Cuando mi novio no está en casa
El ascensor abrió sus puertas.
Los recuerdos se me agolpaban, peleándose por aparecer primero como si aquello fuera una competición. Quién acabó ganando la batalla fue el último, el que tenía más fresco.
Mi última vez en aquel edificio que olía a viejo.
Fue hace tres semanas...
Salí de mi casa con un plátano a medio comer y una chaqueta a medio poner. Llegaba tarde a mi trabajo, pero eso no me importaba. Lo que me importaba es que aún tenía el eco de sus gritos en mis oídos. Aún me temblaban las piernas por esa discusión tan mañanera como inoportuna. Ya lo hablamos luego, le dije para zanjarla, pero no hubo un luego. Cuando cerré de un portazo, aún no sabía que no iba a volver a pisar esas baldosas blancas
Hasta ahora...
El silbido de la maleta sobre el suelo me sacó de mi pasado. Quién tiraba de ella era Rocío, mi mejor amiga, quién se había empeñado en acompañarme en este proceso. Yo le insistía en que esto solo era un trámite para cerrar este capítulo de mi vida, pero ella no dio su brazo a torcer.
- Cinthya, voy contigo - me dijo - Y no se hable más.
Y ahora, aquí estamos las dos frente a una puerta de madera de pino. Lo único que me separaba de mi vida anterior.
Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Desde la nuca hasta los talones del pie. Sentí cómo me sudaban las manos y la llave, que aún no devolví a su dueño me pesaba más que antes. Rocío se dio cuenta de mi incomodidad.
- ¿Seguro que quieres hacerlo hoy? - me preguntó. Su voz me llegó por la espalda. Estaba situada unos pasos por detrás de mí, como si me dijera "Yo solo te acompaño, pero a esto te enfrentas sola"
- Sí - le respondí con toda la seguridad que mi cuerpo se empeñaba en no mostrar - Es el único día de la semana en el que sé que no me lo voy a encontrar a estas horas.
Seis años dan para conocer al dedillo todas sus rutinas, como que los miércoles, como hoy, él iba al gimnasio a pelearse con un saco como si no hubiera un mañana y, después, a tomar unas cervezas en el bar de Kathy con sus colegas boxeadores. No había otro momento mejor para llevar a cabo esta tarea sin encontrarme con él.
Metí la llave en la cerradura, conté hasta tres y giré a la derecha. Escuché un clic seco, ahogado. La puerta cedió.
Contuve la respiración.
- Estoy lista - le respondí - Es el único momento en el que sé que él no está en casa
Desde que puse un pie sobre el parqué noté una energía diferente. Era una extraña en la que fue mi casa y parecía que los muebles me trataban como tal, como si ya no fuera bienvenida a ese lugar, empezando con el mueble del recibidor - compuesto por un aparador con un bol para las llaves, dos plantas y un espejo circular en el que tantas veces mi miré -. Caminé sigilosa como si fuera a perpetrar el robo del siglo y tenía la sensación de que si ellos pudieras hablar me delatarían.
Rocío cerró la puerta a mi espalda y de alguna manera supe que no había vuelta atrás.
Llegué al salón y yo no veía muebles, veía recuerdos. No había ni un sofá, ni una tele colgando en la pared, ni una mesa de comedor. Lo que yo veía era el lugar donde me quedaba dormida tras un maratón de mi serie favorita, la cantidad de veces que ganaba (o me dejaba ganar) al FIFA o esas cenas donde nos contábamos los entresijos de nuestros días.
Desde el lugar en el que estaba se veía la cocina, y nuevos recuerdos me asaltaron. Cada vez que echábamos a suertes quién fregaba o él viendo las noticias en el móvil, indignado si perdía su equipo.
Mi pasado me golpeaba tan salvajemente que no era capaz de mantenerme en pie. Mis memorias me acechaban a cada paso. La nochevieja del 2021 cuando se nos fue la luz cinco minutos antes de las campanadas, cuando él recibió a mi jefa en calzoncillos - anécdota de la que siempre nos reímos -, cuando celebramos mi vigesimosexto cumpleaños y yo acabé subida a la mesa cantando el "The final countdown" a pleno pulmón.
Tantos recuerdos, que no pude evitar que una lágrima resbalara por mi mejilla.
Sentí la mano de Rocío apoyada en mi hombro antes incluso de que la posara. Por primera vez, agradecí su presencia porque ella era mi ancla para no hundirme en mi pasado
- De verdad, Cinthya, podemos volver otro día - insistió - No creo que Saúl vaya a deshacerte de tus cosas.
Solo era un nombre. Cuatro letras, pero me sonaron a un disparo directo al corazón. Pensé en darme la vuelta y estrangularla. Era una pequeña traición, aunque lo hiciera con su mejor intención. No estaba aún preparada para pronunciar ese nombre.
Pero me contuve.
No estaba aquí para eso.
- No. Estoy bien - dije, quizá para convencerme a mí misma que era cierto - Tenemos una misión que cumplir.
- Está bien - respondió ella - ¿Por dónde quieres empezar?
- Por ahí - dije, señalando a una estantería donde descansaban libros.
Fue entonces cuando Rocío abrió la maleta colocándola en la mesa de café y nos dispersamos. Yo con los libros porque la mayoría eran míos, y ella en la cocina para recoger la cafetera y la tostadora que él no iba a echar de menos.
El resto de mis cosas fueron cayendo en la maleta sin un orden concreto, pero no nos importaba, ya cruzaríamos el puente de la colocación para que, después, dicha maleta cerrase.
- Ya está todo por aquí - anuncié - Vamos a la habitación.
A mi alrededor no veía muebles, veía recuerdos
Crucé el pasillo con decisión, con Rocío unos pasos por detrás como si fuera mi guardaespaldas. Dejamos atrás el baño - de donde cogí mi cepillo de dientes, mis perfumes y mis cremas -, y llegamos a la habitación. La cama estaba hecha con una precisión militar, como salida de la portada de una revista.
Más precisa que mi mente.
Mi mente era un caos de recuerdos. Me acechaban los buenos recuerdos, como las guerras de almohadas, y los malos, los días que pasé enferma con todo a oscuras sin que entrara la luz del sol.
Y entre todos ellos, destacaba uno.
El último.
La discusión, las amenazas veladas, el "por mí como si no vuelves", el "con todo lo que hecho por ti", el "lo hablamos luego", el portazo...
Y me derrumbé. Intenté controlarlo, pero aún oía los gritos y veía los aspavientos como si estuviésemos allí.
Intenté disimular abriendo el armario y sacando, con cuidado, toda mi ropa, pero Rocío, que tenía un sexto sentido para estas cosas se había dado cuenta. No se lo pedí, pero ella me dio un abrazo tan fuerte que casi me rompe las costillas.
Y en ese momento, empecé a sentir algo extraño. Rocío ya no era esa amiga en la que puedes confiar. Era... Algo más. Algo que brillaba como un faro en la oscuridad. Algo que no había sido capaz de ver
Hasta ahora...

El ambiente se cargó con una electricidad distinta. Y las palabras sobraron. Era como si cualquier cosa que pudiésemos decir estropease la magia.
El abrazo se rompió con una delicadeza inesperada, cargando aún más la escena. Nuestras miradas se cruzaban, asomadas al balcón de nuestros ojos, como si buscáramos en el interior de la otra.
Fui yo la que dio el inevitable siguiente paso. El del beso. Un beso eterno que paró el tiempo, el provocó un chispazo en una red eléctrica saturada. El beso que acabó con ella contra el espejo del armario. Su reflejo contra su reflejo.
Una vez ahí, mis ojos tristes dejaron de serlo para convertirme en una fiera despiadada sedienta. Me lancé contra ella con un ataque certero a su cuello. Ella no opuso resistencia. Respondió con un escalofrío de placer y unos gemidos que inundaban el aire.
Aquello me insufló energía para seguir dando pasos. Mi mano se enredó en sus piernas para acariciar un sexo húmedo. Sus gemidos aumentaban de nivel a medida que mis dedos se movían más rápido. Mi otra mano se enganchaba a su cuello con fiereza. Sentía su respiración acelerada.
Nos volvimos a besar camino de la cama impoluta. La misma cama en la que me había entregado a él, ahora era testigo de como moría mi pasado en otra piel, en otros labios, en otro cuerpo...
Empujé a Rocío contra la cama, sin su vestido amarillo, perdido por el camino. Ésta rebotó contra el colchón. Yo me subí encima de ella. Nos besamos antes de que mi boca hiciera un tour por todos sus lunares.
Miré a Rocío con deseo. Y después, metí mi lengua en su coño totalmente empapado. Ella gimió con ganas, con fuerza, con deseo, pidiéndome más. Yo obedecía y mi lengua subía el ritmo, mientras ella se perdía en gemidos.
Metí mis dedos. Eran mis refuerzos. Resbalaban al interior con una facilidad pasmosa. Notaba su orgasmo.
Su clímax llegó y sus jugos salieron disparados. Yo pasé mi lengua por sus ingles empapadas y llenas de jugos, mientras ella jadeaba tratando de recuperar energías.
Rodamos por la cama que había perdido su orden de revista para pasar a ser víctima del huracán de la pasión. Ahora era yo la que abría las piernas y ella la que me iba a matar con su lengua.
En cuanto la noté, subí pulsaciones y mis gemidos se aturullaban en mi garganta como si fuera una autopista de peaje. Yo me agarraba las tetas y mi cabeza viajaba a otro lugar.
Debo decir que él no me daba mal sexo. Quedaba extasiada cada vez que lo hacíamos, pero Rocío me estaba llevando a un lugar inalcanzable tanto para él como cualquier otro hombre que hubiera tenido el placer de llenarme de placer. Rocío era un nivel superior.
Su lengua era pura maravilla.
Me estaba haciendo ver las estrellas.
Le agarré la nuca y apreté su cara contra mis ingles. Ella aumentaba el ritmo con su lengua. Y yo no paraba de gemir, de jadear, de morir y resucitar. Pensaba en el orgasmo que iba a tener. "Uno de los mejores", pensé.
Pero el resultado superó las expectativas.
Mis jugos así lo demostraron.
La pobre Rocío acabó entera empapada de lo que saqué de mi interior. Tuve que pasar mi lengua por su cara antes de perdernos en una guerra de besos que no ganó (o perdió, según como lo mires) nadie.
Nos quedamos tumbadas en la cama deshecha, abrazadas, desnudas, mirándonos. No hacía falta nada más. Era perfecto, pero Rocío se separó bruscamente de mí. Tenía que hacerlo justo en ese mágico momento.
Otra vez esas ganas de estrangularla.
Pero, cuando abrió la boca lo comprendí.
- Deberíamos irnos - dijo - No querrás que... - noté su esfuerzo por evitar pronunciar su nombre - que él nos pille aquí.
Yo, simplemente, asentí. Tenía razón.
Aunque hubiese querido decir: Quedémonos aquí. No quiero estar en otro lado
Me levanté de la cama y me vestí.
Me hubiera gustado decirle: "Quedémonos aquí. No quiero estar en otro lado", pero ella tenía razón. Había que irse.
Llevamos toda mi ropa al salón y la metimos en una maleta que fue insuficiente para guardar los últimos seis años de mi vida. Tuvimos que sacar otra del altillo del armario - también de mi propiedad - para poder llevarme todo lo mío sin necesidad de tener que hacer un segundo viaje.
Con todo empaquetado nos dirigimos a la puerta. El umbral entre mi pasado y un presente prometedor al lado de Rocío, aunque aún no nos habíamos dado tiempo a hablar del rumbo que tomaba nuestra relación.
Dejé las llaves en el bol y me desprendí de ese peso extra como quién se desprende de una mochila cargada de piedras.
Volví la vista por última vez. Los recuerdos estaban ahí, pero ya no sentí sangrar mi alma con cada uno de ellos. Solo eran pequeñas piezas que formaban el puzzle de mi vida.
Pero un recuerdo se imponía sobre los demás. El último.
Aquella bajada a los infiernos para renacer cuál Ave Fénix en brazos de la persona más inesperada.
Rocío.

Volví la vista atrás por última vez. Los recuerdos estaba ahí, pero no me sangraban. Solo eran ya piezas del puzzle de mi vida



Una de las mejores formas de dejar el pasado atrás, recoger todas las cosas y además echar un polvo. El plan perfecto jajaja.