El hijo bastardo
Melissa emitió un silbido de admiración.
Sin embargo, sus ojos transmitían furia.
El palacete del siglo XIX se alzaba imponente ante ella. Las columnas blancas y la gran escalinata de mármol intimidaban a cualquiera. Los jardines respiraban a auténtico lujo.
Pero aquel palacete, era la mansión de los Jones
Y dentro vivía Arthur Jones
El hombre que más odiaba en el mundo.
Apagó el motor de su coche, con más energía de la necesaria. El portazo de su puerta llenó un silencio de calma. Melissa buscaba caos.
En la parte trasera, estaba Luca, su hijo, de seis años de edad. Él jugaba con dos dinosaurios de juguete, ajeno a toda la rabia interna de su madre.
Le cogió en brazos. Los dinosaurios cayeron a la moqueta del coche.
Otro portazo.
Melissa empezó a caminar hacia la mansión decidida. Cada paso golpeaba el suelo con fuerza, como si la cara de Arthur se dibujara en cada loseta. Sus pasos hacían temblar las piedras. Y cuanto más cerca estaba, más se tensaban sus músculos. Era un miura a punto de embestir.
Dos tipos, ambos vestidos con elegantes trajes negros, salieron de una garita. Uno de ellos, con bigote a lo Dalí, nariz puntiaguda, y par de cicatrices bajo el labio, colocó su brazo a modo de barrera; el otro, rubio, más alto y más delgado que le primero, tomó la palabra.
- No puede pasar, señora - dijo. Su voz sonaba calmada, pero autoritaria.
Sin embargo, Melissa, ignoró a aquellos dos hombres. Ellos intentaron agarrarla, pero ella pudo zafarse con una habilidad. El del bigote a lo Dalí acabó de rodillas.
Superado el escollo, Melissa siguió hacia delante. Se acercó a las escaleras. El pequeño Luca rebotaba en los brazos de su madre.
En las escaleras, Melissa redujo deliberadamente la velocidad. Quería dejar huella, que se notara su presencia en el mármol.
Frente a la puerta, resopló. Al otro lado, Arthur.
Melissa era un miura a punto de embestir
Los nudillos golpearon la puerta con determinación, sin vacilar. Un sonido seco retumbó en el ambiente. Melissa no se detuvo. No había llegado hasta allí para esperar. Tras ella, los de seguridad, dispuestos a acabar con el escándalo.
Entonces, la puerta se abrió.
Y quién estaba al otro lado no era Arthur.
Era Tara.
Su esposa.
La furia de los ojos de Melissa se tornó en sorpresa, al ver a Tara tras la puerta. No esperaba que fuera ella la que abriera. No lo había contemplado en ninguno de los planes que había imaginado en su cabeza.
Tara también estaba sorprendida. Sus ojos trataban de descifrar a la desconocida que había perturbado su lectura vespertina.
- Necesito hablar con Arthur - Melissa sonó calmada, pero no era un aviso, era una súplica. ¡Es urgente!
Los de seguridad subieron las escalinatas, dispuestos a llevarse a la intrusa.
- Lo siento, señora. No pudimos detenerla - se disculpó el rubio.
- Yo me encargo, Sebastian - dijo, con dulzura - Podéis retiraros.
Los tipos se alejaron y Melissa sonrió. Era una pequeña victoria. Un paso más cerca de su auténtico objetivo. Su semblante se relajó, su respiración se suavizó.
Pero no podía bajar la guardia.
Tara volvió su mirada hacia Melissa.
- Necesito hablar con Arthur - repitió, su tono sonó menos a súplica
- Ahora mismo no está. - admitió Tara -. Tiene una reunión con unos australianos. ¿Qué desea?
Una oleada de decepción inundó a Melissa.
Le duró poco.
Le siguió otra oleada de satisfacción.
La mención a los australianos era oro.
Era la misma excusa que él le decía a Tara cuando se escapaba al Hotel Palace con Melissa.
Entonces, en ese momento, lo vio claro.
Debía jugar la carta de la verdad.
- Es mejor que hablemos dentro - dijo Melissa - ¿Puedo pasar?
Tara miró a su alrededor.
- Claro, pasa.
Quien abrió la puerta era Tara, esposa de Arthur. Y su furia se torno en sorpresa
El interior, especialmente el salón, contrastaba con el exterior. Aunque había detalles clásicos, como la escultural chimenea o las lámparas de araña, éstos estaban acompañados por mobiliario más moderno como los sofás, de tela gris con cojines morados de viscoelástico.
Tara se sentó primero. Después, Melissa, aun con Luca en brazos.
- Bueno... ¿Qué quieres? - preguntó Tara. El trato de "usted" se quedó en la puerta - ¿Por qué necesitas hablar con mi marido?
Melissa dejó a Luca en el suelo que empezó a corretear por el salón.
- Verá... Esto es difícil decirlo, señora Jones - advirtió.
Tragó saliva. Había imaginado ese momento varias veces, pero no así, no había imaginado tener que hablar con la esposa.
Tara sintió un escalofrío. Se recolocó en el sofá.
- Me llamó Melissa. Trabajé para tu marido en uno de sus concesionarios, pero hace seis años me despidió - sus músculos se tensaron. Estaba a punto de confesarle a Tara que su marido le había sido infiel con ella - porque me quedé embarazada... de él.
Tara abrió la boca todo lo que pudo, pero se mantuvo callada.
- Luca - miró al pequeño, estaba sentado en el suelo, mirando sus zapatillas - es hijo de tu marido.
Melissa bajó la mirada. La fijó sobre la alfombra persa que dominaba el espacio.
Tara no supo qué decir. Sus palabras se le atropellaban en la garganta. Dentro tenía una ola de sentimientos: Enfado, rabia, vergüenza, humillación, culpa, y la confirmación de que su vida no era tan perfecta.
Pero no habló.
Melissa, sí.
- No era mi intención contarlo. Eso le correspondía a él - se justificó -, pero él no está. Está con unos australianos - "Se está tirando a otra en el Palace" -, así que debías saberlo.
Tara no abrió la boca. No sabía qué decir. O sí, pero no tenía ganas de hablar. Mejor llevar su pena por dentro.
Miró con desprecio al niño. Él no tenía la culpa, pero era la prueba de que su marido le era infiel. La prueba de que su vida no era tan perfecta como aparentaban las revistas.
- ¡Charlotte! - gritó Tara - ¡Ven aquí!
Una mujer de unos cuarenta años, tez tostada y una leve cojera en su pierna izquierda irrumpió en el salón.
- ¿Qué desea, señora? - preguntó.
- ¿Puedes llevarte al crío a otra habitación? Vamos a hablar de cosas de adultos.
Charlotte asintió y se acercó al chiquillo. Le agarró del brazo, pero éste se resistió.
- Cariño, ve con ella - le dijo su madre con ternura.
Melissa no les perdió de vista hasta que abandonaron el salón.
Tara aún se peleaba en su interior. La información le había desgarrado el alma y no sabía muy bien cómo procesarlo. Estaba enfadada, pero no con Melissa, sino con Arthur que tenía que haber mantenido la bragueta subida. Aun así, decidió pagarlo con ella, como si aún pudiera arreglar lo que ya estaba roto.
- ¿De verdad crees que puedes venir aquí, irrumpir de esta manera y destrozar mi familia. Destrozarme a mí? ¿Qué quieres? ¿Dinero? ¿Veinticinco mil? ¿Treinta mil? ¿Cuarenta mil y nos dejas en paz?
Melissa arqueó una ceja. Su misión era pedirle a Arthur la manutención del crío, porque para él era calderilla, pero no esperaba a su mujer que actuara así, intentando aferrarse a un amor muerto. Parecía que le importaba más aparentar que la infidelidad.
- Señora... No quiero dinero
Tragó saliva
- Bueno, vale, sí. Él, cuando me despidió, se apresuró en vetarme en cualquier negocio. No puedo trabajar para él, ni para la competencia. Me ha arruinado. No es tu problema. No tienes que pagar por sus aventuras... Eres otra víctima. Bueno, eres la víctima.
Tara eso lo sabía, pero la mención de Melissa la ablandó. Bajó la guardia resignándose, apretando los dientes, intentando recuperar el control.
- Pero tienes algo de culpa. Podrías haber huido, pero te quedaste... ¿Cuánto tiempo fue.
- Fue un año - reconoció Melissa - Sé que soy culpable, pero yo estoy soltera. No tengo que rendirle cuentas a nadie. Él sí. Además me decía que estaba enamorado de mí, que se divorciaría de ti, para estar conmigo. Me lo fui creyendo. Ya no pude salir. Hasta que me quedé embarazada y se lo dije. Me despidió. Fulminante
- ¡Es un hijo de puta! - admitió Tara, aunque sus palabras le dolían.
Los ojos de Melissa se sentían menos afilados, los silencios no eran incómodos. Y una complicidad que no sabían como etiquetar empezaba a nacer. Sus miradas se sostenían más de lo necesario, Tara jugueteaba con su pelo, Melissa con el dobladillo de su falda.
- Hay más - comentó Melissa
- Probablemente - reconoció Tara
- Conozco el caso de Amelia...
Tara llevó un dedo a sus labios. No necesitaba más. No quería explicaciones.
Entonces se inclinó hacia Melissa
- Sé cómo nos podemos vengar - susurró
Luego, soltó una risa picarona.

- ¿Y qué propones? - preguntó Melissa, curiosa.
- Bueno, querida. Tal vez pueda tomar lo mismo que él tomó.
Melissa tardó en reaccionar.
- Que aprenda a mantener su picha en sus calzoncillos - sentenció.
Entonces Melissa entendió. Le pareció una gran idea.
Tara se abalanzó sobre ella, sin que Melissa pudiera reaccionar. Se besaron, pero no había amor en ellos, no había ternura. Solo fuego, una chispa nacida de la venganza. Melissa se dejó llevar, mientras Tara la devoraba.
Sus labios se fusionaron en una sola unidad.
Hasta que Tara pasó al siguiente nivel.
Su boca bajó dejando su marca por el cuello. Melissa se estremeció. Emitió un suspiro ahogado, intentando mantener a raya su respiración entrecortada. Pero Tara, muy hábil, bajó su mano hasta su coño. Y Melissa empezó a gemir sin poder remediarlo.
Los dedos de Tara rozaban con más intensidad, mientras Melissa se ahogaba en sus gemidos. Pensando en que eso tampoco lo había planeado.
Tara le arrancó la camiseta a Melissa y, al mismo tiempo, bajó su boca para lamerle los pezones. Melissa cerraba los ojos, dejándose llevar, sacudida por unas sensaciones que no conocía. Unas sensaciones que le gustaban.
Los dedos de Tara seguían mojando el sexo de Melissa, ella gemía, sintiendo cómo su respiración era agitada.
Sin esperarlo, Tara la empujó. El cuerpo de Melissa se sacudió, cayó sobre el sofá y rebotó. Melissa se abrió de piernas, colocando una de ellas por encima del respaldo, mientras que la otra quedó suspendida en el aire. Tara se estiró junto a ella y metió su lengua en su intimidad. Sin ternura, sin amor, sin dulzura. Entró a matar desde el principio. Con una velocidad desmesurada. Melissa temblaba de placer. Una cascada de sensaciones recorrían su cuerpo, desde la garganta hasta los talones.
Tara aumentaba el ritmo con su lengua, mientras Melissa encadenaba gemidos, atropellados en su boca.
Melissa tensó todo su cuerpo. Estaba en alerta. El orgasmo estaba cerca, lo sentía, pero quería retrasarlo. Tara metió sus dedos. Los movió como si no hubiera un mañana. Melissa no paraba de gritar, ignorando a su hijo, a Charlotte. Nada importaba. Solo ella y el placer que le provocaba Tara.
Finalmente, el clímax
Su cuerpo se relajó, y de su coño brotaron sus fluidos corporales.
Volvieron los besos violentos, la lucha sin cuartel entre dos lenguas, las miradas felinas, las marcas de uñas en la espalda que hacían sangrar. Dos salvajes hambrientas de carne.
Le tocaba jugar a Melissa.
Tara se sentó en el reposabrazos, abriendo sus piernas al máximo. Melissa se tumbó, metiendo su lengua. Tara se tensó, apretando sus dedos contra la tela del sofá. Melissa se movía más despacio, pero Tara la aprisionó contra su sexo obligándola a aumentar el ritmo.
- Ni se te ocurra detenerte, Melissa - había dicho, suplicando, al borde del grito.
Ella, simplemente, hizo caso.
- ¡Justo así! ¡Justo así!
Melissa mantuvo la velocidad, mientras Tara no paraba de jadear y de gemir, como si no hubiera un mañana, como si esto fuera su fin. Temblando, con los ojos en blanco, con su respiración agitada y su corazón desbocado. Se abandonó al placer, echando la cabeza hacia atrás, su melena morena rozando la alfombra persa. Melissa seguía estimulando un sexo completamente empapado.
Finalmente, el orgasmo.
Tara se relajó, cayendo sobre Melissa
Y, por primera vez, hubo un halo de ternura cuando sus labios volvieron a juntarse. Los besos eran más tiernos, pero seguían sin perder voracidad.
Fuera, un Rolls Royce Spectre se acercaba a la garita de seguridad. Sebastian, el tipo rubio, saludó al conductor.
- Buenas tardes, señor Jones
- Buenas tardes, Sebastian ¿Qué tal su mujer?
- Muy bien, señor. Con su madre, haciendo unas compras. ¿Cómo ha ido la reunión? ¿Llegaste a un acuerdo?
- Siempre lo hago, Sebastian - guiñó un ojo - . Siempre lo hago.
Dentro, ellas seguían en su mundo intercambiando saliva y chocando sus labios con algún que otro mordisco. En uno de ellos, el motor del coche irrumpió en el salón.
- Es Arthur - dijo Tara - ¡Vistámonos!
En su voz no había nerviosismo, solo era triunfalismo. Algo que mantener oculto. Ahora estaba a la par que su marido, compartiendo el mismo secreto, compartiendo a la misma amante.
Se vistieron con torpeza, pero con calma.
Mientras Melissa se ajustaba la falda, Tara se abrochaba la blusa
Mientras Tara borraba el pintalabios de Melissa de su cuello, ésta se atusaba el pelo.
En la puerta, Arthur hacía girar la llave hasta que la cerradura cedió. Portaba un ramo de flores blancas, pero se mostraba tranquilo. Era un día más. Pero la casa ya no le pertenecía del todo.
Él aún no lo sabía.
- Amor - gritó él - Ya estoy en casa
- Aquí, querido. En el salón.
Él avanzó hacia la estancia, despreocupado.
No tenía motivos para estarlo.
Aunque su mundo se estuviera desmoronando a su alrededor.
Entró en el salón, con el ramo de flores en la mano.
- No me he podido resistir a comprarte estas flores - dijo, con un tono forzado de ternura.
- Son preciosas - respondió Tara.
Fue entonces cuando reparó en que su esposa no estaba sola.
Y quién compartía sofá le resultaba familiar.
La conocía bien.
Melissa.
Su mano tembló y las flores estuvieron a punto de precipitarse al vacío, pero él pudo recomponerse.
- Te presento a Melissa - dijo Tara - La he conocido en clase de yoga. Está aquí para invitarme a pasar por su finca para celebrar el cumpleaños de su marido.
Melissa se sorprendió. Tara estaba siendo una gran actriz. Se sintió reconfortada. Lo que habían construido podría mantenerse oculto, en el más profundo cajón de sus mentes.
- Tú también estás invitado, pero como tienes esa reunión con los australianos, supongo que no podrás.
- Ah, sí, los malditos australianos - dijo él - Lo siento, Melissa, no podré ir.
- No se preocupe. Entiendo que eres un hombre ocupado... Muy ocupado - Dijo, con un claro doble sentido - Bueno, debería irme. Debo seguir con los preparativos.
- Le acompaño - dijo él
- No sé preocupe. Conozco la salida.
Melissa abandonó el salón con una actitud más amable, con un triunfo mejor que unos cuantos miles de euros. Se reunió con Luca en el pasillo y caminaron a la puerta.
Pero una voz la frenó.
Tara.
- Melissa, querida - dijo - Seguimos en contacto.
Ella sonrió, abandonando el palacete
Dentro, un matrimonio perfecto empezaba a desmoronarse como un castillo de naipes.

Arthur llegó al salón y su esposa Tara no estaba sola, se encontraba con Melissa, a quien conocía bien



No sé si Melissa ganará más con Tara que con Arthur jajaja.