El regreso de la niñera
Graciela llega a su casa tarareando su canción favorita, que sale de sus auriculares de diadema mientras desliza la maleta por el camino adoquinado. Sus ojos reflejan el cansancio del viaje y la pereza que le resulta volver a su rutina.
Son solo diez metros hasta las escaleras, pero ella arrastra sus pies como si así pudiera alargar sus últimas horas de libertad.
"Menos mal que entro de tarde", piensa, colocando un pie en el primer escalón.
En el porche, apaga la música, saca las llaves del bolsillo trasero de sus shorts y se dirige hacia la puerta.
Abre la puerta de casa, como una ladrona sigilosa intentando hacer el menor ruido posible, sin embargo, anuncia su llegada a pleno pulmón:
- ¡Mamá! ¡Ya estoy en casa! - grita y deja las llaves en el cuenco de porcelana
- Hola hija... ¡Estamos en el salón!... ¿Qué tal por Lisboa?
La voz de su madre cruza el pasillo antes de alcanzarla.
Ella empieza a caminar hacia la voz.
- Me ha encantado - responde -, pero tengo que volver. Creo que me he dejado cosas en el tintero. Podrías venir conmigo. Te...
La joven se interrumpe al descubrir que su madre no está sola. Comparte sofá con una mujer de pelo castaño, un moño bajo, un top deportivo y unas mallas. No la reconoce.
La penumbra del salón tampoco ayuda.
La sala de estar huele a incienso y menta, suena música relajante, las persianas están a medio bajar.
- Ah cariño - dice su madre -. Esta es Paloma... ¿te acuerdas de ella?
Graciela mira a Paloma, con los ojos entornados, escaneándola, pero no hay ninguna coincidencia positiva.
Niega con la cabeza.
- Fue tu niñera cuando eras pequeña - continúa su madre - La tenías mucho cariño.
- Y eso que fueron solo cinco meses del 2006 - añade Paloma.
Graciela vuelva a mirar fijamente a Paloma. Intenta imaginarla con quince años menos, pero le resulta imposible, aunque tiene gestos que sí le resultan familiares.
- No te recuerdo - admite Graciela.
- Lo entiendo perfectamente - reconoce Paloma. Tenías seis años, pero yo a ti sí te recuerdo. Especialmente cuando te enganchabas a mi pierna como un koala.
Paloma se ríe.
Su madre también.
Graciela baja la cabeza, avergonzada.
Aunque debía admitir que esa risa era suave, cálida y la envolvía como un abrazo.
- ¿En serio hacía eso? - pregunta Graciela
- Oh, sí - responde su madre con humor - Y ni tu padre, ni tu madre, ni Paloma éramos capaces de soltarte.
- ¡Qué vergüenza!
La madre y Paloma ríen a carcajadas.
Graciela, roja como un tomate, intenta desaparecer.
- Recuerdo cuando te escondías en aquella cortina cuando llegaba - dice Paloma -, pero luego no querías que me fuera. Me pedías que te contara el cuento "el pez con escamas" o me pedías que te cantara una nana.
- Y cuándo conseguíamos que se fuera, tú llorabas y no querías comer - añade su madre.
Graciela escucha, pero todo le sonaba como si le hablaran en un idioma que no entendía. Pero aquel libro, "el pez con escamas", sí lo recuerda. Aún debe tenerlo en alguna estantería. Con las páginas amarillentas, y una portada que ya no brilla.
- Y los viernes era peor todavía - dice Paloma - Ponían "la patrulla gatuna" y era imposible apartarte del televisor
- "La patrulla gatuna" - repite su madre - No te perdías ni un episodio. Te sabías los diálogos de memoria... Bueno, nosotros también.
Paloma ríe.
Su madre también.
Y Graciela, por primera vez, las acompaña, imaginando a la niña que fue.
- Te agarrabas a la alfombra y no había Dios que te arrancara de allí... Tenías una fuerza en los brazos...
Las risas inundan el salón.
Graciela mira fijamente a Paloma. Más de lo debido, quizá, pero no puede apartar su mirada.
Paloma le devuelve la mirada y dibuja una sonrisa con sus labios.
Nota algo diferente en esos ojos que la miran.
Pero no dice nada. No es el momento.
"¿Te acuerdas de Paloma?", pregunta la madre. "Fue tu niñera cuando eras niña"
De repente, el móvil de la madre suena sobre la mesa de café. Las tres se giran hacia él. En la pantalla un nombre: "Jefe". La madre gruñe. Graciela y Paloma se miran. Mitad desconcierto, mitad diversión.
La madre descuelga, y trata de alejarse al pasillo, pero se la escucha perfectamente.
"¿Error? ¡Los del turno de noche me van a oír! Ahora mismo lo soluciono. Enseguida voy"
Regresa, guardándose el teléfono en el bolsillo de sus pantalones.
- Debo irme, hija - dice -. Es una urgencia del trabajo. Luego me sigues contando sobre tu viaje ¿vale?
Graciela asiente.
La madre se dirige, entonces, a Paloma.
- ¿Te vas a quedar a comer como hemos acordado? - pregunta
- Sí - responde Paloma -. Gracias por invitarme.
Le da un beso en la mejilla a su hija.
- Ofrécele algo de beber... por si me alargo
Empieza a caminar hacia la puerta.
Se escucha un portazo.
Se quedan solas.
- Hay que ver lo que has crecido - dice Paloma.
Se pone de pie.
- La última vez que te vi, me llegabas por la cintura - Paloma hace el gesto de la altura junto a su cadera - Y ahora, mírate. Eres toda una mujer. Ahora la pequeña soy yo.
Paloma ríe.
Graciela también.
Y cada vez se siente más cómoda con esa risa.
- Así que fuiste mi niñera - comenta Graciela, sentándose junto a ella en el sofá.
- Durante cinco meses - recuerda Paloma - Y me dejaste un buen recuerdo. De todos los niños a los que cuidé en esa época, tú eras la más especial.
Graciela se ruboriza.
- ¿Por qué te fuiste? - pregunta
- Me fui a estudiar a Valencia a estudiar criminología.
Graciela abrió la boca, pero no dijo nada.
- A tu madre le dolió mucho que me fuera - continúa Paloma - Recuerdo que me dijo: "Y ahora... ¿Dónde voy a encontrar a una niñera tan buena como tú?" Me hizo llorar, ¿sabes?, pero entendió mi decisión. Tenía que volar.
- Lo entiendo. Son trabajos temporales. Yo trabajo de camarera en el "Quintos" para pagar mis estudios.
- ¿Qué estudias?
- Quiero ser masajista. Quiero dar masajes relajantes. De esos que se ven en las películas, con velas, aceites...
Paloma parpadea.
- ¡Como yo! - exclama, aún sorprendida por la coincidencia - Dejé criminología. Era muy duro. Y me enamoré de los masajes... Ahora tengo mi centro propio y doy masajes a domicilio. De hecho estoy aquí por tu madre, porque me ha contratado... ¡Pero no me ha pagado!
Una carcajada llenó el salón
- Pero lo dejaremos pasar porque me ha invitado a comer - zanja.
- ¡Qué coincidencia! - dice Graciela, con una cálida sonrisa dibujada en su rostro - Tal vez cuando acabe los estudios pueda hacer las prácticas contigo.
- Ya lo veremos, pequeña. Ya lo veremos.
Graciela tiembla.
No le gusta que le llamaran "pequeña", pero salida de los labios era como una caricia.
Empieza a notar que se desarma por cómo se lleva un mechón tras la oreja, como se paraliza al verla cruzar las piernas, como se acelera el pulso cuando habla.
"¿Qué me pasa?", se pregunta en voz baja.
Y mientras, la conversación fluye como dos amigas de toda la vida.
"Fuiste la niña más especial de todos los que cuidé"
- ¿Sabes lo que sí recuerdo? - pregunta Graciela - Cuando me dormías. Que me leías un cuento, me arropabas y me tocabas la nariz con esa dulzura tuya. Y entonces yo sabía que no había monstruos bajo mi cama.
Paloma sonríe.
- Al menos hice bien mi trabajo - dice Paloma
- Hiciste más que eso - replica Graciela - Me sentía segura contigo.
- La verdad es que me lo ponías muy fácil. Eras muy buena... salvo en contadas ocasiones.
Graciela se sonroja. Las palabras acarician sus oídos. El corazón se le acelera. Sus dedos se crispan en la tela del sofá.
No sabe como procesar aquello.
Pero Graciela ya no la ve como la niñera que fue.
Graciela baja la mirada, apunta a las rodillas de su acompañante. Las gotas de sudor caen por su frente y siente que su garganta está seca.
Amaga con levantarse varias veces e ir a la cocina.
Pero prefiere quedarse y afrontar de una vez por todas lo que ha aflorado dentro de ella
- Los monstruos bajo mi cama ya no me asustan - dice, aferrándose al sofá -, pero hay algo a lo que temo.
- ¿El qué? - pregunta Paloma, desconcertada
- Que ya no siento esa seguridad que me dabas.
- Graciela...
Paloma calla.
- ¿Qué?
- Ya no eres aquella niña... Ni yo la adolescente que te cuidaba.
Graciela siente la decepción en sus ojos.
Pero juega su última carta.
- Pero somos algo mejor.
- ¿Algo mejor?
- Sí, somos dos adultas que se gustan.
Paloma se quede petrificada.

El silencio es incómodo.
Ninguna de las dos sabe qué decir.
Graciela se ha liberado y ha obtenido silencio como respuesta.
Las ganas de beber agua, aumentan.
- Voy a beber - dice Graciela - ¿Quieres algo?
La joven se levanta. Empieza su camino hacia la cocina.
Pero algo la detiene.
Paloma la agarra del brazo. Sus dedos se hunden en su piel, pero no clava las uñas.
- Espera, pequeña - dice.
Otra vez esa palabra. Esta vez, Graciela tiembla. Sabe lo que viene a continuación.
Antes de que cambie de idea, Graciela besa en los labios a Paloma.
Dura escasos segundos.
Después, se separan.
- Tienes razón - confiesa Paloma - Me gustas. Has crecido muy bien, pequeña.
Se vuelven a besar. Paloma lleva el ritmo. Graciela se deja hacer mientras se va tumbado sobre el sofá.
Los besos se vuelven eternos. Sus lenguas libran una placentera batalla, sin ganadora ni vencida.
Después, Paloma la besa en el cuello.
Graciela suelta los primeros susurros de placer.
Paloma busca, con sus dedos, el coño de la joven, que gime con anticipación.
Cuando los posa sobre la tela de sus shorts, Graciela arquea el cuerpo y hunde la cabeza sobre el sofá.
Graciela nota como una pequeña mancha de humedad se va formando en los pantalones. Paloma se los desabrocha y se los quita, con dificultades.
Después, sus bragas continúan el camino.
Los dedos de Paloma se posaron sobre el sexo de la joven, sin obstáculos. Piel con piel. Los movió despacio, haciendo que cada gemido de Graciela sea más alto que el anterior.
La vagina moja. Los dedos de Paloma se mueven con más velocidad. Y Graciela, entre gemido y gemido, pide más.
Así que Paloma cambia de instrumento.
Deja los dedos.
Mete la lengua.
Agarra de las caderas a la joven. La atrae hacia ella.
Come, con velocidad, con pasión, con fuego.
Graciela gime.
Cierra los ojos.
Su mente viaja, su cuerpo se estremece.
La velocidad de Paloma sube.
Graciela se tensa.
Crispa sus dedos.
Arquea el cuerpo.
Gritos ahogados.
Su orgasmo está cerca.
Graciela se abandona. La realidad se difumina.
Llega el clímax.
La joven se libera.
Graciela trata de recuperar el resuello. Tiene el pelo mojado por el sudor. Su pecho sube y baja cada vez más lento.
Se da unos segundos para asimilarlo.
Después, ataca.
Es su momento.
Le come la boca a Paloma sin remordimientos.
La batalla de lenguas se recrudece.
Mientras, sus dedos buscan el sexo de Paloma sobre sus mallas. Poco después, por dentro de ellas.
Los gemidos se van haciendo más evidentes.
Es el momento de subir de nivel.
Paloma pierde las mallas, se tumba en el sofá, abre las piernas todo lo que puede - una se apoya en la mesa de centro; la otra tiene que agarrarla con su mano -, y espera a que Graciela meta su lengua.
Cuando lo hace, Paloma grita. El salón se llena de sus gemidos, la habitación tiembla, como un terremoto.
Para Graciela eso es gasolina.
Sube la velocidad de sus lengüetazos.
Y los gemidos de Paloma suben de volumen al mismo tiempo.
Su mano la agarra de la nuca, y aprieta a la joven contra ella. Su lengua entra más en contacto con la vagina de Paloma.
Ella sigue gimiendo.
No hay salón, no hay persianas bajadas, no hay olor a incienso y menta.
Solo están ellas.
Provocando un terremoto.
Graciela aumenta su velocidad.
Paloma siente que llega al clímax.
Explota.
Sus jugos caen por sus muslos.
Se relaja.
Ambas comparten la última batalla de besos.
Escuchan una llave colándose en la cerradura.
Paloma aún la está besando el cuello.
Graciela es quien se da cuenta.
- Mierda - dice Graciela. Su corazón trata de escaparse por su boca - Es mi madre
Paloma parece no inmutarse, pero deja de besarla.
Después, sonríe al ver la cara de pánico de la joven.
- Somos dos adultas que se gustan, ¿recuerdas? - dice, con un tono juguetón - Tú misma lo dijiste.
- Sí, pero mi madre no lo sabe - dice - Y no quiero que lo descubra así.
Se hace un silencio, pero no es incómodo. Es un silencio tranquilo.
- Tú ganas - comenta Paloma -, pero no me vas a negar un último beso.
Graciela asiente.
Sus labios se juntan una última vez.
Ambas mujeres se visten.
La madre abre la puerta.
- ¡Ya estoy en casa, chicas! - anuncia - He traído pollos asados
Graciela y Paloma están sentadas en el sofá, una al lado de la otra, a una distancia prudencial, y vestidas.
Nada que hiciera sospechar.
Pero una madre es lista.
Y la de Graciela, también.
Ve cosas, detalles que llaman la atención, pero opta por no decir nada.
- Hola, mamá.
- ¿Os habéis puesto al día?
- Sí. Hemos estado charlando hasta ahora - dice Graciela
- Ha sido una conversación muy productiva - añade Paloma.
Graciela vuelve la mirada y sonríe para sí.
- Bueno... ¿Comemos?
La comida se vuelve en un recordatorio de anécdotas que Graciela no guarda en su memoria.
Pero ella no está en ese mundo.
Está pensando en Paloma.
En esa risa que la vuelve loca, en ese mechón de pelo rebelde que le cae por el cuello, en esa forma de mirar, en el hoyuelo de su barbilla cuando sonríe.
Pero sobre todo, en que lo ocurrido no puede acabar en ese sofá.

"Ha sido una charla muy productiva", dice Paloma. Graciela ríe a escondidas



No todo el mundo tuvimos niñera, pero tampoco la hubiese rechazado si tuviese un futuro igual a este jajajaja.