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Sigue jugando

Alicia Márquez
12 sept
8 min de lectura

No sé cuántas veces he visto ya el "Game over" en la pantalla. Hace tiempo que perdí la cuenta.

Pero Julia no se cansa.

Quiere más.

Otra vez reinicia la partida, otra vez el coche calcinado.

A mí me ha dejado de hacer gracia hace una hora.


Al principio no me importaba. Ves a tu amiga concentrada en el juego, consiguiendo pasar niveles con facilidad, matando a los malos con precisión, y logrando recompensas, pero ya hace tiempo que no avanza, que sus disparos causan pocos estragos. Verla pasar por los mismos sitios me cansa.

Pero me cansa más su cabezonería.

Que me ignore por William, el soldado protagonista del juego.

—Está claro que este nivel te está costando mucho —digo, intentando no sonar harta.

—Esta es la definitiva, lo prometo —me indica ella.

El problema es que la «definitiva» nunca tiene esa etiqueta. Ella siempre tiene hueco para una más.

—Luego podemos jugar al modo cooperativo.

«Eso lo podías haber propuesto en cuanto llegué» , pienso. «No ahora, dos o tres horas después»

Mientras peleo con ese pensamiento, ella muere tres veces más.

—Podemos ver una serie —insisto—. Costilla, por ejemplo. He oído que tiene nueva temporada. La primera nos gustó.

—Tenemos tiempo para verla, cielo —me responde ella, cargándose a tres enemigos con una granada.


Me dejo caer en el sofá.

Miro el móvil sin mirarlo realmente.

Veo las noticias. La dimisión del presidente, la crisis de los carburantes, el accidente de autobús en Brasil, el hallazgo de ruinas de la antigua civilización de los Quirama en Chile, la victoria del Madrid...

Después me meto en Instagram.

Hago scroll. Me aburre, pero mi dedo pide más.

No me importa.

Julia está en su mundo apocalíptico.

Y yo no formo parte de él.

Entonces veo las fotos de Roberto en la playa, con su hermana y su perro Gus. A Julia le gusta Roberto, aunque ella no lo reconozca.

—Roberto ha publicado nuevas fotos —comento.

Ella me mira.

Pero después devuelve la vista a la pantalla.

Otros tres enemigos caen.

Recoge la munición de uno de ellos.

—No me hables de Roberto ahora —me reprocha—. Tengo que vencer al Rey de las Cabañas. Esta vez lo voy a conseguir.

—Llevas diciendo eso mismo desde hace hora y media —replico. Y me cruzo de brazos, hundida en el sofá.

—No me seas gafe, Jimena.

No lo soy.

Ella muere.

Y reinicia la partida sin dudar.

Yo me resigno.

—¿Qué hacéis, chicas?

Amanda, su madre, entra con una sonrisa cálida que llena el espacio. No puedo resistirme a mirarla.

Mis labios dibujan una mueca sutil.

Pero Julia ni la mira.

Amanda lleva un vestido largo rojo, un portátil bajo un brazo; con el otro sujeta varias carpetas.

—Estamos jugando —dice Julia, sin apartar la vista de la tele

—En cuanto muera, me toca a mí —miento.

No he tocado el mando desde que estoy aquí. Julia no va a dejarme a estas alturas. No al menos hasta que derrote al Rey.

—Muy bien, chicas... Yo voy a trabajar en la cocina. No hagáis ruido, ¿Entendido?

Nos da la espalda.

Yo la sigo con la mirada.

Veo como su figura se hace más pequeña antes de perderse en la cocina.

Sonrío.

Ella es una mejor imagen que ver a ésta morir una y otra vez.

Regreso a la pantalla.

Vuelvo a ver el "Game over"


Después de innumerables intentos, Julia está más cerca que nunca que pasar el nivel y vencer al Rey. Su barra de salud está bajo mínimos. Con un golpe más Julia podría ganar.

El problema es que ella tampoco está mucho mejor. Tiene un 5% de salud, y anda escasa de munición.

Yo lo veo cerca.

Quiero creer que después guardará la partida y se olvidará del juego por un rato. Se centrará en mí.

Así que la animo. Recupero la ilusión del principio. El no jugar no me sabe tan mal, aunque sé que estoy caminando por la cuerda floja. Si ella muere...


Eso es justo lo que pasa cuando un rayo láser que lanza el Rey, la alcanza de lleno.

La pantalla se vuelve a negro.

Y esas letras amarillas empiezan a aparecer.

—¡No! —grita.

Yo no lo hago, pero ese grito desesperado es también el mío.

Sin dudar, ella reinicia desde el mismo punto de control. El mismo coche calcinado que ya me conozco de memoria.

Al igual que el edificio que tiene a su derecha, el movimiento de los enemigos, los cofres que contienen munición, y los diálogos que dicen.

«Hay que encontrar a esa sabandija»

«No puede andar muy lejos»

Dejo un resoplido.

Me levanto, sin decir nada.


Me conozco de memoria el coche, el edificio, los cofres de munición... Estoy harta. Me levanto y me voy

Cruzo el pasillo.

Miro la puerta de entrada, pero por alguna razón ni amago con irme.

En su lugar, entro en la cocina.

Veo a Amanda trabajando, con la misma cara de concentración que Julia. Sin embargo, ella sí parece mirarme.

—Hola, Jimena.

—No pretendía molestar —le digo—. Solo vengo a por un vaso de agua.

—Nunca me molestas, Jimena —me dice, y me sonríe—. Además, ya estoy acabando. Termino un par de formularios más, y me pondré con la cena.

Doy un trago a mi vaso de agua.

Se me enciende la bombilla.

—¿Puedo ayudarte? —pregunto.

La pregunta le pilla por sorpresa a Amanda, que me mira como si le hubiera dicho la combinación secreta de una caja fuerte.

—¿No estás jugando con mi hija?

—En realidad... La que juega es ella. Yo solo miro.

—Se pone un poco intensa. A mí también me ignora cuando está con la maquinita.

Sonrío. Al menos no soy la única.

—Pero no he venido aquí para ser invisible.

—Puedes irte a mi cuarto —me sugiere—. Tengo tele. Tienes Netflix, Amazon o cualquier otra plataforma.

—Ya me cansé de mirar —digo, encogiéndome de hombros—. Prefiero hacer algo más productivo. Como ayudarte a cocinar lo que sea que vayas a cocinar.

—Había pensado hacer unas croquetas. De jamón. Tus favoritas.

Cierra el portátil. Guarda los documentos en las carpetas.

Se levanta.

Se pone el delantal mientras yo me lavo las manos.

—Puedes ayudarme, claro, pero te quedas a cenar

Asiento.

—Genial. Siempre viene bien ayuda.


"¿No estás jugando con mi hija?", me pregunta Amanda; "No. Yo solo miro", respondo

La masa de croquetas está en la encimera, en un plato cubierto por papel film.

Amanda prepara dos platos vacíos, bate unos huevos, vierte el paquete de pan rallado sobre el otro plato.

—Puedes darle forma —me ordena—. Yo las baño en huevo y pan rallado.

Obedezco.

Saco una cuchara y la meto en la masa. Sobre el metal trato de darla forma de croqueta.

—Intenta que sean más pequeñas —me dice—. Así hacemos más.

Trabajamos como si fuera una cadena de montaje.

Formamos un buen equipo.


A medida que vamos avanzando siento mis manos más pringosas.

Por instinto, me llevo las manos a mi pantalón

Ella me ve.

—No te limpies ahí, mujer —su voz es dulce, aunque suena a reproche—Puedes usar mi delantal. Para eso está.

Me limpio, pero mis dedos rozan algo más que la tela.

Tiemblo.

Y noto que ella también.

La electricidad cambia.

Desde el salón nos llegan ecos de los gritos de Julia topándose con el mismo muro, los disparos, las explosiones.

—¿Sigue jugando?

—Sigue jugando.

—Se le van a poner los ojos cuadrados —dice.

Se ríe.

Yo le sigo.

Me vuelvo a limpiar en su delantal.

Cada vez estoy más cerca.

La rodeo con mis brazos.

Amanda no se resiste, pero tampoco cae de primeras.

Mira hacia la puerta

—Ni se entera —digo—. Prefiere morir una y otra vez contra el mismo enemigo.

Nos besamos.

Todo lo demás se desvanece.



Nos separamos.

Nadie habla, nadie sabe qué decir.

Sabemos que es un error, pero un error maravilloso.

Escuchamos a Julia gritar.

Nos miramos.

Volvemos a besarnos. Con más decisión.

Si Julia está en su mundo, nosotras también podemos formar el nuestro.

Los besos duran más, hay más pasión, más fuego, más deseo.

Amanda lleva sus dedos a mi coño

Me roza el vaquero. Doy un respingo. Mi respiración se vuelve irregular. Mi corazón empieza a latir con fuerza.

Susurro. Cierro los ojos.

Ella mueve mis dedos en mis vaqueros con más rapidez.

Decide que es hora de avanzar.

Me desabrocha los vaqueros.

Mete su mano al interior.

Gimo.

Intento taparme con la mano, mientras me dejo llevar.

Los gritos de Julia se escuchan desde el salón.

—A ver quien grita más de las dos —digo entre risas y gemidos.

Amanda mueve la mano con más velocidad.

—Espero que tú, mi niña.

—Al menos gritaré por placer.

Ella me baja los pantalones.

Acaban en el suelo, junto a su delantal.

Me sube a la encimera. Acabo con un pie en el fregadero y el otro apoyado en la nevera.

Ella se agacha. Me come el coño. Con alegría. Mi cuerpo tiembla. Llevo la cabeza hacia atrás, hasta que mi pelo cubre el soporte para cuchillos.

Noto como su lengua repasa todos los rincones de mi sexo.

Mis gemidos inundan la cocina.

Posiblemente crucen el pasillo y lleguen a oídos de Julia.

No me importa. Va a seguir moviendo sus dedos entre los botones.

Su lengua se mueve más rápido.

Mis pies se tensan.

La agarro de la nuca. Aprieto su cara contra mis ingles.

Ella me aprieta los pechos.

Gimo. Sin parar.

Ya no enfoco bien. Tengo los ojos en blanco. Todo mi cuerpo está tenso. Siento que voy a romperme algún hueso de tanto apretar.

Siento el orgasmo.

Ella me mete dos dedos.

Aprieto los labios.

Amanda mete el tercer dedo.

Yo exploto.

Grito.

Me tapo la mano.

Julia grita desde el salón.

«Otra vez no»

Nos reímos.

Volvemos a besarnos.

Nos hemos convertido en dos animales salvajes.

Me baja de la encimera.

Vamos a la mesa.

Posa el portátil en una de las sillas. Con la mano aparta las carpetas que caen al suelo.

Se sube en la mesa.

Se quita el vestido.

Me relamo al ver su cuerpo desnudo. Me hipnotiza su tatuaje bajo sus pechos. No me la imaginaba de esas que se tatúan. Me excita más

Meto la lengua entre sus piernas.

Noto su mano en mi pelo.

Yo muevo con velocidad y voracidad, de arriba a abajo.

Veo como tiembla, como se agarra al mantel de hule, como me ahoga con sus talones.

Yo sigo comiendo. Moviendo la lengua a todo lo que doy.

Ella grita, casi con desesperación, pidiendo más y más.

Me falta el aire. Sus talones me oprimen, pero es una sensación placentera.

Va a llegar al orgasmo. Lo noto.

Me preparo.

Muevo le lengua lo más rápido que puedo. Abro más la boca.

Ella llega al clímax, y yo bebo sus jugos.

Sabroso.

Volvemos a besarnos, pero la pasión muere poco a poco. Dejamos de ser salvajes para ser Amanda y Jimena. Dos humanas.

Ella se levanta. Se engancha el delantal.

Yo la observo desnuda desde detrás.

Amanda remata las croquetas.

Estoy despeinada, tengo el color de su pintalabios en mi cuello. Mi imagen es un desastre, pero es maravilloso sentirse así.


Amanda regresa a la mesa con un plato con diez croquetas.

Cojo una.

Quema, pero no me importa. Me la llevo a la boca. Mastico. Me pierdo en el sabor

Ella también agarra una.

Entre croqueta y croqueta hablamos de nosotras, pero sin mencionar lo que ha pasado. Seguimos desnudas. Ella tapada con el delantal, yo no.

De Julia, nada.

Solo la escuchamos de fondo

—¿Es siempre así? —pregunto—. ¿No viene ni a cenar?

—Sí, hija, sí.

Gruño.

Tomo la última croqueta.

Me visto.

—Debería irme —comento, con cierta desazón. Me podría quedar esa noche abrazada a ella—. Se supone que he quedado con mis padres para ir al teatro.

Camino hacia la puerta, con una sonrisa en la boca.

—Gracias —digo—. Por todo.

Le guiño el ojo.


Vuelvo al salón.

Julia sigue absorta en la pantalla.

Camisa abierta, enseñando bragas, despreocupada. Solo centrada en William.

—Voy a irme —anuncio—. Tienes croquetas sin freír en la cocina. Ve cuando quieras.

Ella no me mira.

Ya ni siquiera me molesta.


Enfilo la puerta de entrada. Veo de refilón a Amanda. Vuelvo a sonreír.

Cuando salgo, mi sonrisa crece. No me importa ni la lluvia repentina que me sorprende.

Solo me importa lo que he vivido con Amanda y que a ese juego sí quiero seguir jugando.



Al juego de Amanda sí quiero seguir jugando

1 comentario


pingui.blog99
13 sept

Ese día hubo el primer plato y el segundo, croquetas y coño, no es mala dieta a seguir jajaja.

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