La nueva sede
Solo el crujido de las escaleras al paso de la expedición rompía el silencio incómodo. Arturo, promotor inmobiliario, era el primero en bajar los escalones. Detrás caminaba Zaira, agarrada fuerte al pasamanos, con unos tacones que ya le molestaban y unos pasos cada vez menos elegantes. A su espalda, estaba Chiara, también cansada, pero más pendiente de no tropezar con el siguiente escalón.
El aire estaba cargado con un fuerte aroma a decepción, a fracaso y a resignación. Y no era para menos. Porque era el séptimo edificio que visitaban y el séptimo que acababan desechando.
El sol de justicia las recibió con fuerza, pero no aplacaba esa sensación de desasosiego. La gente a su alrededor caminaba con alegría, con poca ropa o con una toalla colgada del cuello camino de la piscina. Ellas, sin embargo, sentían frío. Un frío que nacía de estar todo el día de un lado para otro sin cumplir el objetivo.
Rodeadas de grandes moles de hormigón y metal, caminaron por una calle rebosante de vida, terrazas llenas, cláxones que no dejaban de sonar... Ellas, lo que escuchaban eran todas esas pegas que habían visto en los edificios. "Mucha reforma", "Muy estrecho", "Olía a humedad"... Una lista a la que se unía el "Hay poca luz" del séptimo edificio. Una frase que Zaira repetía como un mantra.
Había otra cosa que a ambas les preocupaba: No encontrar un rincón adecuado. Fue Chiara la que puso palabras a ese sentimiento.
- ¿Y si no encontramos lo que estamos buscando? - preguntó.
- Lo encontraremos - dijo Zaira, optimista como siempre - Aún quedan dos edificios.
"¿Y si no encontramos lo que buscamos?", preguntó Chiara.
Arturo se detuvo, entonces, frente a un tienda de electrodomésticos. Encima de ésta un edificio curvo de ocho plantas, de un color grisáceo que destacaba entre las edificaciones contiguas. Zaira y Chiara se pararon detrás de él y alzaron la vista.
- Calle Emperador, 25 - anunció Arturo - séptima planta. ¿Qué os parece?
- Con todas esas ventanas entra mucha luz - comentó Zaira - De primeras... es interesante.
- Pero tendremos que verlo por dentro - afirmó Chiara.
Las puertas del ascensor se abrieron en la séptima planta.
- Aquí es - anunció Arturo, saliendo de la caja metálica.
Tras él, la abandonaron Zaira y Chiara. La primera asentía con todo lo que veía.
- Es amplio, tiene luz natural, parqué de madera impecable a simple vista... - dijo
Pero Chiara siempre tenía ese punto discordante. Ese detalle que colocar en la lista de "contras"
- Pero hay algunos tablones sueltos y hay grietas en las paredes - comentó Chiara.
- Eso es normal, señorita Monforte - dijo Arturo, que revisó sus notas - lleva cuatro años en venta. Y el paso del tiempo provoca el deterioro.
- Pero tiene mucho potencial - zanjó Zaira, como confirmando la compra.
Así lo entendió Chiara, que asintió.
Los desperfectos no eran catastróficos
Nada que no se pudiera arreglar con una mínima reforma.
Zaira caminaba por el espacio llenándolo con su sola presencia.
- Mira - dijo Zaira - Aquí podemos poner la sala de juntas. Podemos colocar una mesa grande con espacio para quince personas y una pantalla enorme para las presentaciones.
Chiara lo visualizó y entró en su juego
- Y allí irá la recepción - añadió - Una mesa grande y semicircular blanca. Con un par de ordenadores. Ponemos una pared para colocar el nombre de la empresa para que sea lo primero que vean nuestros clientes.
- Aquí irá mi despacho - dijo Zaira - Y el tuyo junto al mío, aunque un poco más pequeño.
Chiara torció el gesto, pero lo entendió. Zaira siempre ha sido el alma de esta compañía. Una líder nata. Alguien con carisma a la que solo podías seguir. Chiara envidiaba ese don y deseaba ser como Zaira.
- Y ahí - continuó - ponemos una sala de descanso con billares, futbolines... para las horas muertas.
- Y en esa esquina, junto a la columna, una pequeña cocina, con una nevera, cafetera, un fregadero, y un par de mesas para comer.
Apoyado en una de las columnas, Arturo se mostraba emocionado. Observaba a las chicas fantasear con la distribución y él intuía una nueva compra por la que ponerse una medalla. "Cuatro años en venta y llego yo y lo vendo en dos semanas", pensó mientras tachaba la dirección del último edificio a visitar.
- ¿Qué os parece? - preguntó, dejando atrás su pose despreocupada.
El silencio se hizo notar. Expectante ante la respuesta
Ellas se miraron. Sonrieron.
- Nos lo quedamos - gritaron al unísono.
Arturo ya había visualizado esa respuesta en su cabeza porque ya tenía preparados los papeles. Se los entregó a las chicas que estamparon su firma.
- Excelente decisión, señoritas.
Arturo les entregó las llaves
- Disfrutadla
El promotor caminó hacia el ascensor, sonriente con una nueva venta bajo el brazo. Una de esas ventas que te cuesta un ascenso.
Las puertas metálicas se cerraron tras él
Ellas se quedaron solas.
En la inmensidad vacía que acaban de adquirir.

- Si alguien me dice que, en ocho años, mi empresa iba a tener una planta entera de un edificio, no me lo creería - comentó Zaira, mirando al infinito, sintiendo el peso de las llaves en el bolsillo de su chaqueta.
- Y eso es justo lo que acabamos de lograr - dijo Chiara.
- Y eso bien merece una celebración - argumentó Zaira.
Chiara arqueó una ceja.
- Pero... No tenemos champagne.
- Nos tenemos a nosotras. Y eso es suficiente.
Y antes de que Chiara pudiera reaccionar, ya tenía los labios de Zaira pegados a los suyos.
Chiara se quedó paralizada.
Un escalofrío recorrió su cuerpo.
La electricidad viajaba por sus venas.
Zaira la volvió a besar. Sus dedos buscaron la intimidad de Chiara. Ella se dejó hacer. Flexionó las piernas inconscientemente para que los dedos de su amiga entraran con más facilidad.
Los dedos de Zaira rozaron el coño de Chiara y esta susurró sonidos incoherentes que llenaron la habitación. A medida que se movían con mayor velocidad, los susurros se convirtieron en gemidos.
Zaira se acuclilló sobre sus tacones y metió su lengua en el coño de Chiara. Los gemidos se hicieron más fuertes, y la inmensidad vacía se los devolvía en forma de eco.
Chiara cerró los ojos. Su mente viajó, mientras su cuerpo quedaba a merced de lo que quisiera Zaira. Ella movía la lengua con velocidad, mientras que Chiara gemía como si no hubiera un mañana. Con sus aullidos saliendo de su garganta como en una cadena.
Así llegó al orgasmo.
Sus juegos resbalaron por sus piernas, mientras Zaira intentaba saborear todos sus fluidos.
Acabaron desnudas, con la ropa en el suelo como si fuera una alfombra. Se besaron, se comieron la boca, con sus lenguas librando una batalla sin cuartel, sin ganadora ni vencida.
Zaira se tumbó sobre la ropa, con las piernas abiertas, agarrando la columna como si quisiera llevársela a casa. Chiara se puso de rodillas frente a ella. Metió la lengua con ahínco, con velocidad suprema que no sabía ni que tenía. Zaira no paró de gemir. Gritando como una posesa,
Chiara metió, también, sus dedos en el coño de Zaira, que se estremeció arqueando su cuerpo. Ella, mientras, se pellizcaba los pezones, duros como para partir diamantes. Sus gemidos inundaban la inmensidad.
El orgasmo derribó la puerta. Los jugos salieron disparados, convirtiendo sus piernas en una fuente. Chiara recibió el chorrazo sin apartarse. Su cara terminó empapada.
Sobre la ropa, entrecruzaron sus piernas y frotaron sus coños. Zaira le agarró el muslo a su amiga, mientras ella apoyaba las palmas contra el suelo. Se movieron suave al principio, pero luego aumentaron el ritmo. Los pechos rebotaban y sus miradas reflejaban el deseo.
El segundo orgasmo llegó.
Ellas quedaron agotadas.
La noche inundó el espacio poco a poco, hasta quedarse a oscuras. Solo las luces de las ventanas de edificios cercanos bañaba sus cuerpos desnudos. Zaira miró a la inmensidad oscura. Y sonrió
- Hemos hecho una gran compra - dijo Zaira, sin mirar a Chiara.
- Desde luego - replicó ella, con sus labios rozando el hombro de Zaira.
- Empezamos en el garaje de mis padres, con dos mesas plegables de camping y dos ordenadores que tardaban diez minutos en arrancar. Y ahora tenemos una planta entera en el centro de la ciudad.
- Y hemos pasado de ser solo nosotras, a tener más de mil doscientos empleados... - comentó Chiara, separándose de Zaira y comenzándose a vestir - Y hablando de empleados... A estás horas... ¿Quién quedará trabajando?
Zaira se llevó la mano a la barbilla
- Estarán los de producción... Y Carmen. Esa mujer parece que vive allí.
Chiara dibujó una sonrisa en su rostro.
- Pues vayamos a darle la noticia.
- Sí. Y mañana empezamos a poner bonito esto.
Y se besaron, una vez más.
"Empezamos en el garaje de mis padres y ahora tenemos una planta entera para nosotras", afirmó ilusionada Zaira.
El reloj marcaba las cuatro y cuarto de la tarde en un día laborable, pero allí nadie trabajaba. El ambiente era festivo y los empleados se apelotonaban frente a los camareros con bandejas llenas de canapés y copas de champagne. También estaban familiares de las dos fundadoras de la empresa y periodistas camuflados. Todos ellos esperando a las dos protagonistas.
Una, Zaira, en el baño, repasando su discurso frente al espejo. Mientras sonreía y recordaba que hace solo cinco meses aquello solo era un solar vacío que tenía potencial
La otra, Chiara, le daba los últimos retoques a la decoración de la recepción. Colocaba una planta dos pasos a la izquierda, después uno a la derecha, para acabar con otro a la izquierda. Después, ajustaba las dos grandes fotos que presidían la estancia: Una de Zaira y la otra, suya. Pose profesional, brazos cruzados, fondo neutro, ropa sobria y sonrisa reluciente.
Por último, colocaba un bol con caramelos en el mostrador.
A las cuatro y media, los asistentes llenaban la sala de juntas. Los primeros en llegar pudieron sentarse rodeando la mesa. El resto, formaba un semicírculo de pie. Los periodistas camuflados sacaban sus libretas para apuntar los posibles titulares.
Fuera, Zaira y Chiara se encontraron. Zaira, con un vestido azul - color corporativo de la empresa - y tacones; Chiara, traje de chaqueta y pantalón en tonos blancos y negros.
- Están todos en la sala de juntas - dijo Chiara
- Habrá que entrar - comentó Zaira - ¿Lista?
- Siempre
Como siempre, Zaira entró primero; tras ella, Chiara. La sala rompió en aplausos, gritos y vítores. Una ovación atronadora.
Zaira carraspeó.
La sala se apagó.
- Hace ocho años Chiara y yo fundamos Zachi - comenzó su discurso -. Solo éramos nosotras dos y nuestra oficina era el garaje de mis padres. Dos mesas plegables y dos ordenadores que, digamos, se tomaban su tiempo para arrancar.
Risas.
- Ahora somos una empresa tecnológica puntera - continuó - ,aunque seguimos siendo pequeñas en comparación.
- Tenemos más de mil doscientos empleados y oficinas en cuatro ciudades y tenemos previsto abrir en otras dos en los próximos meses - añadió Chiara, que se intercambió con Zaira con naturalidad, como si lo hubiesen ensayado -. Pero esta sede que inauguramos hoy, será la joya de la corona. Por algo la hemos estrenado Zaira y yo.
Los asistentes se miraron entre sí, sin entender muy bien ese último comentario. Zaira y Chiara sí lo entendieron. También se miraron y sonrieron.
Zaira volvió a tomar la palabra:
- Pero todo esto que hemos logrado no sería posible sin vosotros
Espero a los aplausos.
Continuó
- Pero, especialmente, no hubiese sido posible sin nuestros clientes. Esos que confían en nosotros para cumplir sus objetivos. Así que cojamos nuestras copas y brindemos por ellos, por vosotros y por la empresa. ¡Por Zachi!
- ¡Por Zachi! - gritaron los demás al unísono.
- Queda inaugurada la nueva sede - anunció Chiara.
Los empleados aplaudieron.
Ellas se fundieron en un beso eterno.

"Queda inaugurada la nueva sede de Zachi"



Creo que deberían hacer un cuarto aparte para poder enrollarse cada vez que logren un éxito jaja.