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¿Me prestas algo de ropa?

Alicia Márquez
29 ago
7 min de lectura

Son las ocho de la tarde de un viernes. Suena la banda sonora de "Gladiator" por los altavoces. El salón está a oscuras, solo una lámpara dibuja un haz de luz circular en el sofá, donde Raquel lee un libro, olvidándose del mundo exterior. Devora las páginas con la facilidad de una depredadora.

En un momento dado, Lucía, su hermana, irrumpe en el salón con una energía arrolladora que sobresalta a Raquel.

- Joder, Lu - exclama, aún con el corazón acelerado - ¡Qué susto me has dado!

El libro abierto le ha golpeado la barriga.

Lucía se encoge de hombros. Dibuja una sonrisa que brilla en la oscuridad.

- Han escrito estas - dice, mostrando su móvil - ¿Vas a querer salir?

Raquel recupera el libro donde lo había dejado. Está a la mitad de la historia, con el capitán Jack peleándose con una pantera. No puede dejar así al protagonista. Tiene que saber cómo de malherido va a acabar el capítulo.

- No - responde - Prefiero quedarme en casa. Vete tú.

- Como quieras

Lucía quiere regresar a su habitación. Seguir maquillándose, pero se para a medio camino. Gira sobre sus talones.

- Por cierto... ¿Podrías prestarme algo de ropa?

Raquel apenas le dedica unos segundos.

Después, vuelve a dirigirse al libro.

- Cuídamela

Lucía, con esa sonrisa de vencedora, camina hacia la habitación de su hermana.

- Tranquila hermanita, que siempre lo hago.


"¿Me prestas algo de ropa?"

Sobre la cama de Raquel, Lucía ha extendido multitud de vestidos, de faldas, de tops. Los mira. Después empieza la criba. Los va descartando, como una jueza de un programa de moda. En todos añade un comentario.

"Este me lo puse en la boda de Rocío hace mes y medio"

"Este me hace gorda"

"Este es bonito, pero la cremallera se me atasca"...

Así hasta que se queda con tres candidatos.

El primero, un vestido de tirantes, falda larga, degradado de azul a negro. Le queda bien, pero es muy apagado. Ella quiere brillar.

Se prueba el segundo, un vestido negro de escote asimétrico y falda plisada. Le gusta cómo le cae, qué figura le hace, pero justo en uno de los pechos una mancha lo bastante visible como para rechazarlo.

- No. Así no salgo - protesta.

El tercero es rojo, con un cinturón blanco y falda semitransparente. Le gusta. Además, tiene la ventaja de que nunca lo ha tomado prestado, pero al probárselo, no le gusta qué forma le hace a sus caderas. Se lo ha visto a Raquel y a ella le queda increíble.

- Es como si lo hubieran confeccionado para ella. A mí no me queda tan bien.

Vuelta a la casilla de salida.

Le va a tener que dar una oportunidad a modelos descartados con anterioridad.


Vuelve a dirigirse al caos textil que hay sobre la cama de su hermana. Mira, toca, pero, por una vez, no sabe qué ponerse.

Lleva su mirada al armario.

Y entonces lo ve.

Un vestido blanco dentro una funda de plástico. Y aun así, brilla sobre los demás.

A Lucía se le dibuja una sonrisa.

Sabe, sin necesidad de probárselo, que le va a sentar bien, que ha encontrado el mejor vestido para esa noche

Ha encontrado EL vestido.

Lo agarra con cuidado, como si fuera algún tipo de tesoro que el capitán Jack buscaría, o una pieza de museo a punto de ser robada.

Con el mismo mimo lo saca de la funda.

La seda se funde con sus dedos.

Se lo prueba.

Confirma sus sospechas. La falda vuela, los tirantes sujetan su busto, el vestido se pliega perfectamente en sus caderas, el color blanco resalta su piel más tostada...

- Será este - dice

Gira frente el espejo.

- Me pondré unos zapatos a juego y una flor en el pelo y seré la reina de la fiesta. Estoy arrebatadora.


Con la esperanza casi perdida, Lucía encuentra en el armario un vestido blanco en una funda de plástico. Acaba de elegir cuál quiere llevar esta noche

En el salón, Raquel sigue absorta en las playas de Mozambique, donde el capitán Jack y su expedición han encontrado unas cuevas que podrían esconder el tesoro de Barbatriste. Son las nueve de la noche. Y Raquel ha interrumpido la lectura para hacerse la cena. Un sándwich de jamón, queso y un filete de pollo, y un zumo de uva, que descansan sobre la mesa de café a medio terminar. Por los altavoces suena la banda sonora de "Piratas del Caribe"

Lucía regresa al salón feliz, despreocupada. No tenía ni idea de que acaba de cometer la mayor traición fraternal de la historia.

Camina sobre el parqué con la gracilidad de una bailarina de ballet.

Pero Raquel la siente.

La descubre de reojo.

Y lo sabe.

Lucía acaba de cometer un error imperdonable.

Levanta la vista. Sus sospechas se confirman.

Lleva el único vestido que Raquel no presta.

- ¿Cuántas veces te he dicho que no te pongas ese vestido? - pregunta Raquel, visiblemente enfadada.

Cierra el libro de golpe, olvidando marcar la página.

Lo lanza contra la mesa.

El ruido opaca el resto de sonidos durante segundos.

- No sé... ¿ninguna?

Raquel suspira, exasperada.

- No te hagas la tonta - exclama -. Sabes perfectamente que no te puedes poner este vestido.

- Pero mira cómo me queda. Soy una reina.

Raquel la mira.

Es verdad, le queda genial. Incluso mejor que a ella.

Pero no lo dice.

Nunca lo admitiría en voz alta.

- Pero el problema es que no debes ponértelo - dice, con menos ira

- ¿Por qué?

- Porque mamá me lo dejó a mí.

- Y nunca te lo pones.

- Ese es mi problema. No es motivo para que me lo robes. ¡Con la cantidad de ropa que puedes ponerte!

- ¿Y de qué sirve tener un vestido que no vas a ponerte?

Raquel se encoje de hombros. No sabe qué responder. Pero se mantiene en sus trece.

- ¡Quítatelo!

- No me lo voy a quitar - insiste -. Y ahora, déjame, que he quedado.

Lucía trata de regatearla, pero Raquel la agarra del brazo.

Las uñas se clavan en la piel de su hermana. Aprieta los labios.

- ¿Quieres soltarme? ¡Me haces daño!

- ¡Quítatelo!

- Oblígame.


"¿Cuántas veces te he dicho que no te pongas ese vestido?"

Raquel afloja su agarre, pero la engancha por la cintura buscando la cremallera.

Lucía se resiste.

Raquel la coge de los tirantes.

Lucía trata de zafarse.

Hay insultos, hay golpes.

Y, de pronto, el silencio.

La tela del vestido cede. Se rasga. Todo queda quieto. A Raquel le da un vuelco al corazón. Lucía tiembla. Sabe que ha metido la pata hasta el fondo.

La ira de Raquel sale por todos sus poros.

Hay golpes, tirones del pelo, puñetazos, arañazos.

Y en medio del caos, quedan muy cerca la una de la otra.

Raquel encima.

Lucía, debajo.

Se miran.

Algo cambia.

Se besan.


Al primer beso le siguen varios más. Cada vez más largos.

Vuelven a rodar por el suelo, pero la pelea es más placentera.

Lucía pierde lo que queda del vestido.

Raquel la sigue quedándose desnuda.

Vuelven a besarse. Sus lenguas se fusionan en una sola, mientras se muerden los labios, se devoran con la mirada.

Raquel busca el coño de su hermana. Mete los dedos.

Lucía jadea. Cierra los ojos.

Sus piernas se tensan. Su cuerpo convulsiona.

Raquel baja por su cuerpo, besando en cada rincón, cada pliegue. Con cada beso, Lucía se estremece.

La mayor mete la lengua en el coño.

Lo que antes eran susurros, ahora son gemidos que inundan toda la casa.

Raquel mete la lengua con velocidad.

Lucía se agarra a la alfombra. Clava sus uñas sobre el parqué.

Pero Raquel no frena. Aumenta la velocidad.

Lucía arquea su cuerpo, su pelo es un charco sobre el suelo. Los dedos de los pies se crispan, con los brazos forma una cruz.

Raquel mete tres dedos. Lucía está completamente empapada. Resbalan perfectamente al interior.

Los gemidos de Lucía subir de volumen.

Sus piernas se contraen. La abraza con ellas. Con los talones la empuja hacia ella.

El orgasmo está cerca. Y Raquel se va a mojar con él.

Tiembla, se tensa, grita...

Y sus jugos salen disparados, empapando todo a su paso.


Vuelven a rodar por el parqué, vuelven a besarse, vuelven a devorarse con la mirada.

Raquel abre las piernas todo lo que puede. Está sobre la alfombra, se agarra a la mesa de café.

Lucía se tumba. Agarra a su hermana de las caderas. Besa sus ingles.

Después, le come el coño como si no hubiera un mañana.

Raquel tiembla con cada lamida de su hermana. Sus gemidos suenan libres, llenando el espacio, dejando en un segundo plano la música que suena por los altavoces.

Apoya los talones contra el suelo, como si lo empujara. Lucía mete la lengua y también dos dedos. Raquel se estremece, pide más, convulsiona, pone los ojos en blanco, su mente viaja, se deja hacer sin oponer resistencia.

Nota su clímax, pero intenta aguantar... Hasta que Lucía le pellizca los pezones.

Entonces... todo lo que tiene dentro sale disparado.

Se masturban la una a la otra, apoyadas en el sofá. Se mojan los dedos. Los mueven rápido. Gimen a coro. Hasta fundirse en una sola voz.

No se corren.

Cambian de postura.

Un 69.

Raquel arriba; Lucía, debajo.

Van fuerte, al mismo ritmo. Los gemidos quedan ahogados entre piernas, pero sus cuerpos hablan.

Vuelven a correrse.

Un segundo orgasmo que termina por sacar lo que les queda dentro.

Después los besos, las caricias, las miradas que ya no devoran, pero contemplan con ternura...

Y una notificación en sus móviles acaba con el momento.

Son las nueve y media de la noche.

Escribe una de las amigas.

"Oye, Lu, ¿vas a venir? Estamos en el McKenzie´s a punto de pedir"

Raquel pasa del mensaje, Lucía lo lee en su móvil de refilón.

Raquel aún está desnuda, bajando revoluciones en su respiración, con los ojos cerrados...

El vestido está hecho un burruño en el centro, separándolas físicamente, pero no emocionalmente. Lo que han compartido es tan fuerte que no se puede ocultar en ninguna caja fuerte.

Lucía responde

"Lo siento chicas, pero me quedo en casa al final"

Después, se levanta.

- Voy a ponerme algo de cenar.

- ¿No vas a salir?

- No tengo vestido.

Raquel mira el trozo de tela arrugado, roto, y manchado que tiene a su lado

- Sí, la verdad es que está fatal, pero aún puedes salir. Te presto otro que nunca te has puesto.

- He mirado todo tu armario y, no sé por qué, pero nada me convence.

- Este que te voy a dejar no lo has visto nunca. ¿Qué me dices?

Lucía no responde. Echa un vistazo al que está destrozado sobre la alfombra. Se siente culpable. Sigue pensando que lo mejor es quedarse en casa.

Pero al final cede.

- Está bien... Y lo siento

- Lo siento yo. No debería haber sido tan estricta.

Se pone de pie, se cubre con la bata

- Y ahora vamos... Que te enseño tu nuevo vestido.


"Aún puedo dejarte otro vestido"

1 comentario


pingui.blog99
29 ago

Bueno, al final todo salió bien, Lucía tiene un vestido, va a salir de fiesta, y lo más importante, ya disfrutó de lo lindo antes de salir jajajaja.

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