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El avión de la presidenta

Alicia Márquez
13 jun
11 min de lectura

El reloj marca las 2:17 de la madrugada. La presidenta Erin Parker levanta la mirada de la mesa. Se frota los ojos. Mira por la ventana, pero todo está oscuro. Y en silencio: Solo escucha el constante ruido de los motores.

El Air Force One sobrevuela el Pacífico con destino a Canberra, donde en pocas horas se reunirá con el primer ministro australiano. El viaje oficial más importante de su mandato... o eso es lo que se repite.

Sus ojos se cierran, cada vez con más frecuencia, pero ella se niega a ceder ante Morfeo. No hasta que termine de preparar la reunión.

El despacho está iluminado por dos flexos en cada extremo de una mesa de madera de caoba. Sobre la mesa, un montón de carpetas abiertas con diferentes documentos y una hoja en blanco con notas manuscritas de la propia Erin. Lleva minutos sin apuntar nada, pero ella se aferra al bolígrafo como si esperara a encontrar la respuesta en él. A su derecha, el portátil abierto y encendido en la pestaña de "archivos". Junto a él, una taza de café vacía.

Erin viste un traje blanco - chaqueta, camisa y pantalón -, que no ha resistido el paso de las horas. La chaqueta cuelga del respaldo de la silla, la camisa tiene varias arrugas rebeldes y los tacones están sobre la alfombra. Uno de ellos tirado sobre ella, como un soldado caído.

En los documentos abiertos hay infinidad de números, frases, anexos... que Erin trata de condensar. Se habla de grandes acuerdos que podrían beneficiar a ambos países, de la nueva ruta comercial, del ahorro que supone comprar ciertos productos allí y no en otro estado... pero eso no le preocupa.

Lo que le preocupa es esa carpeta que aún no ha abierto: Un informe del FBI sobre uno de los criminales más buscados de EEUU, detenido en Australia semanas atrás

Aquel viaje planeado con meses de antelación se convierte en el eje central de todo su mandato cuando aquella noticia saltó a los tabloides.


Los dedos de Erin hacen girar el bolígrafo, mientras ella resopla intentando mantenerse fuerte ante un sueño que cada vez la devora. Los documentos abiertos se difuminan ante sus ojos, y las cifras, los porcentajes, los gráficos... parecen venir en caracteres chinos.

El portátil, aún abierto, se apaga. Erin ni siquiera se da cuenta de ese pequeño detalle.

La carpeta del FBI - beige, con varias hojas dentro, llena de marcadores - la mira desafiante, ella posa sus ojos con desdén, como si no quisiera enfrentarse a ello.

Cede.

La carpeta gana.

- Debería ponerme con esto ya - dice, cogiendo la carpeta.

Abre el dossier despacio, con cautela, como si lo que hubiera allí dentro fuera a atacarla.

Lo primero que ve del documento es la foto, sujeta con clip. En ella, un hombre blanco de unos cuarenta y dos años, barba, pelo negro y lacio, ojos azules, gafas redondas y una pequeña cicatriz en la frente. Parece más un profesor de universidad que un criminal de los más buscados por EEUU y huido de la justicia, pero aquel hombre normal es un escurridizo atracador de bancos con hospitalizados y muertes a sus espaldas.

Erin se echa para atrás, como si el tipo de la foto fuera a salir de la instantánea.

Bajo la foto, el nombre del tipo: Gary Anderson

Lo apunta en la hoja con dificultad, como si intentara recordar cómo se escribe.

Cierra los ojos.

Su mente viaja al momento en el que saltó la noticia.


Erin se encontraba en su despacho en la Casa Blanca, preparando una reunión con el Gobernador de California, cuando su vicepresidente irrumpió.

- Presidenta, pon el canal 6 - dijo

Erin cogió el mando y pulsó el número seis.

En la pantalla se mostraban imágenes de un tipo cargando una AK-47, disparando contra los policías. Los agentes también abrieron fuego. Finalmente, lo detuvieron. Era de noche y no se ve bien al individuo... hasta que, en un momento dado, él se giró y lo captó una cámara de seguridad: Gary Anderson, no había duda.

El titular lo dejaba claro.

"Gary Anderson, peligroso atracador de bancos y uno de los criminales más buscados por el FBI, detenido en Australia"

Después, volvieron al plató. El periodista cambió de asunto.

Todos los presentes se miraron. Algunos estupefactos, otros incrédulos, otros mostraban una leve sonrisa. Erin era una estatua, impertérrita, sosteniendo el mano a distancia con fuerza, analizando lo que sus ojos habían presenciado.

Nadie dijo nada.

Silencio incómodo.

- ¿Cuándo vuelo a Australia? - preguntó Erin, al fin.

- En tres semanas - respondió Melissa, su secretaria

- Bien. Gary tiene que cumplir condena en EEUU, aprovecharé ese viaje para tratarlo con el primer ministro.

- ¿Estás segura, señora presidenta?

- Lo estoy. Lo prometí en campaña. Y haré todo lo que pueda por cumplir esta promesa.


Tres golpes secos en la puerta sacan a Erin de su ensimismamiento. Parpadea. Consigue enfocar. Y, por unos segundos, todo lo ve nítido, antes de que se vuelva a difuminar por el sueño.

Mira la hora. Las 2:24

- Adelante - dice.

La puerta se abre. Hilary, su asesora, aparece con un caminar lento pero seguro, como si a ella el sueño no la afectase. Viste una blusa satinada de color verde y unos pantalones grises. En su mano derecha sujeta un café humeante; en la izquierda, la tablet que parece una extremidad más de su cuerpo.

- Ah, Hilary... ¿no debería estar durmiendo? - pregunta Erin

- Lo estaba, pero he despertado - responde ella - Además, sé que tú no duermes nunca.

Erin se permite sonreír levemente antes de volver la vista a sus papeles.

- Como me conoces, bribona - dice Erin, con humor.

- Por eso soy tu asesora desde que solo eras la alcaldesa de Dallas

- Y de aquello ya han pasado veinte años

- Venía por si necesitabas otro café - comenta Hilary - Me he tomado la molestia de hacerlo como te gusta.

- Gracias... - coge la taza que Hilary le ofrece. Sopla el café y da un sorbo - ¿Qué haría sin ti?

- Nada - responde Hilary con una sonrisa - Ah... otra cosa. El comandante me ha confirmado que pararemos en Hawái en un par de horas para repostar.

- Gracias, Hilary

La asesora emprende su camino de vuelta.

Erin está absorta en los papeles.

La foto de Gary la acecha.

Hilary va a cruzar el umbral.

Es entonces cuando Erin la frena.

- ¡Hilary! ¡Espera! - grita.

Hilary, que tiene un pie fuera de la oficina, se da la vuelta.

- ¿Qué necesitas? - pregunta - ¿Una almohada? Te vendría bien para esas cervicales.

- Necesito tu ayuda - pide - Todos los temas económicos que quiero tratar los tengo más o menos claro, pero lo de Gary... no sé como abordarlo. Esto me está matando.

- Yo... yo solo te organizo la agenda - dice Hilary, en un intento de mantenerse al margen

- No eres solo eso - comenta Erin - Eres la persona más importante de mi gabinete. Más valiosa que mi propio vicepresidente. Eres mi amiga, mi confidente. No lo olvides.

Un escalofrío recorre el cuerpo de Hilary. Sus mejillas le arden, y su voz tiembla.

- Vaya, tú si sabes cómo conquistarme - dice Hilary

Erin le guiña el ojo.

- Bien, te ayudaré


"Necesito tu ayuda", suplica Erin

Las 2:33 de la mañana. Erin está sentada en su silla de cuero con ruedas y un respaldo mullido; Hilary, a su lado en una silla más pequeña y menos cómoda. Sobre la mesa están todos los documentos, pero solo importa lo de Gary, cuya foto está en el centro de todo.

Hilary toma la instantánea con los dedos. Niega con la cabeza. Aprieta los dientes. Los motores del Air Force One zumban insistentemente.

- Quizá deberías ir directa al grano - comenta Hilary - Teniendo en cuenta que prometiste en campaña traerlo de vuelta, no deberías desaprovechar la oportunidad. Yo entraría por ahí.

- Pero corro el riesgo de que si no aceptan se cierren a negociar los otros asuntos que también creo que son importantes.

- Y estarían en su derecho. Pero sigo pensando que deberías empezar por ahí.

Erin mira a la foto, como si buscara complicidad en el peligroso criminal.

Hilary revisa los casos de los atracos en los que Gary está relacionado.

- Quizá tengas razón, Hilary - admite -, pero estoy segura que pedirán algo a cambio.

- Deberías adelantarte e ir con una oferta - apunta Hilary - Un intercambio de presos. Quizá Arnold Lindon sea perfecto. Está al mismo nivel que Gary. Atracador, con las manos manchadas de sangre...

Hilary vuelve a perderse entre los casos de Gary.

Le llama la atención uno de ellos.

El de Chicago, el último antes de huir.

Dos días antes de la campaña.

El caso que las tiene despiertas a las 2:36 de la mañana en el Air Force One

- Arnold Lindon... - Erin se frota la barbilla con las manos - Ese es el tío que mató a tu primo ¿no?

- Sí, así es

Erin levanta las cejas

- ¿Y quieres que sea él, precisamente él, a quién quieres ofrecer? - pregunta, aturdida.

- Voy todos los jueves a verle para que no se olvide de la familia a la que destrozó - admite Hilary -, pero estoy dispuesta a sacrificarme si consigues tus promesas.

- Lo tendré en cuenta - reconoce Erin, sin confirmar la propuesta.

Pero, en el fondo, piensa que es una buena idea.

Preso por preso. Mismos delitos.

Lo apunta en la hoja. Añade un símbolo de interrogación.

- ¿Algo más que quieras aportar sobre este caso? - pregunta Erin

- No. Ya no se me ocurren más cosas - confiesa Hilary - Quizá deberíamos descansar un rato y mañana puede que lo veamos de otra manera.

- No puedo, Hilary. - anuncia, firme -. Debo encontrar una estrategia idónea para exponer ante los periodistas... O si no Barry, el del Post me pondrá a parir en su columna - añade en voz baja, como si Barry estuviera escuchando.

- ¿Quieres otro café entonces? - pregunta Hilary.

- Prefiero un whisky.

Erin señala hacia la mesa auxiliar, donde destaca una botella cuadrada de cristal llena por la mitad y dos vasos custodiándola.

Hilary se levanta y se dirige a la mesa auxiliar. Llena un vaso. Después el otro. Vuelve al escritorio. Entrega uno de los vasos como si fueran documentos confidenciales.

Entonces, ambas tocan el vaso, y sus dedos se rozan. La electricidad cambia.

Dura apenas unos segundos, pero el ambiente es diferente.

La reunión, Gary, la negociación... todo queda en un segundo plano.

Las miradas se sostienen más de lo necesario.

Beben.

Silencio cómplice.

La tensión crece.



Hilary busca su silla dispuesta a seguir trabajando, pero Erin la agarra del brazo.

Tira de ella.

Las bocas quedan muy cercan.

La tensión aumenta.

Sus respiraciones se aceleran

El ruido de los motores se cuela como un zumbido.

El reloj marca las 2:47.

Finalmente... el beso.

Llega como una liberación, como quitarse una losa de encima.

- Ha sido... impresionante - dice Erin, llevando los dedos a sus labios.

La respuesta de Hilary es otro beso.

Tras él, otro.

Y otro.

Y otro más.

Y el despacho se calienta.

Hilary se sienta en las rodillas de Erin. La silla de cuero cede ante el peso, pero se mantiene firme. Ellas se besan como si no hubiera un mañana.

Lengua contra lengua.

Hilary desabrocha la camisa de Erin. Sus senos van apareciendo ante sus ojos. Hilary los toca, los estruja, juega con ellos.

Erin suspira. Su mirada está perdida. Y se deja hacer como si fuera un títere.

Hilary cambia sus manos por su lengua. Le lame los pezones.

Erin jadea, pero trata de mantener la poca cordura que le queda.

Pierde la camisa, pierde el sujetador.

Sus pechos terminan por liberarse.

Hilary alterna entre los pechos.

Erin se agarra a los reposabrazos. Lo único que le ancla a la realidad. Resopla. Su corazón está acelerado, su respiración es irregular. Su mente está en blanco.

Hilary busca su coño con las manos.

Primero por encima de la ropa.

Después, por dentro.

Erin pasa de los suspiros a sus primeros gemidos. Ojos cerrados, piernas tensas, respiración agitada, frases inconexas...

Hilary, de repente para en seco. Saca la mano del pantalón. Se aparta.

Después la agarra del brazo. Tira de ella. Erin se levanta.

Hilary se acuclilla. Desabrocha el pantalón y de un golpe seco lo baja. Erin se queda en bragas. La asesora hace lo mismo segundos después.

Con el antebrazo, Hilary aparta todos los documentos de la mesa. Se desordenan. Caen al suelo. Erin se tensa. No le gusta tener las cosas desordenadas. Pero hará una excepción.

Hilary agarra a Erin de la cintura. Con un hábil movimiento la levanta y la sienta en la mesa. Hilary le aparta las piernas. Mete su lengua.

Erin gime. Fuerte. Instintivamente se tapa la boca, pero a las 2:55 de la mañana sabe que nadie escuchará... o eso es lo que quiere creer. Y entonces decide no taparse, que sus jadeos se liberen. Ella apoya sus manos en la mesa con intensidad. Sus nudillos se vuelve rojizos de la fuerza. Aprieta las piernas contra la cara de su asesora.

Hilary mueve la lengua de arriba a abajo con velocidad. Sus manos sujetan las pantorrillas. Sus dedos se marcan en la piel de la presidenta.

Erin no gime, grita. Suplica por más. Siente su orgasmo cerca.

Hilary mete los dedos.

La presidenta explota.

Sus piernas se convierten en cascadas de jugos.

Hilary bebe y sigue lamiendo. Erin le agarra de la nuca, acercando su cara contra ella. La presidenta entra en trance. Ojos cerrados, más gemidos, cuerpo inerte, completamente relajado.


Hilary cierra el portátil, abandonado en una esquina del escritorio. Lo aparta con cuidado.

Después, sube a la mesa junto a Erin, a la que besa con una ternura que no existía antes.

Pierde la blusa satinada. Erin le lame las tetas, mientras Hilary se va acomodando sobre la mesa.

La propia Hilary se masturba mientras Erin desciende con sus labios marcando con besos la piel de su asesora. Una vez allí, mete la lengua. Y la ternura que se había construido, se desvanece. Vuelve lo salvaje.

Erin mueve la lengua con velocidad. Sin dejar acomodarse a Hilary. Ésta gime a un volumen alto, casi ahogado.

Erin aumenta el ritmo. Hilary se estremece. Arquea el cuerpo. Su cabeza empuja uno de los flexos. Se mantiene en un equilibrio inestable. Un golpe más y se precipita contra el suelo.

Hilary gime. Su respiración es entrecortada. Su cuerpo tiembla y su corazón busca salirse de su pecho. Aprieta los puños. Tensa las piernas. Se muerde el labio inferior. Sus ojos están en blanco.

Erin mete el dedo índice. Lo introduce hasta dentro. El coño mojado de Hilary facilita la tarea. La asesora sube el volumen.

Con el segundo dedo, Hilary no aguanta más.

Llega al orgasmo.

El nombre de Erin sale de los labios de su asesora como una promesa.

De su sexo, sus fluidos salen disparados. La cara de Erin queda manchada. Hilary se la lame.

Las dos quedan agotadas. Tratan de recuperar el resuello compartiendo cuerpos desnudos sobre la mesa de caoba.


Los rayos de sol se cuelan por la ventana del avión. Son las 8:16 de la mañana. Están desnudas sobre la mesa de caoba. En el suelo, todos los documentos formando una alfombra de porcentajes, mapas, acotaciones, fotos...

Erin despierta primero. Parpadea.

"Menuda nochecita", piensa viendo el desastre.

La presidenta se incorpora con lentitud. Deja a Hilary a su espalda.

Baja de la mesa. Sus pies se posan sobre la foto de Gary Anderson. Empieza a recoger.


De repente, suena la puerta.

- Señora Presidenta - dice una voz masculina tras el umbral -. Tenemos que revisar el protocolo. ¿Puedo pasar?

Quién habla es Ed West, ministro de exteriores de su gabinete.

Erin se tensa. Ed no puede saber lo ocurrido esa noche. No al menos de esta manera.

- No es un buen momento, Ed - dice, intentado no sonar agobiada - Dame veinte minutos.

- Está bien, señora Presidenta.

Los pasos de Ed se alejan.

Erin se acerca a Hilary.

La zarandea sin parecer brusca.

- Hilary, despierta.

Hilary gruñe, pero abre los ojos. Se gira sobre la mesa.

- ¿Ocurre algo?

- Sí, que hay trabajo por hacer - dice Erin -. Vístete, deprisa.

Pero Hilary se toma con calma la urgencia de Erin, haciéndola rabiar

- No me seas imbécil - Erin quiere sonar molesta.

Pero, en el fondo, verla vestirse con esa parsimonia le encanta.

Hilary se abrocha el último botón. Da una vuelta sobre sí misma.

- ¿Cómo estoy? - pregunta la asesora con ironía.

- Preciosa... pero vete ya - dice Erin - Ah... convoca a la prensa. Voy a comunicar mi estrategia en la reunión.

Hilary camina hacia la puerta, pero cruzando el umbral se para en seco.

Gira sobre sí misma.

Lanza un beso al aire.

Erin está de rodillas en el suelo recogiendo los papeles de la moqueta, pero no puede evitar sonreír. Un escalofrío recorre su cuerpo recordando los besos que sí encontraron piel.

Hilary abandona el despacho.


"Lárgate ya", insiste Erin "Y convoca a la prensa"


1 comentario


pingui.blog99
15 jun

El Air Force One vivió cosas interesantes, pero nada comparado co esto jajaja.

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