Amante sobre ruedas
El reloj marca las once de la mañana. Hay poco movimiento en el concesionario. Leire está en el despacho redactando los nuevos contratos. De la radio suena música a un volumen bajo. Apenas se oye, solo da ambiente al momento.
Toma café de la nueva cafetera Delonghi, que le regaló su hermano, mientras juega con sus tacones.
De repente, las puertas automáticas se abren.
El primer cliente del día.
Leire deja el café a medio terminar, se levanta de la silla, se ajusta la falda y coloca esa sonrisa tan profesional que adoran los clientes.
Camina por el espacio con la seguridad que le dan los doce años de experiencia trabajando allí
- Bienvenido a CurzaMotors - anuncia - Me llamo Leire. ¿En qué puedo ayudarle?
El cliente - un hombre más cerca de los cuarenta que de los treinta, moreno, barba incipiente, camisa hawaiana, pantalones cortos y mocasines -, deja de perder la vista entre los coches, para centrarse en Leire.
- Estoy buscando un coche familiar - dice - Mi mujer y yo estamos planeando tener hijos y él que tenemos se nos está quedando pequeño.
- Eso es un paso muy importante - comenta Leire, con esa sonrisa tan característica suya - Sígame, señor, creo que tenemos lo que está buscando.
Caminan entre los coches expuestos. Leire siempre por delante, el hombre unos pasos por detrás.
Leire se para frente a un coche. Él se para a su lado.
- Este es el Curza 2000 - comenta - Es nuestro último modelo. Viene con todas las ayudas a la conducción, es muy eficiente, y apenas contamina. Entre usted y yo... es el que compraría yo si no tuviera coche de empresa.
Leire ríe.
El hombre no puede evitar seguirla.
- ¿Qué precio tiene?
- Veintisiete mil doscientos euros - responde Leire, casi sin mirar a sus notas.
Él silba, pero hay un deje de decepción.
- Caray. Es más del precio que estábamos pensando pagar. ¿Tienes modelos más económicos?
- Señor... Sí hay modelos más baratos, pero merece la pena pagar un poco más por este... cochazo.
- Verá... ¿Ha dicho que se llama Leire?
Ella asiente
- Verá... Leire. Al final el coche lo conduciré yo. Mi esposa dice que estos trastos son armas con ruedas. Le dan respeto.
- Pues cómprale una bicicleta.
El hombre ríe
Leire le pone una mano sobre el hombre.
- Está bien, le enseñaré otros modelos más económicos.
Leire vuelve a dirigir la caminata hasta una nueva fila de coches. Se paran en el cuarto de ellos.
- El Curza 7330 - anuncia - Es más pequeño que el 2000. Es más manejable para ciudad, pero no tiene tanta autonomía. Le faltan algunos detalles que si incorpora el 2000.
El hombre pasa su dedos por el capó.
- Pero es bueno también - añade Leire - Tiene buena potencia para un vehículo de su clase. Y tiene un acabado mate muy conseguido.
Leire abre la puerta del conductor.
- Puede sentarse, señor
Él obedece.
Al sentarse, sus brazos se rozan. Nadie dice nada. No es necesario.
- Es cómodo - dice él, balanceándose sobre el asiento.
Ella aprieta los dientes.
- ¿Qué esperabas? ¿Sentarte sobre un cactus?
Ambos ríen. Demasiado.
Y entre risas, ella se inclina hacia adelante.
- Este tiene un precio de... - Leire mira sus notas - diecinueve mil euros.
En la calle, Mireia se acerca al concesionario tarareando una canción. Despreocupada. Contenta por acabar con sus trámites y por reunirse con su marido.
Sin embargo, toda esa felicidad se fue por el sumidero.
Dentro, su marido está sentado en un coche. De pie, junto a él una mujer mujer morena con media melena y de figura esbelta se inclina hacia él, señalando algo del salpicadero. Los dos ríen, se miran y en un momento dado, ella le da un golpe con la carpeta que sujeta.
Mireia gruñe.
No se puede creer lo que ve.
Su pulso se acelera, y algo desagradable le escala por el cuello.
Pero se contiene.
No quiere montar una escena.
Respira.
Y entra.
Camina despacio hacia donde está su marido.
- Hola, cariño - dice. Su tono es neutro - Ya tenemos el presupuesto para reformar la terraza. ¿Tú qué tal con el coche?
- Precisamente, Leire me está aconsejando sobre cuál es el mejor - comenta, con una sonrisa.
Pero Mireia no lo ve así.
Ella se queda con que Óscar, su marido, ha mencionado el nombre de ella.
No puede ser casualidad.
- Tú debes ser la esposa - saluda Leire - Encantada.
El apretón dura poco y es frío, aunque Leire no le da importancia.
Después se aleja. Deja hablar a la pareja.
Mientras tanto, repasa las notas que tiene en la carpeta.
- Ella me ha dado dos opciones - comenta Óscar -. Éste, que vale, diecinueve mil euros... o el 2000, aquel de allí, que es mejor, pero más caro.
- Vas a conducir tú - replica Mireia - Si fuera tú, cogería el caro.
- Pero es más de lo que teníamos pensado pagar.
- Le pediré a papá un poco de dinero más.
- ¿Entonces el 2000?
- Si
- Decidido - zanja Óscar.
El marido se acera a Leire
- Creo que tenemos ganador - comenta, orgulloso - Nos quedamos con el 2000.
- Ah. Gran elección, señor. Preparo todo el papeleo y en dos días será vuestro.
- Muchas gracias por la ayuda.
- A ti por confiar en mí.
En la cara de Leire se dibuja esa sonrisa luminosa que pone con cualquier cliente. Para Mireia, que lo ve desde la distancia, es una sonrisa maliciosa, que tiene embelesado al inútil de su marido.
- Tenemos coche nuevo - Óscar se dirige a Mireia - Así que podemos irnos. Aquí ya hemos terminado.
"Nuestro matrimonio también... salvo que seas capaz de explicarme por qué estabas tan cerquita de esa vendedora"
Mireia llega al concesionario contenta, pero entonces ve a su marido muy cerquita de una mujer. No se lo puede creer
El autobús de la línea 22 deja a Mireia frente al concesionario. A esas horas no hay apenas movimiento. Ella está tranquila. Solo va a por el coche que han comprado.
Sin embargo, a medida que avanza, la rabia recorre sus venas.
Recuerda todo.
Esas risas exageradas, el contacto, aquel golpe con la carpeta aparentemente inocente, los pocos centímetros entre ellos...
Y Leire hablando tan tranquila con otra clienta.
"No puede salirse con la suya", Mireia habla entre dientes.
Aprieta los puños.
Avanza con velocidad.
Cuando cruza el umbral es un toro apunto de embestir.
Leire está justo en el centro, junto a una mujer que entraba en la cincuentena. Ésta le comenta que busca un coche barato para su nieto, que se acaba de sacar el carnet de conducir.
Pero Mireia ya no oye nada.
Está dispuesta a montar una escena.
- ¡Tú! - grita señalando a Leire, pero se contiene para no decir "zorra de mierda"
Leire se da gira, contrariada.
La clienta también.
- ¿Cómo te atreves a seducir a mi marido? - pregunta. Los ojos inyectados en sangre, la vena del cuello hinchada como una tubería
Leire trata de mantener la calma.
- Discúlpame - se dirige a la cliente - Enseguida estoy otra vez contigo.
Ella asiente y se aleja discretamente.
Leire, mira entonces a una Mireia a la que solo le falta echar humo por la boca.
- Jamás he hecho tal cosa - se defiende Leire.
- No te hagas la tonta - replica Mireia - Lo he visto... El otro día.
- Mireia ¿verdad?
Asiente sin perder un ápice de furia.
- Lo que creyó ver solo eran explicaciones técnicas sobre los coches.
- ¿Y las risas? ¿Y los roces? ¿Y el golpe con la carpeta?
- De verdad que no pasó nada. Solo fueron interpretaciones tuyas.
Para Mireia aquella palabras eran gasolina para su fuego interior. Apretó los puños, la furia le recorría todo el cuerpo, y su boca tenía ganas de soltar improperios.
- ¿Interpretaciones mías? ¿Esa va a ser tu defensa?
- No pasó nada, te digo.
- Me llevaré el coche, para eso he venido, pero tú y yo no volveremos a tratar. No vas a llevarte a mi marido, ¿entiendes?
- No pretendo hacerlo.
- Ya claro. Como mi marido es imbécil se quedó embelesado por ti y tú te aprovechaste. Pero es mío.
Leire, harta, decide dar por zanjado la discusión. Ya ha dicho todo lo que tenía que decir. Ahora la pelota estaba en el tejado de Mireia.
Sin embargo, ella, aún tenía ganas de montarla.
- Muy bien, huye - grita. No le importa que todos miren - Eres una cobarde.
Leire se para en seco, se gira lentamente.
Finge que no le ha dolido.
Pero que la llamen "cobarde" le ha golpeado por dentro.
Cierra los ojos.
Resopla.
- Soy lesbiana, por el amor de Dios - exclama - No ligaré jamás con ningún tío. Sea tu marido o Chris Hemsworth si entrara por esa puerta.
Se hace el silencio.
Mireia siente que le falta el aire.
Que el suelo se abre bajo sus pies.
- Ahora, si quieres el coche, ven a mi despacho a firmar los putos papeles - concluye Leire.
"Soy lesbiana", dice Leire "Jamás seduciría a ningún hombre"
Leire camina hacia el despacho.
Pero Mireia se queda hundida en su parcela.
Sintiendo las miradas clavadas en ella.
Avergonzada, empieza a andar hacia el despacho.
Arrastra los pies, cabeza gacha, sudor, escalofríos...
La puerta del despacho de Leire estaba cerrada. A Mireia le da vergüenza llamar.
Lo hace, pero sus nudillos apenas acarician la puerta.
Aún así, Leire lo oye y la hace entrar.
- Lo siento - dice Mireia cuando entra - Siento el numerito
Pero Leire la ignora.
La invita a sentarte frente a ella.
Los documentos están sobre la mesa. Un boli descansa sobre la mesa. Mireia lo mira, pero no se atreve a cogerlo.
No al menos hasta que las cosas no se sientan tan tensas.
- Lo siento - repite - Creí que mi marido... No sería la primera vez... ¿sabes?
Leire suspira.
Reclina su silla.
- No me tienes que contar tu vida, Mireia - reconoce -, pero... si me permites un consejo, quizá deberías mantener tus celos a raya. O será él quién te ponga las maletas en la puerta.
- Quizá tengas razón - admite -, vivo en una desconfianza permanente... y no me gusta, pero siento que él puede pegármela en cualquier momento.
Mireia coge el boli y estampa su firma en los documentos.
Oficialmente, el Curza 2000 rojo, expuesto en el centro del concesionario, era suyo.
Leire le entrega las llaves.
- Gracias - dice Mireia - Y, por última vez, lo siento.
Leire mueve la mano, quitándole importancia
- ¿Quieres darte una vuelta? - pregunta Leire
Mireia se queda petrificada en la silla. Agarra tan fuerte los reposabrazos, que parece que se va a quedar con ellos en la mano.
Duda.
- No conduzco desde que iba a la universidad.
- El coche es tuyo. Tendrás que ir familiarizándote con los controles.
Mireia asiente. Leire tiene razón, aunque técnicamente, ella no se va a poner al volante.
Pero todo lo que ha pasado la mantiene tensa.
Y Leire lo termina notando.
- Solo es una vuelta - dice - No pretendo ligar contigo por el camino. Esto no es una cita.
Ambas se carcajean.
Mireia se quita la mochila invisible con la que carga.
Y, por primera vez, se sienta aliviada.
- Una vuelta - advierte.
Salen del despacho.
"Lo siento. Siento el numerito... Es que no es la primera vez que me pasa", admite Mireia
El concesionario está vacío. La clienta que buscaba un coche para su nieto, cansada de esperar, ya no estaba. Solo se escucha el motor del aire acondicionado y el sonido de los tacones de Leire.
Ella va un paso por delante.
Mireia, va detrás, sin la vergüenza que le acompañaba.
Cruzan todo el concesionario.
Llegan al 2000.
Leire abre la puerta. Invita a Mireia a sentarse en el asiento del conductor.
En el movimiento, sus cuerpos se rozan.
Leire apenas le da importancia. Un roce más. Gajes del oficio.
Pero no es un roce más.
Y cuando da la vuelta, Leire aún piensa en ello.
Se sienta en el puesto de copiloto.
- Esté es el botón de arranque - comenta, señalando un botón circular con las palabras "start" y "stop" en su interior.
Mireia observa atenta.
Leire sigue con la teoría. Y con cada explicación, hay un roce involuntario.
- Esta palanca es para abrir el depósito de gasolina - explica - y los limpias se ponen desde esta otra palanca de aquí.
Se acerca aún más. El pelo de Leire roza la pierna de Mireia.
- De esta de aquí puedes poner el asiento a tu gusto - sigue con la explicación.
Los dedos de Leire le rozan el brazo, su espalda acaricia de refilón uno de los pechos...
Y Leire se sorprende de que la demostración le está quedando muy extensa.

Pasan treinta minutos. Leire sigue explicando donde están todos los controles.
Explicaciones innecesarias, pero Leire insiste.
Mireia empieza a mosquearse
- ¿Vamos a dar ya esa vuelta? - pregunta.
Leire no responde inmediatamente.
Se queda paralizada.
"¿Por qué sigo explicando cosas?"
- Sí, claro - dice, distraída - Cuando te diga donde están los puertos USB
- Leire... Eso ya me lo has dicho ¿Qué ocurre?
Leire levanta la cabeza, la mira a los ojos.
- Me parece que llevo veinte minutos buscando quedarme aquí... Contigo
Mireia se queda muda, con la mano en la manilla, como queriendo huir.
- No me he dado cuenta de lo atractiva que eres hasta que te he visto por el retrovisor.
- Pero soy una vieja loca y celosa.
- Y con un caracter, que mejor no enfadarte... Lo tienes todo en contra... Y aún así, estar en este coche, contigo es lo mejor que me ha pasado.
Leire se acerca peligrosamente a los labios de Mireia. Ésta intenta retroceder, pero la puerta se lo impide.
Finalmente se besan.
Todo explota.
Los miedos de Mireia se van.
El sentimiento de culpa, también.
Los besos se van sucediendo. Mireia se queda pegada a la telaraña que teje Leire.
Leire busca el sexo de Mireia, quien empieza a suspirar.
Sabe que lo que hace no está bien, pero no puede ocultar que le gusta.
Cuando Leire desabrocha los pantalones y mete la mano por el interior, los suspiros de Mireia se transformaron en gemidos.
Los dedos se mueven rápido, mojando las bragas. Ellas se besan, chocando sus labios, intentando callar los jadeos de Mireia.
Ella pierde los pantalones.
Se ajusta contra el volante.
Suena el claxon. Ambas se ríen.
Pero Leire mete la lengua en unas bragas empapadas.
Las risas se disipan. Los gemidos vuelven a escena. Más fuertes, más agudos, más frecuentes...
La lengua de Leire se mueve con rapidez.
Mireia tiembla. Está apoyada al techo del coche, y su culo, contra el volante.
Leire aparta las bragas. Su lengua toca piel.
Los gemidos de Mireia suben de nivel.
Los dedos se introducen. Resbalan al interior.
Mireia se tensa.
El orgasmo llama a la puerta.
Mireia se queda sin voz.
Llega al clímax.
Sus piernas se relajan.
Sus jugos salen disparados, como cascadas.
Leire saborea.
Mireia se desploma sobre el asiento.
Se besan, se comen la boca con pasión, olvidando el mundo que las rodea. No hay coches, ni clientes, ni compañeros... Solo ellas dos.
Leire abre su puerta.
Su pelo se precipita al exterior.
Ella se estira.
Falda en la cintura. Bragas en los tobillos y la blusa levantada, dejando las tetas al aire.
Mireia le come los pechos. Sus pezones están duros como dos diamantes. Ella los saborea, alternando entre ambos. Leire suspira.
Mireia baja su boca. Va besando cada rincón de piel con el que se encuentra.
Llega al sexo.
Está mojado.
Mete la lengua.
No hay ternura. No hay suavidad.
Hay urgencia,
La lengua se mueve con velocidad. Leire tiembla, arquea el cuerpo, dejando el freno de mano bajo su cuerpo. Se agarra tanto al asiento que sus nudillos blancos. Sus ojos se pierden. No para de gemir. Y ella pierde los pocos papeles que le quedan.
Mireia sigue jugando con su lengua ahí debajo. Leire tiembla, se tensa, los dedos de los pies se crispan dentro de los tacones. Lo ve todo borroso. Apenas puede enfocar.
Eso solo puede significar una cosa.
Que el clímax está cerca.
Mireia baja el ritmo con su lengua. Acompaña con sus dedos.
Leire explota. Llega al orgasmo.
Sus jugos inundan la tapicería.
Se vuelven a besar.
Se vuelven a amar.
Las puertas automáticas se abren. Su sonido llega al interior del vehículo.
Una clienta.
Leire gruñe.
Después, besa a Mireia. Es donde quiere estar en ese momento.
- Tranquila - calma - Se encargará mi compañero.
Pasa un segundo.
Dos.
Tres.
Cuatro...
Nadie se acerca.
- Mierda - aprieta los dientes - Me va a tocar a mí.
Se viste torpemente.
Pero cuando sale vuelve a ser la profesional. Ni rastro de esa Leire apasionada de dentro del coche.
La clienta es una mujer joven, de unos veintitantos, rubia, vestida de animadora. Ambas caminan por el local hasta pararse donde están los coches de la línea más deportiva del concesionario.
La clienta no nota nada extraño.
No se imagina que segundos antes tenía otro aspecto mucho más primitivo.
Mireia observa desde dentro del coche.
Puede bajar, pero no quiere.
Puede huir, pero no le apetece.
Prefiere seguir mirando como fluye su amada, como se mueve, como gesticula, como se gana a la clienta. Hace dos días le enervaba la sangre, ahora la hace irresistible.
La cliente le da un apretón de manos.
Leire parece que ha cerrado otra venta.
Regresa con Mireia.
- Puedes salir - dice, con una sonrisa - Ya no hay peligro.
- Lo dudo - responde con otra sonrisa - Tus labios son muy peligrosos.
Leire ríe.
- ¿Vas a dejar a Óscar? - pregunta
- No lo sé, aún - responde.
Traga saliva.
- Pero la próxima vez que venga no será para comprar un coche.

"La próxima vez que venga no será para comprar un coche"



Con esa clase de estímulos subirán las ventas de coches jajaja.