Graciela llega a su casa tarareando su canción favorita, que sale de sus auriculares de diadema mientras desliza la maleta por el camino adoquinado. Sus ojos reflejan el cansancio del viaje y la pereza que le resulta volver a su rutina. Son solo diez metros hasta las escaleras, pero ella arrastra sus pies como si así pudiera alargar sus últimas horas de libertad. "Menos mal que entro de tarde", piensa, colocando un pie en el primer escalón. En el porche, apaga la música, s