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El bar de ambiente

Alicia Márquez
19 sept.
7 min de lectura

—¿Y si nos tomamos la última en otro sitio? —propone Paloma.

Son las dos y media de la mañana. Paloma y sus amigos acaban de salir del White Moon. Ella siente que la noche acaba de empezar. O es que, simplemente, no quiere irse a casa.

—Lo siento, cielo. Mañana viene nuestra hija —comenta Isabel, tomando la mano de su esposo Marcos.

—Queremos estar en la estación cuando llegue —añade él.

—Yo tampoco me quedaré —dice Gabriel, mirando el móvil—. Tengo un viaje de seis horas en autobús.

—Siempre te quedas dormido, Gabri —reprocha Paloma—. Puedes ir de empalmada.

—Muy graciosa, Pam. Pero debo pasar por casa a por mis cosas.

Sebastián y Edurne también se apean allí. Él no pone excusas. Quiere irse ya y dormir; ella dice que le duelen los pies.

—Está bien chicos. Yo voy a tomarme la última. Nos vemos en dos sábados.

Isabel y Marcos avanzan, cogidos de la mano, por la calle sur hasta la boca de metro, Gabriel levanta una mano a modo de despedida mientras llama a un taxi, Sebastián abraza a Paloma y le recuerda que el domingo es el cumpleaños de su sobrina, que está invitada, y Edurne hunde las manos en los bolsillos, maldiciendo por sus botas nuevas, perdiéndose por el parque.

Paloma se queda sola, con el White Moon a su espalda, en una noche fría, pero agradable.

—Bueno. Ellos se lo pierden. La noche todavía es joven.


"¿Tomamos la última en otro sitio?"

Las farolas iluminan las calles, dibujando haces de luz amarillos sobre la acera. El caminar de Paloma es elegante, su abrigo puesto por encima de los hombros, colocando un pie delante del otro, como si fuera modelo de pasarela, y agarrando el bolso como si se lo fueran a robar.

Los escaparates, sin embargo, no emitían luz. Se mantenían oscuros, como testigos silenciosos de los pasos de Paloma

A esas horas, apenas había gente. Y los que había se apelotonaban en los bares que quedaban abiertos.

Aunque de joven hubiera entrado en alguno de ellos, ahora no quiere mezclarse con gente que suele disimular bien que no son buenas personas, como le gustaba decir. Sigue caminando.

Unos cuatrocientos metros más.

Porque allí, entre un estudio de arquitectura y una pizzería, se encuentra el Mandy´s. La "M" es la única letra, cuyo brillo blanco de neón se proyecta sobre la fachada. Un grupo de personas copa la puerta de entrada, y la música suena como si fuera un hilo, se siente, pero apenas se oye.

Paloma mira extrañada el letrero porque ha pasado tantas veces por allí y nunca lo ha visto.

—Quizá lo han abierto recientemente —reflexiona—.

Y decide entrar

—Aquí va a ser.


El Mandy´s está abarrotado

La música está alta. Las luces parpadean. La clientela grita.

Paloma se abre paso entre cuerpos hasta llegar a la barra.

—Un whisky. Doble —pide—. Con dos hielos.

La camarera asiente.

La fiesta continúa tras ella. La música, los bailes, las copas. Ella está ahí, pero es ajena a todo. Solo se centra en su copa, que bebe a sorbos, dejando que la noche se alargue.


Con su copa casi al final, y con la mano levantada para pedir otra, se da cuenta de algo.

Todo el mundo es mujer. Las clientas, las camareras, la de los bocadillos al fondo del local, la DJ... hasta las canciones son solo de mujeres.

Además había pasado por alto esa gran bandera arcoíris colocada entre el muestrario de las diferentes bebidas alcohólicas. Por fin se da cuenta.

—Vaya. He acabado en un bar lésbico —dice, con un tono incómodo—. Como se entere Edurne me lo está recordando hasta que me muera.

Saca un billete de diez euros que deja sobre la barra. Recoge sus cosas y se va.

Decide que la noche ha terminado para ella.


"Vaya. He acabado en un bar lésbico"

Paloma esquiva mujeres que beben, que bailan, que disfrutan de una noche que ya no es para ella. La puerta de salida queda a escasos metros.

Suena Sobreviviré de Mónica Naranjo. Ella se pone de perfil para dejar pasar a un grupo de mujeres vestidas igual.

Entonces sucede.

Choca con otra mujer.

No es un roce.

Es un golpe. Hombro con hombro. Paloma incluso se desequilibra. Y su bolso vibra sobre su clavícula.

En el otro extremo, a la mujer se le derrama algo de líquido del vaso. Moja su muñeca y su mano.

—Lo siento —se disculpa.

—No pasa nada.

En ese momento se encienden las luces.

La DJ para la música

"Y ahora, las ganadoras del concurso de disfraces"

Ellas se miran.

—Tenemos chica nueva en la oficina —dice la desconocida—. ¿Verdad?

La mujer es morena, pelo corto, con tatuajes en ambos brazos, camisa a cuadros desabrochada, una camiseta negra de una banda que Paloma no reconoce.

Su aspecto es rudo, pero su sonrisa es fina, elegante.

Y el contraste es atrayente.

—En realidad, yo ya me iba —confiesa—. Solo quería una copa.

—Quédate mujer. Ahora viene lo mejor. Viene un concurso de baile. Puedes apuntarte.

—Eres muy amable, pero este no es mi sitio. No es mi ambiente

—Hasta que no pruebas no lo sabes. Aquí puedes ser libre. Nadie va a juzgarte

Paloma aprieta los puños, queriendo ocultar lo que realmente piensa, que ella no es como todas las demás.

—Debería irme.

Pero sus pies no le obedecen.

—Venga. Te invito a una copa.

La DJ, después de entregar los premios, pone una nueva canción. Las luces vuelven a bajar.

Paloma mira hacia la puerta.

Luego mira a su desconocida amiga

—Está bien —cede—. Pero solo una.

La mujer desconocida sonríe.

—Me llamo Deborah

—Paloma

Deborah guía a Paloma hacia la barra. Se sientan en dos taburetes —los únicos vacíos— y comienzan a hablar. A gritarse al oído, mejor dicho.

La conversación fluye entre acordes, aplausos, gritos, silbidos y olor a alcohol. No parecen dos desconocidas que se conocen desde hace diez minutos.

Para Paloma cada palabra de Deborah es como una caricia. Otro contraste con su aspecto.

Por primera vez Paloma quiere quedarse. Y no solo eso, no quiere estar lejos de Deborah.

Las luces vuelven a encenderse. La DJ anuncia a la primera participante del concurso de baile. La chica se hace llamar Silvia Brasas.

Paloma y Deborah se miran.

—Acompáñame al baño —propone Deborah

Paloma no puede decir que no.



El baño no es muy espacioso. Está pegajoso, húmedo. No es el urinario de un palacete.

A ninguna de las dos le importa

Es Deborah la que inicia la pelea, la que acorrala a Paloma contra los lavabos, mientras se activa, sin querer, el secamanos colgado en la pared.

Deborah busca el coño de Paloma, que se abre sin rechistar. No ha llegado hasta ahí como para dudar ahora.

Sus gemidos inundan el baño.

Fuera, la música prosigue. Al interior de los aseos llega opacada, suena como un señor tocando el bombo.

Paloma tiembla, su cuerpo se contrae, sus dedos se crispan dentro de los zapatos.

El aspecto de Deborah es rudo, pero mueve los dedos rápido pero con delicadeza.

Paloma ya está entregada.

Es ella la que se sienta en los lavabos, la que se quita las bragas, la que atrae a Deborah hacia ella con los talones, la que pide a gritos que le coma el coño como si no hubiera un mañana por muy hetero que sea.

Deborah accede.

Se arrodilla en el suelo húmedo. Y mete la lengua.

Paloma gime, agarrándose al secamanos con una mano; con la otra apoyándose en el espejo.

La lengua de Deborah se mueve con velocidad. Paloma arquea su cuerpo, su pelo se precipita en cascada por su espalda. Tiene los ojos en blanco.

Deborah no frena. Introduce los dedos. Los mueve rápido. Paloma salta, se estremece, gime, dejando en un segundo plano la música que se cuela por la rendija.

Deborah aumenta el ritmo.

Paloma se tensa.

El orgasmo avisa.

Deborah escupe, mete la lengua.

Paloma se agarra a los lavabos, sus nudillos se vuelven blancos, aprieta las piernas contra Deborah

El clímax derriba la puerta.

Sus muslos se mojan, también la cara de Deborah.


Vuelven a besarse. Sin memoria, sin pasado, como animales sedientos.

Dos nudillos contra la puerta, unos sonidos huecos.

Y Deborah tira del brazo a Paloma hacia el único cubículo con puerta.

Se escuchan voces.

Pero Paloma decide seguir jugando. Masturba a Deborah, mientras ella trata de tapar su gemidos con la mano.

Fuera hablan de cosas banales; dentro Paloma sigue moviendo sus dedos. Los mete, los saca.

Las chicas se van. Las voces se difuminan. Están solas otra vez. Ya no salen.

Deborah se quita la mano. Gime con toda la libertad del mundo. Paloma se arrodilla. Mete la lengua. Con urgencia.

Deborah tiembla, pone los ojos en blanco, se agarra a la cisterna

Paloma introduce los dedos. Entran hasta tres. Los mueve con velocidad.

Deborah tiembla sobre el water.

Entre los dedos, la lengua, y la estrechez del inodoro, Deborah se corre. Sus jugos manchan la cara de Paloma que lo saborea con pasión, como el más exquisito manjar.

Se besan, rebajando la tensión sexual.

Suena el móvil.

—Mi hermano —dice Deborah—. Debo coger.


Deborah sale.

Paloma se queda en el baño.

Se ajusta el pelo, se retoca el maquillaje.

No lo ha soñado.

La marca de pintalabios de Deborah tatúa su piel, su aroma se mezcla con su perfume...

Todo está ahí, incandescente.

Sale del baño, con dificultad. Sus piernas tiemblan. Necesita apoyarse casi a cada paso. En la pista, continúa el concurso de baile. La DJ presenta a alguien que se llama unicornio. Paloma mira, pero solo un instante.

Se incorpora a la barra.

Pide un chupito de tequila.

Se lo bebe de un trago.

Su cabeza es un hervidero. Muchas preguntas, pero solo una respuesta lógica... al menos para ella.

"Solo ha sido un calentón".

No puede haber otra razón.


Pide otro chupito.

Saca otro billete de su cartera y lo deja junto al vaso.

Recoge sus cosas y se va.

Fuera, no hay rastro de Deborah. Paloma no puede ocultar una mueca de decepción.

Son las cuatro de la mañana. La noche es fría.

Comienza el camino a casa, que conoce de memoria.

El de su vida ha tomado un rumbo incierto.



"Solo ha sido un calentón". Es la explicación más lógica

1 comentario


pingui.blog99
19 sept.

Las noches de fiestas tienen que ser completas, y sin un buen polvo en el baño de la discoteca no se puede ser feliz jajajaja.

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