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Polvo en la Antártida

Alicia Márquez
6 sept 2025
9 min de lectura

Actualizado: 28 oct 2025

El helicóptero aterrizo sobre la interminable extensión de hielo. Las hélices provocaron que partículas de nieve se suspendieran en el aire. Dentro del aparato viajaba Bárbara McDonald, una científica que se iba a pasar los próximos seis meses sobre aquel manto blanco.

Ella era una de las científicas seleccionadas para el llamado "Proyecto H1" que trataría de analizar el hielo de la zona y averiguar a qué velocidad se derrite. Y si eso podría revertirse. Bárbara estaba emocionada por formar parte de este importante proyecto, sin embargo la realidad le golpeó fuerte.

Porque al bajar del helicóptero, Bárbara fue recibida con aire frío que le tocó la piel como cuchillas. Pese a que estaba abrigada con ropa adecuada, el frío le caló los huesos. Ella, con dificultad, se acercaba a la única edificación que se distinguía en aquella extensión de hielo que sus ojos alcanzaban a ver.

Apoyada, junto a la construcción, una mujer, que sostenía un café calentito como quien sostiene una figura valiosa. Vestía un jersey de cuello vuelto y pantalones de esquiador negros. Nada más, ni un anorak, ni un abrigo con capucha de piel, como si ya no notara el frío. Era Helen Barnes, la mujer a quien venía a sustituir.

Bárbara saludó levantando el brazo, pero Helen solo hizo un pequeño movimiento con la cabeza. No quería gastar ni un gramo de energía. Y si estaba allí era solo por recibir a la nueva.

- Debes de ser McDonald - dijo, dándole un sorbo al café

- Sí - respondió ella - Bárbara McDonald

- Helen. Helen Barnes. Vamos dentro - dijo, y, sin esperar respuesta giró sobre sus talones, dirigiéndose a la puerta.

El interior del Domo - así lo llamaba Helen - estaba dividido en dos partes perfectamente diferenciadas. Dos mitades separadas por un pequeño recibidor, donde las botas llenas de nieve se acumulaban en pequeños estantes metálicos como si fueran soldados

La parte izquierda era la zona de ocio. Contenía la cocina, una pequeña sala de estar con libros y revistas científicas, las habitaciones de las residentes con un baño común, y un pequeño despacho usado como locutorio, para hablar con familiares y amigos. El único contacto con la civilización.

En la parte derecha estaba la zona de trabajo con laboratorios, zona de ordenadores y un área de reparación, para arreglar averías que pudieran surgir, tanto de los aparatos de trabajo como una cafetera

- Te dejo instalarte - le dijo Helen -, pero no te acomodes mucho. En diez minutos te enseño el área de trabajo

Bárbara asintió.

El timbre, como en el colegio, sonó estridente, como la sirena de una ambulancia.

- Es la hora de descanso - anunció Helen, deseando dejar de oír aquel sonido.

- Acabo unas anotaciones y te acompaño - comentó Bárbara.

- Deberías hacer caso al timbre - aconsejó Helen, acercándose a la puerta y quitándose una bata blanca y unas gafas de protección -. El tiempo está muy medido.

Allí, en medio de la nada, se manejaban en unos horarios estrictos. Trabajaban incluso en fines de semana. Y solo tenían dos horas de descanso. Aunque la norma más importante era que a las cinco y media todo paraba. Nada de llevarse el trabajo a casa. Con esos horarios cada sonido del timbre era un alivio. Un respiro para recargar energías. Era el oasis en medio de un desierto de hielo. Era el momento de hablar de lo ocurrido en el trabajo, con sus conflictos y discusiones, porque confrontar durante las horas de trabajo era perder tiempo y que los resultados no salieran como esperaban, aunque también había tiempo para charlar de cosas más banales, como el cumpleaños de una madre...

- Ayer hablé con mi madre - dijo Bárbara, dejándose caer sobre un sofá verde desgastado - Fue su cumpleaños.

Helen la miró. Notó en ella un tono de desilusión que reconocía. Ella también se había perdido cosas. Eran sacrificios que había que hacer por este trabajo tan fundamental, pero dolía estar allí aislada, mientras el mundo seguía avanzando.

- Es el primer año que no lo paso con ella - continuó.

- Yo me he perdido la graduación de mi sobrino, el funeral de mi padre... - dijo Helen -. Sé cómo te sientes, pero piensa que lo que hacemos es por un bien mayor.

- Eso es gratificante, Helen, pero tú llevas seis meses y yo solo unos pocos días. Estas cosas aún me duelen - dijo, llevándose la manga a los ojos para limpiarse esa lágrima incipiente.

- Lo entiendo, Bar.

Helen se levantó de su sofá, para sentarse más cerca de su compañera.

- ¿Puedo hacerte una pregunta?

Bárbara asintió

- ¿Por qué te uniste a este proyecto?

- Porque lo que hacemos es por un bien mayor - respondió.

El timbre sonó. Vuelta al trabajo.

Helen dibujaba la última cruz roja sobre un calendario, que se unía a las anteriores en una hilera que desembocaba en el deseo de regresar, aunque no todo era tan fácil de soltar. Había cosas que iba a dejar atrás. Por eso, su interior era un combate de boxeo.

Por un lado quería volver a la civilización. Abrazar a su hermana y a Eric, su sobrino; tomar cervezas en cualquier pub con sus amigos, o pasear a su perro Dobby a orillas del Támesis; por otro, echaría de menos la tranquilidad que se respiraba en aquel lugar y que su Londres natal no le iba a dar.

Sobre la cama estaba toda su vida estos seis últimos meses. Toda la ropa doblada con la precisión de un cirujano y sus aparatos electrónicos como el portátil.

Mientras canturreaba una canción iba metiendo todo en una mochila, como la experta jugadora del Tetris que se consideraba. Tres minutos después, sus vida antártica estaba empaquetada, preparada para regresar a Londres.

Bárbara lo había visto todo observándola desde el quicio de una puerta corredera, sosteniendo un café recién salido de la cafetera. El humo se podía intuir. Helen advirtió su presencia.

- ¿Estás lista? - preguntó Bárbara.

- Me toca marcharme - respondió ella, práctica, intentando no sacar sus sentimientos internos - Y sé que estás preparada para tu nueva solitaria vida.

- No me lo recuerdes - apretó los dientes -. Me voy a tener que fabricar un Wilson para hablar con alguien. A veces hablo mucho, lo reconozco.

- No hace falta que lo jures. Había días que me volvías la cabeza loca - Helen se agarró de los pelos, reforzando sus palabras.

Bárbara sonrió.

- ¿Qué vas a hacer en Londres? - preguntó Bárbara.

- Lo primero es pegarme una ducha en condiciones y comerme un buen plato de "fish and chips" - respondió ella sin pensarlo ni un solo segundo.

- Te voy a echar de menos - dijo Bárbara, sujetando una taza vacía.

- Y yo a ti, pequeña - replicó Helen.

- Pero si solo me sacas dos años

- Sigues siendo más pequeña que yo.

Bárbara observó su taza vacía.

- Bueno, te dejo descansar. Nos vemos mañana. Buenas noches - se despidió.

Helen, sentada en la cama, observó cómo Bárbara se alejaba de su habitación.

Sin embargo, Helen aún tenía algo que decir...

- ¡Bar! - gritó - ¡Espera!

Bárbara, en la cocina, fregando los platos de la cena, miró extrañada hacia la habitación de Helen. Apagó el grifo y con sus manos aún húmedas caminó los cincuenta metros que la separaban de su compañera.

- ¿Qué quieres? - preguntó.

- Ven, acércate

Bárbara atravesó la puerta y la cerró. Se sentó junto a Helen que apenas le había dirigido la mirada.

- Hay algo que no puedo llevarme conmigo... - Helen tragó saliva, resopló y continuó -. Creo que con todo lo que hemos vivido aquí y tanta convivencia entre nosotras hay algo que ha aflorado en mí. Y noto que a ti te pasa algo parecido... - Helen se frenó, como si no quisiera decirlo. Bárbara se impacientaba - Creo que me gustas - dijo, al fin.

Bárbara parpadeó.

- Creí que no ibas a ser capaz de decirlo - confesó Bárbara -. Lo sabía hasta el muñeco de nieve que hicimos hace un par de días que se acaba de llevar la ventisca.

Helen soltó una carcajada genuina que se mezclaba con el peso que se había quitado de encima.

- Y sí, a mí me pasa lo mismo - añadió Bárbara - Eres la única que veo día tras día y se me mueven cosas por dentro

- Tú tampoco has dicho nada

Bárbara se encogió de hombros. No supo que decir. Y no hizo falta. Un abrazo fue la respuesta. Un abrazo tan eterno como la masa de hielo que las rodeaba.

Con el abrazo roto, ambas mantuvieron la mirada durante unos segundos. El silencio no era incómodo, simplemente acompañaba, solo algunas ráfagas de viento lo rompían. Y de repente, pasó. Como si tuvieran un imán en su interior, se fueron acercando hasta besarse. Sellando con un beso todo lo que no se había dicho.

A ese beso, le siguieron muchos más. Cada uno duraba más que el anterior. Con cada uno entraban más en calor. Un calor que podría derretir la nieve del exterior. Helen buscó el coño de su compañera con sus dedos mientras los besos no dejaban de sucederse. Las lenguas eran una sola.

Helen metió sus dedos dentro de las mallas de Bárbara. Su coño estaba húmedo. Empezó a gemir. El sonido del viento silbando ya no era competencia. Sus gemidos sonaban más fuertes. Helen iba alternando entre dedos. Bárbara no paraba de gemir. En su interior, era un incendio.

Bárbara se quitó el jersey y la camiseta que tenía debajo. Sus pechos asomaron, con los pezones ya afilados, como para rayar el cristal. Helen los lamió como si fuera el más exquisito manjar. Alternando entre las dos tetas. Mientras, abajo, los dedos iban resbalando con facilidad al interior de Bárbara.

Los gemidos de Bárbara eran cada vez más constantes, como una cadena formada de placer. Las mallas ya estaban por las rodillas, pero sus bragas se mantenían en su lugar, cada vez más húmedas, cada vez más llenas de placer.

Helen cambió sus dedos por su lengua. Las bragas desaparecieron. Bárbara, agarrada al cabecero de la cama, subió el volumen de sus gemidos a medida que la lengua de su mentora saboreaba sus labios. Bárbara cerró los ojos. Su mente viajaba por sus recuerdos. Recordó a todas las mujeres que pasaron por su vida, pero ninguna la había llevado a tal estado como Helen. En el confín más frío del planeta.

El orgasmo de Bárbara llegó justo en el mismo momento en el que el viento silbó con más fuerza, como el soplido del lobo intentando derribar la casa de ladrillo de uno de los tres cerditos. Su coño se transformó en una cascada de flujos y placer. De amor, de pasión contenida. De liberación, de éxtasis. Helen lo saboreó con ganas. Aquello lo había provocado ella.

Se besaron.

Se amaron.

Dieron vueltas por la cama, mientras sus lenguas libraban la mejor batalla. Una sin ganador... O con dos ganadoras, según se mire. Una batalla llena de placer y deseo.

Helen se desnudó. Su cuerpo se iluminó ante Bárbara. Aquel tatuaje del copo de nieve en el omóplato era una bella ironía. Lo besó, como si fuera su amuleto de la suerte, antes de que la empujara contra la cama con cierta violencia. Helen acabó abierta, desnuda y con los dedos de su compañera dentro de su ser.

Bárbara volvió a pensar en esas mujeres que la conocieron bíblicamente. Especialmente en Rebecca, la camarera del Starbucks en la que desayunaba todas las mañanas. Con ella tuvo un breve romance, pero fue intenso. Gran parte de lo que sabía del sexo, lo aprendió con Rebecca y ahora lo pensaba poner en práctica con Helen.

Metió la lengua, mientras un dedo la masturbaba. Helen se agarró los pechos y sus gemidos salían disparados, inundando de su placer la estancia. Ella cerró los ojos, dejándose hacer por una Bárbara malvada y pícara. Los lengüetazos estaban acompañados por dedos juguetones que resbalaban al interior. Y completado por pequeños mordiscos que Helen recibía como espasmos placenteros.

El orgasmo, avisado por Helen - "me viene, me viene" -, hizo acto de presencia como una bola de demolición. No destrozó nada, pero mojó todo lo que había cerca. Fuera, la ventisca se intensificaba, pero dentro lo que aumentaba era la pasión y el calor entre dos mujeres que, al inicio del mes, solo eran dos simples compañeras de trabajo. Se besaron, se abrazaron y se masturbaron una vez más. Para un segundo orgasmo que zanjó la pelea. La calma se apoderó, de nuevo, de la habitación. Y con ella, el sueño. Desnudas, abrazadas.

Aún no había amanecido cuando el helicóptero apoyó sus cuchillas sobre la nieve.

Junto al Domo las dos mujeres se dieron el último abrazo.

- Es la hora - anunció Helen, resistiéndose a romper el momento íntimo.

- Te voy a echar de menos - respondió Bárbara, pero ella tampoco quería romper el abrazo.

Solo el grito del piloto pudo acabar con el abrazo

- ¡Ya voy! - gritó Helen con desdén

El camino hasta el aparato fue difícil para Helen. Y no solo porque con cada paso se hundía en la nieve, sino porque con cada uno de ellos, la figura de Bárbara se iba haciendo más pequeña.

- Cuando salga de aquí, te buscaré - gritó Bárbara.

Pero Helen solo la miró. Después subió al helicóptero.

Las hélices arrancaron y el aparato despegó. Bárbara se quedó allí sola, con las huellas de Helen como su último recuerdo antes que se borren. Dentro, en el Domo, debía continuar con el trabajo. Debía seguir con el legado de Helen. Cada muestra, cada dato, cada anotación... era por ella.

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