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¿A setas o a Rolex?

Alicia Márquez
6 jun
11 min de lectura

Las ruedas de la camioneta patinaron sobre el terreno en cuanto éste se empinó, pero Aurora mantuvo el pie en el acelerador. El motor rugió, ella mantuvo las manos apretadas al volante. El firme irregular hizo que el vehículo pegara botes. Dentro de él, Aurora y su acompañante, también

Solo eran doscientos metros, pero hubo que subir sin medias tintas. A todas las revoluciones que permitía el motor.

Después, el terreno se allanó.

Y ellas respiraron.

Llegaron a la meta.


Aurora aparcó junto a dos robles milenarios que estaban protegidos por una valla de madera y su correspondiente panel explicativo. Se dio unos minutos para observar la bruma, que ocultaba lo que había debajo, antes de apagar el motor.

Con él, la voz de Ignacio Ventura, cantante del momento debido a su insuperable éxito "Las dos torres", murió, haciendo enfadar a Iria, sentada en el asiento del copiloto. Hasta entonces, ella no dijo nada.

- Podías haber dejado que acabara - refunfuñó Iria.

- Si la escuchas a todas horas - comentó Aurora - Es como si creyeras que la compuso para ti.

Iria gruñó.

Expulsó el aire por la nariz.

- Muy graciosa - dijo -, pero sabes que me gusta. Nunca son suficientes.

Aurora dejó escapar un suspiro exasperado.

No habían ido hasta allí para escuchar una canción que se oía hasta en la sopa.

- Vamos a encontrar buenas setas aquí - dijo, cambiando de tema.

- Así que ahora eres experta en micología - replicó Iria, con un tono burlón.

Aurora abrió la puerta del vehículo y, de un salto salió de él; Iria, la imitó segundos después.

El frío, el cielo encapotado, la niebla, la humedad que se te impregna en los huesos... las recibió.

Aurora estiró los brazos, dejando escapar una bocanada de aire.

"Esto es vida", susurró

Iria, en cambio, trató de refugiarse tras su abrigo.

- Soy igual de experta que tú, cariño - reconoció Aurora -, pero me conozco este monte como si viviera aquí. He traído a mis ligues.

Iria salió de su escondite solo unos segundos.

Miró a Aurora arqueando una ceja, y unos ojos que parecían escapar de sus órbitas.

- No me mires así - se quejó Aurora - Es un sitio bonito para venir. Es apartado, íntimo, oscuro cuando anochece. Es precioso. Perfecto... Dime que no harías lo mismo

- No - zanjó Iria -. Porque no tengo coche.

Aurora dejó escapar una carcajada genuina.

- Tú te lo pierdes.

La miró de reojo.

Pero Iria no la devolvió la mirada.

Estaba en el maletero, sacando las cestas de mimbre.

Le entregó una a Aurora.

- En fin. Vamos a por esas setas.


"Aquí encontraremos muchas setas", dijo Aurora. "¿Ahora eres experta en setas?", preguntó Iria

El claro quedó atrás.

En su lugar, un bosque frondoso con robles, hayas, encinas...

La hierba húmeda dejó paso a un sendero de tierra, que la lluvia de los últimos días había convertido en barro.

Aurora fue delante, moviéndose con soltura, con la agilidad de una ardilla, esquivando raíces, pequeñas piedras, troncos, agujeros e insectos.

Iria, detrás, con cautela. Como un soldado que se adentra en las líneas enemigas y espera una emboscada. Iria buscó las huellas de Aurora para seguirla.

Y, sin embargo, Aurora se veía más lejos a cada paso.

En su cabeza un pensamiento se repetía una y otra vez:

"¿Qué hago yo aquí a las ocho y media de la mañana con las botas llenas de barro, que además me están molestando? ¿Quién me mandaba a mí? ¿En que momento aceptaría yo su propuesta? ¡Si ni siquiera me gustan las setas! ¡Si las he comido es porque venían de ingredientes en una pizza!"

Y la respuesta a la última pregunta la tenía delante, apoyada en un árbol.

Aurora

"A ella no la puedo decir que no cuando llevo cinco meses sin verla", pensó mientras saltaba por encima de un tronco caído en medio del sendero.

- Fíjate en el suelo - dijo Aurora, devolviendo a la realidad a Iria - Hay setas.

Iria fijó su vista en la cesta de Aurora. Ya había cogido algunas

La suya seguía vacía.

Después, miró al suelo.

Y se encontró con algunas setas. Concretamente, níscalos

Con delicadeza y, sin saber muy bien cómo hacerlo, las arrancó de la tierra.

Las cestas se iban llenando, muy lentamente.

Entre las dos, las setas apenas sumaban la decena.

- No es la mejor zona - confesó Aurora - considéralo una especie de aperitivo. Hay que seguir andando.

- ¿Cuánto más?

- Mucho. ¿Ya estás cansada?

- No - mintió. Su respiración irregular la delataba -. Solo espero que no nos pille la lluvia.

Iria señaló al cielo, que se ponía más oscuro.

Pero Aurora no miró.

Siguió caminando.


- ¿Podemos parar a comer? - preguntó Iria.

Las tripas le rugían. Sus pasos eran pesados. Y los bostezos se dibujaban constantemente en su rostro.

Aurora se paró frente a un saliente del sendero.

A sus pies, el río. Escuchaba correr el agua, pero la bruma impedía verlo.

"Eso es que estamos cerca", pensó, antes de girarse hacia Iria, sentada ya sobre un tronco.

Aurora miró el reloj.

- Está bien - cedió Aurora - Comemos aquí. ¿Qué has traído?

Iria abrió la mochila y sacó dos bocadillos envueltos en papel de aluminio y botellas de agua de plástico.

- Son de jamón - afirmó Iria -. Cortado por mi propio padre. Tenemos una pata de jamón que nos regalaron los vecinos.

Aurora le dio un mordisco.

- No es el de Jabugo, pero siempre te regalan buenos jamones.

- ¿Qué puedo decir? Nos merecemos lo mejor.

- ¿Qué opinas del sitio? - preguntó Aurora, sus manos se abrieron intentando abarcar la inmensidad.

Iria bebió de su botella. Después, respondió

- A ver, es bonito. Pero el tiempo no nos está acompañando.

- Mujer, es que es el mejor momento para ir a por setas. Requieren humedad y lleva lloviendo tres semanas seguidas.

- Volvió a hablar la experta en setas - se burló Iria.

Aurora le pegó un pequeño puñetazo en el hombro a Iria. Ésta se desequilibró.

Durante unos minutos ninguna habló. Aurora terminaba su bocadillo; Iria apuraba la botella.

El viento silbaba, los árboles se mecían con violencia, el cielo se ponía más negro...

- ¿Sabes?... Echaba de menos estos momentos a solas - reconoció Iria - Desde que te fuiste a Barcelona todo cambió.

- Es cierto. Siempre que nos vemos ahora hay gente a nuestro lado: O son nuestros amigos, o tus padres, o mi hermana... - hizo una bola con el papel de aluminio -. O tu primo, que parece que está enamorado de mí.

- Ese idiota se cree que no te das cuenta, pero es tan evidente... - rio Iria.

- Si. Es muy descarado.

Aurora bebió agua.

- Pero ahora estamos solas, al fin - reconoció Iria

- Y menos mal, porque toda esa gente parece que no nos quieren dejar a solas.

- Es que somos terribles juntas. ¿Recuerdas cuando entramos en aquella granja a robar huevos?

La risa de Aurora fue tan ensordecedora, que todo pareció callarse a su alrededor.

- Es verdad. Qué locas fuimos

- Nos pilló la vieja. Te cogió del pelo. ¡Casi te deja calva!

- Y tú tirándole los huevos y no le diste ni una sola vez... Siempre tuviste mala puntería - remató Aurora, con humor.

Iria apretó los dientes.

Eso era un golpe bajo... pero era un golpe certero.

El sonido de un trueno hizo que ambas miraran al cielo.

- Deberíamos ponernos en marcha - dijo - Antes de que se ponga a llover.

Se levantaron. Recogieron los desperdicios y se pusieron en marcha.

- Oye... Dime una cosa - dijo Iria - ¿De verdad traías a tus ligues aquí para...?

No terminó la pregunta, pero no había que tener una licenciatura para entender por dónde iban los tiros.

- No, mujer. Veníamos aquí y dábamos un paseo. Luego, volvíamos a la camioneta.

Aurora esquivó una rama baja con habilidad.

- Era en la camioneta cuando, normalmente, pasaban cosillas... ¿De verdad creías que yo venía a eso aquí? ¿Por quién me tomas?

- Por la clase de persona que nunca ha sido muy pudorosa

Aurora chasqueó la lengua.

- Vale, tú ganas - cedió - Pero te prometo que este lugar es virgen... Y ahora, sigamos, que te me pierdes.


El sendero que habían tomado desembocó en un espacio menos agobiante. No había tantos árboles y los que había estaban separados por más espacio. Y, sin embargo, la sensación de opresión, se mantenía viva. El cielo, negro, amenazaba con romper en cualquier momento.

En esa zona, Aurora se movía con más agilidad si cabe. E Iria por fin podía caminar a la altura de su amiga, pero a poco que bajaba el ritmo, Aurora le sacaba unos metros de distancia.

Aunque en ese lugar predominaba la tierra húmeda, el barro también estaba presente: En las botas, en los bajos de los pantalones, en las cestas, en la mochila... Y, en el suelo, camuflado entre briznas de hierba.

El terreno comenzó a descender. Y, en ese momento, volvió a hacerse patente la diferencia de nivel entre ambas. Mientras Aurora bajaba enérgica, echando el cuerpo hacia atrás, compensando el desnivel de la pendiente, Iria se mostraba cautelosa, sin dar un paso de más, apoyándose en la roca como si fuera el pasamanos de una escalera.

Completado el pequeño descenso, el camino se bifurcaba en dos. El primero te llevaba a la cascada "Los milagros", girando a la izquierda; el segundo, continuaba recto, y te conducía a una vieja estación de tren.

Cogieron el segundo.


- Aquí vamos a encontrar más cantidad de setas - dijo Aurora, apuntando su mirada hacia el suelo.

Los pequeños hongos se alineaban bajo los árboles, en los bordes del camino, junto a las rocas. El paraíso para los micólogos.

Setas por doquier.

Iria las observó. Se resignó a la evidencia.

- Tenías razón - reconoció Iria - Hay un montón.

- Siempre la tengo... Siempre la tengo.

Aurora se arrodilló junto a un castaño. En la base del tronco, varias setas; Iria hizo lo mismo en el otro extremo.

- Recuerda, con delicadeza - dijo Aurora, llenando su cesta de hongos -. Como si tocaras a tu novio... O a tu novia.

Pero sus manos temblaban, y las setas se resistían a salir. Parecían burlarse de ella.

Mientras Aurora llenaba la cesta, ella seguía con las pocas que había sido capaz de coger antes.

- Parece que estas no salen - dijo Iria, resignada

Aurora dejó lo que estaba haciendo y se acercó a su amiga.

- Tienes que ser aún más delicada - corrigió - Mira, así

Aurora se arrodilló junto a Iria. Ésta le entregó su cuchillo. Sus dedos se rozaron fugazmente, pero algo cambió en el ambiente. El bosque contuvo la respiración. Los árboles habían notado algo de lo que ellas aún no eran conscientes.

Aurora acercó el cuchillo a las setas. Cortó y la seta se desprendió de la tierra.

Después, la metió en la cesta.

- Ahora tú - dijo Aurora.

Iria recuperó su herramienta, siguió los consejos de su amiga, pero la seta se mantenía ahí. Quieta, erguida, inmóvil, como si dijera "no me has hecho ni un rasguño"

Entonces, Aurora se colocó detrás de Iria, puso sus brazos sobre los de ella.

Un escalofrío recorrió la columna vertebral de Iria. Sus pelos se le erizaron al contacto.

Su corazón se aceleró, mientras que sentía la respiración de Aurora golpeando su nuca.

El viento, de golpe, paró. Los árboles se quedaron inertes. Incluso el cielo pareció abrirse. Todo estaba en una tensa calma, expectante.

Con un movimiento fluido, Aurora acompañó a su amiga hasta la seta.

Con cortes precisos, la seta se desprendió de la tierra.

La cogieron entre las dos, con sus dedos rozándose más de lo necesario.

Pero ninguna se apartó. Ninguna lo evitó.

Pronto entendieron que las setas eran solo la excusa.


Porque intentaron aparentar normalidad.

No pudieron.

Se separaron y Aurora volvió a su cesta, a sus setas, pero no podía ignorar lo que había pasado.

Iria tampoco, que se quedó inmóvil, con el cuchillo en la mano.

Aurora volvió a acercarse.

Está vez no era para ayudar.

Iria se mantenía de rodillas sobre el barro. Con la mirada fija en la seta que había iniciado la mecha.

Sintió una mano en su espalda.

No necesitó darse la vuelta para saber qué estaba pasando.

Pero lo hizo.

Y se encontró con ese beso de Aurora. Un beso que ella correspondió, aunque le pilló por sorpresa.

Se separaron.

- Deseaba desde hace tiempo hacer eso - dijo Aurora.

- Yo... también - confesó Iria, pasando sus dedos por sus labios.

- Somos idiotas - comentó Aurora.

- Desde luego.

Volvieron a besarse.

Más pasión, menos amor, más salvaje, menos romántico.

Iria acabó con la espalda apoyada en la roca, a medio desvestir, con la boca de Aurora recorriendo cada recoveco de su cuerpo, gimiendo a susurros.

El barro se le metía por todo los rincones.

Pero poco le importó.

Porque esa sensación única que estaba teniendo era más fuerte.

Cerró los ojos y se dejó llevar. La lengua de Aurora viajaba por toda su anatomía y ella se estremecía de placer, sintiéndose como una muñeca en manos de una niña.

Aurora metió sus dedos en el coño de su amiga, mientras se entretenía besando en el ombligo.

Aurora movió los dedos con velocidad, provocando que la braga de Iria se mojara. Los gemidos de ésta inundaban el parque. El viento sopló más fuerte.

Poco después, Aurora apartó la braga y sus extremidades se introdujeron en su sexo, resbalando hacia el interior. Los jadeos de Iria aumentaron su volumen y su cuerpo convulsionaba de placer.

Los dedos de Aurora se empapaban de flujo.

Se los puso en la boca a Iria. Ésta chupó con ganas.

Luego, Aurora le comió el coño.

Iria empezó a gemir de manera ensordecedora. Gritaba sin remedio, sin poder evitarlo. Ni siquiera tapándose la boca con su mano.

Iria hundió las botas en el barro tensando los pies. Sus manos se agarraban a las briznas de hierba. Su cabeza apretada contra la roca, como si quisiera hacerle un agujero.

El orgasmo estaba cerca.

Aurora tocó el botón correcto.

Iria se relajó.

El flujo se disparó.


Se pusieron de pie.

Sus bocas volvieron a juntarse.

Iria empujó a Aurora. La segunda tanda de besos se sucedía.

Llegaron a un roble. Aurora se apoyó en él.

Iria le desabrochó la camisa, que quedó enganchada a sus hombros.

Le comió los pechos, con velocidad, con deseo, con pasión, sin romanticismo.

Sus manos se introducían en el sexo de Aurora. Ésta dio un respingo de placer. Después, buscó ajustarse a los dedos de su amiga. Sus gemidos salían encadenados de su garganta.

Y sonrió.

Aquel bosque que consideraba su casa dejaba de ser virgen.

Y estaba perdiendo esa condición de una manera épica.


Iria dejó los dedos de lado y se arrodilló sobre el barro. Con la pasión con la que se agachó, chocó contra una corteza suelta del trono, lo que le hizo un pequeño corte en el brazo.

Aguantó el dolor.

Se centró en el placer.

Aurora flexionó sus piernas. Iria metió su lengua. La introdujo con velocidad, como si no hubiera un mañana.

Aurora se abrazó al árbol buscando estabilidad. Un anclaje a la realidad, pero a medida que Iria movía esa lengua con más velocidad, sus pies parecían flotar sobre el terreno.

Aurora cerró los ojos y apretó todo lo fuerte que pudo. Sus manos se clavaron en la corteza.

Y llegó al clímax.

Sus jugos salieron en cascada.

Aurora se desplomó. Cayó junto a Iria en la tierra.

Se abrazaron.

Lo salvaje se quedó en el árbol

Apareció la ternura, el amor, el cariño.

Buscaban recuperar el aliento.


Las gotas de lluvia - escasas, finas - mojaron sus cuerpos. Como si el cielo estuviera llorando de la emoción.

Fue el momento en el que se decidieron parar.

Tenían el pelo alborotado, barro hasta en las pestañas, pequeños morados aquí y allá

A Aurora le costó enfocar en la realidad. Tuvo que frotarse los ojos.

- ¿Qué... ¿Qué ha pasado? - preguntó Aurora.

Iria se apoyó contra el árbol.

Fue cuando se dio cuenta de la sangre que le brotaba del brazo. Se la tocó y sonrió. Será una marca que recordará lo ocurrido.

- No lo sé, la verdad - reconoció Iria -, pero ha sido intenso. No había sentido nada así desde...

La frase se quedó a medias, cortada por un trueno.

Aurora se limpiaba torpemente el barro; Iria trataba de curarse la herida.

La lluvia se hizo más intensa, aunque aún no era la tormenta que el cielo negro amenazaba.

- Parece que va a llover - dijo Iria irónica

Aurora miró al cielo

- Venga, vámonos a casa.



"Ha sido intenso", reconoció Iria. "No había sentido nada así desde..."

1 comentario


pingui.blog99
07 jun

Ir a coger setas es un buen señuelo para tener un revolcón en el bosque. Está todo a favor para pasarlo bien y a lo grande.

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Av. Cobá 202, Cancún, Q.R., México

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