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Saltos de trampolín

alialinstagram87
16 ago 2025
7 min de lectura

Actualizado: 28 oct 2025

El pabellón rompió en aplausos mientras la pareja británica salía a la superficie como un cuchillo en la mantequilla. Wendy Hamilton y su compañera Lía Neville acababan de realizar el quinto salto, el penúltimo de la final de saltos desde la plataforma de 10 metros.

Fue Wendy la primera en salir de la piscina, con Lía justo detrás. Al borde de la misma se reunieron con su entrenador que les enseñó un vídeo de su salto para que vieran los posibles fallos que podían haber cometido. Mientras, los jueces, emitían su veredicto: 8,5; 9; 8,5; 8; 9; 9. Lo que sumaba un total de 52 puntos, que sumado a lo anterior, daba un resultado de 167,5, a solo 0,5 puntos de las chinas, absolutas dominadoras de la modalidad.

- Todavía estamos en la pelea - dijo Lía, que bajaba los dos escalones que la metían en el jacuzzi con una sonrisa de felicidad

- Pero nos queda nuestro salto más difícil - comentó Wendy, más práctica, centrándose en lo que viene -. Y nunca nos ha salido en los entrenamientos.

- Siempre hemos sido mejor en el directo - respondió Lía con un optimismo que Wendy no era capaz de seguir.

En la plataforma, las saltadoras francesas estaban preparadas para saltar. Según los saltos anteriores, ellas no eran rivales para la pareja británica, pero aún así tanto Wendy, como Lía, se quedaron observando lo que hacían las galas.

Después, se metieron en la sala de espera.

La sala de espera es una zona amplia compartida por todas las deportistas. Hay varias hileras con taquillas. La mayoría de ellas estaban abiertas de par en par, pero unas pocas estaban cerradas con sus correspondientes candados: Las de las deportistas, colocadas, casi todas, en la hilera más cercana a la puerta de salida. Cuatro grandes bancos llenaban el espacio. La sala contaba también con zona de ducha, zona de urinarios y una pequeña sala con una camilla que las deportistas usaban para destensar los músculos o para tratarse zonas lesionadas. Fue al lugar al que se dirigió Lía. El masajista de la selección británica, George Barrett, ya la esperaba. El abductor le daba problemas desde los europeos de Milán. Wendy, por su parte, se secó con la toalla mientras visualizaba el próximo salto, usando sus propias manos y cerrando los ojos. Los entrenamientos previos no habían salido satisfactoriamente. Especialmente en la sincronización. Cada una iba por libre, pero no competían en individual, eran un equipo. Y una nula sincronización era penalizable. No se lo podían permitir.

La sala de espera contaba con un monitor para que las atletas pudieran seguir la competición. Cuando las canadienses se asomaron a la plataforma, todo en aquella sala se detuvo. Ellas, terceras, eran las máximas rivales por la segunda posición. Ni siquiera George continuó con el masaje mientras Lía clavaba sus ojos en el monitor. Las canadienses realizaron un salto tan perfecto que superaron, pero apenas unas décimas, a las británicas. No era una distancia imposible, pero a Wendy le sentó como una patada en el estómago.

- Terceras - se resignó Wendy.

- Nos queda el último salto - recordó Lía - Y no hace falta hacerlo perfecto. Con que sea bueno, volveremos a ser segundas.

- Tienes razón - admitió Wendy -. Pero estaría más tranquila si lo hubiésemos clavado en algún entrenamiento... Y siempre fallas en el mismo punto.

Lía no respondió, pero sufrió en silencio aquel reproche inesperado.

- Pero lo lograremos cuando salgamos a esa plataforma - asintió, apretando el puño, Lía, que se volvió a dejar hacer por George, que movía sus manos aceitosas por la zona afectada.

Pero Wendy estaba tensa. Ya había competido en tres JJOO anteriormente y en ninguno sacó medalla. Era su último intento antes de pasar el testigo a las nuevas generaciones, entre las que destacaba Lía. Wendy, siempre se solía poner en lo peor cuanto más cerca estaba del final. Sabía que una mala salida, una mala posición en el aire, o una mala entrada en el agua te lastraba aunque hicieras un concurso inmaculado. Wendy ya lo había vivido... junto a Lía. En los mundiales de Hamburgo...

- Es exactamente lo mismo que dijiste en Hamburgo - comentó Wendy, sacándose un cuchillo imaginario de su espalda - Perdimos el bronce en el último salto.

- Tu entrada en el agua fue nefasta - le recordó -. Tú misma lo reconociste en la rueda de prensa.

- Sí, pero me relajé. Me llenaste de tu optimismo y la pifiamos. No quiero que nos vuelva a pasar. Te quiero más concentrada.

Lía, desde la camilla apretó los dientes. Le dolió más ese comentario que el abductor. Pensaba responder, pero entonces, las chinas, las dominadoras, estaba en la plataforma. Habían dominado todas las competiciones en las que habían participado. No ha habido nadie que las hiciese sombra. Aunque parecía imposible, Wendy y Lía esperaban un error que las mantuviera con opciones.

Pero ese error nunca llegó... 230,5.

63, 5 puntos de diferencia.

- Tenemos que hacerlo perfecto - reconoció Wendy.

- Lo haremos - Lía, con su habitual optimismo, se visualizaba con el oro colgado al cuello -, pero tenemos asegurada la medalla. Ninguna por detrás podría alcanzarnos.

Wendy bufó.

- No quiero saltar por asegurar la plata - Wendy alzó la voz -, quiero saltar a por el oro y que luego los jueces puntúen.

- Pero tú mismo lo has dicho - recordó Lía - Jamás nos ha salido en los entrenos.

- Nos hubiese salido sino te pasaras todo el tiempo queriéndote hacerte fotos con Lebron James o Katie Ledecky.

Lía, como si el abductor no le doliera de repente, se levantó de la camilla como un resorte. Ese comentario le había molestado. Wendy no pensaba retractarse. La había visto llegar a los entrenamientos sonriendo, contando que se había cruzado con deportistas de relumbrón, mientras ella llegaba puntual, centrada solo en saltar. Ya habría tiempo después de disfrutar de los Juegos.

- Cuando entrenamos, soy profesional - recordó Lía - ¿O no te acuerdas que fuiste tú la que me eligió como tu pareja cuando se retiró Sonia?

Wendy se mostró callada, como si se hubiera relajado al sacar todo lo que tenía dentro, pero una breve sonrisa la delató. Ella había provocado a Lía. Vio ese fuego interior que necesitaban para clavar un salto difícil en el momento más complicado. Lo que no esperaba es que el fuego de Lía acabaría en un deseo sexual que no se había atrevido a sacar.

Lía besó a Wendy que retrocedió unos pasos hasta que su espalda golpeó contra las taquillas. Su sonido metálico retumbó por toda la sala. El masajista, que lo había visto todo, recogió su bolsa y se despidió.

- Bueno, yo aquí he terminado - dijo, desvaneciéndose cuál fantasma.

Ninguna de las dos respondió. Ya estaban en otra dimensión. Lía, que llevaba la voz cantante, llevó sus dedos al coño de Wendy, que empezó a gemir como una adolescente. Sus ojos mostraban una ilusión que no se veía desde que empezó a ver a su gran ídolo saltar, pero con una mezcla de fuego, que era pasión contenida. Los besos, los gemidos y el sudor se iban haciendo dueños de un espacio reducido a dos taquillas y a dos baldosas del suelo. Wendy, se quitó el bañador y sus tetas quedaron al aire. Las apretó mientras Lía seguía jugando con sus dedos.

Mientras, en la pantalla, las italianas ejecutaban su último salto. Octavas, lejos de la lucha por las medallas, cuya emoción ya solo se reducía a si Wendy y Lía eran capaces de lograr un oro imposible.

Wendy, ya desnuda, flexionó sus piernas. Lía, de rodillas, metía su lengua en el coño mojado (y no solo por el agua de la piscina) de la madura. Esta gemía fuerte. Sus gemidos eran capaces de callar al narrador del evento que comentaba la prueba a través del monitor. Él anunciaba a las suecas, lo que significaba que para que saltaran las británicas, aún quedaban cuatro parejas más.

Wendy recordó Hamburgo. Apretó los dientes. Allí sus dedos la consolaron tras el fiasco con un orgasmo que nunca olvidará. Lía dormía en otra habitación. Ahora ella estaba de rodillas, con su lengua entre sus piernas, como hubiera deseado en Hamburgo, pero la decepción la superó y no estaba para romances.

El orgasmo de Wendy llegó cuando las suecas salían de la piscina con una puntuación que las dejó en quinta posición, siendo una de las parejas revelación. Wendy sonrió al verlo y sus jugos llenaron sus muslos. Lía metió la lengua.

Los besos volvieron a cobrar protagonismo. Caminaron por la sala. Acabaron en uno de los bancos, mojados por el agua de la piscina. El olor a cloro era inconfundible. Lía tumbada y sin el bañador, arrugado junto al de Wendy en el suelo del espacio. La veterana se puso de rodillas sobre el banco, y le comió el coño a su joven pareja. Ella gemía, mientras las alemanas preparaban su salto. Tres parejas.

Lía le agarró la nuca, apretándola contra ella. Sus gemidos subían de volumen, al mismo ritmo que el movimiento de la lengua de Wendy era más rápido. Lía tenía la mirada perdida, como si estuviera poseída por el espíritu del placer. No parecía humana, solo era una salvaje que solo gemía y quería más.

Wendy metió varios de sus dedos. Lía se estremeció de placer. Un escalofrío recorrió su cuerpo. Y estaba acompañado por un gemido tan potente, que posiblemente, todo el pabellón lo habría escuchado. Ese pensamiento le hizo sonreír. Fue el preludio de un orgasmo que entrara en los anales de su historia.

Con el salto de las estadounidenses, quedaban dos parejas para ser llamadas. Pero estaban tan cachondas, que no pensaron. Rápidamente se colocaron para hacer un 69. Con Lía debajo y Wendy arriba, con la mirada en el monitor.

Las lenguas se movían al mismo ritmo, como si la sincronización de los saltos, hubiera llegado al sexo. Los gemidos eran callados por ellas mismas, que seguían comiendo y lamiendo. Iban tan igual, que el orgasmo llegó a la vez, manchando de jugos la cara de la otra. Ahora sí, tocaba volver a concentrarse. Pero antes, un último beso que las despertó.

Salieron de la sala con una energía diferente. Wendy volvió a visualizar el salto en su cabeza mientras iban subiendo a la plataforma. Lía, por su parte, caminaba unos pasos por detrás, saboreando lo ocurrido en la sala. Ya tenían medalla, pero ella ya había ganado. Algo más difícil que un oro. En la plataforma, las japonesas. Y, después, las australianas.

Wendy caminó sobre la plataforma con paso decidido. Respiró mientras la piscina se hacía más grande a cada paso. Visualizó el salto por última vez. Llegó al borde, giró. Solo los dedos de los pies la sujetaban a la plataforma. Extendió los brazos. A su lado, Lía repitió el ritual. Se miraron. Asintieron. "¿Lista?"

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