Alta cocina
En la cocina del Baxhia ya estaba todo listo: ingredientes, utensilios, cocinas... Podría ser un día más, pero sin embargo, no lo era. Se respiraba un ambiente diferente y eso se notaba en el rostro de los cocineros, más concentrados que de costumbre.
La entrada de Nora Reyes, la chef, a la una y veintisiete, como hacía siempre, como si llevara un reloj suizo clavado en su pecho, era lo habitual, pero su porte, su imagen intimidante y sus andares se notaban de manera distinta.
No era un día más en el Baxhia.
Lo que no cambió es que su presencia hizo callar a todo el mundo. Solo los fogones, a pleno rendimiento, rompían un silencio sepulcral.
Nora se colocó en el centro de la cocina, junto a la isla central. Todos a su alrededor se pusieran firmes, como si aquello fuera el ejército.
Entonces Nora carraspeó.
Comenzó a hablar:
- Es un día muy importante para este restaurante - dijo Nora, proyectando la voz - Hoy nos darán la segunda estrella Michelín. Hace tres años el Baxhia no era nada y ahora está en la cima de la cocina. Será un día para celebrar... Si todos ponéis de vuestra parte.
Nora miró a sus subordinados con malicia, dejando que el comentario se posara en el aire.
Para Adriana no era un comentario más. Era una pulla velada con su nombre en el remite. Y por eso sintió tal escalofrío que se le encogieron hasta los dedos de los pies.
- Hoy no es el día para estar correctos - continuó Nora, con las manos en la espalda y caminando de un lado para otro, como haría un buen sargento -. Hoy quiero excelencia, quiero que os sangren las manos, que al acabar el servicio digáis "no puedo más", quiero que deis el cien por cien... no, el doscientos... Y si no lo hacéis... a vuestra puta casa. ¿Me habéis entendido?
- ¡Sí, chef! - exclamaron todos al unísono
- ¿Me habéis entendido? - repitió la pregunta, pero aún más fuerte.
- ¡Sí, chef! - volvieron a gritar casi todos
Adriana, no.
Ella solo pudo pensar en el día tan largo que le esperaba.
- Vale, a trabajar
Nora caminó a su pequeño despacho para prepararse. Por el camino dejó una frase en un incómodo susurro.
- No la caguéis.
Solo Adriana pudo oírla.
Se le aceleró el corazón.
"Hoy nos jugamos la segunda estrella Michelín", dijo Nora
El reloj marcaban las dos y cuarto de la tarde y la cocina funcionaba a pleno rendimiento, el ruido de las campanas colapsaba y los cocineros tenían que hablar a voces. Se escuchaban órdenes, se avisaba del tiempo, se gritaba por precaución.
Las comandas empezaron a entrar.
Catalina, una de las camareras, abría la puerta abatible y las cantaba en medio de la cocina.
- Mesa 12, dos raviolis líquidos de parmesano con consomé caliente y un gazpacho de cereza con queso fresco; de primero risotto de azafrán, el canelón de pato y el huevo a baja temperatura; y de segundo... el solomillo de ternera con puré de apionabo
- Ya habéis oído - gritó Nora, partiendo sobre la tabla dos puerros - Ginés, Pablo, poneros con los raviolis; Daniela, el canelón; Jaime, el huevo, y tú Adriana... El solomillo. ¿Oído?
- Oído
Nora marcaba el ritmo, el resto ejecutaba. Todo parecía una orquesta bien afinada, pero las comandas empezaban a entrar sin control y la presión por hacerlo bien se iba notando con pequeños errores que cualquier comensal no apreciaría, pero que no pasaban desapercibidos para Nora.
Y ella empezaba a sacar el látigo.
"Mal la cocción del pato"
"Ese parmesano no está crujiente"
"Las patatas son a un centímetro, no a dos"
"El chocolate demasiado caliente"
"Falta caldo"
- Espabilad - gritó Nora. Y ya se le notaba la vena hinchada.
Nora dejaba atrás su papel de líder para convertirse en inquisidora.
Y, sin embargo, las cosas siempre podían ir a peor.
Mientras volvía a su puesto, una olla destapada llamó la atención de Nora. Dentro de ella chocolate hirviendo. Cogió una cuchara, la hundió en el líquido y probó. Al rato, escupió.
- ¡Adriana! - el grito de Nora disipó el de las campanas - ¿Qué cojones es esto?
Adriana estaba, en ese momento, controlando la temperatura de otra elaboración. El gritó le hizo soltar el termómetro del susto.
Se giró. Vio los ojos de Nora inyectados en sangre.
- Es para la esfera, chef - contestó Adriana, intentando mantener la calma -. Para la mesa once.
- Esto no es lo que pide esa receta - recalcó Nora.
- Pues la he seguido al pie de la letra - replicó Adriana.
- Pruébalo - exigió, con la cuchara en la mano.
Nora la volvió a hundir en el chocolate. Después, se la dio a probar.
- ¿Qué opinas?
- Está un poco ácido - reconoció Adriana
- ¿Un poco? Esto no se puede comer, Adriana.
Los ojos de Nora parecían salírsele de sus órbitas.
- He seguido la receta al pie de la letra - insistió
- Pues te has equivocado en algún paso.
Adriana apretó los dientes, pero esta vez no quiso callar.
- Los que se equivocan son los demás, siempre, pero tú no. Tú eres perfecta.
- Esto está malo - Nora ignoró el comentario.
- Está como siempre, como todas las veces que lo he hecho esta semana. Nunca te has quejado. Hoy sí... La maldita estrella te hace ser más tirana que de costumbre.
El resto de la cocina, en un silencio sepulcral, observaba con atención lo ocurrido. Estaban perplejos. Pensaban lo mismo que Adriana, pero nadie se había atrevido a plantar cara.
Los platos, los comensales, la estrella Michelín... Todo eso ya había quedado en un segundo plano. Nadie trabajaba, nadie mediaba. Solo querían saber como iba a acabar ese cruce dialéctico.
- Me quejo porque está malo.
- Te quejas porque te interesa. Porque eres perfecta. Porque te crees la nueva Ferrán Adrià y olvidas las cagadas que te he tenido que salvar.
Un "ooooo" se escuchó entre el público. Nora le fulminó con la mirada. Se volvió a centrar en Adriana.
- Eso solo han sido dos o tres veces
"Si solo hubiesen sido tres", pensó, pero se quedó con las ganar.
- Está malo. Lo has hecho mal. Te has equivocado en algún paso.
- Hazlo tú. Yo... yo dimito.
Se quitó la chaquetilla y lo lanzó contra el suelo.
El resto de cocineros quedó en silencio. Sin mover un músculo, como si fueran estatuas. Nadie esperaba la reacción de Adriana.
- Muy bien, dimite. Nos irá mejor sin ti.
Adriana, ya con la mano en el picaporte de la puerta de empleados, se frenó en seco y se dio la vuelta. Caminó de vuelta hasta quedarse a pocos metros de Nora.
- Dime una cosa. Si tan mala soy... ¿por qué me elegiste como tu mano derecha?
- Porque tienes talento.
Y no sonó a piropo.
Sonó a algo más crudo.
- Pero fallas bajo presión. Así no llegarás a ser nadie en la cocina.
- Alomejor llegaría lejos si no tuviera una chef que no sea una tirana en su cocina.
Silencio.
La bomba explotó.
Quedó su onda expansiva, afectando a todos los presentes.
Nora se mantuvo erguida.
- Empieza de nuevo - exigió Nora - Y lo sirves tú. Pedirás perdón a los clientes.
- No voy a tocar nada. Esto sale así.
- Tú misma - dijo, volviendo la cabeza y dándole la espalda - Y el resto... ¡A trabajar!
La tormenta se disipó, pero la tensión se cortaba con un cuchillo.
"Este chocolate no se puede servir, Adriana"
Con el último plato saliendo por las puertas abatibles, el servicio se daba por concluido. Los cocineros se pusieron a limpiar, no así Adriana, que aún tenía el corazón acelerado por la adrenalina soltada. Ella tenía la mirada perdida sabiendo que aquel, probablemente, hubiera sido su último día junto a una de las mejores chefs, pero a la vez, una de las más inquisidoras.
Lo que venía no iba a ser pequeño.
Nora, que estaba en su despacho asimilando que se había quedado sin estrella, decidió entrar en la cocina.
En su rostro trataba de reflejar calma, pero su vena hinchada decía lo contrario. Esta vez nadie cayó, todos estaban centrados en dejar la cocina como los chorros del oro.
- Buen trabajo hoy - lanzó Nora con una buena dosis de ironía - Me habéis costado mi segunda estrella.
"Mi segunda estrella, dice, como si lo hubiera hecho todo ella", pensó, pero se mantuvo callada. No quería echar más leña al fuego.
- Debería despediros a todos - continuó -, pero no puedo porque tendría que contratar a nuevos cocineros. Y eso es un costo. Así que os daré una nueva oportunidad... Podéis iros.
Adriana resopló aliviada al no ser carne de escarnio público como acostumbraba. En el recuerdo estaba lo que le hizo a Takhesi, aquel día que para cocinar una lubina se equivocó de pescado.
Pero su alivio duró menos que un caramelo en la puerta de un colegio.
Lo que tardó Nora en pronunciar su nombre.
- Adriana, tú te quedas.
La cocina se quedó vacía. Adriana sintió un escalofrío. Recorrió violentamente su cuerpo. Nora se acercó a ella, pero ésta apenas la miró. Centró su mirada en un punto cualquiera en el suelo.
- ¿Qué ha pasado? - preguntó Nora, intentando mostrarse comprensiva.
Sin embargo, Adriana la ignoró. Sabía que cualquier respuesta encendería la mecha.
Pero Nora tenía ganas de encenderla.
- Yo sé lo que ha pasado - dijo Nora -, pero quiero que me lo digas tú.
Adriana se sintió acorralada y decidió responder.
- ¿Lo sabes? ¿Y qué es lo que ha pasado según tú?
- Que no soportas mi éxito y por eso has intentado sabotearme.
La mecha encendida.
- ¿Tu éxito? Tú lo has dicho en el discurso de esta tarde. Hace tres años el Baxhia no era nada y ahora está en la cima. Yo llevo dos años aquí. Y en ese tiempo es cuando han llegado los logros. Ese es tu éxito.
- ¿Estás insinuando lo que creo que estás insinuando?
- Estoy siendo objetiva, Nora. Los datos están ahí.
- Sigo siendo mejor que tú.
- Tengo mucho que aprender - reconoció Adriana -, pero soy buena. Y nunca me lo has valorado.
- Así que es eso. Quieres reconocimiento y como no lo tienes, me saboteas.
- Tú receta estaba mal. No te he saboteado.
- ¿Otra vez con eso? ¡No se podía comer!
Nora dio un paso adelante.
- Los comensales no se han quejado. Y el plato ha vuelto vacío.
Adriana caminó hacia delante.
- Porque los comensales no tienen el paladar que debemos tener los cocineros. Estaba incomible.
- Como las carrilleras en salsa verde que hiciste tú, y yo tuve que salvarte. No me vengas con esas. No eres más que una farsante. Buena chef, sí, pero no eres un genio. Te falta humildad.
- Y tú no aceptas una crítica.
- Tú tampoco.
Otro paso.
- Claro que las acepto
- Por eso tiraste a la basura aquella mala reseña que te hicieron sobre tu plato estrella que, por cierto, cociné yo.
Nora apretó los dientes. Eso le dolió realmente.
Se quedó sin palabras durante unos segundos que se hicieron eternos.
- Esa no es la cuestión, Adriana - dijo finalmente - La cuestión es que me has saboteado. Y que si tienes algún problema conmigo me lo cuentes en privado. No saltando en medio de un servicio.
- Si fueras menos estricta, otro gallo te cantaría. Salté porque no paro de tragar mierda para que no se me valore. Y hablo en nombre de mis compañeros.
- Lo que has hecho es una falta grave. Te voy a despedir.
- He dimitido, ¿recuerdas?
Otro paso.
- No la he aceptado, ¿recuerdas?
Nora dio un paso adelante. Nadie cedía.
La distancia entre ellas era cada vez más pequeña.
- Pues despídeme. A ver qué haces sin mí
- Al menos tendré un grupo que no me sabotea, querida.
Otro paso más.
- Y que cocina infinitamente mejor que tú.

Fueron solo siete palabras.
Pero dolieron más que cualquier herida.
Adriana apretó los puños. Su vena se hinchó hasta un punto que ni ella reconocía. Y en sus ojos no había rastro de humanidad.
Después, agarró del cuello a Nora.
A Nora le pilló por sorpresa. No pudo reaccionar.
Adriana se liberó de todas sus cadenas y, por primera vez, en esa cocina, tenía el control.
Sus dedos rodeaban el cuello de Nora cada vez con más fuerza. A ella le costaba respirar.
La puerta de la cámara frigorífica fue el tope. Nora se sintió acorralada, Adriana parecía poseída.
Y, de repente, el beso.
Un beso que no tenía ni rastro de amor, ni de atracción. Solo era liberación, sentir que, por una vez, mandaba ella.
Nora le siguió el beso porque no podía hacer otra cosa. La presión sobre su cuello cedía con cada beso hasta ser inexistente.
Adriana le agarró, entonces, las muñecas. Le hizo levantar los brazos por encima de la cabeza. Y los besos se sucedieron como en una cadena. Nora jadeaba.
Los dedos de Adriana buscaron el coño de una Nora cada vez más descolocada, pero, a la vez, más disfrutona. Sus jadeos empezaron a ser gemidos. Tímidos aún.
Los dedos de Adriana se introdujeron entre los pantalones de Nora. Acariciaron un coño que se iba mojando poco a poco. Nora, mientras gemía como una loca. Adriana movía sus dedos con velocidad. Nora cerraba los ojos.
Adriana le dio la vuelta a Nora. Y le bajó los pantalones. Un culo respingón cubierto por unas bragas blancas se mostraba ante ella. Lo besó, lo azotó, lo mordió y Nora gemía con cada acción.
Bajó las bragas.
Su coño estaba mojado. Metió la lengua. Nora gimió, gritó de placer. Adriana movió su lengua desde su sexo hasta el agujero del culo. Y sus dedos jugaban para abrirle su intimidad. Los gemidos de Nora se hacían más fuertes cada vez, hasta sentir que se quedaba afónica. Y siguió gimiendo con sonidos roncos.
Adriana volvió a darle la vuelta a Nora. El coño contra su cara. Metió su lengua. Nora abrió las piernas y se flexionó contra la puerta de la cámara frigorífica. Sus ingles mojadas, sus muslos mojados. Y su orgasmo, cerca.
Finalmente, explotó. Una bomba de jugos inundó sus piernas. Adriana los saboreó. Nora se quedó temblando contra la puerta.
Cuando se recompuso con una serie de besos, Nora empujó a Adriana, aún vestida, hacia la isla central. Un trozo de mármol en medio de la cocina. Encima, sobre sus cabezas, colgaban las sartenes.
Los glúteos de Adriana chocaron contra el mármol frío. No pudo retroceder más. Fue, en ese momento, cuando perdió la ropa. Nora le comió el coño con velocidad, como si no hubiera un mañana. Adriana gimió como nunca lo había hecho. Emitiendo sonidos casi inaudibles para el espectro del oído humano. Se sentía mojada, cachonda, liberada y salvaje.
Agarró de la nuca a la chef y la apretó contra ella. Cerró los ojos. Su cuerpo convulsionaba de placer. Y sus gritos inundaban la cocina irremediablemente.
El orgasmo se sentía, pero Adriana intentó alargarlo todo lo que pudo, pero Nora metió tres dedos con mucha facilidad. Y, en ese momento, sacó todo lo que tenía dentro. Su orgasmo mojó toda su entrada... Y la cara de Nora.
Subieron a la mesa - Nora, incluso, se golpeó contra una de las sartenes -, y siguieron la guerra de besos.
Después entrecruzaron las piernas y frotaron los coños. Con violencia, con deseo, sin amor, como dos salvajes irracionales que no tienen ni memoria ni control. Se miraban a la cara, sus gemidos se unían el aire antes de desaparecer.
El segundo orgasmo fue inevitable. Fue mucho más intenso que los anteriores. Quedaron agotadas sobre la isla de mármol. Trataron de recuperar el resuello con los últimos besos antes de separarse para siempre.
- Esto... Esto no cambia nada - admitió Nora, recogiendo su ropa desperdigada
- Lo sé - respondió Adriana - Sé que vas a seguir siendo una puta, pero ahora al menos sé que también lo eres en el sexo.
Nora le tiró la chaquetilla a la cara.
- No voy a despedirte - dijo Nora -, pero no te vas a ir de rositas. Serás degradada. Mañana nombraré a mi nueva mano derecha. Lo entiendes, ¿verdad?
Adriana asintió, aunque en el fondo, no lo entendía.
Ambas chicas se vistieron. Se separaron.
Adriana iba a salir por la puerta de empleados cuando Nora la llamó. Ella se dio la vuelta
- De esto ni una palabra a nadie - dijo, con el dedo acusador apuntándola
Adriana hizo el gesto de la cremallera con los dedos
- Y otra cosa - añadió - No vuelvas a estamparme contra la cámara frigorífica.
- Descuida.
Adriana llegó más pronto que de costumbre al restaurante, pero Nora ya estaba allí, con una chaquetilla llena de manchas: vino, chocolate, tomate, harina..., Tenía mal aspecto, bostezaba, sus melena rebelde no estaba peinada e, incluso el moño que llevaba estaba sujeto con un boli BIC. Se notaba que había pasado toda la noche diseñando la nueva carta para el mes que viene.
Quizá para no pensar en lo que había pasado.
Adriana pasó cerca de ella, casi se rozaron, pero apenas la miró. Solo un saludo, profesional
- Buenos días, chef
- Buenos días
La cocina estaba impoluta. Hace solo cinco horas estaba desordenada, con ropa por el suelo, con restos de fluidos, con utensilios desordenados..., pero esa mañana todo estaba en su sitio, y los muebles y utensilios brillaban.
Adriana sonrió
Era más fácil no mencionar lo ocurrido, si no veía nada que estuviera fuera de su sitio, aunque las imágenes seguían en su mente.
Cuando Nora entró en la cocina, Adriana ya estaba vestida, y preparando su material.
- Lo ocurrido ayer no debe volver a pasar - advirtió, pero su tono era más amable.
Una tregua tras la guerra.
- Estoy de acuerdo. Fue un error.
Sonrió.
Y las imágenes del día anterior, como si fuera una burla, se revelaron con gran nitidez.
- Te refieres a la discusión, ¿no?
- Claro. ¿A qué otra cosa podría referirme?
- Touché
Y justo, en ese momento, Ginés, entraba en la cocina.

"Lo de ayer no se puede repetir"



En las cocinas de los altos restaurantes se cocina de todo, incluso un buen polvo jajaja