Estaba en lo cierto - dijo. Su tono sonó a soberbia - Es CEI

Joanna sacó el objeto de la bolsa de pruebas. Con una pequeña navaja le hizo un pequeño corte y separó dos trozos. En pocos segundos el objeto se regeneró, quedando totalmente intacto. Como si nunca hubiera sufrido ese corte.

Emma flipó. Nunca antes había visto nada igual.

- Lo segundo es que este artilugio es una mezcla entre un dron y una cámara de seguridad. Lo que significa que ha podido grabar el asesinato de tu víctima.

- ¿Y donde están guardadas esas imágenes?

- En un servidor. En alguna ubicación desconocida. Aunque es probable que esas imágenes se hayan borrado porque se pueden eliminar remotamente.

La cara de Emma dibujó una expresión de decepción. Su única vista fiable, podría ser otro callejón sin salida - Eso no es que me ayude mucho - Emma se encogió de hombros.

- Es de fabricación rusa - añadió Joanna - Concretamente, la empresa Moskow, que tiene unas oficinas aquí. Es un hilo del que tirar.

- Y quizá el único - comentó Emma con resignación - Muchas gracias. Creo que has salvado el caso.

- Está todo en el informe. Ahora bien, lo que pone allí no te dirá nada sobre cómo lo tenía el muerto. Eso es cosa tuya, Emma.


- Este trasto es una mezcla de dron y cámara de seguridad. Si estaba activo en el momento del crimen, lo grabó... Solo espero que no hayan borrado esas imágenes

Los primeros rayos de luz se colaban por la única ventana del laboratorio que iluminaban a Joanna como si fuera un ángel. Era realmente hermosa. Emma intentó resistirse y mantener su actitud profesional, pero sus pies, como si fueran imanes, caminaron hacia Joanna sin remedio. Quizá fuera su falta de sueño - tres horas en dos días -, o la adrenalina por lo descubierto, o, simplemente, un deseo reprimido que, por fin, se liberaba, pero cuando se quiso dar cuenta, Emma tenía sus labios a escasos centímetros de los de la doctora.

El beso, un alivio.



Los besos fueron más largos y más intensos cada vez. El aire frío del laboratorio iba desapareciendo mientras el calor de sus cuerpos empezaba a dejarse ver, como una hoguera que prendía las primeras llamas.

Fue Emma la que llevó la iniciativa. Sus dedos buscaban el sexo de la doctora. Se introdujeron bajo su falda y alcanzaron su coño húmedo. Joanna, apoyada en el borde de la mesa metálica, emitió un gemido ahogado por su propia mano. Y a ese gemido, le siguieron otros. Imposible para su mano.

Poco después, fue la su boca la que buscó el sexo de la doctora, que ya había perdido su bata y su blusa solo era un trozo de tela que rodeaba su cuerpo. Sus pechos quedaron al descubierto.

Joanna subió su falda y Emma metió su lengua en su coño. Los gemidos se sucedían como en una cadena. Emma movía la lengua con la misma urgencia que tenía por resolver el caso que las había unido y, sin embargo, quería que ese momento nunca acabara.

Joanna no paraba de gemir. No recordaba la última vez que se había visto en esa situación. Y sus recuerdos eran solo eso porque esto superaba a todo lo vivido con anterioridad.

La lengua de Emma se movía más rápido. Las piernas de Joanna temblaban de placer. Y sus gemidos hacían temblar las paredes del laboratorio. El orgasmo estaba cerca. Llegó cuando Emma fue más allá y metió los dedos. Primero uno, que la puso en alerta, y después un segundo, la que terminó por pulsar el botón y liberar a la fiera en forma de fluidos.

Volvieron a besarse mientras giraban. Emma subió a la mesa. Perdió su ropa - solo su sujetador aguantó el envite, aunque sus pechos quedaron liberados -, y se preparó para recibir a su doctora. A la que le había salvado un caso destinado a formar parte de los que quedan sin resolver.

Joanna se acuclilló sobre sus tacones y metió su lengua entre las piernas de la agente. Emma gimió como nunca, mientras estrujaba sus tetas como dos naranjas para hacer zumo. Cerró los ojos y su mente viajó a un lugar mucho más placentero. Allí sobre esa fría mesa metálica solo estaba su cuerpo, estremeciéndose con cada lengüetazo.

La doctora movió la lengua con velocidad, como si cada vez que entraba en contacto con su piel, recobrara la energía perdida entre análisis, experimentos y datos concluyentes. Emma no paraba de gemir intentando seguir el ritmo a Joanna. Sentía el orgasmo entre sus piernas. Intentó aguantar, pero explotó y sus jugos salieron disparados. Pura maravilla.

Aún tenían energía para más.

Joanna se subió a la mesa. Emma la recibió con las piernas abiertas. Las entrecruzaron frotando sus coños. Se fundieron entonces en una coreografía placentera. Una coreografía que las llevó a un segundo orgasmo a medida que ellas se movían más fuerte y más rápido y sus gemidos se encadenaban a toda pastilla sin tiempo para respirar.


Desde el suelo, y sobresaliendo de los pantalones, el móvil de Emma sonó rompiendo el hechizo. Emma se quiso resistir, pero el sonido fue mucho más fuerte. Quién llamaba era Rolland.

Gina Rolland.

El deber me llama, pero siempre en el momento más inoportuno.

- El coche que vieron los testigos, lo hemos encontrado. Abandonado. Quizá haya alguna prueba.

- Voy enseguida - respondió Emma - No toquéis nada. Preguntad a los vecinos si han visto algo.

Resignada miró a Joanna, quién jugaba con su piel, dibujando corazones con la yema de sus dedos. Y un sentimiento de rabia le quemó la garganta. No había otro lugar en el que quisiera estar y, sin embargo, tenía que irse.

- Tengo que irme - dijo - A por esto - señaló al objeto - vendrá un agente.

Joanna se mantuvo callada, asimilando lo ocurrido. Algo que no debería haber pasado de esta manera, pero que ha disfrutado cada segundo.

Emma, ya vestida, se encaminó a la puerta. Joanna, por fin, habló.

- Ten cuidado - dijo. Y la preocupación recorrió su cuerpo con un escalofrío - No sabes a lo que te enfrentas

- Lo tendré - contestó Emma, lanzando un beso al aire.



El deber llama siempre en el momento más inoportuno




1 comentario


pingui.blog99
01 feb

Sexo en el museo, algo que para muchos sería lo único entretenido que se puede hacer en un museo jaja.

Me gusta

52-1-33-12345678

Av. Cobá 202, Cancún, Q.R., México

  • Facebook
  • Instagram
  • X
  • TikTok
bottom of page