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Eclipse sexual

Alicia Márquez
8 ago
9 min de lectura

"Esta tarde, a partir de las ocho de la tarde, según los expertos, se producirá un eclipse total de sol, que será visible en toda España. Es un evento único que, incluso en zonas rurales, los hoteles han llegado al máximo de capacidad"

Un periodista, con un ritmo pausado, tranquilo, con solemnidad, anuncia la noticia. Mira a cámara, como si contara la abdicación de un rey.

Después, la tele se llena de imágenes de archivo: Cielos negros, lunas delante del sol, personas mirando con gafas de cartón... La voz del periodista continúa de fondo

"Los que vivan en el norte del país serán más afortunados porque es allí donde mejor se podrá ver ese fenómeno

Marina, sentada en la alfombra, apoyando la cabeza en el sofá, mira a Sheila fingiendo sorpresa - sabe lo del eclipse desde hace un mes -. Ella, que está en la mesa del comedor frente a su portátil no le devuelve la mirada.

"En otro orden de cosas, la venta de coches ha crecido un veinte por ciento en el primer semestre del año. Todo se debe a las ayudas..."

Pero Marina ya no presta atención. Se ha quedado clavada con el eclipse.

- Podríamos ir a verlo - dice Marina -. A las montañas.

- Paso. Son solo cinco minutos - dice Sheila sin mirarla - Cuando lleguemos... tendremos que volvernos.

La respuesta es como un golpe en la boca del estómago, pero Marina no piensa rendirse.

- Luego te quejas de que no hacemos nada juntas. Que solo nos pasamos las tardes aquí, en casa - reprocha - Te estoy ofreciendo un plan diferente.

- Te quiero, Marina. Eres mi mejor amiga, pero tienes unas ideas... Seguro que no tienes ni gafas.

- Pues sí, idiota. Tengo gafas. Mi madre me regaló dos pares.

Sheila cierra el portátil, gira su silla. Se sienta en el borde, inclinándose hacia delante.

El periodista termina dando paso a su compañero de deportes.

- Podemos pasar la tarde allí - Marina insiste-. Música, cartas, comida... y un eclipse. Es un buen plan.

- Para cinco minutos, salimos al balcón - responde Sheila, pero su negativa ya no es tan rotunda.

- Así tienes la experiencia completa - replica Marina - No me seas boba... Además, solo lo vería contigo. No se me ocurre otra persona.

Se hace el silencio.

Dura más de lo que hubieran deseado.

El de los deportes acaba despidiéndose hasta "mañana a las tres" y entra en el plató la mujer del tiempo, embutida en un vestido rojo ceñido.

Marina se arrodilla. Pone cara de circustancias.

No es una súplica, es una manera de ejercer presión.

- Vale, tú ganas... pero pedimos en la hamburguesería de la esquina. La última vez que cocinaste tú, casi quemas la casa.


"Podríamos ir a ver el eclipse en las montañas"

Marina se levanta con esa sonrisa de haber conseguido lo que quería y desaparece. Camina hacia su habitación. Coge la mochila del altillo de su armario.

Prepara con mimo todo lo necesario: Botas, mantas, pañuelos de papel, cantimploras, una baraja de cartas, un pequeño altavoz... Y las gafas, negras.

Duda en meter un par de chaquetas.

El cielo no indica que vaya a hacer frío, pero luego ha leído que bajan las temperaturas. Su mente se convierte, entonces, en una balanza. Valora la idea. Sopesa los pros y los contras de tal decisión.

Después, mete las dos chaquetas. Nunca está de más meter una segunda chaqueta.


- Podemos ir al Pico de la Noche - comenta, volviendo de su habitación, con la mochila colgada al hombro

- ¿No hay sitios más cerca? - pregunta Sheila -, aunque sigo diciendo que se puede ver perfectamente desde el balcón - añade, casi en un susurro.

- Sí, los hay - admite -, pero estarán llenos de gente. Yo quiero algo más tranquilo.

Sheila se rasca la cabeza.

- Tú mandas...

- Bien... Voy a la cocina a por unos "snacks". Nos vamos enseguida.


El parking está vacío cuando las chicas acceden a él. Marina aparca junto al panel informativo.

Baja de un salto, con la mochila colgada del hombro, la ilusión de una niña de seis años cuando va por primera vez a un parque de atracciones, y más energía que un móvil cargado al cien por cien de batería.

Sheila, por contra, baja con parsimonia, con una pesadez en su cuerpo que no se molesta en disimular. Una ráfaga de aire la recibe. Ella tiene que cubrirse cruzando los brazos contra su pecho.

El Pico se alza como un gigante de piedra. Pese a que no es el más alto de la zona, impone a cualquiera que ose escalarlo. Ellas no iban a subirlo, solo pensaban llegar al mirador que hay bajo sus faldas, pero aun así infundía respeto.

La torre vigía de la antigua base militar sobresale entre los árboles. Se muestra infranqueable, pese a que solo es un fantasma de granito, un eco de lo que fue.

- ¿Ves aquella torre? - pregunta Marina

Sheila alza la vista.

Asiente.

Pero su pensamiento está en el viento que la sacude como a un junco.

- Es allí donde vamos.


Dos líneas paralelas - una blanca y la otra amarilla - indican el inicio del camino de tierra.

- Vamos - dice Marina

- Tú primero - invita Sheila

El camino pronto se inclina hacia arriba. Marina siempre va delante. No camina rápido, pero deja atrás a Sheila con facilidad. Ella avanza más despacio. No es por falta de forma - sale a correr todas las mañanas -, son las pocas ganas que tiene de estar allí lo que la lastran.

- Desde el aparcamiento se vería igual de bien - se queja Sheila. Una rama casi le deja una herida en la cara. Puede esquivarla a tiempo.

Marina se frena.

Emite un gruñido exasperado.

- Como te gusta quejarte - dice -. Desde arriba es mejor. Además... las vistas son espectaculares.

- No me quejo, Marina - protesta - Solo digo, que no es necesario subirse a un cohete.

Marina sonríe

- Hazme caso... por una vez en tu vida. Me lo agradecerás.

Sortean los troncos de varios alcornoques y el claro se revela ante ellas. La base militar se muestra en un estado deplorable. Graffitis, ventanas rotas - algunas son solo huecos en la pared; otras tienen tablones de madera -, escombros, polvo, excrementos de animales... Y aun así, el complejo resulta evocador.

No hay soldados, ni misiones, ni helicópteros... solo restos de lo que un día fue.

Para ellas el sitio perfecto para ver el cielo.

Junto a la base, una valla de madera delimita un trozo de tierra: el mirador. Fuera de esos límites, un paso en falso y te precipitas al vacío.

Sheila se acerca a la valla de madera y su dura expresión cambia.

- Tienes razón - dice Sheila - Esto es precioso.

- Siempre la tengo, Shei. Siempre la tengo.

Marina entonces, señala dos tocones en el suelo.

- Podemos sentarnos aquí - dice - Parece que alguien nos ha preparado las sillas.


Sheila lanza la última carta a la manta.

Vuelve a perder.

- Parece que te he vuelto a ganar - se burla Marina -. Te he vencido todas las partidas.

- Estás haciendo trampas seguro - acusa - Siempre te ganaba a la escoba.

- Pues esta noche no. Has perdido tu toque.

- Seguro que tienes un as bajo la manga - grita, cogiendo el pequeño montón junto a sus rodillas y lanzándolas contra la manta.

Empiezan a recoger. Sus dedos se encuentran en la manta. Nadie dice nada. No hay tiempo. El cielo empieza a oscurecerse.

- Es la hora - dice Marina

Se colocan las gafas.

No están solas.

Hay un grupo de chavales que se sientan en los huecos de las ventanas. Sus pies rozan la tierra y beben latas de cerveza. Hay dos astrónomos que han venido con dos telescopios carísimos, y libretas para tomar notas, y hay un fotógrafo que busca esa foto que le dé fama o, al menos, unos cuantos "me gusta" en instagram.

Ellas están sentadas en la manta, una al lado de la otra. Separadas solo por un cuenco de aceitunas y la baraja de cartas sujeta por una goma elástica.

Vuelven a rozarse cuando buscan la misma aceituna, pero tampoco le dan importancia.

El cielo sigue oscureciéndose. Se oyen gritos de asombro.

Todo el mundo contiene la respiración.

De repente Sheila siente el frío en sus brazos. Trata de cubrirse, hacerse una bola, pero es inútil. El frío se apodera de ella.

- Joder - exclama - ¡Menudo frío de repente! ¿Es normal?

- Suelen bajar hasta cinco grados - explica Marina.

- Te pareces a los del telescopio.

- Lo leí en una taza de café.

Sheila intenta reír, pero solo puede tiritar.

El frío gana la batalla.

La oscuridad va creciendo.

El frío en el cuerpo de Sheila, también

Ella intenta hacerse la fuerte, pero tirita.

Marina se da cuenta.

No dice nada.

Se quita la chaqueta.

Se la ofrece a su amiga. Ella la mira con recelo.

- No la necesito - dice Sheila.

- No paras de tiritar, Shei.

Sheila lanza un gemido con sabor a derrota.

- ¿Y tú?

- Tengo otra en la mochila - dice.

Sheila se la pone. Tapa sus brazos, pero el calor no termina de llegar. Marina la abraza

El eclipse está en su punto álgido. El sol queda reducido a un anillo dorado.

Vuelven los gritos de asombro.

El fotógrafo aprieta el disparador.

Los astrónomos observan por los telescopios.

Pero Sheila no lo puede disfrutar. Sigue teniendo frío a pesar de los esfuerzos de Marina.

Ella pone su cabeza en su hombro.

Pasa sus dedos por los brazos cubiertos.

Le agarra fuerte la mano.

- Sabes, Shei - dice Marina - Ni en mis mejores sueños he imaginado este momento así.

- Tengo frío, Marina. Eso no es bueno.

- Lo digo por estar abrazadas.

Sheila tiembla.

No es por el frío.

Olvidan el eclipse. Se miran.

Se besan.

El beso dura unos segundos.

Sheila lo ha cortado.

Mira a su alrrededor. Ve a los chavales, que silban emocionados. Ve a los astrónomos. Ve al fotógrafo, que está sentado en una silla plegable.

- Aquí no...

- Están todos mirando al cielo - interrumpe Marina

- Pero cualquiera podría mirar y descubrirnos - insiste Sheila.

Marina hace un barrido rápido a su alrrededor.

- ¿Esos matorrales?

Sheila asiente.

Se desplazan gateando hasta los matorrales.

Una vez allí vuelven a besarse.

Con más pasión, con más amor.

- Llevo deseando esto durante dos años - dice Marina

Y no deja réplica.

Vuelven a besarse.

Marina busca el coño de Sheila. Sus dedos rozan la tela de los shorts.

Sheila jadea. Cierra los ojos.

Los dedos se mueven más rápido, más imprudentes.

Se cuelan en el interior.

Las bragas empiezan a mojarse.

Los gemidos aumentan de nivel. Sheila se tapa la boca con la mano tratando de mantenerlos a raya.

Con la mano que le queda libre, Marina le levanta la camiseta a su amiga. Le come las tetas. Salta de pezón a pezón y nota en su boca como se van poniendo duros como diamantes.

Los gritos se escuchan de fondo.

Ellas están en su burbuja.

Marina come, Sheila gime.


Marina baja los pantalones. Las bragas van con él.

Sheila abre las piernas todo lo que puede.

Marina mete la lengua en su coño. La mueve con velocidad.

Los gemidos de Sheila se hacen más fuerte. Cada vez le es más difícil mantenerlos dentro de su garganta.

La lengua de Marina se desplaza de arriba a abajo por el coño de su amiga, sin dejar un rincón sin saborear.

Sheila se tensa, se agarra a la hierba. Sus dedos se crispan. Los de los pies se doblan dentro de las botas. El orgasmo está cerca.

Marina metió sus dedos en el coño. Sheila arqueó su cuerpo.

Después, el clímax.

Un grito liberador.

Un silencio.

Nadie mira. Falsa alarma.


Ruedan por la hierba.

Ahora Marina queda abajo. Su espalda queda llena de pequeños hierbajos, de tierra, de piedrecitas, de trozos de ramas.

Sheila le baja el pantalón hasta las rodillas. Las bragas le siguieron algunos segundos después.

Sheila mete su lengua. La mueve de arriba a abajo y viceversa.

Marina se estremece. Gime, deja los ojos en blanco, se inclina hacia atrás, su pelo tocando la hierba.

Sheila cada vez mueve la lengua más rápido. El cuerpo de Marina tiembla. La agarra de la nuca, la aprieta contra ella.

Marina siente el orgasmo cerca. Hunde los dedos de los pies en la tierra. Su cuello se tensa.

Sheila mete los dedos en el interior. Resbalan. Marina tiembla.

Sus manos se agarran a la tierra.

Explota. Llega al orgasmo.

Se desploma sobre la vegetación.

Su corazón late con fuerza, se va relajando.

Se besan. Despacio, con ternura.


La luna ha dejado de interponerse antes el sol, éste devuelve el brillo habitual.

Se oyen voces. "Ha sido precioso", "Lo recordaremos toda la vida", "No volveremos a ver nada igual"

Los chavales se levantan de sus asientos improvisados, los astrónomos recogen sus bártulos, y el fotógrafo, los suyos, con una sonrisa de oreja a oreja, como si hubiera sacado la foto que buscaba.

Nadie repara en los dos tocones, en la manta doblada por una esquina, el cuenco con aceitunas, la baraja de cartas con la goma elástica... y los matorrales,

Allí, a medio vestir, ellas están analizando lo sucedido. Nadie habla, pero su mirada lo dice todo.

Una tiene la camiseta enrollada a su cintura, como un cinturón; a la otra le falta un calcetín.

Guardan todo en la mochila.

Bajan por el mismo sendero.

Todo es silencio. Solo se escucha a la fauna local, y el motor de un coche a lo lejos.

Marina siempre va delante; Sheila algunos metros por detrás.

Llegan al parking.

Vuelve a estar vacío.

Se suben al coche.

- Ha sido mágico - dice Sheila.

- ¿Te refieres al eclipse o a...?

El motor arrancando, interrumpe a Marina. Tampoco hace falta culminar la pregunta.

- Ambas.



"Ha sido mágico", dice Sheila; "¿El eclipse o...?"... Ambos

1 comentario


pingui.blog99
11 ago

Yo quizás sería de los que se centran en el eclipse, pero fornicar en medio de la naturaleza tampoco es mal plan jajaja.

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