Matar a tu jefa
Un octogenario introducía una moneda en la máquina tragaperras y los clásicos sonidos del aparato empezaron a inundar el bar, un grupo de chavales hablaba, casi a gritos, de ir un fin de semana a una casa rural, dos mujeres vestidas de rojo se retocaban el pintalabios mientras comentaban lo cabrón que era Gonzalo, y unos adolescentes jugaban al billar creyéndose profesionales.
Jesús escuchaba toda la banda sonora de aquel viernes flojo en la mesa central, con la tercera cerveza en la mano y sus dos predecesoras alienadas sobre él.
Él esperaba a su amiga Marta, con la que había quedado como todos los viernes. Ella siempre llegaba tarde. Jesús lo tenía tan interiorizado como si fuera una extremidad de su cuerpo.
Sin embargo, aquella noche, era diferente.
Quince minutos de retraso. Ni una llamada, ni un mensaje.
Y Jesús había colocado la tercera cerveza con sus hermanas.
Él no se mostraba preocupado, pero la ausencia de ella empezaba a pesar.
Jesús esperaba a su amiga que se retrasaba más de lo esperado.
De repente, el tintineo de las campanillas anunciaron la entrada de un nuevo cliente. Jesús alzó la vista. Su mirada se topó con una mujer empapada, con los zapatos en la mano, y unos ojos inyectados en sangre.
Tardó segundos en reconocerla.
Marta.
O, al menos, una versión desmejorada de ella.
Jesús negó con la cabeza.
- ¿Qué ha pasado? - preguntó.
Marta apretó los dientes. Tenía ganas de hablar, pero aún no era el momento. Él, de reojo, miró hacía el cristal buscando una explicación a la humedad de Marta, pero no llovía, así que ese detalle todavía era un misterio para él.
- ¡Camarero! - gritó ella mientras tomaba asiento frente a Jesús - ¡Un whisky!
Y Jesús lo supo.
Si Marta pedía un whisky, había una larga historia que contar.
- ¡Estoy hasta los huevos! - gritó. Y el resto del bar lo escuchó.
Las mujeres de la barra se giraron como buscando una nueva historia que comentar, otro objetivo del que despotricar.
Jesús sabía qué venía a continuación. No era la primera vez que empezaba un relato con esa frase.
- ¿Qué ha hecho esta vez? - preguntó.
- Ni siquiera debía haber estado allí - comenzó diciendo -, pero Laura, mi compañera, estaba enferma y...
El camarero, con la copa de whisky, interrumpió el momento. Jesús se ponía en modo alerta y no apartó la mirada de su amiga. Ella, por su parte, apenas podía sostenerla.
- Me ha tocado acompañarle a una reunión que teníamos a quince kilómetros - continuó - Era una operación sencilla. Firmar un acuerdo, y volvernos a la sede, pero, entonces, ellos, han querido renegociar. Querían más dinero. Dinero que no habíamos llevado y querían ese montante para ese momento, para dejarnos sin margen de maniobra.
- ¿Y qué pasó?
- Pues que... - hizo un esfuerzo muy grande para no pronunciar su nombre - a él se le ocurrió la genial idea de ofrecerme a mí como pago. ¡Como si fuera una puta! - lo gritó, consciente de que el resto de parroquianos lo escucharían - Ellos parecían estar de acuerdo con eso, pero yo me negué. Puedo trabajar con ese desgraciado, pero hay límites que no voy a cruzar.
A Jesús la cuarta cerveza le supo a poco. Sentía que necesitaba algo más fuerte. Pidió una copa de ron.
El camarero llegó con el ron. Mientras, Marta bebía de su whisky, y Jesús encajaba las piezas del macabro relato en su cabeza.
- Total, que no hemos alcanzado el acuerdo. Podría haber sido un pelotazo, y ahora estamos como antes y con esa puerta cerrada. Claro, él me ha echado la culpa a mí. Ha cogido el coche y me ha dejado tirada. En medio de la nada, en territorio hostil. He venido andando unos ocho kilómetros. Hasta que un camionero amable me ha recogido y me ha traído hasta aquí.
- ¿Y el agua? - Jesús señaló su aspecto aguado
- Un coche, que ha pisado un charco y mira como me ha puesto. ¡Parezco una bayeta! - intentó ponerle algo de humor a la situación, pero sus ojos tenían otros planes.
- Tu jefe es un capullo, ¿lo sabías?
- Si solo fuera capullo... - Marta bajó la mirada a su copa de whisky vacía - Ha cruzado todos los límites. No tengo ganas de volver el lunes a la oficina.
Hizo una pausa.
El octogenario ganó un pequeño premio, las monedas chocaban contra la bandeja. Jesús miró por instinto, ella mantuvo la mirada en los hielos de su copa.
- A veces me dan ganas de... - tragó saliva - estrangularlo - susurró.
Jesús afirmó. La entendía bien.
- Tú jefe es un capullo - dijo Jesús - la mía, me quiere de asistente para todo.
El silencio que siguió fue denso e incómodo. Los chavales de la casa rural abandonaron el bar, y los del billar habían dejado los tacos sobre el tapete. Jesús buscaba una historia con la que empatar. No quería competir, solo pensaba en desahogarse también. Marta, en cambio, estaba molesta. El ambiente frío de ese viernes no le ayudaba. Si al menos el bar hubiera estado hasta arriba, podría pasar más desapercibida y quizá, olvidarlo todo durante unas horas.
- Menudos jefes que nos han tocado - dijo Jesús finalmente. - Mi jefa, Bibiana, me tiene todos los días de aquí para allá. Que me mande cosas del trabajo es normal, pero que me pida cosas fuera del horario laboral ya me cuesta más. Ni que yo fuera un asistente a tiempo completo.
Marta frunció el ceño.
- Lo sé, no es lo mismo - Jesús se encogió de hombros -, pero no es normal tener que acompañarla a una cita con ese profesor de yoga. Y como fue tan bien, tenerla que llevar a casa y ver... - bebió - Y ver cómo se lo montan. Es desagradable. Y encima, si me niego, amenaza con despedirme.
- Vaya con tu jefa - dijo Marta.
El octogenario, con sus ganancias - cuarenta y dos euros -, dejó el bar. La máquina tragaperras se quedó en silencio.
- Ojalá desaparecieran - dijo Marta.
- Dios te oiga - añadió Jesús.
El silencio se instaló como un cliente más en el bar. La noche moría poco a poco y no daba señales de remontar. El camarero limpiaba algunas copas, las mujeres de rojo seguían hablando y Jesús y Marta bebiendo y despotricando contras sus jefes.
De repente, una de las mujeres pidió subir el volumen del televisor.
- ¿Puedes subirlo? - preguntó al camarero - Quiero enterarme de lo que ha pasado.
El camarero tomó el mando, apuntó hacia el televisor y subió el volumen, rompiendo la barrera del 20.
En la tele se hablaba del asesinato de un empresario, Ernesto Guevara. Un suceso que había conmocionado al país esa tarde.
- La policía tiene a uno de sus empleados como el principal sospechoso - dijo el reportero desde el domicilio de la víctima.
- He podido hablar con algunos compañeros y me comentaban que la relación entre ellos era mala - añadía un tertuliano desde plató.
Jesús fijó su mirada en la tele. No pudo evitar mostrar una sonrisa irónica
- Mira - dijo -. Otro jefe simpático.
Marta sonrió por primera vez, pero le duró poco. Una sombra cubrió su cabeza. Y aquello que había sugerido se hacía más fuerte.
Mientras en la televisión revelaban más detalles, hipotetizaban sobre las causas, y se preguntaban como se había podido llegar a esta situación, en la mente de Marta solo crecía la idea que había sembrado durante meses.
Una idea tenebrosa.
Un pensamiento que se convirtió en plan cuando lo verbalizó.
- ¿Y si matamos a nuestros jefes? - preguntó
Jesús tardó en reaccionar.
- ¿Cómo?
- Sí. Matarlos. Y así acabaremos con nuestros problemas
- Podemos dimitir, buscar otros trabajos, pero... ¿Matar a nuestros jefes?
- Ambos sabemos que el mercado laboral está chungo y que no encontraremos otra cosa, pero no estoy dispuesta a a aguantarle más.
- ¿Y cómo lo propones? Nos acabarían pillando como a él - Jesús señaló al televisor, dónde aún se hablaba del asesinato de Ernesto.
Marta no respondió de inmediato, alimentando así una sensación de incomodidad en Jesús
- Tú matas a mi jefe, y yo a la tuya - comentó Marta finalmente -. Nadie sospechará de nosotros, no tenemos relación.
- Estás loca.
- Y harta.
- Lo llevas preparando días, ¿no?
Pero Marta no respondió. La pregunta flotó en el aire, como polvo en suspensión.
Jesús no pudo continuar la conversación. Su móvil sonó. Apretó los dientes cuando leyó el nombre de su interlocutor.
Bibiana
- Jesús. Me tienes que hacer un favor - le dijo ella al otro lado de la línea
- ¿De qué se trata? - preguntó resignado él
- Necesito hielos. Una bolsa de hielo. En mi casa. En una hora
- Jefa, son las once de la noche. No soy tu asistente personal. ¿No puedes hacerlo tú?
- ¿Quieres que te despida? Tengo tu contrato aquí mismo. No me costaría nada romperlo.
- Está bien. Enseguida voy
- Así me gusta.
Jesús colgó. Su rostro mostró su enfado, apretando los dientes, pero también había toques de resignación, como diciendo. "Tiene mi carrera en sus manos"
Con sus manos temblorosas, guardó, con dificultad, su móvil en el bolsillo.
Luego miró a Marta.
- Vale, me apunto.
"¿Y si matamos a nuestros jefes?", preguntó Marta. "Tú al mío, yo a la tuya".
Bibiana caminaba con elegancia por el paseo de la playa, bajo un sol de justicia que golpeaba su piel. Subida a sus tacones y embutida en un vestido de seda rojo se acercaba a uno de los miles de bancos que contemplaban la hermosa vista. Ella sujetaba un maletín de cuero negro.
Un hombre, con sombrero Fedora y gabardina, la esperaba sentado en el banco. Se saludaron. Ella le entregó algo que había dentro del maletín.
Marta lo veía todo desde su coche aparcado en el aparcamiento. Estaba lleno de envoltorios de hamburguesas y bolsas de patatas fritas vacías. Y el asiento del copiloto inclinado hacia atrás. No había salido del coche en días.
La reunión que estaba observando no venía en su rutina habitual. Esa rutina que tenía apuntada a mano en un folio. Según esa hoja, los lunes Bibiana salía a correr por el Parque de la Magdalena, cogía el café en el Starbucks a las diez, se reunía con Gregorio, su director de marketing, a eso de las once, comía en su despacho, gimnasio a las cuatro, otro café del Starbucks a las seis y media, y a casa a las ocho, para llegar a su domicilio a las nueve y media.
Sin embargo, había sustituido el gimnasio por esa reunión en la playa.
Marta, al ver las pintas del hombre, no pudo evitar preguntarse:
- ¿Y si sabe que la sigo?
Marta no solo había estudiado las rutinas de Bibiana, sino que analizó cada gesto relevante de su objetivo para poder saber mejor cómo acercarse a ella y cómo atacar. Eso harían las grandes asesinas, pero ella no lo era. Ella solo era una don nadie atrapada en un absurdo plan que ella misma había puesto en marcha.
Bibiana se despidió del hombre del sombrero y recorrió el mismo camino por el que había venido.
Marta arrancó el motor, mientras se fijaba en el hombre del sombrero, que tomaba la dirección contraria hasta perderse entre los matorrales.
Un actor desconocido que generaba inquietud en Marta.
Hasta el punto de repetirse la misma pregunta.
- ¿Y si sabe que la sigo?
Y en ese momento, supo que debía actuar esa misma noche, antes que el del sombrero la descubriera a ella.
Pero, también se dio cuenta de otro detalle.
Un detalle en el que jamás pensó.
Que a base de estudiarla, algo en ella le parecía irresistible.
Y, entonces, Bibiana, cruzó frente a la luna de su coche.
Marta había estudiado a Bibiana, conocía sus rutinas, sus horarios, sus fortalezas y sus debilidades, pero hubo algo en lo que no pensó: En amarla.
Bibiana bajó de una furgoneta blanca, con una gabardina cubriendo su vestido rojo. Caminó a su domicilio con la misma elegancia de la playa, pero, esta vez, bañada por la oscuridad de la noche.
Marta la vio desde su coche. Vestía el uniforme de una conocida pizzería y una de sus pizzas en el asiento del copiloto. Esa era la manera que había elegido para entrar en casa de Bibiana.
Las grandes asesinas habrían repasado el plan una y otra vez y tenían claro cómo y cuándo llevar el ataque, pero ella no lo era y no sabía aún como lo iba a hacer. Sus pies bailaban sobre los pedales, y sus manos temblaban agarradas al volante.
La figura de Bibiana se dibujaba en los cristales de su casa. Caminaba de un lado al otro de la cocina, hablando por teléfono.
Marta miró su reloj. Las diez y veinte. Hora de actuar.
Bajó de su coche con la pizza en la mano y con unos nervios que la invadían a cada paso. "Esto te queda grande" "Da la vuelta, aún no has matado a nadie" "Esto no tiene sentido", se decía, pero la puerta la tenía más cerca.
Golpeó sus nudillos en la entrada.
Nervios.
La puerta se abrió y tras ella apareció Bibiana, con una bata de seda que apenas tapaba lo justo, y que dejaba ver un sujetador de encaje negro y unas bragas a juego.
Si ya tenía dudas con esa imagen, las posibilidad de llevar la misión a puerto se reducían a cero
- No he pedido ninguna pizza - dijo Bibiana, mirando a Marta de arriba a abajo con condescendencia.
Marta fingió sorprenderse. Miró entonces su móvil donde tenía apuntados los datos de Bibiana.
- ¿No es usted Bibiana de la Vega Gómez? - preguntó Marta, guardando su teléfono
- Sí
- Pues esta pizza está a su nombre.
- Pero yo no la he pedido - insistió Bibiana.
- Por favor, no me haga volver con ella - suplicó Marta -. Mi jefe me despedirá si devuelvo otro pedido.
Bibiana se rascó la barbilla.
- Tómalo como un regalo - añadió Marta, como si jugara su última carta.
Algo en el semblante de Bibiana se relajó.
- Está bien, pasa, pero cómetela conmigo. Ha sido un día duro y no quiero estar sola.

Bibiana abrió el grifo del fregadero. Empezó a lavar los platos con parsimonia, como si quisiera alargar el momento. La caja de la pizza, vacía, descansaba aún sobre la encimera.
- ¿Puedo cogerte un yogurt? - preguntó Marta completamente relajada.
- Sí, claro - respondió ella - Los cubiertos están en ese cajón de allí.
Marta abrió el cajón indicado.
Dentro, cucharas, tenedores y... también cuchillos. Marta recordó porqué estaba allí porqué se había disfrazado de repartidora de pizzas para entrar en una casa de alguien completamente desconocida. Pensó en la conversación en el bar, en Jesús, en las consecuencias que tendría dejar cabos sueltos.
No podía estirarlo más.
No debía.
Cogió un cuchillo. Apretó el mango hasta que se le marcara en su propia piel como un tatuaje.
Bibiana aún fregaba los platos, ajena a los pensamientos de Marta. Ella tenía la bata mal colocada, que dejaba ver uno de sus hombros. Una imagen sensual para Marta, una grieta en su máscara de fría asesina. Intentó concentrarse en dónde clavar el cuchillo para que Bibiana se fuera rápidamente.
Notó cómo sus pasos la acercaban a ella, con el cuchillo en su mano.
Pero al llegar allí, se paró.
Bibiana se dio cuenta.
Lo notó en el filo brillante del cuchillo, en los ojos de Marta, en los dientes apretados...
Reaccionó acercándose a Marta para quitarle el cuchillo. Ella trató de defenderse. Golpes, arañazos, corazones acelerados...
La pelea ganó en intensidad: Tirones de pelo, algunos puñetazos, mordiscos... Cayeron al suelo. Rodaron por la cocina. A Bibiana se le abrió la bata, Marta se esforzaba por mantener su papel de asesina que se derrumbaba, como un edificio al ser embestido por una bola de demolición. Sujetó el cuchillo con más fuerza.
Bibiana vio el final en sus ojos. Su vida pasó por delante.
Marta apuntó, maniobró y lanzó el ataque mortal.
La jefa cerró los ojos.
El cuchillo golpeó contra las baldosas.
- No puedo hacerlo - confesó Marta.
Bibiana la miró incrédula.
- Lo único en lo que pienso es en besarte.
Lo hizo.
El beso fue corto, pero suficiente para cambiar el aire cargado que las acompañaba.
- Te he estudiado durante semanas - confesó -. Y creo que lo he hecho demasiado bien -. Una lágrima recorrió su mejilla antes de fundirse en un segundo beso.
Los besos se sucedieron como en una cadena y la pelea física, se convirtió en una pelea más placentera. Volvieron a rodar por el suelo, pero no había ojos endemoniados ni de miedo. En sus miradas solo había fuego y pasión.
Bibiana perdió la bata. Su cuerpo se iluminó sobre el suelo. Marta se relamió. No lo pudo evitar.
Después, llevó su boca hacia los pechos de Bibiana. Los lamió. Ella suspiró
Los dedos de Marta, mientras, buscaron el sexo de su amante. Se introdujeron a través de una braga húmeda.
Lo que eran pequeños susurros, se convirtieron en gemidos fuertes y constantes a medida que Marta los iba meneando.
Pero eso era una pequeña muestra de lo que podía dar...
Porque cuando Marta metió la lengua, Bibiana gritó como nunca antes. Una sinfonía de gemidos que la elevaba al cielo. Marta seguía lamiendo. Bibiana se retorcía de dolor sobre las baldosas. Notaba el orgasmo y su cuerpo reaccionaba ante eso.
Hasta que explotó.
El suelo se convirtió en un charco de fluidos.
Volvieron a besarse, mientras se ponían de pie.
Marta acabó acorralada contra la encimera. Los besos se hacían más largos, se sucedían como en una cadena. Las lenguas libraban una batalla sexual que no perdía nadie.
Marta acabó subida en la encimar, con las piernas abiertas.
Bibiana acuclillada, completamente desnuda.
La jefa metió su lengua en el coño de su amante con celeridad, como si no hubiera un mañana. Marta seguía el ritmo con sus gemidos, mientras su cuerpo se tensaba ante las embestidas de Bibiana.
Y el orgasmo derribó la puerta.
Marta se relajó. Sus jugos lo llenaban todo.
Bibiana subió con ella en la encimera. Puso su coño en la cara de Marta. Ancló las rodillas sobre el mármol y espero a recibir su lengua. Ella, mientras, la masturbaba.
Los gemidos de Marta chocaban contras las ingles de Bibiana; los de ellas inundaban toda la casa.
Bibiana llegó al orgasmo, sus fluidos mojaron la cara de Marta. Ella también se corrió. Los dedos de Bibiana salieron empapados.
Bibiana dormía desnuda sobre el sofá. Una ligera manta la envolvía.
A Marta todo le vino como una patada en el estómago. Y eso no la dejaba dormir. Su cabeza era un campo de preguntas para las que no tenía respuesta.
Pero, sin duda, lo que más le preocupaba era qué pasaría ahora.
Porque matar a Bibiana ya no era una opción, aunque, dormida lo ponía todo más fácil. Un cojín, una nariz taponada y listo, pero ya no quería, ya no le interesaba.
Y entonces... ¿Cómo hacer que Jesús no sepa que se echó atrás?
Porque él si había cumplido a juzgar por el "Hecho" que le había llegado a su móvil. Ahora era una carrera a contrarreloj.
Debía hacer que Bibiana desaparezca sin dejar un cadáver.
Un leve ronquido de Bibiana la alteró aún más. Ella estaba allí durmiendo, ajena a la guerra mental que se libraba en la cabeza de Marta. Y ésta no podía dormir debido al lío en el que estaba metida.
De repente, lo vio claro.
- Bibiana - susurró, zarandeándola
La única respuesta fue un pequeño suspiro.
Lo volvió a intentar. Nada
Tercer intento
Ahora sí. Bibiana abrió los ojos.
- ¿Qué ocurre? - preguntó, frotándose los ojos.
- Debes irte - dijo - Lejos. Sin vida, sin pasado. Te lo suplico.
Bibiana no entendía nada.
- ¿Qué pasa?
- Sería difícil de explicar - se justificó - Solo confía en mí
Bibiana negaba con la cabeza, pero le dio el beneficio de la duda.
- ¿Y tú? ¿Vendrías conmigo?
Marta resopló. Se imaginó un futuro juntas en alguna playa desierta o en una cabaña perdida en las montaña. Solo ellas. Nada más.
Pero las circustancias lo impedían.
- Nada me gustaría más - dijo -, pero ambas sabemos que no es posible. Y menos cuando yo... - notó temblar sus manos - he intentado matarte.
- No puedo irme así. No sin saber por qué. ¿Qué le digo a mi familia? ¿A mis amigos? ¿A mis compañeros de trabajo?
- Confía en mí, por favor.
Bibiana se incorporó, se sentó apoyando los codos contra sus muslos, sujetando su cabeza con las palmas de sus manos. Su cabeza analizaba lo que le estaba contando Marta, pero sin muchos detalles era muy difícil tomar una decisión así
Sin embargo, decidió confiar.
- Está bien. Me iré
Marta suspiró aliviada.
Empezó a vestirse, pero cada prenda que se ponía sabía a derrota, a fracaso, a vergüenza. Había ganado una amante a la que no podría amar, y había perdido a un amigo por años si descubre la verdad.
Salió de la casa echando un vistazo a Bibiana, que se ajustaba la cremallera de una falda negra. Y lloró. Quería estar allí
Sus dedos temblaban al sacar el móvil. Tanto que el aparato bailaba.
Abrió la conversación con Jesús
Escribió una palabra
"Hecho"

Con sus manos temblando sacó el móvil de su bolsillo, buscó la conversación con Jesús. Escribió una palabra:
Hecho



Los intercambios de favores son un engorro, sobretodo si son como este, pero a veces se consiguen cosas buenas jaja.