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Te dejaste el informe

Alicia Márquez
27 dic 2025
7 min de lectura

Mientras en OndaCuatro se analizaban los resultados de las elecciones del día anterior, Iris maniobraba para introducir su Volkswagen en la plaza C-15 de un oscuro parking subterráneo, solo iluminado por unos fluorescentes que parpadeaban a diferentes ritmos

- Creo que los resultados reflejan que los Negros...

Pero la periodista se quedó con la palabra en la boca

Iris giró bruscamente hacia la derecha y el coche se quedó en silencio.

Miró hacia el asiento del copiloto. Allí, descansaba una carpeta amarilla con un par de folios en su interior que sobresalían. Ella no pudo evitar sonreír.

Esa era la tan importante carpeta que su esposa no podía olvidar y, sin embargo, olvidó en una mesa de la cocina llena de migas de pan y manchas de café.

La carpeta de una importante reunión de la que no paraba de hablar.

Iris negó con la cabeza mirando por el retrovisor, pero con esa sonrisa burlona. Otra vez haciendo de salvavidas de su esposa antes de que se ahogara en un mar embravecido por el caos.

Cogió la carpeta con delicadeza, como si se tratara de una prueba crucial en un caso de asesinato y salió del coche con decisión, sabedora que, una vez más, le iba a salvar el culo a su esposa.

El parking subterráneo era oscuro, pero la convicción de Iris iluminaba el lugar.

Hasta llegar a las escaleras.


Iris miró al asiento del copiloto. Allí estaba una carpeta amarilla, de la que sobresalían un par de folios. Y sonrió. Era la carpeta que su esposa no podía olvidar y olvidó

No es la primera vez que Iris estaba en esas oficinas. Conocía a los empleados, se movía con la soltura de una veterana. Como si fuera ella la que trabajaba allí. Sin embargo, no solía pasar de la sala de descanso, donde dos hombres que podrían ser hermanos gemelos hablaban de las elecciones - era el tema del día -. Iris lo prefería así, quedarse en ese rincón esperando a su esposa antes que adentrarse en el laberinto de oficinas.

Esta vez, sin embargo, no podía esperar.

Así que, mientras uno de los hermanos gemelos postizos golpeaba la máquina de café porque me ha tragado los dos euros, Iris continuaba su camino adentrándose en ese laberinto de paredes, puertas y despachos.

El despacho de su esposa estaba al final del segundo pasillo, tras pasar la sala de juntas, que contenía una gran mesa ovalada, una pizarra y un televisor colgado a la pared. Las puertas de la oficina eran de PVC de un color naranja - a juego con el color corporativo de la empresa -, y unos pequeños ventanales en la parte de arriba. En un pequeño letrero de metacrilato, con letras negras - "Marina Reyes. Abogada matrimonialista" -, confirmaba lo que Iris ya sabía: Que aquel era el despacho de su esposa.

Iris golpeó sus nudillos con la puerta.

Desde el otro lado, la cálida voz de Marina le invitaba a pasar.

Iris cruzó el umbral y se encontró con Marina en una pose despreocupada: Los pies encima del escritorio, la silla reclinada y el primer botón de su blusa desabrochado. Hablaba con alguien por teléfono:

- Mi cliente quiere el BMW y el piso de Gijón - dijo - Eso es innegociable

Desde el otro lado de la línea se comentó algo que provocó que Marina emitiera un rugido.

- Eso ya se negoció y llegamos a un acuerdo - continuó.

Ahora, Marina, soltó un bufido. Sonó a rendición y resignación.

- Está bien. Lo hablaré con mi cliente. Me reúno esta tarde.

Colgó y con ello, perdió esa pose despreocupada.

Fue en ese momento cuando se percató de la presencia de Iris. Sus ojos mostraron una mueca de genuina sorpresa. No la esperaba allí.

- ¿Qué haces aquí? - preguntó una Marina, que aún no se había recuperado del shock.

- Te dejaste el informe, cariño - comentó Iris, que le entregaba la carpeta que había custodiado.

Marina la tomó y hojeó su contendido. De nuevo esa expresión de sorpresa se dibujó en su rostro. Miró furtivamente hacia su bolso, que colgaba del perchero.

- Juraría que lo guardé en el bolso - comentó Marina, bajando su tono de voz, avergonzándose de su olvido.

- Es el contrato de divorcio de la empresaria Catalina Rodríguez. Me ha costado mucho sudor llegar a un acuerdo. Estos papeles son el resultado. En treinta y cinco minutos viene ella. ¿Te imaginas lo que pensaría si no tengo los papeles?

Iris no respondió, pero imaginó la imagen en su cerebro y no pudo evitar negar con la cabeza.

- Vaya cabecita. A veces pienso que no sé cómo no te olvidaste del día de nuestra boda - se carcajeó - ¿Qué harías sin mí?

- No sé, pero me acabas de salvar la vida.

Ahora que me he quedado sin trabajo, podría ser tu asistenta, pensó Iris, sin embargo, no lo dijo.

Su respuesta fue un cálido beso en sus labios.

- Muchas gracias, pequeña - agradeció Marina - Te has ganado una noche de pasión - guiñó el ojo.

Iris sonrió, pero quiso hacer valer su papel de superheroína, para pedir algo totalmente inesperado:

- ¿Y si cobro mi premio aquí y ahora?



Marina se mordió el labio.

- Uy amor, estás caliente por lo que veo - dijo.

- Siempre me ha puesto eso de que seas mi damisela en apuros - respondió divertida - Además, nunca había estado en este despacho. Y ya que estoy aquí...

Iris besó a Marina. Un beso que no tenía nada de ternura, pero sí mucha pasión y fuego. Su mano, juguetona, bajó y levantó la falda. Después, se introdujo dentro de las bragas negras. Empezó a masturbar como una posesa. Los gemidos de Marina empezaron a inundar la oficina. Los besos eran cada vez más intensos. Batallas más crudas entre dos lenguas fusionadas en una.

Marina perdió la falda y subió al escritorio. Abrió sus piernas. Iris se arrodilló sobre la moqueta gris de la oficina. Los pies de Marina rodearon su cuello. Iris apartó sus bragas y metió la lengua en el coño de su esposa. Esta gimió con fuerza, llevándose la mano a sus labios para amortiguar el ruido y que toda la oficina escuché sus escarceos sexuales.

Pero sus gritos sonaban más fuertes que su mano ya no servía de barrera.

Poco después, el orgasmo.

Los jugos resbalaron por sus ingles, dibujando pequeñas cascadas por su piel. Iris, que mantenía su cabeza allí, lamió esos pequeños ríos de flujo que caían de su coño.

Después, se volvieron a besar.

Y con los besos, una excursión por la oficina hasta llegar a la mesa de reuniones. Una mesa circular de madera de roble y con una única pata robusta que la mantenía en pie. En esa mesa se sentó Iris, ya desnuda, para recibir los lengüetazos de su maravillosa esposa.

Marina cogió una de las sillas. Se sentó en ella y empezó a lamer el coño de su mujer, quien se estrujaba sus pechos como si fueran dos naranjas exprimiendo zumo. Sus gemidos inundaban la oficina. Ella tenía los ojos cerrados y su mente viajaba por su pasado.

Mientras, Marina, movía la lengua cada vez más rápido. Iris le seguía el ritmo con sus gemidos. A su vez, unos escalofríos recorrían su cuerpo. Una descripción gráfico del placer que sentía por dentro.

El orgasmo de Iris llegó. Ella lo había anunciado, pero aún así pilló con cierta sorpresa. Los jugos de Iris impactaron en la cara de Marina que seguía con la lengua dentro. Tuvo que parar para limpiarse con un pañuelo.

Después, de nuevo, los besos. Besos llenos de pasión que no bajaba ni un ápice.


Una llamada al teléfono fijo, que Marina no contestó puso fin a la pasión. Aunque siguieron besándose como si no hubiera un mañana.

Hasta que a cinco minutos para que Catalina hiciera acto de presencia empezaron a vestirse.

Mientras ella se alisaba el cabello, Iris subía la cremallera de su falda; mientras Iris recomponía su maquillaje, Marina se abrochaba su blusa...

Justo cuando ellas ya estaban presentables, sonó la puerta.

- Debe ser Catalina - comentó Marina, antes de permitir la entrada a quién esperaba fuera.

Efectivamente, Catalina

- Muchas gracias por venir, señora Rodríguez - le estrechó la mano - Permíteme presentarle a mi esposa, Iris

- Encantada - dijo Iris, extendiendo también su mano. - Ahora os dejo. Debo irme. Tengo que preparar la comida.

Se giró hacia Marina y le plantó un beso en los labios

- Nos vemos en casa, cariño.


Iris se marchó cerrando la puerta tras sus pasos.

Dentro, Marina le ponía delante a Catalina los documentos.

- Puedes leerlo con detenimiento y si ve algo que no le gusta no dude en decírmelo, pero creo que es un buen trato. Hemos conseguido lo que queríamos.

Eso es lo que hizo Catalina. Leyó los documentos con detenimiento para no saltarse ni una coma. Lo que Catalina no sabía es que esos papeles no estaban en el edificio treinta y cinco minutos antes de su llegada.


Catalina leyó con detenimiento todas las condiciones sin saber que aquellos papeles no estaban en el bufete treinta y cinco minutos antes

Iris, por su parte, acababa de llegar a su coche en el parking. Un parking mucho más lleno que cuando llegó, pero igual de oscuro. Su vehículo estaba custodiado por otros dos coches.

Entro en él y encendió el motor. Los de OndaCuatro ya habían dejado de hablar de las elecciones, para hablar de obras chapuceras, libros del año, y de postres con frutos secos. Iris no hizo caso a nada de ello. Solo miró al retrovisor con la satisfacción del deber cumplido. Como una superheroína que acaba de salvar el mundo y volvía a su guarida hasta la próxima aventura.



Iris, de nuevo, en su coche miró al retrovisor con una sonrisa de satisfacción. Como esa superheroína que acaba de salvar el mundo y regresa a su guarida

1 comentario


pingui.blog99
28 dic 2025

Esperemos que no se divorcien, Marina tendría las de ganar jajaja.

Pero bueno, no creo que pase, pasiones como esa se mantienen bien.

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