La oscuridad del salón solo era roto por una tenue luz anaranjada de una lámpara de pie abandonada en un rincón y del propio televisor. Vera, en un extremo del sofá, manejaba el mando a distancia y viajaba por el infinito catálogo de películas que tenía Filmix. Sabina, en el otro extremo, absorta en algo que miraba en el móvil. Fuera, el viento mecía con violencia la copa de los árboles. Y el frío podía respirarse. Se colaba por las pequeñas rendijas de la ventana. Once de