Manitas bajo la manta
La oscuridad del salón solo era roto por una tenue luz anaranjada de una lámpara de pie abandonada en un rincón y del propio televisor. Vera, en un extremo del sofá, manejaba el mando a distancia y viajaba por el infinito catálogo de películas que tenía Filmix. Sabina, en el otro extremo, absorta en algo que miraba en el móvil.
Fuera, el viento mecía con violencia la copa de los árboles. Y el frío podía respirarse. Se colaba por las pequeñas rendijas de la ventana.
Once de la noche.
Un grado bajo cero.
La calefacción, puesta a tope, no era suficiente para llegar al calor.
Por eso, una manta gruesa, de piel, cubría a las dos chicas.
El frío del exterior se colaba por las rendijas de las ventanas. Ellas estaban protegidas por la manta
De repente, Vera paró de moverse por el menú de Filmix. Una carátula, un cartel, había llamado poderosamente la atención - Una pistola humeante sobre un fondo rojo que imitaba a la sangre -.
- El día de tu muerte - leyó en alto.
Sabina, a su lado, solo levantó la cabeza un microsegundo antes de hundirse sobre la pantalla de su móvil
A Vera, sin embargo, los ojos le brillaban más que el propio televisor. Como una niña con zapatos nuevos. Como amante de las películas de terror, aquella cinta solo era un juguete más. No pensaba seguir navegando entre carátulas. Había encontrado la película para ver en esa fría noche.
- ¿Vemos esta? - preguntó Vera, pero en el fondo no iba a aceptar un "no" por respuesta.
Sabina levantó la cabeza. Leyó el título en voz alta. Y tragó saliva.
- Vera... - dijo con un hilo de voz -. Sabes que soy muy miedica. Que no me gustan las películas de miedo.
- Esta no es tan gore como otras que hemos visto - dijo Vera mientras repasaba mentalmente la sinopsis que venía escrita en la pantalla - Es más psicológica.
Sabina respiró derrotada
- Está bien - dijo -, pero si esta noche no puedo dormir exigiré que me devuelvas el dinero.
Vera le dio al "play"
La pantalla se volvió a negro.
La película avanzaba comiéndole minutos al tiempo entre casas abandonadas, sonido chirriante de puertas, sombras tenebrosas y amigos que iban desapareciendo sin dejar rastro. Vera, miraba atentamente; Sabina, escondía la cabeza con la manta.
De repente, una imagen fugaz de la sombra tenebrosa, hizo saltar a Sabina en su sitio, como si la pincharan con una aguja. Dio un respingo. Sus dedos rozaron el brazo de Vera y la energía del salón cambió. Fue un gesto inocente, de escasos segundos, provocado por el miedo, pero había cambiado en el ambiente, como si, de repente, la estancia fuera una sauna y no un congelador.
Los dedos de ambas chicas se volvieron a encontrar en el siguiente sobresalto, pero esta vez nadie se apartó. Nadie pidió permiso. Nadie pidió perdón. Eran dedos mezclándose con deseo.
Para el siguiente susto, la distancia entre ellas ya era nula. Se abrazaron tan fuerte que parecía que se iban a romper las costillas.
La película, sin remedio, fue pasando a un segundo plano...

Porque lo único que importaba eran ellas, lo que había nacido bajo una manta de piel que ya no podían ocultar bajo ella.
El beso se hizo inevitable.
Fue Sabina quién llevó la voz cantante. La que empezó el movimiento.
Vera no se apartó.
El beso fue corto, pero intenso. Un beso que inició una cadena de ellos. El calor humano se iba imponiendo al frío del ambiente
Sabina, que daba la sensación de necesitarlo más, buscó el sexo húmedo de su amiga. Vera gimió cuando sintió sus dedos allí.
Los gritos de los personajes se camuflaban entre los de Vera sintiendo como los dedos de su amiga se movían en su vagina. Mientras, los besos se hacían más duraderos.
La manta les sobraba, el frío se había desvanecido como un cubito de hielo en el agua y el viento contra los cristales solo era un susurro.
Sabina quiso más. Le bajó los pantalones del pijama de felpa y metió su lengua en el coño húmedo y abierto.
Los gemidos se hicieron más fuertes y más frecuentes. El corazón de Vera bombeaba sangre a gran velocidad y su respiración sonaba acelerada.
Debajo, Sabina movía la lengua con velocidad. El miedo que tenía al ver la película, se transformó en seguridad. Y la tímida Sabina, se convirtió en una salvaje con ganas de beber.
Vera llegó al orgasmo. Sus jugos mancharon todo lo que encontró a su paso. Sabina se empeñó en lamer hasta la última gota.
Se besaron. Rodaron por el sofá. Se desnudaron. La película seguía su curso, pero ya no existía. Eran imágenes inconexas de un televisor encendido y olvidado.
Sabina se colocó en el reposabrazos del sofá con sus piernas abiertas. Vera gateó hasta allí relamiéndose.
Metió la lengua. Sabina se estremeció. Dio un salto, pero ya no era de miedo, sino de placer. Sus gemidos inundaron la habitación, poco después mientras Vera aumentaba sus lengüetazos.
Sabina tenía los ojos en blanco y su mente se había apagado. Se estaba dejando llevar. Vera lamía y jugaba con sus dedos en la entrada al paraíso. Así llegó Sabina al orgasmo. Toda su pasión salió y ella se relajó, dejándose caer en el sofá.
En la pantalla, una chica - ensangrentada, ropa hecha girones y cojera - se perdía por un camino, mientras la cámara se alejaba de ella. Eso derivó en un fundido a negro tras el cuál empezaron a aparecer los créditos de la película. Fue el momento en el que las chicas decidieron terminar su momento.
El frío se volvió a sentir con fuerza. El calor desapareció como un suspiro.
El silencio se hizo tan espeso que se podía masticar
Nadie hablaba. Y no hacía falta.
Su relación había subido de nivel y no sabían muy bien como encajarlo. Ya no podían ser las amigas desde el colegio, pero ahí, en esa fría sala podría haber nacido un nuevo capítulo.
El salón despertó de la penumbra como un escenario salido de la misma película que había muerto hace solo unos minutos: Cojines por el suelo, la ropa desperdigada. Y la manta, escudo del frío, hecha un burruño sobre el respaldo. Una manta que ahora guardaba un secreto.

Mientras los créditos se iban sucediendo en pantalla, ellas se recomponían. Sin decir nada, ya sabían que lo suyo no era solo amistad



Eso es lo bueno del cine, que genera emociones y levanta pasiones. Y como no era suficiente la calefacción y la manta, pues se calentaron entre ellas jajaja.