En busca de alojamiento
Y ahora, en esta noche de sábado, suenan The Brobbeys con su último sencillo "Everything", incluido en su cuarto disco de estudio "Mike", en un claro homenaje a un miembro original de la banda recientemente fallecido. Según cuenta su vocalista, el tema lo compuso en una noche...
De repente, ese ruido tan característico de cuando te quedas sin señal.
Un sonido que era un preludio de lo que vendría después, solo que Tania aún no lo sabía.
Porque Tania, extrañada, solo estaba pendiente de que la radio volviera a sonar. A esas horas se siente más cómoda con algo de música al conducir y ahora solo escuchaba ese soniquete molesto que te clava en los oídos como el zumbido de un mosquito.
Tania cambió de dial, pero todas ellas le devolvían la misma melodía distorsionada.
Todas menos una: Radio María
Resignada y molesta golpeó con su palma la pantalla táctil
Sin embargo, la radio iba a ser el menor de sus problemas...
De repente, la señal de la radio desapareció. Era solo el comienzo de una noche larga.
Porque metros después, tras negociar una curva hacia la derecha su coche empezó a detenerse sin previo aviso. Las marchas pesaban más y el motor, ahogado, dejaba de rugir hasta detenerse por completo. Tania arqueó una ceja, pero mantuvo la calma. Giró la llave en el contacto, pero el coche no le daba la respuesta que deseaba
Un intento más, otro, otro más
Nada. El coche no arrancaba. No había, ni siquiera un centímetro de esperanza al que agarrarse.
La calma desapareció.
Llegó la desesperación.
El siguiente paso de Tania era lógico: Sacar su móvil del bolso y tratar de pedir ayuda.
Sin embargo, no había cobertura. Y la batería estaba a punto de morir.
- Lo que me faltaba - dijo con una mezcla de sentimientos que iban desde la rabia a la resignación.
Su coche decidió pararse. No había cobertura y, además, el móvil estaba bajo de batería.
Por si no era suficiente desgracia, la temperatura bajaba bruscamente a cotas impropias del verano. Y su única protección eran unos shorts vaqueros, una camiseta de tirantes y unas sandalias. Un gran atuendo para pasar un fin de semana en la playa, pero una armadura escasa para el frío incesante.
La carrocería de su coche tampoco la protegía. El frío se colaba por cualquier agujero, por muy pequeño que éste fuera. El vaho empezaba a empañar los cristales y sus dientes rechinaban sin poderlo evitar.
Se cruzó de brazos intentando entrar en calor, pero fue inútil. Las gélidas temperaturas se le impregnaban a la piel.
Igual de inútil que comprobar la cobertura de la zona. Ninguna, lo mismo que hace quince minutos.
Igual de inútil que permanecer en la trampa metálica de su Ford Fiesta.
Y encima un frío inusual para la época del año impregnó su cuerpo semidesnudo.
Fuera de su vehículo, una ráfaga de aire la recibió con los brazos abiertos. Era un recordatorio de que esa noche no iba a ser fácil.
No sabía dónde ir, pero quedarse parada no estaba dentro de sus planes. Necesitaba moverse. Necesitaba encontrar algo de protección, aunque sea una zona de hierba alta.
La oscuridad no le permitía diferenciar entre la maleza y algún camino de tierra que seguir, pero el tacto de sus sandalias contra el suelo le advirtieron de un posible sendero. Y como no tenía nada a lo que agarrarse, lo siguió deseando que al final del mismo hubiera algún tipo de refugio.
Tania no sabía lo que llevaba caminando. Solo sabía que sus pies ya no se movían como antes. Los sentía doloridos, entumecidos por el frío y ya no respondían con la misma energía. Su cuerpo le pedía parar, pero su cabeza le decía seguir. Y le hizo caso a su razón. Al menos, en movimiento, el frío era más soportable.
Los árboles quedaron atrás. Una llanura se expandía ante sus ojos, aunque con la oscuridad no podía distinguirla. Supo del cambio de paisaje porque ahora el frío atacaba con toda la fuerza posible. Y Tania no tenía la protección de la vegetación.
Fue en ese momento cuando empezó a flaquear.
"Estoy cansada" "Creo que me voy a quedar aquí", dijo aunque no lo verbalizara.
Empezó a caminar sin rumbo por lo que parecía un camino. Era su único clavo. Su cuerpo pedía parar, pero su cabeza le decía que tenía que seguir.
Y, de repente, un milagro.
Una luz pequeña se veía a lo lejos.
Podía ser el haz de una linterna de un excursionista que, como ella, estuviera perdida, pero era su clavo ardiendo. Recuperó la energía y las fuerzas y corrió. Sus sandalias no eran el calzado adecuado para correr. Se le salían, alguna pequeña piedra golpeaba sus dedos, pero poco le importaba. Ahora era otra Tania. Indestructible.
Pronto se dio cuenta que aquella luz no era de una linterna, era más grande, estaba inmóvil y, lo más importante, iluminaba una fachada. Una pequeña cabaña habitada.
La energía fue rellenando su barra.
Y ese milagro, como si Radio María le mandara una señal podría materializarse
Aunque quedaba un escollo: Que quién viviera allí se compadeciera de ella.
Una luz a lo lejos fue el milagro que buscaba. Provenía de una cabaña. Ahora solo quedaba que quién viviera allí tuviera compasión.
Tania recuperó el aliento frente a una puerta de madera. Sus ojos dibujaban una expresión de ilusión, aunque sabía que si esa persona le decía que "no", el frío ganaría la guerra.
Resopló y miró el móvil. Un 1% de batería y la cobertura brillaba por su ausencia. Solo le quedaba llamar
Sus nudillos golpearon sobre la madera.
Volvió a resoplar.
Los nervios, la desilusión y la certeza de que pasaría la noche al raso pese a todos sus esfuerzos se fueron apoderando a medida que pasaba el tiempo sin que esa puerta se abriese.
Y se rindió.
Y en ese momento, la puerta se abrió. Solo fueron unos centímetros, pero suficientes para que Tania recobrara la ilusión. Una cadena la sujetaba al marco y tras él se podía adivinar medio rostro de mujer frío, curtido en mil batallas y con arrugas de experiencia.
- Perdona que le moleste - se disculpó Tania - Espero que no la haya despertado
- No - respondió cortante la mujer.
- Mire... Es que mi coche - Tania señaló a un punto indeterminado en la oscuridad - me ha dejado tirada. Y no tengo ni batería ni cobertura. Y hace frío. Mucho frío. ¿Sería posible que usted me dejara pasar la noche en su casa? Me vale con una alfombra. No notará ni que he estado.
Un silencio incómodo se instaló entre ellas. La banda sonora del campo hacía de las suyas.
- No es mi problema - dijo finalmente la mujer - Si vivo aquí, en medio de la nada, es para evitar visitas incómodas.
- Pero yo no soy una visita incómoda. Yo necesito un refugio - protestó Tania con un hilo de voz.
- No es un hotel.
- No seas cruel... ¿De verdad piensas dejar a una chica en la calle con el frío que hace? ¡Qué estamos a dos grados bajo cero!
De nuevo un silencio incómodo. Un silencio tenso solo roto por su propio rechinar de sus dientes.
La mujer cerró la puerta. Tania lo sintió como una patada en el estómago. Como el último clavo en su ataúd de hielo.
Sin embargo, segundos después, Tania escuchó el pestillo de una puerta que se abrió de par en par.
La mujer se hizo a un lado y Tania cruzó el umbral.
- Gracias - acertó a decir
- Solo una noche - advirtió la mujer.
- ¿Podría pasar una noche en su casa? Fuera hace frío.
- No es un hotel.
Tania sujetaba con las manos una taza de café recién hecho y caliente. Una manta rodeaba su cuerpo y las llamas de la hoguera la calentaban, pero el frío había sido tal que era difícil entrar en calor. Tiritaba
El rostro de la mujer se veía más suave que el que la recibió tras esa rendija. Traía en sus manos ropa nueva para su improvisada invitada.
- Es de mi hija - dijo - Creo que te valdrá. Ya no viene por aquí, así que puedes considerarlo un regalo.
Tania asintió.
El paso del tiempo no hacía que Tania se sintiera con más calor. No era capaz de reprimir sus ganas de tiritar. La mujer, de nombre Kathia, se dio cuenta.
- No se te quita ¿verdad? - preguntó Kathia que ahora traía un par de sábanas
- Es como si estuviera congelada por dentro - admitió Tania.
- Has pasado mucho tiempo fuera, muchacha, y con un atuendo muy... acorde
Tania rio. La primera vez desde toda esa serie de catastróficas desdichas.
- Venía de la playa y ahora estoy muerta de frío. Como si estuviera en el Himalaya.
Kathia, quizá por compasión, se abrazó a su invitada. Tania se sintió tan reconfortada que notó como el hielo de su interior se iba derritiendo. Aunque igual no tenía nada que ver y solo era falta de otro tipo de calor. Un calor que Tania no pudo reprimir y acabó por besar a Kathia.
- Perdón - Tania se disculpó torpemente -.No sé que me ha pasado.
Sin embargo, la respuesta de Kathia fue un beso.

Las llamas de la hoguera eran testigos de como se iba prendiendo la llama del deseo en ellas, a medida que los besos se iban sucediendo. El frío en el interior de Tania se había derretido irremediablemente y Kathia ya no era la fría mujer que escudriñaba tras una ligera rendija.
Tania fue la primera en quedar desnuda sobre el sofá. Kathia le lamió las tetas como si no hubiera un mañana. Los pezones de Tania se iban poniendo duros y sus gemidos empezaban a dejarse ver.
Kathia llevó su mano al coño de Tania, que no dejaba de jadear. Su sexo se humedecía y los dedos de la anfitriona resbalaban hacia el interior. Los gemidos de Tania subían de nivel.
Kathia cambió sus dedos por su lengua. Tania subió, de nuevo, el volumen de sus gemidos. Sentía su corazón acelerado y sus piernas temblaban de placer. No paraba de gritar, de pedir más, de insultar... Y Kathia movía la lengua con una habilidad morbosa.
Tania cerró los ojos, dejando a su mente viajar a un mundo diferente.
Mientras, Kathia, tumbada en el sofá, movía la lengua con rapidez. Como en los viejos tiempos en los que esa lengua era famosa por estos lares.
Tania notaba el orgasmo en su coño. Intentó apretar, pero se derritió, como su hielo interno, y sus jugos empaparon la cara de Kathia.
Se besaron y cambiaron las tornas. Ahora Kathia, después de desnudarse, recibiría los lengüetazos de Tania.
Y Tania no perdió el tiempo.
Su lengua entró a matar. La movió con velocidad, con garbo, con deseo, mientras Kathia gemía y temblaba a partes iguales.
Agarrada al reposabrazos, Kathia recibía la lengua de su inquilina con felicidad. Tania la movía bien, de abajo a arriba y al revés, lamiendo todos los rincones. Eso era alegría para una Kathia.
Y el orgasmo hizo acto de presencia. Sus jugos se expandieron por el sofá. Y el deseo de ambas se multiplicó.
Aún tenían ganas de más
Tania había olvidado el cansancio que sentía, el dolor de sus pies, el frío que caló sus huesos.
Nada de eso existía.
Solo deseo.
Las dos mujeres se tumbaron en el sofá, desnudas, abiertas y deseosas. Sus manos viajaron al coño opuesto y empezaron a masturbarse. Mirándose a los ojos. Unos ojos inyectados en fuego.
Los dedos se introducían en el interior con facilidad. Salían empapados y volvían a entrar. Y así todo el rato.
Ellas gemían a coro. Como una sola voz.
El segundo orgasmo llegó. Ellas sacaron los pocos jugos que aún quedaban dentro de ellas.
Después, los besos.
Y el sueño.
El despertar de Tania no fue suave. Fue brusco, violento. Asumiendo lo que tocaba: Largarse de allí.
Eso es lo que había prometido.
Pero, Kathia estaba de pie, con una taza de café aún humeante, mirando por la ventana.
Tania se frotó los ojos, incorporándose.
- Buenos días - saludó.
- Al fin despiertas - dijo Kathia - ¿Dormiste bien?
- Sí... Aunque el sofá es un poco incómodo.
- Ya te dije. No es para visitas...
Kathia le dio un sorbo al café.
- ... Aunque tú puedes venir cuando quieras.
Tania arqueó una ceja. No esperaba la propuesta, especialmente después de que ayer le dijera que no quiere visitas.
- Gracias... pero, ¿Por qué?
- Me has recordado mis tiempos mozos - respondió tajante, como si tuviera la respuesta pensada con anterioridad - Antes era muy activa sexualmente. Hombres, mujeres, me daba lo mismo, pero con la muerte de mi marido... esa parte murió con él. Hasta que has aparecido tú
- ¿Por eso me dejaste entrar?
- ¿De verdad crees que te iba a dejar pasar la noche fuera? Una cosa es que no quiera visitas y otra que sea cruel. Solo tenía sueño y quería irme a la cama... Y, bueno, quería verte suplicar un poquillo - se carcajeó.
Tania sonrió
- Bueno, debería irme - dijo - Tengo que llamar a la grúa
- Ya la llamé yo, no te preocupes.
Dos besos.
Tania empezó su camino de regreso a su coche. El ambiente era más agradable. El aire cálido acariciaba a Tania y ella no pudo evitar acordarse de la noche anterior cuando el viento eran como cuchillas que la cortaban la piel.
Cuando llegó al bosque, Tania se paró en seco. Volvió la vista atrás, hacia la cabaña. Kathia era un punto pequeño entre la mole de piedra. Ella, apoyada en el marco de la puerta, con su taza de café, realizó un leve gesto de cabeza que Tania devolvió.
Un gesto casi imperceptible, pero que dejaba claro que esa historia acababa de empezar.
Ahora Tania tenía una excusa para pasar por esa carretera.

- Tú puedes venir a mi casa cuando quieras - confesó Kathia.



Radio María está en todos los sitios velando por nuestra alma y para protegernos jaja.
Por otro lado el frío se elimina con calor humano, es la mejor manera que existe, además de ser la que más dura jaja.