El día amanecía tranquilo. Algunas persianas a medio subir, ciertas ventanas con luz, gente esperando al autobús de la línea dieciocho... Un día más. Todo estaba en calma. El viento, suave, mecía los árboles y los pájaros cantaban. Y, sin embargo, algo no encajaba. Una tensión casi imperceptible. Como si el barrio contuviera la respiración. Entonces las sirenas de policía llenaron el aire. Dos coches patrulla - cada uno entrando por cada extremo de la avenida -, acompañados