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Negociando las primas

Alicia Márquez
4 jul
10 min de lectura

La luz del mediodía entraba a raudales por el gran ventanal del despacho de Magdalena Prieto. Desde la quinta planta de la torre de oficinas, la presidenta del Abballon dominaba de un vistazo todo el complejo. Los campos de entrenamiento, con conos, balones y muñecos que simulaban defensores rivales, teñían de verde el horizonte; los pabellones para las secciones de baloncesto y balonmano, vigilaban la retaguardia; y la residencia de los jugadores cerraba discretamente el complejo.

Magdalena estaba de pie junto al ventanal, con la vista puesta en el campo de entrenamiento número tres.

Varios utilleros recogían el material de entrenamiento mientras ella sujetaba el cuarto café de la mañana y esa satisfacción que no vivía desde que accedió a aquel despacho por primera vez. Una sonrisa incontrolable se dibujaba en su cara, como si hubiera sido ella la autora del gol que llenó, anoche, de júbilo las calles de la ciudad.

En la mesa ovalada y acristalada descansaban los diferentes periódicos deportivos. Todos llevaron en portada la gesta.

"El Abballon Ladies, a la final", decía uno.

"El Abballon culmina la gesta", rezaba otro.

"Un gol en el 95 lleva a las "lechugas" a su primera final", comentaba otro en un pequeño recuadro, olvidado en una esquina.

Magdalena había releído las noticias una y otra vez. Y no pudo ocultar su orgullo y satisfacción.

Hacía tiempo que los medios no las sacaban en portada. Y, esta vez, no era por un fichaje fallido, la crisis interna, los rumores de cese del técnico o de las manifestaciones en su contra... Era por una gesta de proporciones bíblicas.

Un auténtico David contra Goliat.

Una de sus promesas en campaña:

Que el equipo femenino se convierta en un valor seguro, y no solo una sección creada para aparentar.


Magdalena aún saboreaba la gesta del Abballon Ladies

Magdalena dio el último sorbo a su café.

En ese momento, unos nudillos sonaron contra la puerta. Secos, firmes, seguros.

Magdalena se giró.

Volvió a la realidad, al trabajo. Dejó atrás todos esos recuerdos de la noche anterior.

- Adelante - dijo - La puerta está abierta.

Quién cruzó el umbral fue Alexia Narváez, capitana del equipo, que llegaba con el pelo mojado sobre un chándal verde con el escudo bordado, el dorsal 11 bajo él y la bolsa de deporte colgada de un hombro.

- ¿Me buscaba? - preguntó Alexia.

Magdalena se alejó del ventanal, tiró el vaso de café a la papelera y caminó hacia la mesa ovalada. Los tacones resonaban por el despacho, con firmeza y la falda negra de tubo dibujaba un vaivén perfecto sobre sus piernas.

Con un gesto, invitó a Alexia a sentarse.

Ella declinó.

- Sí - dijo - Quería felicitaros por el gran partido de anoche. Fue... memorable.

Alexia dirigió la mirada sobre las portadas de los periódicos. En uno de ellos, Alexia celebraba, puño en alto, el gol logrado.

- No sabemos si volveremos a tener una oportunidad como ésta - reflexionó -. Tenemos que disfrutarla. Es algo histórico para el equipo.

Magdalena asintió, con ojos brillantes.

- Por eso te he hecho venir - dijo en un tono más serio del que pretendía.

Alexia se tensó.

- Siéntate, por favor

Y está vez, Alexia, obedeció.


"Tenemos que disfrutar de lo logrado", reflexionó Alexia, "Por eso te he hecho venir", respondió Magdalena

Magdalena apoyó las palmas de las manos sobre el cristal, cruzó las piernas. Miró fijamente a Alexia, que no rehuía el contacto visual. Un duelo de miradas, como dos pistoleros en el oeste a punto de desenfundar.

El ambiente festivo de la noche anterior en el vestuario, era tenso a esas horas del mediodía.

Magdalena tragó saliva.

- Nuestro rendimiento en la Liga no ha sido bueno - dijo, al fin.

Alexia asintió.

- Pero es indudable que llegar a la final de la Copa es un éxito rotundo - continuó. Y eso merece un incentivo.

Alexia se inclinó hacia delante, agarrando el borde del cristal y abriendo los ojos todo lo que pudo.

- ¿De cuánto estamos hablando? - preguntó Alexia.

- He revisado las cuentas - reflexionó Magdalena - Y os podemos ofrecer diez mil por cabeza, y veinte si ganáis en dos semanas.

Alexia parpadeó.

Fue un gesto sutil, pero Magdalena lo entendió a la perfección.

- ¿Perdona? - preguntó Alexia - ¿Diez mil?

- Sí, eso he dicho. Y veinte si conseguimos derrotar a nuestros rivales.

Alexia emitió un bufido.

- Sí, entendí perfectamente - dijo Alexia -, pero... ¿de verdad crees que eso es lo que vale una hazaña como la nuestra?

- Es lo que podemos asu...

- Ese dinero no compensa los años que hemos pasado en moteles de carretera, los años entrenando en barrizales, los años que hemos ido a los partidos en furgoneta, los años de lesiones que se eternizan - Alexia se cruzó de brazos, enfadada - Eso es lo que cobran los jugadores del equipo de balonmano, que no ganan una competición desde 2013.

Magdalena desvió la mirada hacia el ventanal. No vio venir el gancho de derecha que Alexia le acababa de propinar.

- Lo justo serían cuarenta y cinco mil por cabeza... y cincuenta y cinco, si ganamos - agrega la capitana.

- Es mucho dinero - se justificó Magdalena - No puedo daros eso.

- Somos el único motivo de alegría en este club - argumentó Alexia - Los chicos, en descenso; el baloncesto no sube a Primera; y el balonmano lleva perdido desde 2013.

Magdalena resopla. Era consciente de estar perdiendo la negociación.

Y lo peor, no sabía como reconducirla.

Agarró uno de los periódicos.

- Eso lo sé - dijo, mostrando la portada - Gracias a lo de ayer, volvimos a copar todas las portadas, pero éstas no pagan las facturas, no te pagan el sueldo. Lo que me pides es descuadrar todo el presupuesto de un club entero.

- Ese no es mi problema. Mi problema es, como capitana, decirle a mis compañeras que nuestros sacrificios han servido para algo. Diez mil, es como decir que no valemos para nada. Es un desprecio.

Magdalena se puso de pie. El chirrido de la silla contra el suelo de baldosas retumbó en el despacho.

- No me vengas con esas. Yo he apostado por esta sección como no hizo mi antecesor. Fui yo quien te trajo del Barcelona Sports cuando ganabas ligas. Aquí solo luchabas por ascender...

Magdalena tiró el periódico hacia Alexia con un gesto brusco.

El diario giró sobre sí mismo en el aire hasta aterrizar junto a la futbolista.

La portada muestra a Alexia celebrando el mayor éxito del equipo.

El titular ocupa media tapa

"El Abballon Ladies, a la final"

- ... Y mira lo que hemos conseguido - dijo Magdalena, en un susurro.

A Alexia le recorrió un escalofrío al verse en la portada.

Su mano empezó a temblar.

Su garganta estaba seca.

Un momento de debilidad que no podía permitirse.

Se mantuvo firme.

- Pero no merecemos diez mil.

- Puedo llegar a quince, pero es mi última oferta - advirtió Magdalena.

- Sigue siendo poco, presidenta.

Magdalena bufó.

"Esto va a ser duro", pensó Magdalena, frustrada.

- No tenemos una economía muy boyante. No somos el Sporting Madrid Capital - confesó Magdalena.

- Pero algunas de mis compañeras no viven del balón. Necesitan un segundo trabajo para llegar a fin de mes. No es dinero, es dignidad. Diez mil es un insulto.

Magdalena volvió a sentarse.

Se reclinó sobre la silla.

Cerró los ojos.

Recordó la última reunión con la junta.


"Diez mil por llegar a la final, veinte si la ganamos", ofreció Magdalena

- "Nuestro entrenador ha pedido dos centrales y un delantero",

-"Podríamos fichar al delantero. Hay uno interesante en la liga polaca, pero los centrales... imposible. Tendríamos que despedir a media plantilla", El director financiero, negó con la cabeza - "Cada euro cuenta, Magda"

- "Pues algo tenemos que hacer, porque si no, no renueva"

Magdalena se masajeó las sienes.


El reloj de la muñeca de Magdalena marcaba las tres y cuarto de la tarde. Dos horas de una negociación que no avanzaba.

La presidenta miró hacia la cafetera - en un mueble bajo junto al ventanal -. Necesitaba urgentemente un quinto café.

Alexia, por su parte, se mostraba impertérrita. No movía ni un músculo. Ella se sentía la vencedora emocional de esa primer encuentro, aunque sabía que la negociación seguía su curso.

- Veré qué puedo hacer - dijo Magdalena

- ¿Puedo irme? - preguntó Alexia

- Sí - respondió -, pero mañana, después del entrenamiento retomamos esta conversación.

- Entendido, presi.

Alexia se levantó, cogió su bolsa de deporte y caminó hacia la puerta con decisión.

Pero entonces, Magdalena hizo algo inesperado.

- ¡Espera, Alexia!

Alexia se frenó en seco.

Se giró sobre sí misma.

- ¿Algo más?

- No. Solo decirte que eres una dura negociante. Pensé que sería más fácil, que aceptarías sin rechistar.

- No puedo aceptar esa miseria. Ni por mí, ni por ellas - Alexia señala hacia el ventanal. - No me dejaste otra opción.

- Me gusta eso de ti - admitió Magdalena -. Eres inconformista. Si no, nunca hubieras aceptado venir aquí cuando solo éramos un proyecto. Si no lo fueras, estarías en un equipo de EEUU.

- ¿Qué puedo decir? ¡Me gustan los retos! - confesó con una sonrisa -. Tú también has sido dura. Te has defendido con uñas y dientes argumentos. Eso te hace muy buena gestora.

Alexia dejó caer la bolsa.


Alexia comenzó a caminar hacia Magdalena con parsimonia

- Siento haber sido demasiado brusca - se disculpó Alexia, cada vez más cerca de la presidenta

- No te preocupes. Has sido dura, ya te lo he dicho, pero noble. Cosas de negociaciones.

La distancia entre ambas era mínima.

Los dedos de Alexia se aferraron a la chaqueta de Magdalena. Ella la miró con extrañeza, pero no se apartó, ni le retiró el brazo.

- ¿Sabes qué más me gusta de ti? - preguntó Alexia.

Magdalena no respondió.

- Que te mojas. Que no te quedas al margen. Si quieres algo, vas a por ello.

- Yo no meto la pelotita, Alexia...

Alexia llevó su dedo índice a los labios de la presidenta. Apenas rozó el borde inferior.

Y entonces, la besó.

Magdalena tembló, pero no se separó.

Tampoco quería.

"Ahora si qué te vas a mojar", pensó Alexia.


Alexia empujó a Magdalena hacia el escritorio. El mueble hizo de tope.

La futbolista la besó en el cuello. Magdalena se estremeció.

Su cabeza aún luchaba contra el deseo, pero sus dedos se aferraban a la madera, su corazón latía acelerado y su respiración era irregular.

Y Magdalena lo entendió.

Esa negociación también la había perdido.

Lo profesional se fue por el sumidero.

La etiqueta de presidenta la perdió cuando soltó su primer gemido.


Alexia buscó su coño con sus dedos.

Magdalena suspiró. Cerró los ojos.

Alexia le desabrochó la blusa - se deslizó por sus hombros -. Su boca recorrió sus pezones. La presidenta se aferraba a la mesa con fuerza. Parecía que iba a agujerearla.

Sus gemidos inundaban el despacho.

Sus pies empujaban el suelo.

Y Alexia cada vez meneaba sus dedos más rápido. El coño de Magdalena se iba humedeciendo.

Hasta que las bragas ya sobraban.

Alexia se acuclilló, sujetándose en las caderas de la presidenta, y metió su lengua en el coño. Magdalena tembló, flexionó las rodillas y echó la cabeza hacia atrás. Decidió dejarse llevar.

Los gemidos de la presidenta subieron el volumen.

Un torrente de placer recorrió su cuerpo.

Sus dedos se crisparon.

Alexia movía su lengua de arriba a abajo, recorriendo todos los rincones del sexo de Magdalena.

Hasta que llegó al orgasmo.

Sus piernas se llenaron de fluidos.

Magdalena se derrumbó sobre el escritorio extenuada, pero liberada.


Mientras volvían a besarse, Magdalena empujaba a Alexia. La mesa ovalada de cristal fue el fin del camino. El escenario cambiaba.

Alexia se subió a la mesa sin chaqueta de chándal, con la camiseta subida y los pantalones por los tobillos.

De un manotazo apartó los periódicos.

Magdalena se relamió antes de atacar.

Metió la lengua sin miramientos, con toda la prisa, y con toda la pasión que pudo reunir.

Los gemidos de Alexia llenaron la estancia.

Su cuerpo temblaba.

Ella estaba hecha una bola, con las piernas abiertas y en alto, sujetándose los talones con las manos.

Magdalena añadió a su lengua un par de dedos que resbalaban hacia el interior con suma facilidad.

Los movía con velocidad, como si no hubiera un mañana.

Y Alexia la seguía con unos gemidos, cada vez más altos, cada vez más frecuentes, cada vez más constantes e interminables.

Entonces se tensó.

Y explotó.

Un grito ensordecedor llenó el despacho.

Alexia se derrumbó sobre la mesa.

Espalda contra el cristal.

Respiración agitada.

Corazón acelerado.

Sonrisa de oreja a oreja.


Bajaron las revoluciones del encuentro.

El ambiente se relajó.

Ellas estaban desnudas sobre la mesa de cristal.

Alexia encogida en posición fetal, Magdalena tras ella, dibujando cosas sin sentido sobre su espalda.

El móvil de la presidenta, perdido en el suelo, sonó. Ella no respondió, pero se incorporó sentándose en el borde de la mesa, con los pies en el aire y su mirada pérdida en los periódicos que, tras la batalla, habían quedado con la portada boca arriba. Entre ellas, la que tenía la foto de Alexia.

Esa foto la hizo resoplar.

Con timidez la golpeó en el hombro.

Alexia se giró.

Sus ojos se encontraron con los de Magdalena.

- Tienes razón - reconoció la presidenta - La hazaña de ayer no merece diez mil. Os ofrezco treinta... y cincuenta si ganáis la final.

Tembló.

Una oferta que dejaría tambaleando las cuentas del club.

Pero, por primera vez, estaba convencida de que era lo correcto.

- Ya nos vamos entendiendo, presi - Dijo Alexia, en un tono burlón -. Pero creo que aún puedes forzarlo más. Treinta y cinco por la final; sesenta si la ganamos.

- Treinta y dos por la final; cincuenta y cinco si salís campeonas.

- Hecho.

El beso selló el acuerdo.


"Treinta y dos mil por la final, cincuenta y cinco si salís campeonas", dijo Magdalena. "Hecho"

Pero la felicidad duró poco.

Magdalena se tensó sin poder remediarlo.

Nadie entre su junta directiva iba a apoyarla en ese desvío de fondos.

Le surgieron preguntas.

¿De dónde iba a sacar el dinero que le acababa de prometer a Alexia?

¿Qué debía sacrificar para tener contentas a las jugadores?

¿Deberá convocar elecciones y que se coma el agujero una nueva junta deportiva?

- No sé cómo lo voy a hacer, pero prometo que os pagaré lo que hemos acordado - dijo Magdalena segura por fuera, muerta de miedo por dentro.

Alexia no respondió.

Se limitó a asentir, mientras se cerraba la cremallera del chándal.

Ella caminó hacia la puerta, recuperó su bolsa.

Se paró en seco.

- Presi... Ha sido un placer negociar contigo.

- No te vengas arriba. No me apetece negociar todos los días contigo.

Alexia se carcajeó.

Magdalena le siguió.

Alexia abandonó el despacho.


Sola, aún desnuda, Magdalena recuperó su móvil y llamó a Vicente, su director financiero.

- Vicente, me vas a matar - advirtió Magdalena, anticipando la negativa -, pero necesito que metas más dinero en el bote de las primas. He acordado treinta y dos por la final... Y en caso de ganarla cincuenta y cinco mil.

Desde el otro lado de la línea solo salieron improperios.

- Lo sé, Vicente, lo sé. Estamos en una posición delicada. Pero tienes que hacerlo. Las chicas se lo merecen.


"Hazlo Vicente", ordenó la presidenta, "Las chicas se lo merecen"

1 comentario


pingui.blog99
04 jul

Una negociación dura, pero placentera a la vez. Sarna con gusto no pica, y el dinero ya llegará jajaja.

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Av. Cobá 202, Cancún, Q.R., México

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