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La de la funeraria

Alicia Márquez
5 sept
11 min de lectura

No sé qué hago frente al tanatorio, ni cómo he llegado hasta allí. Solo sé que mi vida se paró la noche anterior.

A las 22:05. Cuando los médicos me dijeron que no se podía hacer nada por mi marido.

Sigo pensando que es un mal sueño. Que cuando despierte encontraré sus calzoncillos tirados en el suelo de nuestra habitación, la media tostada que siempre se deja en la tostadora o su espalda peluda por la que le llamaba "Mi osito"

Pero parece que no es una pesadilla.

Que es real, y él no está aquí.

Mi cuerpo no reacciona. Soy como un títere. Mi hijo Daniel y mi sobrina Teresa llevan los hilos.


Mi vida se paró a las 22:05 de la noche

El interior del tanatorio es frío. Nada que no supiera. Nadie va allí por placer. Y mucho menos cuando quién muere es un familiar tuyo.

Pero hay algo en este lugar reconforta a los familiares.

Quizá sea la lavanda de los jarrones, las paredes de madera que contrastan con el suelo de mármol por el que me voy deslizando; o las bombillas naranjas que aportan cierta calidez.

Sin embargo, yo no siento nada.

Aún me veo a mí misma en mi salón, con él en el suelo y dos paramédicos haciéndole la reanimación cardiopulmonar.

Veo el fuego de la chimenea crepitar, y la tele encendida en un partido de fútbol. No sé quién juega, ni cuál es el resultado.


Abro los ojos y estoy sentada en un despacho. Noto la mano de mi sobrina sobre la mía. Al otro lado Daniel, que ha dejado una silla de separación entre él y yo. Instintivamente llevo mi mano a la silla vacía, como si pudiera tocar así a mi marido.

Tras un gran escritorio, hay una mujer morena, con ojos negros y un rostro solemne.

Dice que se llama Miriam y que siente lo de mi marido.

Pero yo no respondo. Estoy demasiado ocupada haciéndome un harakiri emocional.


Escucho a Miriam preguntar por el nombre de mi marido. No puedo responder.

Menos mal que está mi hijo. Está devastado, sí, pero le noto más entero que yo. Y es más competente para esto.

- Salvador Maroto - responde él.

Escucho las teclas del teclado.

- ¿Padres? ¿Hermanos?

- Sus padres ya murieron. No tenía hermanos. Solo estamos nosotros. Y algún primo más por parte de mi madre.

Miriam siguió haciendo preguntas técnicas. Que sí el funeral, si queremos capilla, dónde colocar las esquelas, la foto que va a salir...

Menos mal que mi hijo está ahí para agilizar todo.

- Bien. Esto ya está

Y luego imprime varias esquelas. Llama a Óscar, su compañero. Le dice que coloque las esquelas donde siempre.

- ¿Incineración o entierro?

- Queremos incinerarlo - responde Daniel

Yo asiento.

Miriam se levanta de su asiento, Daniel la sigue como si su silla quemara. Teresa tiene que tirar de mí, como si fuera un aparato más de sus clases de CrossFit.

Nos guía hasta una pequeña sala que hay nada más subir las escaleras. Hay ataúdes y urnas. Nos explica, nos cuenta un poco los precios.

- Algo sencillo. No te compliques la vida

Es lo primero que digo desde su muerte. Yo misma me sorprendo.

Miriam me mira durante unos segundos.

Después, coge una urna simple y roja.

- Esa misma

- ¿Segura?

- Sí

Miro a mi hijo, que asiente.

- Muy bien. Entonces ya hemos acabado... Pueden pasar a la sala 1. Él ya está dispuesto para que puedan verlo.

Pero yo me niego. No estoy dispuesta a verle así.


La capilla ardiente está programada para las 5 de la tarde, pero yo llevo diez minutos sentada en el sofá dentro de la sala 1. Mi marido está en el féretro, pero sigo sin atreverme a mirar.

En ese tiempo me acosan preguntas que sé que no debo responder ahora, pero no puedo evitarlo. Resolver todo el papeleo es la segunda parte. Y, quizá, más engorrosa.

La puerta se abre y entra un señor. No le conozco. Ni sé qué tiene que ver con mi marido. Aun así, me alegra verle. Me aprieta la mano y me abrazo fugazmente con él. Me dice que se llama Gregorio. Cuenta que ha hablado con Salvador una o dos veces, pero que lamenta su muerte.

Camina hasta el cristal. Le veo santiguarse.

Son las 17:30.

La sala está llena de gente. Reconozco a sus compañeros del taller mecánico, a los amigos con los que va a jugar a las cartas todos los jueves, a Águeda y a Marisa, que estudiaron con él y seguían siendo amigos, a Gerardo, un profesor que nos ha dado clase tanto a mí como a mi marido, ahora director del instituto. También está Lidia, su prima lejana, que tiene dificultades para caminar, apoyándose en un bastón. Me da la mano

- ¡Qué cabrona es la vida! - me dice - El otro día hablé con él en el super y me comentaba que os ibais de fin de semana a Oviedo y hoy...

Deja la frase a medio terminar.

Me aprieta la mano más fuerte.

Después sigue caminando hacia el féretro.

Veo también a amigos de mi hijo. Chiquillos que han crecido en mi casa, han merendado en la cocina, y se han sentado en mis muebles para jugar a la consola. Algunos vienen con sus padres. Yo no les conozco, o al menos no mucho, pero me abrazo a ellos como si los conociera de toda la vida. Cualquier cara me reconforta, aunque sea durante unos segundos.

Veo a Miriam entre toda esta gente. No es la mujer que me enseñaba urnas el día anterior. Se mueve con agilidad y con la discreción que requiere este momento. Nadie repara en su presencia, simplemente aceptan el agua o los aperitivos que lleva en una bandeja. Se ha transformado en una camarera.

No sé si hace calor, o soy yo quien suda como un pollo.

Pero ella me ofrece una botella de agua y yo la acepto. Mis dedos rozan los suyos. Y un escalofrío recorre mi cuerpo.

Bebo. Casi la vacío de un trago. Me refresca.

Ella no me dice nada. Sigue su ronda.

La veo salir.

Son las 20:00

Según la esquela la hora de cierre.

La gente se va.

Mi hijo se acerca a mí.

- Ya nos podemos ir a casa - me dice

- Voy a quedarme un poco más - respondo - Nos vemos allí.

- Mejor te espero fuera

- Como quieras.

Le veo abandonar la sala.

Me quedo sola. El espacio me parece pequeño.

Miriam vuelve a entrar.

Sin decirme nada se sienta a mi lado.

- ¿Cómo estás?

- No lo sé - respondo. Siento un nudo en la garganta - No sé si estoy preparada para el después

- No me imagino lo que estás pasando. Apóyate en los tuyos.

No sé qué responder a eso.

Simplemente miro hacia el féretro. Por primera vez, siento la necesidad de ver a mi marido.

Me levanto con energía, pero mis piernas fallan. Pienso en Lidia y en su bastón. Lo bien que me vendría uno a mí ahora mismo.

Consigo dar los pasos, pero los siento pesados.

No sé muy bien que imagen tiene Miriam de mí, pero siento su mano agarrando la mía. Es ella la que hace que consiga acercarme al cristal tras el que está expuesto el cadáver. Está con los ojos cerrados, maquillado, con los brazos en cruz.

"Está durmiendo", pienso.

Está rodeado de coronas de flores. De la familia, del taller, de la propia floristería... hasta del equipo de fútbol del que llegó a ser presidente.

Aparto la vista. Cubro mi cara en su pecho.

Lloro.

Por primera vez, consigo llorar.

No había sido capaz hasta entonces.


Por fin veo el cuerpo de mi marido. Después me abrazo a Miriam y lloro contra su pecho

Estoy en la puerta de la iglesia. Mi sobrina me agarra una mano; la otra se la he dado a su madre, mi hermana. Desde allí, rodeada de cabezas, puedo ver como Daniel y varias personas más meten el ataúd en el coche fúnebre.

Tengo aún el discurso de Teresa en la cabeza.

Es el más emotivo de todos los que han hablado.

Contó aquella vez que nos quedamos tirados con el coche en una carretera en medio de la nada. Y que mi marido se pasó todo el tiempo hasta que llegó la grúa contando chistes tan malos que le suplicábamos que parara. Él, por supuesto, nos hizo caso omiso. Así era él. Un tipo alegre y que le daba la importancia justa a todo.

Teresa no necesitó contar nada grandilocuente para destrozarme el alma. Le valió una anécdota concreta sobre un momento terrible.

Y aquello me rompió. Aún estoy recomponiéndome de sus palabras.

Cuando abro los ojos estoy en su coche. En la parte trasera.

Teresa habla con su madre.

Yo miro por la ventanilla.

Sus voces son ruido para mí.


Somos las primeras en llegar.

Solo está Miriam, Óscar y otro hombre al que no sé identificar.

Miriam no me dirige la palabra, pero su mirada me reconforta. Me está diciendo "Estoy aquí", sin decirlo realmente.

Entramos dentro.

El edificio me parece diferente. Más acogedor. O al menos eso creo, porque llevo tantos días allí que parece mi casa.

Siento el calor del horno crematorio en mis huesos.

Nos adentramos en la sala contigua a la 1. Está llena de sillas plegables que forman un improvisado patio de butacas. Pero no hay escenario, solo un horno que ya está en funcionamiento.

Me siento en primera fila. A mi lado, se sienta Teresa. Daniel, que llega de los últimos, ocupa la silla del otro costado.

El cura termina de prepararse.

Recita unas palabras que no grabo en mi mente.

Y el ataúd empieza a circular por la cinta transportadora hasta el horno.

No puedo mirar.

Le agarro fuerte la mano a mi sobrina. La otra mano se la pongo a Daniel en el muslo.

No tengo claro cuanto tiempo transcurre, pero cuando vuelvo a mirar al frente, ya no hay ataúd y la mayoría de la gente ya no está en el patio de butacas de sillas plegables. Solo estoy yo, junto a Teresa y Daniel.

Fuera de la sala, no quedan muchos de los asistentes. Veo a Gerardo hablar con otro hombre, y también observo como Águeda se aleja del edificio con su marido, a quien no vi en la capilla ardiente.

Me despido de los que quedan.

Me hijo me dice que se van con unos amigos. Le doy un abrazo.

Teresa me cuenta que tiene que volver a Madrid, que vuelve a trabajar, pero promete que volverá en dos semanas.

Matilde, mi hermana, se acerca a mí cuando Teresa sale del tanatorio.

- Alejandra, vente a cenar a casa - me dice.

No lo he pensado, pero me parece una gran idea. Quedarme sola en casa no entra en mis planes.

- Haré alitas de pollo con miel, como te gustan - añade.

No necesita convencerme con comida, pero juega bien sus cartas.

- Vale

- ¿Quieres que te espere?

Noto, entonces, las llaves del tanatorio. Tengo que devolvérselas a Miriam.

- No. Tengo un par de asuntos que resolver antes. Nos vemos en tu casa... hermana.


Camino hacia el despacho de Miriam. Oigo su voz al otro lado de la puerta. Es entonces cuando llamo.

- Adelante

Abro.

Cruzo el umbral y cierro la puerta tras de mí.

- Venía a devolverte las llaves - digo -. Ya hemos acabado aquí.

- Muy bien. En un par de días te llamaré para darte las cenizas - estira el brazo y yo deposito las llaves sobre su mano - ¿Has pensado ya qué hacer con ellas?

La respuesta no sale. No lo he pensado. No he tenido ni cinco minutos para pensar algo tan simple como eso. Mi marido tampoco me dejó ningún deseo al respecto.

- Puede que las ponga encima de la chimenea - digo finalmente -, pero es algo que no tengo claro.

- Esa es tu decisión.

Empiezo a caminar hasta la puerta, pero me paro a medio camino. Me vuelvo hacia ella.

- Por cierto... Quería darte las gracias

- Es mi trabajo, mujer

- Pero te has extralimitado. Darme la mano no está entre tus funciones, ni mirarme de una forma tan serena... Y te lo agradezco.

- También lo es. Tengo que acompañar a los familiares en todo momento.

Me encojo de hombros

- Pero has llenado un vacío que creía que no se podía llenar

Ella me mira. Parece que va a decir algo, pero no habla.

Lo que hace es levantarse de su silla, rodear el escritorio y acercarse a mí.

No parece que tenga malas intenciones, pero yo me quedo paralizada. Mi marido aún está presente en mi corazón, y ella me revuelve las entrañas.

Cuando la tengo cerca tiemblo.

- Sé cómo puedes agradecérmelo.


Ella da un paso hacia mí.

Yo no retrocedo, pero estoy tensa. Miriam lo nota.

- Tranquila. No quiero ser tu princesa azul. Solo ser un refugio... aunque sea por minutos.

Y luego me besa.

No me lo espero, pero besa tan bien que consigue desarmarme.

Le sigo el beso tímidamente. Siento que no soy yo del todo.

Pero entro en el juego poco a poco.

Me acorrala contra las sillas.

Me sigue besando.

"¡Qué bien besa!", pienso e, inevitablemente, lo comparo con Salvador.

Después busca mi sexo. No me aparto, no le digo que pare. Es más, abro las piernas. Ella me roza por encima de mi vestido negro.

Jadeo.

Me sube el vestido y me toca en las bragas, que se humedecen a cada contacto.

Me sigue besando.

Me come el cuello.

Yo tiemblo.

Y gimo. No me puedo contener más.

Sigue bajando, me quita los tirantes del vestido. Se relame al ver que no llevo sujetador. Me lame los pezones como si no hubiera un mañana.

Me agarra, me levanta, me lleva en volandas hasta la mesa.

Me sienta con delicadeza. La que no tiene al abrirme las piernas y meterme la lengua en mis labios.

Gimo con fuerza.

Vuelvo a pensar en Salvador y en cómo me encendía cuando me tocaba. Miriam consigue el mismo efecto.

Tiemblo, arqueo mi cuerpo, echo la cabeza para atrás. Algunos mechones rozan la madera del escritorio.

Ella mete mueve la lengua cada vez más rápido, pero sigue siendo delicada. No es sexo salvaje; es un sexo reparador, algo que sana el alma.

Me agarro al borde de la mesa, buscando algo que me ancle a la realidad.

Me tenso. Siento el orgasmo cerca.

Cierro los ojos. Mi pecho sube y baja acelerado.

Ella me mete los dedos.

Exploto.

Llego al clímax.


Mi corazón baja pulsaciones.

Trato de recuperar el resuello.

Me levanto. Me acerco a Miriam.

La beso.

Nuestras lenguas se funden en una sola. Compartimos saliva. Nos mordemos los labios.

Busco su coño, aún con los pantalones puesto.

No le duran mucho puestos, aunque se le atascan en las rodillas.

La siento en la misma silla en la que yo estuve sentada cuando la conocí.

Le abro las piernas todo lo que puedo. Meto la lengua. La muevo de arriba a abajo.

Noto cómo tiembla, cómo gime, cómo me agarra de la nuca, apretándome contra ella. Aunque soy yo la que está debajo, siento que ella lleva el ritmo. Yo simplemente me dejo hacer.

Muevo la lengua con velocidad. Veo como se agarra a las sillas. Escucho cómo gime. Me pide más y yo intento seguirle el ritmo.

Me ayudo de mis dedos.

Sus gemidos suenan ahogados.

Señal de que está cerca.

Llega el orgasmo.

Después nos besamos.

Estamos veinte minutos saboreando nuestros labios.

La noche se ha cerrado. Y solo las farolas iluminan.


Decidimos parar.

Tengo dos llamadas perdidas de mi hermana.

Ella está sentada en las sillas, aún con las piernas abiertas. Yo estoy de pie, ajustándome la cremallera del vestido.

- Gracias - le digo, con un beso en la mejilla.

Ella no responde.

- No busco nada. Sé que tú tampoco, pero lo necesitaba. Así que gracias.

- No hay de qué.

- ¿Esto también forma parte de tus funciones como funeraria?

Miriam se ríe.

Y me vuelve a besar

- No, pero en tu caso, sí... venía de regalo con la urna.

Nos reímos las dos.

Cojo el bolso, me ajusto los tacones y me dispongo a ir con un último beso al aire.

Ella me mira con una expresión que interpreto como deseo.

Abandono el despacho.

Estoy casi saliendo del tanatorio. Con la mano apoyada en la manija de la puerta cuando oigo la voz de Miriam a mi espalda.

- ¡Espérame! - grita - Te llevo a casa.



"No buscaba esto, pero necesitaba dejar de sentir dolor"

1 comentario


pingui.blog99
05 sept

La muerte es parte de la vida, pero las personas que siguen vivas tienen que seguir adelante, y eso también incluye el sexo jaja.

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