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Amnesia

alialinstagram87
25 abr
13 min de lectura

Esther abrió los ojos lentamente, con pereza, como si tuviera la certeza que era mejor mantenerlos cerrados. Tuvo que parpadear para ubicarse. Se sentía desconcertada, mareada y estaba visiblemente asustada.

Y lo que vio, aumentó su ansiedad.

Una habitación fría de un hospital, una camilla, un pijama horrorosos que te cubren por delante, pero te descubre por detrás, ella llena de cables por su cuerpo, un brazo escayolado, magulladuras por doquier y un dolor insoportable, como si la estuvieran usando como un saco de boxeo.

El ventilador del techo giraba sin cesar, con ese molesto zumbido taladrando sus oídos. A eso se le sumaba el pitido agudo del monitor cardíaco, como un metrónomo, siempre a la misma frecuencia. Y el fluorescente parpadeaba, recordándole a las luces estroboscópicas de una discoteca.

Intentó incorporarse, pero estaba tan débil que sus esfuerzos eran en vano. Intentó gritar, pero solo salió un hilo de voz

- ¿Hola? ¿Hola? ¿Hay... alguien?

Sus ojos registraban cuidadosamente la habitación mientras se preguntaba qué demonios hacía allí.

Entonces reparó en una mujer. Esther no pudo evitar sonreír. "Probablemente ella tenga las claves de por qué estoy aquí", pensó.

La mujer estaba incómodamente dormida sobre una butaca roja, usando como manta su propia chaqueta. Esther la miró con ternura. "Gracias por estar aquí, pero te vas a joder la espalda. Mejor deberías irte a casa"

Sin tiempo para asimilarlo, el doctor, un hombre canoso con gafas que sujetaba en el puente de la nariz, irrumpió en la habitación. La ronda habitual del facultativo de las nueve y media de la mañana.

- Vaya, señorita Mínguez. Veo que está despierta - dijo con un hilo de sorpresa en su voz - ¿Cómo se encuentra?

Esther se llevó sus dedos a las sienes tratando de calmar su dolor.

- Como si me hubiera atropellado un camión - dijo con toda la firmeza que pudo reunir.

El doctor chasqueó la lengua. "Justo eso es lo que te pasó... por lo que me han contando", pensó, pero no lo dijo. No era el momento de reavivar el trauma.

- ¿Qué hago aquí, doctor...?

- Quílmez. Doctor Eugenio Quílmez

- ¿Qué me ha sucedido doctor Quílmez?

- Sufriste un accidente.

Esther entornó los ojos buscando entre sus recuerdos algo que corrobore la respuesta del doctor, pero su mente era como un lienzo en blanco.

- No... No recuerdo nada - admitió, rendida, cansada de buscar en su mente vacía.

- Puede ser normal en casos como el suyo - comentó el doctor - Su cerebro la está protegiendo de los sucesos más traumáticos. Tienes suerte de estar viva - admitió, sin paños calientes.

El doctor apuntó algo en un folio sujeto por un portapapeles, mientras Esther asimilaba la última frase del médico. "Tienes suerte de estar viva". Se lo repitió como un mantra.


"Has sufrido un accidente", recordó el doctor. "Tienes suerte de estar viva"

En ese momento, la mujer de la butaca abrió los ojos. Tenía el cuello dolorido, la mirada perdida y unas ojeras del tamaño de una pelota de tenis.

Pero eso quedó en un segundo plano cuando se percató de que Esther estaba despierta. Eso le insufló una energía que creía olvidada. Y se levantó, como un resorte, de la butaca. Corriendo a abrazar a su amiga ignorando al doctor.

- Ten cuidado - advirtió Quílmez.

Demasiado tarde.

El abrazo duró escasamente dieciséis segundos. Dieciséis segundos que para la mujer fueron los mejores de la última semana. Dieciséis segundos que ayudaron a aumentar la incomodidad de Esther, que ni siquiera le devolvió el gesto. Se limitó a poner las manos en la espalda.

Al separarse, la chica la miró al borde del llanto

- ¡Qué susto me has dado, cabrita! - dijo efusivamente - Creí que te perdía.

Esther escaneó a la mujer desconocida de arriba a abajo.

Parecía querer retener a quién estaba delante.

Pero, en su mente, ese rostro no tenía nombre. Ella la conocía, pero Esther era incapaz de reconocerla.

- ¿Quién... ¿Quién eres? - preguntó.

La mujer arqueó una ceja. El doctor levantó la mirada del folio, presionando el botón del bolígrafo como diciendo "Esto es oro"

- Soy Laura - respondió extrañada.

El "¿Bromeas?" que pensó, se quedó en la punta de su lengua.

- Lo siento, pero no sé quién eres - admitió.

- Soy yo, Laura. Laura Palomares. Tu...

Hizo una pausa. El zumbido del ventilador se intensificó. El monitor cardiaco pitaba más agudo. El doctor apretó el boli con más fuerza. Hasta quedarse la marca grabada en su mano.

Laura, entonces, pensó en todos aquellos momentos a solas con Esther en los que deseó decirle lo que sentía y, por el motivo que fuera, no se atrevió. Ahora Esther estaba vulnerable. Su memoria parecía ausente y podría hacerle creer lo que quisiera. Incluso una relación que no tenían.

La decisión fue muy fácil.

- ... novia.

Esther parpadeó varias veces tratando de encajar la palabra "novia" en su nuevo ecosistema. Aquella revelación le generó ansiedad, que el aire le llegara con más dificultad y unas ganas locas de vomitar. Era demasiado información, cuando no tenía fuerza ni para incorporarse.

Pero lo que más le angustiaba era que no recordaba nada de esa etapa.

- Lo siento. No te recuerdo - repitió serena por con un halo de tristeza - No consigo recordarte.

La habitación quedó en silencio. Laura no supo qué más decir, Esther no tenía ganas de seguir hablando y el doctor apuntaba cosas en sus notas.

- Puede que la señorita Mínguez sufra de amnesia - dijo, jugando con el boli - Debería hacer unas pruebas. Tendrá que quedarse aquí una noche más.

- ¿Recuperará la memoria? - preguntó Laura.

- No sé sabe con certeza. Quizá la recupere en unas horas, en unos días o... - tragó saliva - que nunca lo haga. El caso es que no deberías presionarla. Si recuerda, lo irá haciendo ella poco a poco.

Esther se mantuvo callada, con los ojos cerrados, tratando de calmar a su cabeza.

Aún así, no pudo evitar quedarse con el diagnóstico

"Amnesia" pensó con amargura "Eso es como empezar de cero"


"Quizá sufra de amnesia", diagnosticó Quílmez

La puerta del apartamento de Laura chirrió de una manera irritante. Esther se llevó las manos a los oídos para calmar el ruido.

- Debería... Deberíamos cambiar esta puerta - dijo Laura al verla -. Llevo mucho tiempo con ese problema. No puedo traer a una novia sin que los vecinos se enteren - se rio sin remedio.

Esther simplemente sonrió.

El piso era antiguo. Se notaba en el suelo desgastado, en el gotelé de las paredes, en el diseño de los grifos, en cualquier rincón. Aún así, el apartamento era coqueto y acogedor. Un buen lugar para reposar.

Esther entró en un laberinto. Todo desconocido. Nada que reviviera a su memoria. Ningún hilo del que tirar.

Había fotos de las dos juntas en todas partes. En la nevera, sujetas con imanes, en las estanterías, en cuadros colgados de las paredes.

Fotos que a Esther no le decían nada. Sin contexto solo eran momentos capturados. Como si las hubiera hecho una IA.

Para Laura, los cimientos en los que construir su mentira.

Esther cogió una con la mano. Ella y Laura abrazadas y sonrientes junto a la gran montaña rusa conocida como "El ciclón"

- Esa foto es de cuando fuimos a Futuralandia - dijo Laura, arrancándole la foto con delicadeza - Te morías por ir y yo te lo regalé en tu cumpleaños. Fue nuestro primer viaje como pareja. ¿No lo recuerdas?

Laura no se inventaba las historias, aprovechaba un relato real para luego moldearlo a su interés. En el caso de aquella foto, la historia real es que fue un viaje familiar entre las dos familias. La foto fue hecha por el padre de Laura.

- No - la respuesta de Esther sonó seca.

- Acabarás recordando. El médico dijo que no te presione, pero también tienes que estimular la mente.

En el fondo, Laura quería que todo se quedara así para que la mentira fuera la única realidad.

El apartamento olía a Laura y respiraba como Laura. Esther no se reconocía allí. Se sentía como una invitada. Por mucho que Laura se empeñara en lo contrario, Esther no latía al mismo ritmo. Su corazón no estaba allí.

De pronto, su incomodidad se convirtió en dolor físico.

- Creo que me duele la cabeza. Me iré a dormir - dijo.

- Bien... Puedes dormir en mi habitación.

Esther dudó. No sabía si debía aceptar tamaña generosidad. Se conformaba con dormir en el sofá.

- ¿Y tú? ¿Dónde lo harás?

A Laura le extrañó la pregunta.

- Contigo, cariño.

- Preferiría que no. No sé quién eres, ni que pretendes. Lo siento

Se hizo el silencio.

Incómodo. Angustioso

Esther se dio cuenta

- Al menos esta noche. Solo... solo tengo que asimilar todo esto. Lo siento.


"Prefiero dormir sola esta noche. No sé quién eres"

Habían pasado ya tres semanas desde el accidente. Y, por primera vez desde que salió del hospital, empezaba a aceptar su nueva realidad. No había amor. No del que se supone que se debe sentir por quién dice ser tu pareja, pero había cercanía, risas, cariño. Y estaba dispuesta, de verdad, a conocerla.

Al menos ella siempre ha estado a su lado desde el día del accidente.

De su pasado, ni rastro.

Eso la tenía angustiada.

Al menos, en su interior. En el exterior, disimulada e incluso se atrevía a bromear con su estado.

- ¿Recordaste algo?

- Si. He recordado que tenemos que comprar leche y huevos - comentó divertida.

- Muy graciosa

Esther, incluso se había atrevido a usar cariñosos apelativos, a pesar de que aún sonaban extraños.

- Si recuerdo algo, serás la primera persona en saberlo, cariño - dijo, con contundencia.

Al día siguiente, Laura volvería a preguntar.


Poco a poco, Esther empezaba a sentirse cómoda en su nuevo ecosistema, aunque seguía sin poder amar a Laura como se supone que se debe amar a tu pareja

Esa misma noche, Esther veía la tele, aunque sin prestar mucha atención. A su lado, Laura estaba acurrucada, con la tablet apoyada en sus rodillas.

- Amor... - dijo Laura, de pronto

Esther se giró. En la tele, anuncios

- Estoy mirando viajes a Grecia - añadió

- Me encantaría ir. Me gusta Grecia - dijo, ilusionada, Esther

- Lo sé, pero ya estuvimos hace cinco años - comentó Laura -, ¿recuerdas?

Obviamente, no. Esther no lo recordaba

- Claro, la maldita amnesia - lamentó -. Fue hace cinco años. Llovió tanto que no pudimos ir a Mykonos. Creo que es momento de repetir aquel viaje.

- Me parece una buena idea - comentó Esther - septiembre es una buena época.

- Sí. ¿Entonces compro ya los billetes?

- Claro, amor, cómpralos.

Entonces, sin previo aviso, un "clic" retumbo en su mente. Una pieza que por fin encaja en el puzle.

Aquel viaje había sido el detonante.

Un viaje en el que ella no estuvo. Se había ido Laura con su novia de entonces, Rebeca. A los dos días, Laura llamó a Esther. Lloraba. "He discutido con Rebeca", había dicho.

La partida de cartas con su hermano pasó a un segundo plano. Aquella noche estuvieron hablando más de dos horas.

Lo recordaba nítidamente. El primer atisbo de un pasado que se resistía a volver.

La confirmación de que su "novia" Laura no tenía escrita esa palabra.

Podía haberla delatado, pero optó por callar.

Aún no sabía muy bien porqué.


El viaje a Grecia le hizo clic y recordó. Esther no había estado allí. Laura no era su novia

Aunque Esther ya sabía que Laura no era su pareja, mantenía el mismo tono que había aprendido a usar. Por dentro, sin embargo, estaba enfadada. "Se ha aprovechado de mí" "Es ruin"

Era una contradicción andante.

Y, poco a poco, iba entendiendo porque lo había dejado pasar.

Porque de tanto fingir se ha construido una realidad que no quería romper.

Los "cariño" que no sentía, empezaban a sonar naturales.

Y estaba cómoda.

Laura, por otro lado, veía cómo Esther se movía por el espacio como si ya fuera suyo, como coqueteaba con ella, cómo sabía calmarla cunado se enfadaba, pero ya no podía aguantarlo más. No podía reprimir más sus deseos más primarios.

Era hora de subir el nivel.

Esa misma noche.


El salón estaba a oscuras, solo iluminado por las dos lámparas de mesa que flanqueaban al sofá. Laura vestía un pantalón de pijama y un sujetador negro, en cambio, Esther llevaba unos shorts rosas y un top azul. Estaban tapadas con una manta porque había refrescado.

- No sé si lo recordarás, pero te encantan las películas de terror - dijo Laura, con una sonrisa pícara

"Eso si lo recuerdo", pensó aliviada Esther.

- La película que vamos a ver es especial para nosotras - comentó Laura, cogiendo el mando de la tele -. Se llama "El tanatorio". Vimos esta peli la primera vez que... Bueno, ya sabes.

- No, no lo sé... La primera vez... ¿qué?

- ¿La amnesia también te ha borrado el saber leer entre líneas? - preguntó, intentando sonar irónica - Bueno... la primera vez que hicimos el amor.

Esther se quedó paralizada, intuyendo qué iba a pasar esa noche. Una cosa es vivir en una realidad construida, y otra cruzar esa línea. Se sentía torpe y desentrenada. No quería exponerse. No quería acariciar el cuerpo de Laura con unas manos temblorosas.

A Laura no pareció importarle.

Pulsó el "play" y la película arrancó.


Los gritos, la sangre, la música, las sombras en las paredes... todo se iba sucediendo en la televisión, mientras ellas, cubiertas con la manta, se juntaban más con cada susto, especialmente Laura, la más miedosa de las dos.

Para Esther era un juego de niños.

Entonces, la película reposó de tanta atrocidad, para centrarse en una escena tórrida entre dos mujeres.

- Me puso cachonda aquella noche, cariño - le susurró Laura a Esther.

Esther tembló. No por deseo, si no porque Laura no pensaba detenerse.



Laura buscó bajo la manta el coño de Esther. Sus dedos rozaron la tela de sus shorts y ella se tensó. Intentó mantener la compostura recordando la mentira de Laura. "No es mi novia" "No está bien", pero, por otro lado, las ganas le erizaban la piel.

Esther soltó sus primeros gemidos a medida que los dedos de Laura se deslizaban con más velocidad sobre la ropa.

Esther se mostraba paralizada, sin poder reaccionar. No sabía que hacer. No lo sentía como debería y, sin embargo, no quería que parara.

La película continuó con más gritos, más muerte, más tensión, pero ellas ya estaban en otra película. Esther ya notaba los dedos de Laura rozando su piel, sin pantalones rosas de por medio.

Esther no conseguía relajarse. Se sentía oxidada. "¿Qué hago?"

Laura no ayudaba. Parecía más pendiente de hacerla correr que de preocuparse por ella, pero era lo mejor que Esther había tenido en una larga temporada.

Laura le quitó el top, dejando sus uñas clavadas en el costado. Esther gritó de dolor, pero Laura siguió.

Le comió la boca sin ternura, con una desesperación más propia de una depredadora que de una persona que dice ser tu novia. Laura le metía la lengua y Esther apenas se movía. Era un maniquí, una muñeca hinchable. Alguien que ni sentía ni padecía.

El clic llegó cuando Laura volvió a hundirse en su coño. Su lengua mojaba su sexo con precisión. Un escalofrío recorrió el cuerpo de Esther. Poco a poco, se permitió disfrutar. Sus movimientos, aunque aún escasos, se notaban más naturales. Sus dedos se curvaron buscando un agarre; los de los pies se agarrotaron, su respiración era agitada, y sus ojos se volvieron blancos. Empezó a dejarse llevar. Lo merecía, lo necesitaba.

Puede que Laura no fuera su novia, pero su cuerpo tenía hambre. No lo podía ocultar.

El orgasmo llegó sin avisar, derribando el muro. Esther sacó todo lo que tenía dentro y se sintió liberada, ligera, ágil y deseosa.

Rodaron por el sofá, besándose. Ahora sí eran besos normales. De igual a igual. Dos bocas, dos lenguas. Las dos ponían de su parte.

Esther golpeó la mesa de centro, y el bol de palomitas se precipitó al vacío. Éstas se esparcieron por toda la alfombra.

Pequeñas risas calladas con más besos.


La tensión volvió al cuerpo de Esther, cuando Laura abrió sus piernas y le señaló, con un dedo, su vagina. Era su turno.

"Seguro que no estoy a la altura" , pensó.

Y los inicios no fueron los deseados. Su lengua parecía espasmódica. A veces lengüetazos largos, otras veces, solo rozar. Parecía estar mandando un mensaje en código morse en vez de comer un coño.

A Laura no le importó mucho porque estaba en trance. Sus gemidos se encadenaban, sus ojos estaban cerrados, los puños apretados...

Pero Esther no sabía cómo mover la lengua. Estaba deseosa, pero le faltaba entrenamiento.

Laura, por una vez, pensó en Esther. Colocó con dulzura su mano sobre la nuca, apretó contra ella.

- Así, cariño, así - gritó.

Y entonces Esther empezó a mejorar. Su lengua se desplazaba de manera más fluida por el coño mojado de Laura, y ella gemía con más intensidad.

Así llegó al orgasmo.

Sus fluidos mojaron sus muslos.

Esther los lamió.

Se besaron. Sin amor. Solo sexo, solo deseo, solo fuego, solo necesidad...

La película, la de la tele, finalizó.

Ellas, también.

Sobre el sofá, sin la manta, recuperaron el resuello.


Con el aliento restablecido, el corazón de Esther latía a mil por hora y su mente echaba humo. Miles de neuronas procesando demasiada información. No sabía muy bien cómo interpretar lo ocurrido. Lo había disfrutado, pero solo era un desquite puntual, no era amor.

Al otro lado del sofá, Laura sonreía. Ella había preparado el terreno para esto. Desde el "soy tu novia" del hospital hasta aquello. Había sido su propósito. Nunca supo decir que la amaba, y solo lo había logrado cuando Esther estaba más vulnerable.

- Lo siento - dijo Esther, rompiendo el silencio.

- ¿Por qué?

- Por esto. He estado torpe y no lo he disfrutado como merecía. Siento que estoy desentrenada.

- No digas tonterías - replicó Laura - Ha sido auténtico. No puedo pretender que la primera vez tras tu accidente hubiese sido perfecto. Ambas lo necesitábamos y ha sido honesto. Te he recuperado. Desde el accidente puedo decir sin miedo que, vuelves a ser mi novia.

La palabra "novia" le sentó a Esther como un puñetazo. No lo era. Era solo una mentira que había construido. Había jugado muy bien sus cartas, lo reconocía, pero era una mentira. Y ya no podía ocultar lo que había recordado.

- Mira Laura... - dijo Esther, sin palabras cariñosas, sin paños calientes. Seriedad - Se que no somos novias. Que nunca lo hemos sido

- ¿Sigues sin recordar? - preguntó, ignorando el comentario.

- Recuerdo lo suficiente, Laurita. Y lo que recuerdo no te deja en buen lugar.

Laura fijó la mirada en le televisor. Los créditos subían por la pantalla sin parar. Y ella sentía que, algún día, su nombre podría aparecer allí. Su interpretación era de Óscar, pero ahora esa mentira se estaba yendo por el desagüe.

Pero que su amiga no le dijera que había recordado algo le dio munición para contraatacar.

- Dijiste que si recordaba algo me lo comentarías. Y no lo has hecho.

- Te lo estoy diciendo ahora. Tú te has aprovechado de mi amnesia para construir tu historia paralela.

Laura buscó algo a lo que agarrarse, pero su armadura se caía a pedazos. Finalmente, confesó.

- Está bien. Te he mentido - no quiso excusarse más. Ni un "pero esta noche lo hemos disfrutado" ni un "Mira donde nos ha llevado esta mentira" - Me aproveché. Llevo enamorada de ti desde hace cinco años. Y nunca he sabido cómo decírtelo. No pensé mentir, pero tu amnesia... No sé, simplemente, me decidí. Lo aproveché

Esther no dijo nada. Simplemente bajó la mirada.

Entendió muchas cosas. Entendió que aquella llamada desde Grecia no era para decirle "He discutido con Rebeca", era para comentarle que "He discutido con Rebeca por ti, porque te amo". Lo único que esperaba Laura era un rescate.

- Perdóname, Esther

Esther se cruzó de brazos, tratando de asimilar toda la información.

- Quiero saber como lo has recordado

- El viaje a Grecia que me has propuesto. Hablaste del de hace cinco años, que llovió y todo eso. Recordé que no fui, que nunca había ido a Grecia y recordé que cuando me llamaste jugaba a la brisca con mi hermano.

"Qué momento más inoportuno para recordar", se lamentó Laura para sí mismo.

- Estoy dolida, Laura, pero, por otro lado me has apoyado con todo esto. Y creo que tu mentira ha conseguido que me la crea, pero no te emociones, querida, no significa que seamos novias. Podríamos tener algo, pero me tienes que demostrar que puedo fiarme de ti. ¿Trato?

- ¡Trato!


"¿Cómo lo supiste?", preguntó Laura
"El viaje a Grecia"

1 comentario


pingui.blog99
27 abr

Cosa rara la de montarse una mentira para liarse con alguien después de un accidente, pero la jugada no le salió tan mal jaja

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Av. Cobá 202, Cancún, Q.R., México

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