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Cita con sorpresa

Alicia Márquez
14 mar
9 min de lectura

El salón solo estaba iluminado por la luz naranja de la lámpara. La televisión estaba encendida, en un canal de cocina, pero Sheila lo escuchaba como un murmullo lejano. Ella estaba tirada en el sofá, con unos shorts deportivos y una camiseta roja de la erunner Villanueva de los Cobos XX, mirando su móvil con una fijación insana.

El aparato estaba abierto en esa app de ligar que la tenía atrapada. Tres semanas llevaba hablando con alguien, aunque siempre había dicho que esas apps no iban con ella.

Sheila tenía la mirada fija en la última conversación con una misteriosa chica de nombre "A" como nickname. El diálogo había muerto a las cuatro de la tarde cuando A había puesto "cuando salga del trabajo, te escribo", pero ese mensaje no llegaba, aunque ella no apartaba la mirada de la pantalla.

Aquella desconocida no tenía fotos - algo que compartía con Sheila -, pero no las necesitó. Su descripción - "Si me dices que me tire por un puente, me tiro... Así de loca estoy" -, la hizo reír a carcajadas. Y por eso deslizó hacia la derecha adentrándose en lo desconocido. A le devolvió el "match" casi de manera instantánea. Y empezaron a hablar. Primero preguntas personales típicas, luego llegaron las confidencias, las charlas hasta la madrugada... Y Sheila se fue atrapando, como caer en la tela de una araña.

Y ahora estaba tensa por un mensaje que no llegaba.


No necesitó fotos, solo una descripción con gancho

El cursor parpadeaba en la pantalla bajo el último mensaje. Algo le decía que debía dar ella el siguiente paso, que hablar con aquella misteriosa mujer a través de mensajes ya no era suficiente, sin embargo, sus dedos estaba bloqueados, agarrotados, duros como bloques de hormigón.

De repente, Amaia, su ex, apareció en su mente fugazmente. Recordó los tres años que han pasado desde que lo dejaron. Tres años sin nada. Sin, ni siquiera un simple amor de verano

Y entonces lo entendió.

Era el momento de cerrar la puerta y abrir nuevos mundos.

Era el momento de dar un nuevo paso.

Sus dedos se relajaron y ella pudo escribir:

"Creo que va siendo hora de que avancemos. Quiero verte"

Dejó el móvil en la mesilla, sintiéndose libre y ligera como si flotara en una nube. Ahora la pelota estaba en el tejado de A

Su respuesta no se hizo esperar

"Creí que no me lo pedirías nunca"

Sheila sonrió.


"Quiero verte en persona", escribió Sheila

Para la cita, Sheila había elegido un coqueto bar que hacía esquina. Un local pequeño entre dos calles concurridas y turísticas. Dentro, solo cabrían unas treinta personas.

Sheila había llegado allí diez minutos antes de la hora acordada. Vestía un vestido blanco con flores naranjas, con escote barco y falda corta, sandalias con tacón - tres centímetros aproximadamente -, y su melena recogida en una coleta sujeta con un lazo naranja, a juego con las flores.

Era el resultado de estar peleándose con todo su armario.


Entró en el local con una sonrisa. No quería ocultar lo feliz que se sentía. Caminó con energía hacía el fondo del bar, hacia una mesa pegada a tres escalones que daban a una zona de sofás y sillones.

Pidió un café.

Mientras, revisó la última conversación con A. Terminó a las tres de la mañana después de una larga charla que incluía, además de los detalles de la cita, canciones de la infancia, dónde estaban las mejores rosquillas y una anécdota de Sheila con un bote de mermelada y una cabra. Una historia que la hizo sonreír mientras la volvía a leer.

La conversación acabó con un mensaje suyo.

"Tengo ganas de verte. Hasta mañana"


Sheila levantó la cabeza por inercia. Dirigió su mirada hacia la puerta. Y, allí, la vio. Vestido amarillo, ojos pintados, tacones y un moño pelirrojo perfecto. Una obra de ingeniería capilar.

Una mujer espectacular.

Pero había un detalle que la hacía reconocible.

El unicornio tatuado sobre su clavícula derecha.

Solo podía ser una persona.

Adriana

La madre de Lorena, su mejor amiga.

Sheila nunca la había visto vestida de esa guisa - siempre la vio con camisolas o vestidos de estar por casa -, pero la reconoció al instante. Y por eso la llamó. Una cara amiga que la podía ayudar a pasar esos minutos muertos antes de que llegara A.

Para Adriana, reconocer a Sheila también fue sencillo, aunque no fue consciente hasta que ella no levantó el brazo para alertarla.

- ¿Sheila? ¿Qué haces aquí? - preguntó.

- He quedado con... - hizo una pausa, para mirar a su alrededor - una chica.

- ¡Qué casualidad! - exclamó, sorprendida - Yo también.

Sheila arqueó una ceja.

- Si, cariño, desde aquella monitora de pilates con la que me enrollé solo me interesan las mujeres - admitió.

Bebió de su cerveza.

- Creí que estarías con mi hija - añadió

- No. Hoy no he quedado con ella

- Estará con sus primos entonces - dijo, encogiéndose de hombros - Yo estaba maquillándome. No me he enterado cuando ha salido.

- Estás arrebatadora - confesó Sheila - Seguro que deslumbras a tu cita... ¿Quieres esperarla conmigo? ¡A ver quién llega antes!

Adriana asintió.


Sheila vio a entrar a una mujer vestida de amarillo espectacular. Pero aquel tatuaje la hizo reconocerla: Adriana, la madre de su amiga

Un café y tres cervezas después, ellas seguían solas. Acompañándose entre ellas, pero sin rastro de sus citas. Para Sheila fue una losa, una piedra más en su mochila. La confirmación de que las apps de ligar no eran para ella.

Pero a falta de A, Adriana estaba allí para apoyarla.

A Adriana le sentó a como una patada en el estómago. Su hija le había convencido de entrar en una de esas apps y la primera chica a la que conoce desaparece a la hora de la verdad. Menos mal que iba sin muchas expectativas, que tenía la experiencia necesaria para relativizar.

- Vaya, parece que nuestras citas nos han dado plantón - dijo Sheila. Y mientras lo decía su felicidad iba desapareciendo de su rostro.

- Eso parece - Adriana se encogió de hombros - No serían para nosotras.

- Voy a mandarle un mensaje - comentó - Quizá esté en un atasco. Porque hoy hay mucha gente. El metro estaba a reventar.

- Quizá sea eso.

Sheila cogió su móvil. Abrió la aplicación, busco la conversación con A. El último mensaje, "Tengo ganas de verte", seguía allí, como una burla, un recordatorio de lo que pudo ser y no fue.

Tecleó manteniendo la calma, pero dejando claro que no estaba contenta.

"Estoy en el bar esperándote. ¿Te queda mucho? Espero que no hayas huido, me jodería mucho, la verdad"


En ese momento, al otro lado de la mesa, Adriana también quiso escribir a su cita, pero no pudo hacerlo. Un mensaje llegó a la bandeja de entrada de la app.

Alguien preguntaba si la quedaba mucho para llegar, que estaba en el bar esperándola.

Adriana sintió un nudo en el estómago.

Lo entendió.

Solo había una persona que había podido escribirlo.

Sheila.


Adriana apenas reaccionó. No supo como hacerlo. La vergüenza la había invadido. Había pasado las tres últimas semanas hablando con la amiga de su hija sin saberlo. Y lo peor, había conectado con ella de una forma muy profunda. Pero era la amiga de su hija. Alguien que había visto crecer a la par que a su hija. Alguien que pertenecía a la decoración de su casa tanto como las réplicas de cuadros de Picasso.

Sheila estaba allí delante, con cara de preocupación, pero ajena al terremoto causado en el otro lado de la mesa.

- Oye, Sheila... ¿A quién le has mandado el mensaje? - preguntó, aunque no sabía como afrontarlo.

Sheila la miró extrañada.

- A mi cita, ¿por?

- Porque creo que lo he recibido yo.

- No puede ser. Tú y yo no hemos hablado por la app. Ni siquiera sé que tenías. Debe ser una broma.

- No, no lo es.

- Déjame ver.

Adriana le entregó el móvil a Sheila. Y ella pudo leer el mismo mensaje en los dos teléfonos, muriéndose de la vergüenza.

A Sheila le entraron ganas de vomitar, sintió nauseas. Adriana no sabía dónde meterse.

- ¡Qué vergüenza! - exclamó Sheila - Hemos estado hablando sin saberlo. Hacía tiempo que no conectaba así con nadie y has resultado ser la madre de mi amiga.

- Me pasa lo mismo - reconoció Adriana.

- Debería irme y hacer que esto no ha pasado, pero... ¿sabes que es lo peor?, que no quiero.

Adriana abrió los ojos, pero lo comprendió. A ella le pasaba lo mismo. Su mente le pedía que huyera, que olvidara todo, pero su corazón la anclaba a la silla. Lo que habían compartido era tan fuerte que no quería que se rompiera por una revelación como esa.

- Ni yo.


"El mensaje de tu cita lo he recibido yo", dijo una Adriana desconcertada

De repente, el ambiente empezó a calentarse. Sheila sintió la electricidad recorrer su cuerpo. Adriana, que su cuerpo ya no le pertenecía. Empezó a acercarse peligrosamente a Sheila hasta que sus bocas quedaron a escasos centímetros. El tiempo se paró, el bar desapareció.

Se besaron.

Fue un beso corto, pero cargado de significado. Sabían que era un error, pero uno que querían cometer.

- ¿Quieres que vayamos a mi casa? - preguntó Sheila.

La respuesta de Adriana fue otro beso.


Caminaron por la noche de marzo, agarradas de la mano como dos adolescentes enamoradas, olvidando los extraños condicionantes de su relación.

- ¿Estás segura de esto? - preguntó Sheila frente al portal de su casa

- Desde que me ofreciste quedar, no he estado tan segura como ahora mismo - confesó Adriana.

- Perfecto

Y, esta vez, fue Sheila la que inició el beso.

Y ya no hubo respiro.


Porque no paraban de besarse mientras subían las escaleras. Las manos jugueteaban entre la ropa, buscando cualquier rincón goloso. Las risas, los jadeos, se iban sucediendo escalón a escalón.

Para cuando llegaron al segundo piso ya se habían saboreado todos los poros de sus pieles.

Sheila abrió la puerta con dificultades, con el aliento de Adriana impregnado en su cuello, con sus manos explorando sus rincones más íntimos.

Una vez dentro, la tensión se disparó.

Y los besos se encadenaron como si solo fueran uno solo.

Acabaron en el sofá, con la única luz que la naranja de la lámpara bañando sus cuerpos. Ellas se besaron con toda la pasión que ambas tenían dentro como leones enjaulados.

La ropa sobró.

El vestido de Sheila acabó en la alfombra; el de Adriana, sobre la mesa de café.

Fue Sheila la que llevó la iniciativa, la que decidió dar otro paso más. Su boca recorrió todos los rincones hasta llegar al coño de Adriana que la recibió con las piernas abiertas.

Adriana dio un respingo cuando notó la lengua de Sheila en su coño. Los jadeos se transformaron en gemidos que rompieron el silencio en el edificio.

Sheila movía la lengua con velocidad, con pasión, con fuego. Adriana gemía a su ritmo. Su cuerpo temblaba de pasión. Cada lamida era más intensa que la anterior.

Sus uñas se clavaron en la espalda de Sheila, dibujando caminos serpenteantes. Eso provocó que Sheila aumentara, si eso era posible, la velocidad con su lengua.

Adriana llegó al orgasmo. No lo pudo aguantar más

Sus jugos salieron, empapando todo lo que se encontró. Sheila siguió lamiendo. Hasta que se sintió agotada.


Cambiaron de posición.

Sheila se sentó en el sofá con las piernas abiertas, mientras que Adriana se arrodilló sobre la alfombra.

Metió su lengua en el coño de Sheila y esta empezó a gemir como si no hubiera un mañana. Sacado todos aquellos gemidos guardados durante tres años en los que su vida parecía estancada. Ahora todo aquello quedaba atrás.

Sus gemidos se sucedían como en una cadena a medida que Adriana movía su lengua sobre sus labios. Cada vez más rápida, cada vez más intensa.

Sheila se tensó, se agarró a los cojines y apretó con fuerza.

La misma fuerza que usó para contraerse contra la cara de Adriana.

El orgasmo se acercaba.

La pasión se desbordaba.


Cuando el orgasmo llegó, sus jugos salieron como una fuente. Todo lo que tenía escondido salió manchando todo a su paso, incluso la cara de Adriana, que acabó empapada.

Volvieron a besarse.


- ¿Y ahora qué? - preguntó Sheila al separase de los labios de Adriana

Ella bajó la mirada, como si buscara la respuesta entre la ropa desperdigada.

- No lo sé - Adriana se encogió de hombros.

- Esto nos va a cambiar. Creo que no voy a poder seguir siendo amiga de Lorena sin pensarte, pero tampoco quiero que esto se acabe.

- No va a terminar, te lo prometo, pero Lorena no puede enterarse... Al menos por ahora

- Sí, es mejor así.

- Ahora... debería irme.

Adriana se vistió en silencio y con desgana. Quería alargar el momento. Otra vez su mente quería huir, pero su corazón quería quedarse.

Sheila, sin embargo, apenas se movió. Se mantuvo desnuda. Ella pensaba en Lorena, en las consecuencias de sus actos, en lo imposible que es dejar salir a Adriana de su vida ahora que había entrado en ella. Pensaba en sus lunares, en su tatuaje, en esos ojos profundos que nunca la habían mirado con deseo hasta esa noche.

Adriana dio un portazo dejándola sola con sus pensamientos.

Su móvil se iluminó.

Una notificación. Un nuevo match en la app. Una tal Carmen.

Pero Sheila no hizo caso. Cerró su perfil y desinstaló la aplicación.

- Creo que ya no la necesitaré más.



"Lorena no debe enterarse de lo nuestro"

1 comentario


pingui.blog99
16 mar

Ese es el sueño de mucha gente, poder enrollarse con la madre de un amigo o una amiga, Sheila lo consiguió jaja.

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Av. Cobá 202, Cancún, Q.R., México

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