Merecido descanso
El día amanecía tranquilo. Algunas persianas a medio subir, ciertas ventanas con luz, gente esperando al autobús de la línea dieciocho... Un día más. Todo estaba en calma. El viento, suave, mecía los árboles y los pájaros cantaban.
Y, sin embargo, algo no encajaba. Una tensión casi imperceptible. Como si el barrio contuviera la respiración.
Entonces las sirenas de policía llenaron el aire. Dos coches patrulla - cada uno entrando por cada extremo de la avenida -, acompañados por vehículos blindados y un furgón policial irrumpían rompiendo la tranquilidad del barrio.
De uno de los coches, ya con su chaleco antibalas colocado, bajaba Salma Murillo, la inspectora jefe de la unidad de narcóticos. Su mirada recorría la escena en apenas un segundo.
No necesitó decir nada.
El resto de agentes se colocaron frente a ella formando un semicírculo.
Entonces habló:
- Según el soplo anónimo que hemos recibido - proyectó la voz - Camilo Borges está en esta ubicación. Tenemos que extremar las precauciones. Es un tipo peligroso.
Hizo una pausa para que sus palabras calaran en sus subordinados.
Después, siguió:
- No sabemos cuantos hombres habrá dentro - apretó los dientes -, pero Camilo no debe morir. Si ellos abren fuego, respondéis. ¿Entendido?
- Sí, jefa - gritaron al unísono.
- En marcha.
Se dividieron en dos equipos.
Flanquearon el garaje de puerta blanca y metálica. El equipo uno, liderado por Salma, se colocó a la derecha de la entrada; el equipo dos, a la izquierda.
Salma agarró la pistola con las dos manos, con fuerza. Su mirada reflejaba la adrenalina. Estaba a punto de detener a Camilo Borges, líder de "Los fieras", la banda de narcotraficantes que ha sumido el caos en el sur de España.
Uno de los agentes se acercó a la puerta para colocar una carga explosiva. Salma, mientras, hizo contacto visual con quién lideraba el equipo dos, Andrés Gómez. Intercambiaron un leve movimiento de cabeza. El operativo quedaba autorizado.
- A la de tres - dijo en voz baja, al tiempo que el agente se retiraba de la puerta.
Uno.
Dos.
Tres.
El agente activó la carga.
La puerta voló por los aires, rebotó contra el techo y cayó, después, contra el suelo. La tranquilidad de la calle se acababa de ir por el sumidero.
Con el humo aún inundando la estancia, los dos equipos irrumpieron al interior. Ambos grupos caminaban pegados a la pared, sin dejar espacio entre ellos. Con sus pistolas apuntando a lo desconocido.
A medida que avanzaban se encontraron con un garaje vacío, impoluto, salvo por algún papel viejo de alguna revista o de cualquier otro tipo de publicación. Nada que indicara que aquel lugar fuera la base de operaciones de una importante banda de narcotraficantes.
Tras Salma, uno de sus agentes se atrevió a decir lo que ella ya había pensado
- ¿Y si es una trampa?
Ella registró el comentario en su cabeza, pero ni se inmutó. Confiaba en el soplo que había recibido
- Arriba - dijo, con seguridad - Andrés, registradlo todo.
Salma, con su equipo, subió unas escaleras metálicas inestables. Cada paso hizo temblar la frágil estructura. Una puerta verde los recibió. Salma se paró en seco. Se llevó el dedo índice a los labios.
Después, con esa misma mano, hizo una cuenta regresiva.
Patada en la puerta.
El golpe del metal contra el suelo fue ensordecedor. El polvo que levantó hizo girarse a Salma, protegiéndose de las partículas.
Tras la puerta, un hombre con el pelo rizado, bigote frondoso, y cierto sobrepeso.
Camilo, no había duda.
Verle allí, quieto, sin haber huido tras la explosión, extrañó a Salma. Como si estuviera preparado. Eso hizo que caminara con cautela hacia él. Guardó el arma en su cartuchera, mientras su equipo seguía apuntando.
- Camilo Borges - anunció - ¡Queda detenido!
Él no opuso resistencia. Otro golpe bajo al orgullo de Salma.
- Lleváoslo, muchachos - ordenó
Ellos obedecieron. Ella se quedó sola en esa pequeña oficina.
Una mesa sin cajones, estanterías vacías. Nada sustancial. Un callejón sin salida y la certeza de que todo aquello solo era una trampa.
Regresó a la calle con la decepción dibujada en su rostro. Ver a Camilo esposado habría sido un motivo de alegría, pero tras tres años de intensa búsqueda, él se dejaba detener sin abrir fuego.
Eso no estaba en los planes.
Y eso le descolocaba.
Tendría que conformarse, por ahora.
Camilo estaba a punto de subir al furgón policial. Salma se dirigió a él.
- Se acabó, Camilo - intentó mostrar cierta satisfacción - Tus días de gloria han llegado a su fin.
- ¿De verdad cree eso, inspectora? - el tono de Camilo sonaba burlón.
- Teniendo en cuenta de que estás esposado... sí, lo creo.
- Tú misma
Los agentes subieron al líder de "Los fieras" al interior. Desde allí, Camilo, añadió:
- Se está preparando algo y no me necesitan. Ándese con ojo, inspectora.
Las puertas del furgón se cerraron.
Salma apenas lo había escuchado.
Ella escuchaba una frase
"Algo se está moviendo"
"Ándese con ojo"
El comisario Castillo rellenaba informes cuando Salma golpeó la puerta de su despacho.
- ¿Tiene un momento? - preguntó Salma.
- Sí, pasa.
Salma cruzó el umbral. Caminó despacio.
- Tú dirás, Salma. Siéntate, por favor.
Ella lo declinó. Se quedó de pie, con las manos juntas sobre el ombligo. Su espalda, firme.
- Gran trabajo hoy, Salma - felicitó.
Sin embargo, Salma no lo estaba feliz. No mostraba ese mismo entusiasmo.
- De eso quería hablarle, jefe - dijo, y bajó la mirada.
El semblante de Castillo cambió. Mostró un gesto de preocupación.
- Hay algo que no me cuadra - añadió - Tres años buscándole y aparece así. Ha sido muy fácil. Demasiado fácil.
- Salma... El caso está cerrado. Camilo detenido y su organización desmantelada. Es una victoria y lo es gracias a ti. Siéntete orgullosa.
- Con el debido respeto. Creo que hay algo más. Y si no investigamos nos vamos a arrepentir.
- Creo que estás cansada, Salma - dijo Castillo, llevándose la mano a la barbilla - Lo entiendo. Has trabajado duro durante tres años y casi no has tenido un descanso. Tómate dos semanas libres.
- Pero, señor...
- Sin peros, Murillo - interrumpió el comisario - Te mereces estas vacaciones. Te lo ordeno. Descansa y vuelve como nueva.
Salma lanzó un bufido.
Sentía que tenía razón, que había algo detrás que deberían seguir investigando, pero Castillo no estaba por la labor.
Finalmente accedió.
- Está bien. Me tomaré unos días.
"Estás cansada, Salma. Tómate unos días"
La noche caía sobre Salma irremediablemente. Ella arrastraba una maleta roja por una calle empedrada. Estaba visiblemente cansada. Sus pies le dolían y cada paso que daba parecía una tortura.
Se paró frente a un portal - el número diecinueve -, cuya puerta, amarilla, destacaba sobre el resto de la calle.
Sacó el móvil y comprobó que la dirección era correcta.
- Es aquí - dijo, con un débil sonrisa dibujada en su rostro.
Después, releyó el último mensaje de la propietaria.
"Las llaves, bajo el felpudo"
Pese a que sus pies le dolían y parecía que no le respondían, decidió subir por las escaleras. Llegó a la tercera planta con el corazón en la garganta y deseando coger cama.
Tres horas de vuelo y otra hora de autobús destrozan a cualquiera.
El apartamento era algo pequeño, pero la luz de la luna y las paredes blancas lo hacían más espacioso. Estaba reformado recientemente, con muebles y electrodomésticos de última generación, aunque el parqué se notaba antiguo.
Salma se dejó caer sobre la cama - un gesto típico que solía hacer al irse de vacaciones -, aunque esta vez era más necesario que nunca.
Fue una mala decisión, porque ya no pudo levantarse.
Y, por primera vez, no pensó en nada.
Un rayo de sol se coló por la ventana acariciando a Salma, que parecía atrapada en la cama.
Había dormido del tirón.
Sintió que su pila interna se recargaba.
Se levantó con rapidez, contemplando las vistas que tenía su apartamento en todo su esplendor. La noche cerrada, dejaba paso a un cielo despejado que permitía ver el mar, recortado por los otros edificios. Aún así, la vista era espectacular.
Eso le reforzó más en la idea de descansar.
Era una imposición, pero ya lo sentía como suyo
Desayunó un café negro mientras contemplaba el mar y la brisa mecía su camisón. Después, cogió su guía turística y recordó, mentalmente, los puntos de interés de aquel rinconcito.
Como si memorizara cualquier informe policial.
Se vistió con un top de tirantes, unos shorts vaqueros, unas deportivas y una pamela. Agarró una pequeña mochila de la que sobresalía una botella de agua.
El sol ya pegaba cuando Salma pisó la calle. Tras un quejido instintivo, se dejó mecer por ese calor pegajoso. No se sentía incómoda
Decidió caminar calle abajo, guiada por la música de una orquesta callejera. Cuando los vio, un grupo de gente rodeaba a los músicos. Algunos, incluso, dejaban monedas sobre la funda de una guitarra.
Ella fue una de ellos.
Después siguió caminando, esquivando vecinos, comerciantes sedientos de "carne fresca" y turistas que, como ella, había venido buscando descanso y tranquilidad. Entró en iglesias románicas, subió a miradores, contempló el barrio financiero, la parte más moderna, y descubrió playas casi vírgenes en las que, incluso, se permitió darse un baño desprovista de ropa. Quedó enamorada de todos los rincones que aquella ciudad le ofrecía.
Comió en un chiringuito frente a la playa, donde degustó unas rabas de entrante y una selección de diferentes pescados fritos. De postre, helado de chocolate y fresa.
Eran tan bucólico el paseo que no tenían cabida ni Camilo, ni "el algo se está moviendo" que le había dicho
No era Salma Murillo, la inspectora.
Solo Salma, un simple turista descubriendo un rinconcito de paraíso.
Sin embargo, el caso aún respiraba.
Con el sol en su punto más álgido, ella decidió regresar al apartamento con la idea clara de pasar la tarde dentro de él. Darse una ducha, echarse una siesta, ver algo en Netflix... Cosas que no requirieran un esfuerzo físico.
Abrió el portal.
El ascensor estaba a punto de cerrarse. Corrió y pudo pararlo a tiempo, poniendo la mano en el sensor.
Dentro, una mujer.
- Uf, menos mal - dijo Salma - No me gustaría tener que subir por las escaleras.
La mujer sonrió, pero se mantuvo callada.
Entonces, reparó en ella. Creyó reconocerla. Vestía una falda vaquera y una camiseta de escote asimétrico que dejaba al descubierto un tatuaje de un lirio rojo en su hombro. Ese detalle fue el que descolocó a Salma. Estaba segura que lo había visto en otro sitio, pero... ¿dónde?
Después se fijó en sus ojos verdes.
- ¿Eres nueva aquí? - preguntó la mujer en un marcado acento colombiano.
Otro detalle que la mantuvo en alerta.
- Sí - respondió Salma - Llegué ayer por la noche.
- Yo vivo aquí todo el año. El apartamento es de mis padres. Era nuestra residencia de verano, pero se ha convertido en mi vivienda habitual. No cambió este paraíso por nada. Es excepcional
- Desde luego que sí - admitió Salma.
- Julia, por cierto - se presentó.
Pero a Salma, algo le decía que ese no era su nombre. Nada seguro, solo simples indicios: El tatuaje, los ojos verdes, su manera de hablar, pero todos juntos encajaban a la perfección. Quizá solo fuera su subconsciente, o que, realmente, no sabía desconectar.
O, simplemente, tenía razón.
- Salma, encantada.
Salió del ascensor en la tercera planta. Mientras Julia se quedó dentro. Las puertas metálicas se cerraron.
Ella bebió un trago de su botella de agua y la acabó
Y un pensamiento inundó su mente
"Debí subir las escaleras"
Creyó reconocer a la mujer. Ese tatuaje ya lo había visto antes... o eso creía
Todo lo que había planeado se había ido al garete. Todo estaba inundado por la mujer del ascensor. Salma había desaparecido. La inspectora Murillo ocupaba su lugar.
Se duchó, pero el agua y el champú no le aclaraban sus ideas.
No pudo echarse la siesta.
Y la serie de Netflix se transformó en informes sacados de los archivos policiales.
Los informes los revisó a conciencia, pero las referencias al tatuaje se limitaban a declaraciones de los testigos que lo habían visto.
Nada.
O quizá tenía la mente tan nublada que no era capaz de encontrar la aguja en el pajar.
Su momento de desconexión llegó con su concurso de preguntas favorito. Ese que ve para aliviar todo el horror que encuentra en su trabajo. Era capaz hasta de grabarlo.
Pero una vez acabado, todo sus pensamientos volvieron de golpe.
Dormir fue una tortura.
Si la noche anterior había dormido sobre una nube, aquella lo estaba haciendo sobre una cama de clavos.
Y ella no era ningún faquir.
A las tres de la mañana, Salma había dado tantas vueltas en la cama que el colchón estaba completamente impregnado con su olor.
Decidió abrir de nuevo el ordenador y volver a leer los informes. Se centró en las declaraciones de testigos.
"Eran dos tipos, un hombre y una mujer. Ella llevaba un tatuaje de un lirio rojo en el hombro"
"Solo pude verle un tatuaje de un lirio rojo en el hombro. Lo vi a través de su sudadera"
"Llevaba pasamontañas, pero se que era una mujer que tenía un acento colombiano y llevaba un tatuaje de un lirio rojo en el hombro"
El semblante de Salma cambió. Acababa de encontrar la aguja.
Tatuaje y acento colombiano.
Solo había una explicación:
La tal Julia, en realidad se llamaba Mara Galindo.
Novia de Boris Salazar que, a su vez, era mano derecha de Camilo.
La euforia por el descubrimiento se empezó a disipar cuando se dio cuenta que sin una foto solo eran simple conjeturas que encajaban a la perfección. Recordó una foto. Y sabía perfectamente a quién llamar.
A su colega, y amiga, Sofía Quintero.
Marcó su número y esperó. Un tono, dos.
"Cógelo, joder"
Tres, cuatro...
- ¿Sabes qué hora es? - se quejó Sofía cuando descolgó.
- Sí, pero no podía dormir - se defendió Salma - Resulta que he conocido a una chica en el ascensor donde está mi apartamento.
- ¿Para eso me llamas? - se indignó Sofía - ¿Para contarme tus conquistas amorosas?
- No es eso, Sofi. La chica en cuestión... Creo que es Mara, la novia de Boris que desapareció cuando lo detuvimos en aquella redada. Se hace llamar Julia, pero creo que es la tal Mara.
- Joder Salma. No descansas ni en vacaciones - se quejó Sofía - Con razón te dejó Karen.
Ese comentario fue directo al mentón de Salma. Aún le dolía aquella ruptura.
- Eres puta, ¿lo sabías?
Se hizo un silencio incómodo
- Tú me has despertado a las tres de la mañana - Sofía se justificó - Bueno... ¿qué necesitas?
- Creo que hay una foto de Mara en los archivos. Desde aquí no puedo acceder. Necesito que accedas a esos archivos. Solo quiero que me la pases. No haces nada irregular.
- Si Castillo se entera de que estoy husmeando, me despide - reflexionó - Te va a salir caro.
- ¿Qué quieres?
- Una semana cuidando a mis hijas.
- Hecho - Salma no se lo pensó - Gracias.
- De nada... Pero hubiera preferido que me hubieras contado que te has liado con esa chica.
Pese a lo poco que había dormido, Salma no se sentía cansada. Quizá era la adrenalina al saber que la mujer del ascensor era Mara Galindo. Una mujer relacionada con la banda que lideraba Camilo.
"¿Es mi muerte lo que se está moviendo y va a ser Mara mi verdugo?", se preguntó incorporándose.
Era una idea que encajaba como anillo al dedo. Camilo la amenaza con que algo se mueve. Que se ande con ojo y dos días después, durante sus vacaciones impuestas, coincide con alguien relacionado con él que, además, se camufla bajo un nombre falso.
Pero solo era una teoría.
Y la mejor forma de buscar respuestas es acercándose a Mara.
La confirmación llegó mientras Salma disfrutaba de sus últimos minutos de descanso. Tomaba café en la terraza y disfrutaba del mar y de la brisa cuando su móvil se iluminó con un mensaje de Sofía.
"Esta es la foto. He cumplido. Me debes una semana con mis hijas"
"Gracias, Sofi. Eres la mejor"
Salma observó la foto.
La mujer no tenía tatuaje, y llevaba flequillo que ahora no tenía, pero no había duda. Esos ojos verdes la delataban.
Julia era Mara.
Comenzaba la operación.
"¿Es mi muerte lo que se está moviendo? ¿Será Mara mi verdugo?"
Salma bajó las escaleras dispuesta a convertirse, de nuevo, en una turista que buscaba descubrir la ciudad. Debía mantener esa tapadera. Ya no era una mujer en vacaciones, ahora era una policía que finge estar de vacaciones.
Se encontró con Mara, de casualidad, junto a los buzones. Abría una carta y la leyó cuando Salma se acercó.
- Buenos días, Julia - dijo.
Y el nombre de Julia le sonó extraño, como ponerse a hablar en chino.
- Buenos días. ¿Qué tal dormiste?
- He dormido poco. A las cuatro de la mañana. Cosas de estar de vacaciones, supongo.
Mara se encogió de hombros.
- ¿Hacia donde vas a ir hoy?
- No lo sé. A donde me lleven los pies. ¿Alguna recomendación? Podrías venir conmigo y me lo enseñas.
Mara dirigió su mirada al buzón y después miró a Salma.
- Claro. Puedo ser tu guía - dijo - Sé perfectamente dónde llevarte.
A partir de ese momento Salma y Julia/Mara se volvieron inseparables. Comidas, paseos por la playa, parque de atracciones... Momentos compartidos entre las dos que servían a Salma conocer más en profundidad a Mara y tratar de averiguar que pretendía Mara.
Todos esos momentos, los compaginaba con seguimientos nocturnos para controlar los movimientos de Julia. A dónde iba, con quién hablaba... cualquier cosa para descubrir qué se traía Mara entre manos.
Si iba a morir, no podía dejar nada al azar.
Sin embargo, Mara no parecía sospechosa. No veía ninguna charla sospechosa, ni malas compañías, ni una visita a la armería por munición... Más bien, todo lo contrario. Cosas cotidianas. Paseo por la playa, un helado en un chiringuito, una charla hasta las tantas con amigas.
Cada día que pasaba, Salma se convencía de que si Mara estaba allí, no era para matarla. Que solo había sido una simple coincidencia
Aún así, no debía bajar la guardia.
Pero, con tantas horas dedicadas a estudiarla, se dio cuenta que Mara no era solo una cara bonita, que era inteligente, divertida, amable y un toque juguetón. Salma fue entrando en su red hasta que quedó atrapada.
A medida que pasaba tiempo con Mara, menos pensaba en ella como asesina.
El reloj marcaba las ocho de la tarde. Era la última noche de Salma en la ciudad y se la notaba triste. Es difícil dejar un paraíso como aquel.
Se disponía a ponerse una película, pero sonó su teléfono.
Llamó Mara.
- Es tu última noche aquí. ¿Por qué no te subes a mi apartamento y lo pasamos juntas? He hecho pularda. Sé que te gusta.
En otras circunstancias, Salma habría actuado con cautela, pensando muy bien el paso a dar, pero, esta vez, aceptó la propuesta enseguida.
Mara tenía el apartamento en el quinto piso. Subió las escaleras.
La puerta ya estaba entreabierta, pero Salma, aún así, llamó a la puerta.
- Pasa.
Salma cruzó el umbral. Cerró la puerta a su paso.
Escuchó el ruido del horno. Olió la pularda.
- ¡Qué bien huele!
- Gracias.
Llegó a la cocina y se quedó paralizada.
Mara vestía solo un conjunto de lencería amarilla.
- ¿Cocinas siempre así? - preguntó Salma.
- Solo en días especiales - respondió Mara con picaresca.
- Así que soy especial.
- Sí, cariño. Lo eres.
- Algo me dice que no me has invitado a cenar
- Eres muy perspicaz, querida.

Tras la cena, se sentaron en el sofá con unas copas de vino. El salón estaba a oscuras salvo por unas velas encendidas.
- Aquí se está de lujo - reconoció Salma - Esto es la gloria.
- Y que lo digas - añadió - ¿Y sabes cómo podríamos estar mejor?
Salma se encogió de hombros.
Mara la besó.
- Así - dijo ella - Sé que me deseas, querida.
Salma no respondió. Se limitó a volverla a besar.
Se inició así una guerra de besos.
Salma llevó la voz cantante. Sus dedos buscaron el coño de Mara. Los introdujo con urgencia, con desesperación. Mara gemía en su oído.
Mara perdió el sujetador. Sus tetas se liberaron. Lamió sus pezones como si no hubiera un mañana. Los gemidos de Mara se encadenaban hasta quedar sin aliento.
El coño de Mara estaba mojado. Fue el momento en el que Mara se abrió y Salma metió su lengua. Mara arqueó la espalda. Sus gemidos se agolpaban en la garganta.
Mara agarró de la nuca a Salma apretándola contra ella. Sus jadeos sonaban más fuertes. Sus pezones estaban más duros y su coño, más empapado.
Y entonces llegó el orgasmo.
Lo mojó todo.
Se besaron y rodaron por el sofá
Salma quedó debajo.
Abrió las piernas todo lo que pudo.
Mara metió la lengua.
Salma se estremeció. Vio la estrellas. Gemía con fuerza, liberando todo lo que tenía dentro. Pensó en Karen, en lo poco deseada que se había sentido tras la ruptura y en lo libre que se notaba con Mara, aunque ella podría acabar con su carrera.
Sus gemidos inundaban su estancia. Mientas, Mara metía sus dedos en el coño, lo que provocó que Salma temblara de placer. Sus gemidos salían ahogados.
De repente, el orgasmo.
Llegó sin aviso, expulsando fluidos sin remedio, empapando todo lo que se encontró a su paso. Mara pasó su lengua por las ingles saboreando los fluidos de su amante.
Recuperaron el resuello, pero tenían energía para más.
Entrecruzaron sus piernas y frotaron sus coños. Con fuerza, con violencia, como animales. Se miraban fijamente a los ojos. Se deseaban, se quemaban. Gemían a coro. A una sola voz.
Llegaron al orgasmo.
Se desplomaron en el sofá.
Volvieron a besarse. A saborearse. A amarse.
Mara se tumbó en el sofá. Salma colocó su coño en la boca de Mara. Ella metió la lengua y Salma empezó a gemir de nuevo, apretando sus tetas, como si estuviera exprimiendo naranjas. Puso los ojos en blanco. Su cuerpo temblaba. Y ella deseaba que no acabara, porque al acabar tenía que enfrentarse a sus peores demonios.
Pero el orgasmo llamaba a la puerta.
Intentó aguantarlo. Alargar lo inevitable.
Mara movía la lengua con más velocidad.
Salma tenía el coño hinchado.
Y explotó.
Sus fluidos volvieron a inundar su sexo, como un charco. Se dejó caer sobre Mara, a la que volvió a besar.
Fueron los últimos besos antes de dar por finalizado el momento de pasión.
La luna bañaba sus cuerpos desnudos sobre el sofá. Mara aún respiraba agitadamente. Salma recorría con sus dedos las partes que ella antes le había tocado, mientras tenía la mirada perdida en la bola brillante.
Todo lo que cargaba le volvió de golpe.
Al lado, ajena a todo, la causante de todo el problema.
- Sé quién eres, Mara - dijo finalmente. Su voz fue solo un pequeño hilo.
Mara se giró rápidamente. Se topó con la sudada espalda de Salma
- ¿Perdona?
- No hace falta que finjas. Sé quién eres. Lo supe desde el principio.
Mara se resignó. Había sido descubierta al fin. Tarde o temprano ese día llegaría.
- ¿Cómo?
- El tatuaje, especialmente. Y como soy policía hice averiguaciones.
- ¿Y por eso te acercaste a mí? ¿Para que cometiera un error y así detenerme?
- En realidad era para que tú no me mataras a mí.
- ¿Cómo? ¡Pero si jamás he disparado un arma! ¡Ni siquiera he cogido una! Boris, mi nov.. - se frenó en seco. Supuso que Salma ya lo sabría - Boris siempre decía que "me quería pura"
Parecía decir la verdad.
- Camilo está detenido - dijo Salma.
La sorpresa en el rostro de Mara era genuina.
- Y me dijo que algo se estaba moviendo. Me amenazó. Y dos días después, coincido contigo en el ascensor. Simplemente lo deduje... Ahora sé que no.
Mara no sabía muy bien dónde meterse. Todo lo que había estado construyendo durante estos dos años se desmoronaba sin poder frenarlo. Y la única persona en la que podía confiar resulta que era policía.
- Pero seguro que sabes algo de las intenciones de Camilo - añadió - Eras la novia de Boris. Seguro que has oíste cosas.
- Puede - dijo -, pero... ¿Por qué iba a confiar en ti?
- Porque si no hablas tendré que detenerte y si decides colaborar podré protegerte y porque...
Silencio.
Expectación.
Salma lanzó la bomba.
- Y porque te amo - confirmó.
- Me has mentido este tiempo. No debería confiar en ti.
- Pero lo que sentimos es real. Esto que ha pasado es real.
El silencio que siguió fue incómodo y tenso. Como si se avecinara tormenta que no terminaba de romper.
Mara resopló y golpeó el sofá de un puñetazo.
- No puedes hacerme esto. Estoy muy tranquila aquí. Hui porque sabía demasiado. Y si tú me has encontrado, ellos también podrán.
- Pero te protegeré. Confía en mí, por favor.
Otro silencio. Un bufido. Un llanto interrumpido.
- Está bien
Salma sonrió
- Hablaré.

Deberías hablar, Mara. Puedo protegerte



El mal embruja y enamora, y estar cerca de la muerte puede hacer que la pasión se desate jaja.