Un octogenario introducía una moneda en la máquina tragaperras y los clásicos sonidos del aparato empezaron a inundar el bar, un grupo de chavales hablaba, casi a gritos, de ir un fin de semana a una casa rural, dos mujeres vestidas de rojo se retocaban el pintalabios mientras comentaban lo cabrón que era Gonzalo , y unos adolescentes jugaban al billar creyéndose profesionales. Jesús escuchaba toda la banda sonora de aquel viernes flojo en la mesa central, con la tercera cer