La luz del mediodía entraba a raudales por el gran ventanal del despacho de Magdalena Prieto. Desde la quinta planta de la torre de oficinas, la presidenta del Abballon dominaba de un vistazo todo el complejo. Los campos de entrenamiento, con conos, balones y muñecos que simulaban defensores rivales, teñían de verde el horizonte; los pabellones para las secciones de baloncesto y balonmano, vigilaban la retaguardia; y la residencia de los jugadores cerraba discretamente el com