Cuando el taxi dejó a Lexi frente al hotel Clift, su reloj marcaba las veintidós cuarenta y cuatro. A esas horas, el hotel era un hervidero de gente. Afectados por el terremoto que había asolado Monteolivo, turistas incrédulos, periodistas, voluntarios, trabajadores del hotel y científicos que venían a analizar el seísmo se mezclaban indistintamente, como si todos respiraran con un solo pulmón. Lexi pertenecía a este último grupo. Acababa de aterrizar de Detroit dispuesta a