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Preparando la infiltración

Alicia Márquez
30 may
13 min de lectura

- El juguetito del príncipe Al-Saeid Yafar es el Ramsés II. Veinte metros de eslora. Verde

Carla se llevó su mano al intercomunicador oculto en su oído. La voz de Simón sonó robotizada, metálica, con algún fallo de conexión, pero clara.

De fondo, las gaviotas graznaban, el viento silbaba con fuerza, golpeando contra los toldos de los puestos del mercadillo, los motores y las bocinas de los barcos sonaban a pleno rendimiento.

- Entendido, jefe - confirmó Carla - Estoy viendo el barco.

Una ráfaga de viento la obligó a cubrirse como pudo con su chaqueta.

- Recuerda: Ver, oír y callar - advirtió Simón - A partir de ahora, estás sola.

Carla no pudo responder. La conexión se había cortado.


"Recuerda: Ver, oír y callar", le advertía Simón a través del pinganillo

El "Ramsés II" destacaba, imponente, ante el resto de buques, como un rascacielos rodeado de casas unifamiliares. Se respiraba lujo solo con verlo. En el muelle donde estaba atracado había mucho movimiento de personal, pasajeros y mercancía. En el resto del puerto todo estaba en calma.

"Es este", pensó Carla, silbando con envidia ante el yate.

La bandera saudí ondeaba sobre su mástil con violencia, reclamando su cuota de protagonismo. Si Carla tenía dudas, aquella bandera se las quitaba de golpe.


Carla, camuflada tras un maniquí de una tienda de bañadores y artículos playeros, registraba todos los movimientos en las inmediaciones del barco.

Recordó la última frase de su jefe. Se la tatuó a fuego:

"A partir de ahora, estás sola"

Eso solo significaba una cosa:

Improvisar.

Porque no era el punto fuerte de Carla pensar, organizar, dibujar planes. Ella era la de repartir estopa si las cosas se ponían feas, la que conducía dejando las ruedas sobre el asfalto. Una mujer de acción, en definitiva.

En cambio, a Simón ya se le habrían ocurrido tres formas de entrar y ya estaría sopesando los riesgos de cada plan.

"Por eso es el jefe", se resignó.

Pero él no estaba.

Le tocaba a ella ser resolutiva.

Y debía hacerlo rápido.


Sin embargo, el plan le llegó como una señal divina. Una mujer menuda, con un moño moreno mal sujeto, una chaquetilla de chef y unos vaqueros, bajaba por la pasarela del buque. Cargaba dos bolsas de plástico vacías.

Carla dejó escapar una sonrisa incrédula. Aún no daba crédito. Llegó a frotarse los ojos.

Y mientras aquella mujer se acercaba, a Carla se le dibujaba el plan en la cabeza.

Acababa de encontrar la manera de entrar en el barco.

Y esa chica era la llave perfecta.


Carla no tenía como punto fuerte el pensamiento, pero entonces, una menuda mujer bajaba del barco. La llave perfecta

La mujer empezó a moverse entre los puestos con soltura. Compraba queso, verduras, pescado, fruta... Era un día más para ella. Su actitud era tranquila, ajena a que, a escasos metros, Carla la veía como su pasaporte de entrada al buque.

La misteriosa chica continuaba con su labor.

Carla calculaba el mejor momento para abordarla. Ni muy pronto para delatarse, ni muy tarde para perder la oportunidad.

Y entonces, vio el momento perfecto.

La mujer compró dos botellas de cristal de leche que metió con cuidado en las bolsas. Después, se entretuvo hablando con la dependienta. Carla no entendía qué decían, pero tampoco le importaba.

Solo sabía que esa era la mejor opción para actuar.

Salió de su escondite, retrocedió unos pasos y empezó a correr.

Chocó hombro con hombro con la mujer, ella soltó una de las bolsas, precipitándose contra el suelo. Se escuchó el "crash" de la botella. En el suelo, se había formado un pequeño charco de leche.

- Lo siento de verdad - dijo, mientras se agachaba para ayudar. - Te echaré una mano.

La mujer no habló. Se limitó a ponerse de rodillas.

Carla se mostró angustiada, pero por dentro celebraba lo natural que había quedado el choque.

- Lo siento. De verdad - repitió - Llego tarde a la entrevista con el capitán...

- Niña - la dependienta interrumpió - No te entiende, solo habla inglés.

El corazón de Carla se aceleró.

Otro golpe de suerte.

La barrera del idioma, la hacía aún más perfecta.

- Puedo pagar todo lo que he estropeado - dijo, en un inglés decente

- Más te vale - respondió la mujer - Si no, esta noche no cenamos.

- Lo siento. No era mi intención. Solo tenía que llegar a una entrevista con el capitán Duarte. Me enteré de que había vacantes, pero me he quedado dormida. Espero que aún pueda recibirme.

- ¿El capitán Duarte? - preguntó la mujer, arqueando una ceja

- Sí... ¿lo conoces?

- Claro, es el capitán del barco en el que trabajo... Aquel de allí, el verde... Pero ahora no está y creo que ya ha contratado a alguien

- Vaya. Tendré que volverme a casa y seguir buscando curro - se lamentó.

Aunque, por dentro, lo que estaba era contenta de cómo estaban saliendo las cosas.

- En fin. Te ayudo con esto y luego te invito a una copa.

La mujer dudó. Miró al barco. Después, a Carla.

- Bueno... si quieres o si no te reclaman los millonarios. No quiero que también pierdas el trabajo.

La risa de la mujer fue genuina.

Carla sonrió.

Pero por otro motivo.

- Creo que una copa no me hará daño, pero tendré que ir al barco con la compra.

- ¿No tienes algún tipo de pinche o algo así?

- Sí, a Kevin. Mira está allí hablando por teléfono.

- Que las lleve él.

- No se me había ocurrido - Los ojos de la mujer brillaron ante la idea - ¡Eh, Kevin! ¡Ven aquí!

El muchacho se acercó

- ¿Puedes llevar las bolsas al barco cuando acabemos? - preguntó - Yo me quedaré con mi nueva amiga un rato más.

El joven asintió.


Carla empezó a correr, chocando con aquella mujer. Una bolsa cayó al suelo, y una botella de leche se rompió

En la discoteca "El ancla" predominaban los tonos azules en las luces estroboscópicas, la música de los DJs sonaba a todo volumen, la gente llenaba la pista, bebía, cantaba creyéndose estrellas del rock...

No parecía el mejor lugar para que dos desconocidas pasaran el rato charlando, sin embargo a Carla y a Mia, la menuda mujer del barco, poco les importó hablarse a gritos. Mientras todo el mundo coreaba el "I will survive" de Gloria Gaynor, nadie repararía en su presencia.

Aunque había prometido solo una copa, Mia ya iba por su tercer ron con Coca Cola. Carla, por su parte, fingía beber de su copa de vino. Ella mantenía su mirada en el plan, y no podía sucumbir al alcohol. Sin embargo, la compañía de Mia le resultaba agradable

Las primeras conversaciones entre ambas eran banales, cosas sin importancia: Los Oscars, el precio del vino, el nuevo casino que habían construido...

Valía cualquier tema. Solo quería que Mia se sintiera más cómoda.

Gloria Gaynor dio paso a los Bee Gees

Un camarero les dejó una nueva ronda

Carla decidió que era el momento hablar de algo más interesante, de algo que le sirviera para su plan.

- ¿Cómo es trabajar de chef en un yate de lujo? - preguntó Carla

- Es igual que en un restaurante, la verdad, salvo que las cocinas no se mueven tanto - sonrió; luego bebió. La copa, medio vacía - Es la misma presión. No puedes cocinar cualquier cosa. Tienes que ser creativa.

- Supongo que tú eres la mejor porque sino no estarías allí

- Eso dicen, pero sería igual de feliz en cualquier cantina de barrio. Lo que me gusta es cocinar, me da igual que sea para tu prima, que para el príncipe saudí.

- Así que cocinas para el príncipe.

- Claro, es el dueño del barquito.

Carla fingió sorpresa, pero eso ya lo sabía. Recordó la entrevista en el "Yellow post" donde presumía de buque.

- ¿Y qué le gusta al príncipe?

- Se pirra por mis alcachofas rellenas de merluza y salsa con queso cheddar

- No es un plato que yo comería - dijo Carla entre risas -, pero suena interesante.

Mientras los Bee Gees se apagaban, y le cedían el testigo a Michael Jackson y su "Billie Jean", Carla observaba la risa exagerada de su compañera. Ella sonrió y, por primera vez Mia no era solo una llave, era una persona sorprendentemente divertida. Una pequeña grieta en su armadura de criminal.

Entonces se fijó en como el haz de luz de uno de los focos iluminaba su pelo, dibujando una sombra sobre el suelo. Y se dio cuenta de que la mirada más de lo necesario.

El plan seguía ahí, pero algo había cambiado.

Intentó hacerse con las riendas de su propia mente.

- Dime una cosa, Mia - dijo, volviendo a la conversación con el suficiente aplomo - ¿Cómo es su camarote? Imagino que será igual de grande que un campo de fútbol... Igual tiene uno ahí dentro.

La respuesta de Mia tardó lo mismo en lo que Michael Jackson se evaporaba por los altavoces.

- Puedo meterme en la piscina, pasar un rato en la sala de estar, ver una película en su cine privado..., pero su camarote... Es el único sitio donde no podemos entrar. Ni siquiera las limpiadoras. Tiene a su propio equipo de limpiadores para esa tarea.

La música tapó la decepción que sintió Carla.

Pero ella no pensaba mostrarlo.

- Vaya... El principito es un señor muy excéntrico. Imagino que tendrá una alfombra de una cebra disecada, grandes armarios con botellas caras de licor, o una caja fuerte tras un Caravaggio desaparecido en la Segunda Guerra Mundial...

- Quizá, pero no lo sé, de verdad.

Terminó su copa.

- Debería irme - añadió - Se está haciendo tarde y debería ponerme a cocinar.

- ¿Por qué no te tomas la última en mi casa? - preguntó Carla - Vivo aquí al lado. Nadie se morirá porque un día no cocinen en condiciones. Seguro que Kevin preparará algo rico con lo que hemos comprado.

Mia dejó pasar una canción entera.

Mientras, pensó en las cosas que podían salir mal si aceptaba.

- Creo que me tirarán por la borda como a los piratas si no aparezco, pero... venga, acepto. Al menos no tendré que abroncar a mi equipo por haber cortado las patatas a cinco milímetros, en vez de a tres.


Aunque había fotos personales de Carla, en realidad el apartamento solo era un piso franco que la banda usaba para preparar los golpes. En la cocina aún se veían restos de pizza que Simón se había comido mientras divagaba sobre el robo; en el sofá, las mantas que usó Marcos, alias "Marky", eran un ovillo de lana gigante.

Carla lo usó para reforzar su propia mentira.

- Es un desastre - reconoció - Salí corriendo de casa. Ni siquiera me he duchado.

- No te preocupes.

- ¿Qué quieres tomar? - preguntó Carla

- Creo que las copas de la discoteca se me han subido a la cabeza - reconoció Mia

Carla no se dio por vencida

- A ti se te dará bien la cocina, pero yo soy un as en la coctelería. ¿De verdad no quieres?

- Si me lo dices así... Sorpréndeme.


Carla se retiró a la cocina. Apartó las cajas de pizza. Sacó dos vasos del armario, y preparó dos "Sex on the beach" con la soltura de quién lo ha hecho muchas veces.

Poco después, regresó con dos copas iguales. Le entregó una a su amiga.

- Prueba.

Mia llevó la copa a sus labios y dio un pequeño sorbo.

- Tenías razón. Eres increíble.

Carla se sentó en el sofá, Mia hizo lo mismo.

- ¿Sabes? Chocarme contigo ha sido lo mejor que me ha pasado - dijo Carla - A pesar de las consecuencias.

- Bueno... Esas consecuencias nos han traído aquí - admitió Mia - Y no me arrepiento.

Carla se acercó a Mia. Sus dedos recorrieron el muslo de la inglesa. Ella se quedó paralizada, pero no se alejó.

- Podemos llevarlo a otro nivel. Ambas sentimos lo mismo. Lo noto.

Mia no habló.

Por dentro, su corazón pisó el acelerador.

- Si quieres. No pretendo presionarte.

- No es que no quiera... Es que no sé si debo. El barco... debería descansar... zarpamos a las ocho...

Pero Carla la besó.

Y Mia no se apartó.


Carla llevó la iniciativa.

Mia, simplemente, se dejó hacer.

Carla volvió a besarla.

Y Mia, poco a poco, entraba en el juego.

Los dedos de Carla recorrieron el cuerpo de Mia, desde el cuello, hasta las rodillas. Como última parada, el coño. Ella tembló, cerró los ojos y los primeros suspiros se escaparon de su boca.

Carla le agarró del cuello con su otra mano. Mia respiró ahogadamente.

Los besos fueron más salvajes, menos tiernos. Los labios apenas se rozaron, pero cuando lo hacían, quemaban

Ambas perdieron la ropa, que acabó formando parte del desastre general.

Carla viajó con su boca por la piel de Mia. Sus labios recorrieron los mismos lugares que habían dibujado sus dedos minutos antes.

Y cuando se llegó al coño, atacó.

La poca ternura que quedaba, se quedó en la puerta.

Carla se transformó.

Y con ella una Mia que, hasta ahora gemía por inercia. En cuanto sintió la lengua sus jadeos rompieron la barrera del sonido. De suspiros ahogados, a gemidos incontrolables.

Las piernas tensas de Mia rodearon a Carla, con sus talones la empujó hacia ella. Sus manos se crispaban contra la tela del sofá. Y en su cabeza, todo se reducía a ese momento.

El orgasmo fue inevitable.

El orgasmo fue liberador.

El orgasmo fue intenso.

Su flujo inundó todo lo que se encontró a su paso.

Mientras Carla lamía, Mia trataba de recuperar el aliento.

Cambiaron las tornas.

Rodaron por el sofá, besándose, amándose, convirtiéndose en animales sin memoria.

Mia acabó en el suelo, entre risas.

Carla abrió las piernas todo lo que pudo, sentada en el borde del sofá.

Mia empezó suave, como si comprobara su propio ritmo. Carla, por su parte, jugaba con sus tetas.

Después, Mia creció.

Y Carla se activó.

Sus gemidos reventaban las paredes y su cuerpo se estremecía. Su respiración era agitada; su mirada, afilada y llena de deseo. Con sus manos, le agarró del pelo a Mia, que aún era capaz de subir el ritmo.

Y los jadeos de Carla aumentaban con él.

Hasta que terminó por explotar.

Y sus jugos salieron disparados de su intimidad.

- Ha sido... increíble - dijo Carla, aun con su respiración acelerada.

- Ha sido más que eso. Ha sido brutal. Nunca había sentido algo como esto.

- ¿Qué te parece si preparo otros dos "Sex on the beach" para celebrar... lo que sea esto?

Mia asintió, perdida en su propia respiración.


Carla, desnuda, se fue a la cocina. Repitió el mismo ritual que antes. Dos vasos iguales, la misma cantidad del cóctel...

Pero esta vez, había algo diferente.

En la copa de Mia, dos pastillas de un potente somnífero.

El lado frío de Carla había desplazado a la otra Carla, a la mujer que había disfrutado como nunca apenas unos minutos antes.

Salió de la cocina con unos pasos más lentos, más pesados, casi arrastrando los pies, como si no quería seguir con su plan.

Todo por la maldita manía de enamorarse de sus objetivos.

Menos mal que la parte fría aún la mantenía alerta.

Le entregó la copa "manchada" a Mia.

Y brindaron.

- Por nosotras - anunció Carla.

Mia bebió.

Carla se quedó a ver cómo lo hacía.


Carla preparó dos nuevos "Sex on the beach", pero en el de Mia, esta vez, añadió dos pastillas de somnífero

El despertador sonó a las seis de la mañana, pero Carla apenas había dormido. El pitido le había pillado con los ojos abiertos sobre el suelo del apartamento, mirando la silueta de una lámpara de araña.

A su lado, Mia dormía profundamente.

Y Carla sabía que no se iba a levantar hasta, por lo menos, las once de la mañana, con el barco en alta mar, sin posibilidad de reclamar nada.

Era un triunfo, pero una victoria que sabía a derrota.

Porque ella misma se había encargado de romper la magia de lo que había sentido con Mia. Y Mia solo era una persona que había decidido bajar del barco en el momento más inoportuno.

Pero no había tiempo para lamentarse.

No había vuelta atrás.

El daño estaba hecho.

Y, además, ella se sentía la brújula de la banda.

Sin su infiltración, el resto del equipo estaría atascado y expuesto.

Todo dependía de ella.

Se duchó con agua fría, se preparó un café, se vistió con una chaqueta de cuero, vaqueros, y unas zapatillas blancas desgastadas y descoloridas.

Se tomó su tiempo. No había prisa.

Mentalmente, se visualizó frente al capitán Duarte.

Imaginó las diferentes preguntas que podría hacerle y que desmontara su historia.

Creía tenerlo todo atado, pero no podía estar segura.

Con todo listo, Carla se marchó de casa. Fijó su mirada en Mia por última vez. Seguía dormida profundamente, agarrando un cojín como si fuera un tesoro, ajena a lo que Carla le había hecho.

Al despertar, ella no sabrá que ha sido drogada. Su vida podría continuar... pero su vida había zarpado hace tiempo.

Carla apretó los dientes

"Lo siento. Es por un bien mayor" se justificó

Pero a todas luces, Mia era inocente. Y ella la había utilizado.


El sol trataba de hacerse hueco entre la oscuridad matutina cuando Carla llegó al puerto. Alguna gaviota perezosa graznaba y alrededor del "Ramsés II" la actividad era frenética.

Pasajeros y tripulantes subían y bajaban a su antojo y varias cajas con mercancías esperaban a ser subidas al buque. Carla decidió esperar a que esa actividad cesara para acercarse. No quería correr el mínimo riesgo, aunque si era sincera, el único riesgo era Kevin que podría relacionar la ausencia de Mia con su presencia.

Pero ese puente habría que cruzarlo cuando llegara el momento.

Ahora había un obstáculo más apremiante.

El capitán Duarte.

El hombre, alto, melena rubia y vestido con un uniforme blanco impoluto, custodiaba la pasarela.

Carla se acercó a él aparentando seguridad.

- El capitán Duarte, supongo - dijo

- Sí soy yo - comentó él, con un marcado acento alemán - ¿Quién pregunta?

- Me llamó Car... Catalina. Soy amiga de Mia

- ¿Mia Parks? ¿La chef? - preguntó Duarte incrédulo

- Sí, la misma

- ¿Está bien? Ayer no regresó al barco y no nos deleitó con sus exquisitos platos. Nos tuvimos que conformar con unas tristes albóndigas - lamentó

- Por eso estoy aquí, señor. Me ha llamado diciéndome que estaba mala. Que apenas se ha podido levantar de la cama. Me ha pedido que, si es posible, la sustituyera.

- Kevin me dijo que iba a estar fuera, porque había conocido a una chica, pero nadie me ha informado de esto.

- Me dijo que te había llamado ayer por la noche, pero no contestaste.

Duarte sacó su móvil.

En su pantalla, cuatro llamadas perdidas de Mia

Esas llamadas, en realidad, las hizo Carla cuando la chef dormía tranquilamente.

- Zarpamos en media hora, no tengo tiempo para buscar a otro chef... - dijo, más para sí mismo que para Carla ¿Qué tal se te da la cocina?

- Muy bien. Toda mi vida he estado rodeada de fogones. Mi madre es chef en el "Dos pecas" y mi padre es jurado en ese concurso de cocina de la tele.

Y aquella, fue la primera verdad que había dicho.

- Supongo que nos puede valer - dijo Duarte, resignado - Sube.

Carla cruzó la pasarela mientras se le dibujó una sonrisa en la cara.

Una vez en el barco, conectó su intercomunicador

- Estoy dentro - anunció - Vuelvo a contactar en tres días, en Riad.

Y colgó.

"Jefe, estoy dentro", dijo Carla desde el interior del barco. "Volveré a contactar en tres días"

1 comentario


pingui.blog99
30 may

Carla está hecha toda una malota, primero se tira a la chef, luego la duerme y al final entra en el barco para cubrir su puesto, todo para llevar a cabo sus planes. A ver cómo termina todo jaja.

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Av. Cobá 202, Cancún, Q.R., México

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