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Ayúdame con la compra

Alicia Márquez
3 oct
5 min de lectura

Pilar hace la compra los sábados.

Y siempre acaba cargada hasta los topes.

Aquel sábado salió del Mañana con cuatro bolsas de plástico, más una de tela con la fruta. En una de ellas, ha metido cartones de leche, dos botellas de Fanta de dos litros para sus sobrinos y otras dos de aceite. El asa se le clavaba en la mano. Maldijo por haber hecho una distribución tan descompensada.

El día tampoco ayudaba.

Amenazaba lluvia y había viento fuerte, frío y que venía de cara. El esfuerzo era mayor.


Pilar llegó agotada al portal. El viento se le enredó en el pelo. Tenía las manos frías y rojas de cargar tanto peso. Tras cruzar las puertas apoyó las bolsas en el suelo. Necesitaba respirar, recuperar la circulación en sus manos y descansar unos minutos.

Al menos ahora podría subir los seis pisos en el ascensor...

O no.

Porque cuando Pilar alzó la vista se fijó en un folio blanco, doblado por una esquina, sujeto con celo en la puerta metálica del ascensor. A mano, con un rotulador negro, tres palabras:

FUERA DE SERVICIO.

Se lamentó.

Y lo peor no era eso.

Lo peor era que ella lo sabía, pero lo había olvidado.

Ahora tenía que cargar las bolsas y subir por las escaleras los seis pisos.

El corazón empezó a acelerarse.


Cargaba con cuatro bolsas y estaba agotada, pero el ascensor estaba fuera de servicio

Pilar volvió a coger las bolsas. Puso un pie en el primer escalón, cuando la puerta del portal se abrió. El aire frío llegó hasta ella, que apretó los dientes.

Quien entró era Ivana, la del séptimo. Vestía mallas y un top deportivo, sudaba y agarraba una botella de agua.

—53 minutos —comentó—. Mejor que ayer.

Pilar la miró durante unos segundos, pero volvió a perder su mirada en el pasillo, que parecía más empinado.

Subió un escalón, otro.

Ivana se fijó en ella, por primera vez.

—Hola, Pili... ¿Necesitas ayuda?

—No —mintió—. Puedo sola.

—No me cuesta nada. Además, veo que tienes más peso en un lado que en el otro.

—De verdad. Estoy...

Ivana le arrancó las bolsas de la mano

—No es malo pedir ayuda, cariño.

Pilar abrió la boca, pero Ivana ya la sacaba dos escalones de ventaja.


"¿Te ayudo?", preguntó Ivana

—Es el 6ºB—anunció Pilar, mientras se tomaba un respiro, en el rellano antes del último tramo de escaleras—. La que tiene el felpudo rojo.

Ivana subía con agilidad los últimos diez escalones. Su coleta balanceandose como un péndulo. No había rastro de cansancio en sus movimientos. Y eso que llevaba tres de las cuatro bolsas y acababa de correr diez kilómetros.

Pilar, con la bolsa de tela colgada al hombro, y otra de plástico que contenía snacks de diferentes tipos, no podía con sus piernas.

Mientras Ivana prácticamente iba saltando por las escaleras, Pilar sufría en cada paso. Era como subir al Everest sin oxígeno

"Igual es momento de apuntarse al gimnasio de la hija de mi amiga Carmen", pensó.


Pilar sacó las llaves de su bolso. Las metió en la cerradura

—Puedes dejar las bolsas aquí

—También puedo ayudarte a guardar la compra —propuso Ivana.

—Ya has hecho mucho

—Pero puedo hacer más

—Eres un amor de persona —reconoció Pilar—. Ojalá más personas como tú, pero de verdad, no hace falta.

—No me cuesta nada. Lo hago encantada.

La puerta se abrió.

Ivana fue la primera en entrar.

Pilar, pensando en que había encontrado a su ángel de la guarda, tras ella.


La cocina no era muy grande, pero tenía el suficiente espacio. Ambas se movían sin chocarse.

Tardaron en colocar la compra apenas quince minutos

—¿Quieres algo? —preguntó Pilar—. Te lo debo.

—No estaría mal un poco de zumo de melocotón. He visto que tenías en la nevera.

—Vale. Puedes ir al salón. Enseguida te lo llevo.


Ivana se sentó en el sofá. Desde allí vio como Pilar sacaba el zumo de melocotón de la nevera, y cogía un par de vasos de los armarios de arriba.

Unos segundos después, Pilar regresaba con Ivana.

Le ofreció la bebida.

Ivana bebió enérgicamente.

Por la comisura de sus labios se le escapó parte del líquido. El top se mojó.

—Mierda —exclamó.

Pilar la miró unos segundos más de lo necesario. Después reaccionó. Sacó un paquete de pañuelos.

Torpemente, intentó secar la zona mojada. Sus dedos rozaron sus pechos. Un escalofrío recorrió su espalda.

Ivana se levantó el top. Su piel, húmeda por el sudor, brillaba.

Pilar se relamió, inconscientemente.

Ivana se dio cuenta.

—¿Te gusta lo que ves? —preguntó picarona

Y antes de que Pilar pudiera responder, se lanzó a sus labios.



El beso pilló por sorpresa a Pilar que, sin embargo, no se apartó.

El beso fue largo. Sus manos se encontraban y sus dedos se entrelazaban.

Pilar olvidó el cansancio, Ivana; el sudor acumulado.

Se separaron, respiraron.

Volvieron a besarse.

Pilar perdió su camisa

Ivana se deshizo del top. Sus tetas quedaron al aire. Pilar las lamió.

Los gemidos de Ivana se iban haciendo notar. Cerró los ojos. Su mano la agarró por la nuca, sus dedos se mezclaban entre su pelo.

Pilar le quitó las mallas. Debajo no había bragas.

Tumbó a Ivana en el sofá.

Metió su lengua.

Ivana gritó. Perdió su coleta. La melena se desparramó por el reposabrazos.

Pilar movió su lengua con velocidad, saboreando todos los rincones del coño.

Ivana temblaba, se agarraba a la tela del sofá. Tenía los ojos en blanco y su respiración se agitaba con cada lamida.

Pilar la tenía sujeta por las caderas. y con un leve tirón la atrajo hacia ella.

Movía la lengua con más celeridad. Ivana temblaba, arqueaba la espalda, suspiraba.

El orgasmo llamaba a la puerta.

Ivana apretó todas las partes de su cuerpos, intentado alargar el momento. Por unos minutos lo consiguió, pero Pilar metió los dedos. Ivana no pudo más.

Llegó al clímax.

Gritó mientras su cuerpo convulsionaba.

Pilar saboreó todos sus jugos.


Volvieron los besos, suaves, pero cargados de pasión.

Después regresaron las caricias.

Los tocamientos.

Ivana agarró del cuello a Pilar. La fue empujando hasta tumbarse en el sofá

Luego, besó cada recoveco.

Llegó al coño.

Lamió, como si no hubiera un mañana.

Pilar abrió los ojos como platos. Nunca había sentido eso. Nunca pensó estar así con una mujer. Pero le encantaba.

Su cuerpo temblaba. Su respiración es agitada, su corazón bombeaba a toda velocidad.

Se agarraba a la pata de la mesa, y sus nudillos estaban blancos; el resto de la mano, rojo. Apretaba los dientes del dolor, pero poco le importaba. El placer era máximo.

Los pies se crisparon cuando Ivana metió el primer dedo. Cerró los ojos. Al abrirlos, todo estaba borroso. Lo único que veía era a Ivana entre sus piernas.

Llegó al orgasmo.

Gritó. Casi se quedó afónica.


Le costó relajarse. La excitación estaba a niveles nunca antes alcanzados, pero cuando recuperó el aire se sintió en paz, libre, ligera.

Ivana la besó por última vez.

Sonó el móvil.

Lo cogió cuando el tono de llamada estaba llegando al estribillo.

Se apartó.

—Cariño. ¿Dónde estás? Prometiste ir a ver el partido de tu hermano.

Llamaba su padre.

—Ayudaba a la vecina con las bolsas. Subo ahora, me ducho, y nos vamos.

Colgó.

Se giró hacia Pilar, que estaba casi vestida—con la camisa a medio abrochar— y con una expresión de felicidad.

—Debo irme

—Tranquila. Gracias... por todo


Ivana dejó el piso con la misma energía con la que entró. Pilar, aunque contenta, peleaba con sus párpados por mantenerse despierta. El portazo de Ivana la dejó sola

—A esta chiquilla no se le agotan las pilas —murmuró, con admiración.



"Vaya, a esta chica no se le acaban las pilas", admiró Pilar

1 comentario


pingui.blog99
04 oct

No estaría mal tener ese tipo de placer cada vez que vuelves de hacer la compra jajaja.

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