Epicentro
Cuando el taxi dejó a Lexi frente al hotel Clift, su reloj marcaba las veintidós cuarenta y cuatro. A esas horas, el hotel era un hervidero de gente. Afectados por el terremoto que había asolado Monteolivo, turistas incrédulos, periodistas, voluntarios, trabajadores del hotel y científicos que venían a analizar el seísmo se mezclaban indistintamente, como si todos respiraran con un solo pulmón.
Lexi pertenecía a este último grupo.
Acababa de aterrizar de Detroit dispuesta a analizar sobre el terremoto, que hace dos días perturbó la calma de la ciudad. Las noticias que llegaron al otro lado del charco impactaron tanto en Lexi que no dudó en ponerse a disposición de la investigación.
No era el primero en el que estaba, era su trabajo. Pero sí parecía el más devastador.
El hall era un laberinto humano. Los damnificados, se refugiaban en el gimnasio, cuya puerta quedaba a la derecha del hall. Se les veía ausentes, preocupados, intentando asimilar lo ocurrido, con la ropa puesta con la que huyeron de sus casas. Algunos preguntaban cuando podían volver a sus casas y, otros, se consolaban con una botella de plástico y un bocadillo que entregaban los voluntarios.
Entre ellos, vagaban los periodistas, buscando testimonios de lo sucedido para los próximos reportajes. "No fui consciente de lo ocurrido hasta que me vi en la calle con el pijama puesto", admitió un afectado al reportero del canal 78, al que Lexi observó de reojo.
Al otro lado del hall, la cafetería se convertía en una improvisada sala de reuniones. Allí más periodistas intentaban conseguir información de los expertos, que trataban de explicar lo sucedido y las posibles consecuencias.
Lexi se hizo hueco entre todos aquellos tratando de llegar a la recepción, donde también se mascaba la tensión y el caos. Los trabajadores hacían lo que podían para alojar a tantas personas o, en su defecto, ser lo más educados posibles para decir. "No tenemos habitación"
Lexi tuvo suerte.
- Necesito una habitación con Wifi - dijo, asumiendo que tener una conexión decente iba a ser un lujo.
- La habitación 406 acaba de quedarse libre - le comentó la recepcionista, que tenía tantas ojeras que parecía un panda.
Entonces, al recoger la llave, vio algo que le llamó la atención.
El hotel Clift mezclaba a los afectados, con periodistas, voluntarios y científicos.
En medio del caos, divisó a una mujer que mostraba calma en su rostro. Pantalones anchos, botas de trabajo manchadas de polvo, chaleco reflectante naranja, un casco bajo el brazo, en el otro su móvil. Hablaba con alguien.
- No, aún no hemos podido acceder a la zona cero - decía -. Probablemente nos dejen mañana. De momento he recabado testimonios de los afectados. Todos lo describen como una gran explosión... Sí, ya se que los testigos no suelen ser fiables, pero no tenemos más, por ahora... Aunque sí que es significativo que todos hayan mencionado lo de la explosión.
Lexi no tardó en reconocerla. Aquella mujer pegada al teléfono solo podía ser una persona:
Zulema Castillo.
Lexi la vio en aquella ponencia en Granada. Y quedó fascinada. Desde entonces, había leído todos sus artículos y había estado pendiente de todas sus apariciones televisivas. Zulema era una referencia, una inspiración para quienes, como Lexi, habían decidido dedicar su vida a estudiar los caprichos de la naturaleza.
Tenerla tan cerca, cubierta de polvo y, aún así, mostrando serenidad, era más impactante que verla recibir la Inge Lehmann Medal
Aquí no había tacones, ni focos, ni aplausos, ni ceremonias, ni trofeos.
Solo tierra en movimiento.
Y no había nadie mejor que Zulema para entenderla.
En medio del caos, Lexi vio a una mujer que mostraba calma: Zulema Castillo.
Zulema guardó el teléfono.
Lexi decidió acercarse a ella. No quería parecer una grupie de una estrella musical, pero no podía perder la oportunidad de saludarla.
- Zulema Castillo, supongo - dijo.
- Sí... ¿Y tú eres?
- Lexi Humpton - respondió - Vengo a estudiar el terremoto.
Zulema la observó de arriba a abajo. Botas impolutas, ropa limpia, un peinado intacto, como recién hecho.
- Nueva ¿eh?
- Sí. Acabo de aterrizar de Detroit.
- Genial. Cuanta más gente seamos, mejor - dijo una Zulema que prefería trabajar por su cuenta - Parece algo que no hemos visto antes.
A Lexi se le aceleró el corazón. No tanto por el contenido de la frase, sino por quién la había pronunciado: La mismísima Zulema Castillo.
- Voy a dejar mis cosas y me pones al día.
- Hola, Zulema, soy Lexi Humpton y vengo a estudiar el terremoto.
El despertador de Lexi sonó a las seis y quince de la mañana. Ella se revolvió sobre la cama y refunfuñó durante tres segundos. El tiempo suficiente para recordarse que no había venido a Monteolivo de vacaciones. Que estaba allí para estudiar la furia de la naturaleza.
Con esa energía renovada se vistió con celeridad, como si llegara tarde a una cita. Se lavó la cara y se agarró el pelo en una coleta alborotada.
Salió al pasillo, y allí, como si no hubiera pasado por su habitación, ya estaba Zulema, con su móvil echando humo.
- En diez minutos, un todoterreno del ejército nos llevará a la zona cero - dijo Zulema, sin apenas mirarla - Si quieres tomar algo, tienes tiempo para un café rápido.
Pero Lexi declinó el café.
El trayecto duró cuarenta minutos.
A medida que se acercaban a la zona cero, la magnitud del desastre era más visibles. Las grietas de las fachadas se hacían más visibles y las cicatrices en las carreteras ya eran socavones. Y después, llegaron los escombros, los edificios destruidos, los coches abandonados, las entrañas de las viviendas al descubierto.
La zona cero era un escenario de guerra, un lugar fantasma, un emplazamiento que había de dejado de respirar hace dos días.
Solo quedaban restos de una vida que ya no existía. Una escuela infantil que aún mantenía los dibujos de los niños en la pared destrozada; una papelería con paquetes de folios esparcidos entre los escombros, mesas de un restaurante, la escultura de la plaza sin cabeza... Zulema y Lexi, expertas en situaciones así, no pudieron evitar sobrecogerse ante la destrucción. La destrucción era total... O casi.
Porque la iglesia de San Lucas Tesero se había mantenido en pie y no tenía ningún rasguño visible. Era como si el terremoto hubiera pasado de largo de aquel templo sagrado.
Junto a ella estaba instalada la carpa para los análisis preliminares, con equipamiento suficiente para tomar muestras y poder estudiarlas in situ.
Hacia allí se fueron, guiadas por el militar que las acompañó.
La destrucción en la zona era total. Escombros, recuerdos tirados, carreteras agrietadas...
En la carpa, estaba un oficial del ejército. Hablaba por el walkie con sus subordinados, divididos por zonas delimitadas por colores y números.
- ¿Novedades? - preguntaba
- En la zona 1, nada - respondieron
Él, después, marcaba en el mapa la información que obtenía de los equipos sobre el terreno.
- Os presento al coronel Jaime Santos - comentó el militar
El coronel estrechó la mano de Zulema, y después, la de Lexi.
- Me llamo Zulema Castillo - dijo - Y ella es mi compañera Lexi Humpton. Venimos a estudiar el terremoto. ¿Saben algo nuevo?
- Estamos aún en la fase de buscar supervivientes - mostró una Tablet con imágenes de una cámara térmica -, pero sin suerte. No sé lo que nos vamos a encontrar.
El silencio que siguió fue denso. Casi tan denso como el aire que respiraban.
Les voy a ser sincero - continuó -. He estado en otros terremotos: Colorado, Vietnam, Congo, Turquía... Y no he visto nada similar a esto. Es como si se hubieran activado varios seísmos a la vez.
Zulema y Lexi se miraron.
- Es extraño - comentó Zulema, repasando sus notas -. Pero para eso estamos aquí, para saber qué ha causado esto.
- ¿Por dónde podemos empezar a trabajar? - añadió Lexi, esforzándose en hablar en castellano.
El coronel señaló a un bloque de pisos reducidos a escombros, cuyas viviendas estaban al descubierto: Sofás en equilibrios, cuadros torcidos, cortinas tapando ventanas imaginarias, la alcachofa de una ducha echando agua descontrolada...
- En esa zona nosotros ya hemos terminado - comentó -. Es toda vuestra.
Como si no hubiera tiempo que perder, Lexi comenzó a caminar hacia la zona señalada por el coronel. Zulema, por su parte, volvió a estrechar la mano del hombre de unos cincuenta años con la marcada por la experiencia y la falta de sueño.
- Gracias coronel - dijo Zulema - Espero que puedan encontrar supervivientes.
Él apretó su mano contra el walkie que venía a decir que si encontraban algo, iban a ser más cadáveres que añadir a la lista de víctimas.
- Yo también lo espero, señorita Castillo - su voz sonó decepcionada - Yo también lo espero.
Lexi se frenó en seco justo en el punto en el que debía estar la entrada del portal. Desde ahí observó el resto de la plaza llena de cascotes, grandes moles de yeso, ladrillos y vidas destrozadas.
- Es un paisaje desolador - admitió Lexi.
- Lo es, Lexi - comentó Zulema, cuando llegó a la altura de su compañera -. Y es triste que la gente lo pase mal. Tengo fama de robot - pintó una sonrisa sin humor en su rostro -, pero hay días que desearía trabajar en otra cosa. En algo que no me haga ver tanta destrucción.
Lexi no supo que decir ante la confesión de Zulema. Simplemente se rascó la cabeza observando quebrarse a esa mujer que en las revistas parece de acero.
Zulema se dio unos segundos para sentirse vulnerable, para volver a tomar el papel de profesional. Lexi hizo lo mismo.
-En fin. Vamos a trabajar.
Lexi sacó de su mochila una libreta azul, la abrió por las primeras hojas.
- Si no estoy equivocada - anunció Lexi - el terremoto se inició a las cuatro y veintisiete del 15 de octubre. Terremoto de 6,5 en la escala Richter.
Zulema asintió.
- Pues si esos datos son ciertos y, basándome en mis cálculos, creo que estamos en el epicentro - confirmó Lexi, con un aire de satisfacción.
- Parece que estás en lo cierto - Zulema comparó sus datos con los de su colega -, pero eso aún no explica toda la destrucción ni porqué esa iglesia no ha sufrido daños.
Lexi observó un pequeño agujero cerca de su posición
- Puede que las respuestas estén bajo tierra - dijo Lexi - Y para eso, Zulema, hay que practicar espeleología.
- Es posible que las respuestas estén bajo tierra y, para ello, hay que hacer espeleología.
La falta de luz impedía el avance de los trabajos. Lexi aún estaba hundida en el terreno.
- Lexi - anunció Zulema - ¡Debemos irnos! ¡Está oscureciendo!
Desde el interior de la tierra, Lexi, introducía un trozo de roca en una bolsa transparente.
- Cinco minutos - respondió.
- Lexi, por favor. No quiero que vengan los militares a por nosotras.
Lexi introdujo otro fragmento en otra bolsa transparente. Escaló por la cuerda.
- Vámonos - comentó Zulema - Aquí ya no podemos hacer nada.
- Creo que tenemos lo que necesitamos - añadió Lexi, guardando las bolsas en la mochila.
- Sí, pero tendremos que hacer ciencia primitiva - espetó Zulema - Puede que nuestros equipos más sofisticados no funcionen.
En el hotel Clift, las cosas se mantenían igual. El hervidero de gente seguía siendo igual de grande que los días anteriores. Es cierto que había familias que habían podido volver a sus casas, ya que no entrañaban riesgo de derrumbe, pero había más científicos y más periodistas.
Zulema y Lexi llegaron al hotel sobre las nueve de la noche. Cuando miles de cadenas emitían sus informativos. Los periodistas en plató conectaban con sus reporteros en el hotel. Uno de ellos, comentaba a cámara:
"Por ahora la situación sigue siendo crítica, pero al menos hay algunas buenas noticias. Han regresado familias a sus casas. Aún desconocemos la magnitud exacta de este desastre, pero ya se considera el terremoto más devastador de Monteolivo. La cifra de muertos asciende a treinta y tres. Y los heridos se cuentan por cientos"
Lexi se rozó con él cuando terminaba la transmisión.
Mauricio Regules, el reportero estrella del canal 77, seguía buscando nuevos testimonios para entrar en directo en el programa del prime time "Actualidad". Sus ojos se toparon con Lexi y pensó que ella era una buena fuente de información. Hacia allá que fue:
- ¿Hay algo nuevo que nos puedan contar sobre el terremoto? Sabemos que han ido a la zona cero.
Pero respondió Zulema
- Hemos recogido muestras. Debemos analizarlas. Hasta entonces no haremos comentarios. Gracias.
Mauricio, se retocó su melena engominada, mostrando su decepción - que probablemente le dure poco antes de buscar a su nuevo objetivo -, y con su decepción, la de otros periodistas que habían olido el olor de la exclusiva.
La habitación de Zulema, la 407, se convirtió en un laboratorio, pero también en una sala de conferencias. La cama se inundó de mapas de la ciudad, donde venían marcadas con rotulador negro las zonas más peligrosas. El escritorio se llenó de papeles con anotaciones, cálculos, las muestras obtenidas y un equipamiento más rudimentario que el habitual.
En sus móviles, las fotos tomadas en la zona cero.
Además, dos ordenadores portátiles abiertos con conexiones por Zoom con colegas de otras partes del mundo: Detroit, Londres, Valencia, Johannesburgo, Los Ángeles, Tokio... Todos ellos aportaban sus ideas al caso,
- Quizá la tierra se haya partido - aportó Mike, desde Detroit.
- Puede que esa explosión que decían sea en el núcleo - añadía Alba, desde Valencia.
Muchas teorías, pocas respuestas.
Mucho cansancio.
Porque Zulema había sido de las primeras en llegar. Antes incluso de que el terremoto fuera noticia. Y apenas había dormido nada en los dos días que llevaba en Monteolivo
Lexi, en cambio, lidiaba con el jet-lag y la diferencia horaria entre su Detroit natal y aquella ciudad desquebrajada. Los datos, las teorías, el debate con sus colegas, que iban cerrando conexiones, solo eran leña para su hoguera mental. Y así, era imposible descansar.
Junto a todos esos papeles, había un plato con dos sándwiches de jamón a medio terminar. La falta de nutrientes tampoco ayudaba al descanso, pero ninguna de las dos, centradas en los exámenes, tenía apetito. Si no estaban intactos, era simplemente por llevarse algo a la boca y no caer desmayadas.
Con el reloj cambiando de día, empezaron los bostezos que ya no se reprimían. Las pequeñas cabezadas incontrolables, las frases inconexas...
- Deberías descansar - comentó Lexi
- No puedo hacerlo. Necesito respuestas... - replicó Zulema - Además, tú también lo necesitas.
- Lo sé. Soy como tú - confesó Lexi -, pero debemos descansar algo. Si no, podremos cometer errores en nuestros análisis. Además no podemos hacer nada sin los resultados. Yo me voy a mi habitación.
Zulema se sentó en el borde de la cama - en el único trozo no invadido por los mapas -, y saboreó, sin ganas, lo quedaba de su sándwich.
- No quiero pasar esta noche sola - suplicó.

Lexi dejó escapar un suspiro de alivio. A ella tampoco le apetecía estar sola. Interrumpió su camino hacia la puerta y regresó a la cama. Apartó con dificultades los mapas y se sentó junto a Zulema.
- ¿Qué sugieres entonces? - preguntó Lexi, su tono de voz sonó seductor.
Zulema, con la mirada perdida, en todos esos cálculos del escritorios no supo que contestar. Se creo un silencio que no era incómodo.
- Necesito algo de calor humano - comentó finalmente Zulema.
Lexi sonrió y se acercó a Zulema peligrosamente, hasta que sus labios se fusionaron en un tierno beso.
- Llevo deseando esto desde la ponencia que diste en Granada - confesó Lexi
Zulema se mostró extrañada.
- ¿Por eso viniste aquí? ¿Para estar cerca de mí?
- Sabía que estarías, sí, pero vine porque es mi trabajo también - río Lexi
Zulema tenía intención de replicar, pero Lexi la calló la boca con otro beso. Más largo y más acalorado que el anterior. Zulema apenas ofreció resistencia, se dejó llevar por su vulnerabilidad.
Lexi buscó el coño de su colega por encima de la ropa. Zulema suspiró. Los besos se iban sucediendo en una cadena interminable y pasional.
La joven científica, desabrochó el botón de los pantalones de su compañera. Ella se dejaba hacer ante la vigorosidad de Lexi, que pese al cansancio mostraba más energía.
La mano de Lexi descendió al interior de su ropa. Sus dedos tocaron la piel de sus labios. Zulema se estremeció y sus suspiros dejaron salir algún sonido onomatopéyico. Zulema arqueó la espalda al recibir tanto placer de los dedos de su joven compañera.
Lexi aumentó la velocidad en sus yemas.
Zulema perdió su ropa. Se dejó caer sobre una cama llena de mapas. Lexi, se tumbó encima de ella. Se besaron una vez más antes de que los labios recorrieran las curvas de una leyenda viviente como Zulema. La lengua de Lexi entró en el coño de Zulema y la movió con velocidad. A Zulema la recorrían oleadas de placer. Su cuerpo se estremecía, como un temblor en la tierra.
Los gemidos de Zulema eran fuertes. Hacían vibrar las paredes. Y los lengüetazos de Lexi aumentaban a la vez que los jadeos. Su cuerpo era pura vibración. Sentía el orgasmo en todos sus nervios. Y cuando llegó a su punto g, explotó. Su vagina se convirtió en un charco; Lexi, en un gato a la hora de beber.
Las dos dieron vueltas por la cama. Algunos de los mapas se pegaron a sus cuerpos; otros se precipitaron al vacío. Ellas eran puro fuego.
Lexi apoyó su espalda contra el cabecero, con las piernas abiertas. Zulema se arrodilló, buscando, con su lengua, el coño húmedo de su joven compañera. Todo se difuminaba y solo estaban ellas en un choque de placas tectónicas constantes.
Los gemidos de Lexi hacían vibrar las paredes. Los lengüetazos de Zulema hacían temblar el suelo. La fusión entre ambas podría entrar en la escala de Richter.
Zulema aumentó su velocidad con la lengua. Lexi trataba de seguirla con sus gemidos, cada vez más precipitados, cada vez más ahogados. Con el orgasmo llamando a la puerta.
Y no solo llamó.
La derribó.
Los fluidos de Lexi llenaron sus ingles, mientras Zulema trataba de lamer todo lo que salía.
Quedaron agotados sobre los mapas. Abrazadas, desnudas, complacidas.
Después durmieron.
Los primeros rayos de sol se colaron por la persiana, bañando los cuerpos desnudos de las dos geólogas. La cama era un revuelto de sábanas y mapas sobre los que yacían. Un escenario que había vivido un particular terremoto, cuyo epicentro era la habitación 407.
El que las había juntado, acabó por romper la magia porque la tierra volvió a temblar. Esta vez, el hotel también lo había sentido.
Lexi abrió los ojos primero
- Zulema - la zarandeó - Una réplica.
- Mierda - reaccionó Zulema.
Se levantó como si tuviera muelles en vez de piernas resignada.
- Con lo bien que he dormido esta noche.
Lexi sonrió.
Mientras se vestía, Zulema llamó a su colega, el dr. Germán Sánchez
- Es la réplica más fuerte que ha habido tras el terremoto... Sí, te iré informando.
Lexi, por su parte, se asomaba por la ventana para confirmar que no hay daños. Ni materiales ni humanos.
Nada.
Solo había sido un temblor, un recordatorio de que la tierra seguía temblando bajo sus pies.
- Lexi, esta mañana tienes irás sola a la zona cero. Confío en ti... - le guiñó un ojo -, pero no hagas locuras.
Lexi se sorprendió
- ¿Y tú?
- Yo me daré una ducha y esperaré esos resultados para avanzar en la investigación. Ya va siendo hora que vaya dejando paso a nuevas generaciones.
Lexi se encogió de hombros con una mezcla de sensaciones. Por un lado, la satisfacción de que una eminencia como Zulema confíe en ella; por otro la desolación al saber que Zulema se iba alejando del trabajo sobre el terreno, una de sus grandes armas.
Pero la confianza pesó más.
Salió con el pecho hinchado, lleno de esa confianza, pero también de responsabilidad.
Ahora, todo estaba en sus manos.

Ya va siendo hora de que deje paso a las nuevas generaciones, dijo Zulema.



Creo que el terremoto lo provocaron ellas en el hotel, estoy convencido de eso jaja.