Esther abrió los ojos lentamente, con pereza, como si tuviera la certeza que era mejor mantenerlos cerrados. Tuvo que parpadear para ubicarse. Se sentía desconcertada, mareada y estaba visiblemente asustada. Y lo que vio, aumentó su ansiedad. Una habitación fría de un hospital, una camilla, un pijama horrorosos que te cubren por delante, pero te descubre por detrás, ella llena de cables por su cuerpo, un brazo escayolado, magulladuras por doquier y un dolor insoportable, co