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Libre otra vez

Alicia Márquez
10 ene
9 min de lectura

A las once de la mañana el calor ya era asfixiante, pero Maggie prefería esperar fuera. De pie, junto al Camaro del 77, con los brazos cruzados. Llevaba unos shorts vaqueros, unas botas de cowboy, una camiseta de tirantes y una gorra de los Phoenix Suns, que no impedía que se asara de calor.

El Camaro estaba aparcado frente a la prisión estatal de Phoenix, único edificio en medio de la nada, en medio de arena y asfalto.

Dentro, en la cárcel, estaba Tiffany, su novia, a punto de salir tras seis años encerrada. Maggie lo deseaba, pero estaba nerviosa. No sabía que tipo de mujer se iba a encontrar y si lo que tenían seguía en el mismo punto. Apenas había dormido la noche previa.

Y ahora, bajo el sol abrasador, lo pagaba caro. Ya había bostezado varias veces sin poder remediarlo.


Maggie esperaba frente a la prisión de Phoenix bajo un sol abrasador. Dentro, Tiffany, su novia, estaba a minutos de salir

Su reloj marcaba las once y dieciséis minutos de la mañana. Su pierna no dejaba de bailar. Bebió agua - o, más bien, un chupito de fuego -, y cuando terminó, la verja, automática emitió su chirrido característico. Tras ella, dos mujeres; una uniformada, la otra con vaqueros, camiseta blanca de tirantes y una camisa de cuadros abierta por encima. Cargaba una mochila sobre su hombro.

Maggie tardó en reconocer a la mujer que tenía enfrente. No era la Tiffany que guardaba en la retina. Tenía el pelo más corto, más músculos y unos tatuajes desconocidos, pero sus andares... Esos eran inconfundibles. Siempre con decisión, siempre como si fuera una modelo de pasarela.

Para Tiffany, ver a Maggie era viajar al pasado. Por Maggie parecía pasar el tiempo.

Pero pasa para todos... En Maggie se notaban arrugas y algunos mechones blancos en su teñida melena rubia.

Con una cierta suficiencia se despidió de la uniformada para enfilar hacia el Camaro. Maggie apenas se movió. Solo cuando estuvo a un metro, pudo hablar.

- Hola Tiff - dijo, sintiendo la boca seca.

- Hola Mags

Las palabras salían a cuentagotas. El silencio, roto solo por el ruido de los motores que circulaban por la I-10, se había posado entre ellas.

- Te noto más fuerte - dijo Maggie, por romper el hielo

- Ya sabes... La cárcel te curte

No era el reencuentro soñado. Parecía una charla de cortesía entre dos desconocidas en un ascensor más que un diálogo entre dos personas que habían vivido algo en común. Todo era frío, contrastando con el calor - ya subía a 35º a las once y treinta y tres de la mañana - del ambiente.

Tiffany rodeó el Camaro y se introdujo en él por la puerta del copiloto. Maggie se metía por la del conductor

- Bueno... - comentó Maggie, al tiempo que el motor empezaba a rugir -. Y ahora que eres libre... ¿qué quieres hacer primero?

- ¡Comerme un buen burrito!


A Maggie le costó reconocer a Tiffany. Su aspecto físico había cambiado. Solo pudo reconocerla por su forma de caminar.

Con soltura, pese a ser una lata con ruedas, el Camaro de Maggie se incorporó a la autovía. En la radio sonaba el mejor disco de Mr. Mister: "Welcome to the real world". Era la banda favorita de Tiffany y por eso sus dedos tamborileaban en sus muslos. Era su primer placer desde que había salido, aunque ciertos acordes le recordaban al sonido que hacía la porra de la funcionaria sobre los barrotes cuando se producían las inspecciones. Eso le hacía estremecerse sobre el asiento del copiloto.

Maggie tenía la mirada fija en la carretera, pero cada cierto tiempo regalaba miradas furtivas a su compañera. Buscando en la Tiffany actual, algún trozo de la Tiffany del pasado. A aquella chica que soñaba con un rancho en el desierto al que ya había puesto nombre - El "Rancho Collins" - o la que se escapaba cada miércoles al club de jazz de Scottsdale.

Pero esa Tiffany había muerto hace seis años.

Ahora una desconocida había venido a ocupar su lugar.

Sentía que si aquello tenía futuro, debía enamorarse de cero.

Y eso le aterraba.

Con el skyline de Phoenix haciéndose más grande, las carreteras se multiplicaban dibujando un paisaje más urbano.

Tiffany, que estaba en su mundo, con una mano acariciando la carrocería del Camaro, y la otra siguiendo las melodías de Mr. Mister, se incorporó bruscamente, saliendo del trance.

- Toma el siguiente desvío - dijo Tiffany con cierto entusiasmo.

Maggie la miró con extrañeza, pero con ilusión. Dentro de su nueva carcasa, aún quedaba parte de la antigua Tiffany

- Aún te acuerdas - dijo

- Claro, los sitios que te hacen sentir como en casa, no se te van nunca.


A pesar de que se sentía libre, ciertos sonidos la devolvían a su celda

El Ollie´s Vaughn´s era la cafetería favorita de Tiffany. A la que le llevaba su padre todos los sábados. Una tradición que siguió cuando entró en la adolescencia, en la juventud, en la edad adulta...

Tras seis años sin pisar ese sitio, volver a estar sentada en una de sus mesas era como volver a ser una niña de nuevo. Es verdad que tenía ciertos cambios, como las paredes, que habían cambiado de un verde pistacho a un azul cielo, pero la esencia se mantenía intacta.

Aquella mañana, todo era bullicioso y casi ensordecedor. Las camareras gritaban las comandas, los clientes entraban y salían, el ruido de la cocina, el timbre que anunciaba un nuevo pedido finalizado...

Y en medio del caos... Ellas.

Maggie manoseaba la carta con desgana. No tenía hambre y no había nada que le hiciera cambiar de opinión. Tomarse un café, tampoco entraba en sus planes. Tiffany, por contra, ya había devorado el cuarto "Sunny burrito". Maggie la miraba con extrañeza.

- En seis años no he comido uno de estos - dijo, con la boca llena.

Maggie no dijo nada, se limitó a mirar como Tiffany levantaba el brazo para que una mujer de vestido azul voluptuoso y mandil blanco le trajera otro burrito.

La camarera, con una sonrisa de dentífrico, asintió y se largó de allí con la misma celeridad.

Fue entonces cuando Maggie sacó su pistola, le quitó el seguro, apuntó y disparó:

- ¿Qué vas a hacer ahora que has salido? - preguntó.

La bala, en forma de pregunta, le rozó el brazo a Tiffany. Ella apretó los dientes. Y se dio cuenta de que, en seis años encerrada, no había pensado en el después.

- No podrás a ser la recepcionista del Hulbon - continuó -. Por los antecedentes y eso.

Esta vez, la bala sí acertó de lleno.

Si fuera un proyectil real, Tiffany se estaría desangrando sobre el banco.

El silencio se hizo visible, incluso con el caos que había a su alrrededor. Ninguna escuchaba que el nuevo cliente había pedido dos tostadas con lechuga, tomate y aguacate, ni que el timbre había sonado cinco veces desde que Maggie había decidido apretar el gatillo.

Maggie aguardaba la respuesta, mientras que a Tiffany su quinto "Sunny burrito" le sabía diferente

- Tendré que empezar de cero - dijo finalmente.

- Puedo ayudarte - Maggie le tendió la mano -. Soy la dueña del "Suns Market", el super del barrio y puedo ofrecerte trabajo

- Tengo... - Tiffany tragó saliva -. Tengo que reordenar mis ideas. Pero no lo descarto. Solo quiero dejar atrás estos seis años.


- ¿Qué vas a hacer ahora?
- No lo sé. Tengo que reordenar mis ideas

La puerta cedió y se abrió unos centímetros. Maggie hizo el resto empujándola hasta que se encontró con el tope. Ella entró primero. Después, lo hizo Tiffany, quien se llevaba la mano a su barriga, como si el quinto burrito le hubiera sentado mal.

Realmente, lo que le había sentado mal son todos esos recuerdos que la estaban golpeando con violencia. Empezando con la gran foto del recibidor. Salían ellas, en bikini en la playa de Santa Mónica, con la noria del mítico Pacific Park a su espalda. Era su primer viaje juntas y, ahora, un recordatorio, de lo que perdió la noche del 9 de febrero de 2020.

Siguió caminando y los recuerdos se ensañaban con ella. La casa estaba igual. Ese sofá donde tantas noches había dado una cabezadita, la alfombra persa que se llenaba de palomitas cada vez que veían una película o la estantería con libros ordenados alfabéticamente

Solo la cocina era diferente. Recién reformada, con muebles blancos y encimera de mármol negro. Para Tiffany, un aviso de que la vida siguió, mientras la suya, se había quedado en "stand by"

Y entonces, su envoltorio de tipa dura se resquebrajó.

Rompió a llorar.

Ni si quiera pudo contestar cuando Maggie le ofreció algo de beber.

- Lo siento - dijo, con los ojos húmedos -. Siento haberte jodido la vida.

Maggie no respondió y el silencio se volvió incómodo. Maggie no encontró las palabras adecuadas y pensaba que "Has tenido seis años para esto", aunque le agradecía el gesto. "Mejor tarde que nunca"

- No debí ayudar a mi amigo con su "problemilla" - escupió Tiffany con rabia, haciendo el gesto de las comillas con desdén - Tenía que haberle dicho "el cadáver lo escondes tú", pero... - No fue capaz de acabar la frase.

- Te han caído seis años por colaborar con la justicia. Eso me demuestra que eres una buena chica. Que solo cometiste un error.

- ¡No me consuela, joder! - exclamó Tiffany - Verte llorando en el juicio es una imagen que no me borraré de la cabeza.

El silencio que continuó no fue incómodo. Fue un silencio acogedor. Un silencio de "No hace falta decir nada". Sus ojos - los de Tiffany, aún húmedos - se buscaban y no había el hielo del reencuentro frente a las puertas de la prisión. Se veía calor, hogar, huida y amor.

El beso fue inevitable.


Y a ese beso le sucedieron varios más. Al mismo tiempo, Tiffany iba perdiendo capas construidas en la cárcel.

Después, perdió la ropa.

Desnuda sobre el sofá, Tiffany esperó a Maggie con las piernas abiertas. Ella le comía las tetas y los gemidos irrumpían como un fogonazo de luz en medio de la oscuridad.

Los dedos de Maggie actuaron de avanzadilla. Se introdujeron en el coño de Tiffany con facilidad. Y los gemidos subieron de volumen. Hasta el punto de que trató de taparse la boca. Algo que le fue imposible.

Maggie metió la lengua. Tiffany se estremeció. Su cuerpo sufría contracciones de placer. Sus gemidos se liberaban de sus cadenas.

Con los dedos y la lengua, el orgasmo de Tiffany no podía tardar en llegar.

Y llegó.

En cuanto Maggie mordió sus labios y Tiffany tuvo que apretar los dientes para no gritar de más. Sus jugos resbalaban por sus muslos. Maggie no daba a basto para saborearlos todos.

Cambiaron las tornas.

Tras una serie de besos de esos que recargan energías, Maggie se sentó en el respaldo del sofá, con su espalda apoyada contra la pared. Abrió sus piernas.

Tiffany se arrodilló sobre el sofá. Metió su lengua en el coño de Maggie. La movió con el mismo fragor que tras los barrotes de su celda. La diferencia es que allí lo hacías por protección; aquí, por liberación.

Maggie, agarrada a sus pechos como si los fuera a ordeñar, no paraba de gemir. Cerró los ojos. Su mente viajó a los meses antes de que su novia entrara en prisión. Las cenas, los atardeceres en los tejados, las partidas a los bolos, el sexo junto a la piscina... Pero aquello era mucho mejor.

Veía esperanza. Lo que ellas tenían podría tener un tiempo extra. Y pensaba aferrarse a ello como un clavo ardiendo.

Tiffany aumentó el ritmo. Maggie se sorprendía. No recordaba gemir tanto, ni tan rápido que sentía a su garganta morir poco a poco.

Y, en ese momento, el orgasmo. No era maravilloso. No era mágico. Simplemente era liberador. Para ella, pero también para Tiffany, quien saboreo su flujo como antes los cinco burritos.

Luego, los besos llenaron la estancia. Se perdió el salvajismo para que la ternura y el amor se abrieran luego. Era precioso ver como dos cuerpos se redescubrían tras tanto tiempo sin sentirse.

Maggie le besó todos los rincones a Tiffany. Y ahí, justo ahí, el chip volvió a cambiar.

Porque la realidad golpeó a Tiffany con fuerza. Volvió esa sensación de no sentirse en casa, de ser un pulpo en su propio garaje.

- ¡Debo irme! - exclamó Tiffany, aunque en el fondo no quería

Maggie se extrañó, pero no hizo nada por evitarlo. Solo cuando su silueta desapareció momentáneamente a través del pilar, Maggie reaccionó

- ¿Y a dónde vas a ir? - preguntó

- A mí casa

Entonces Maggie sonrió. Creyó tener la mano perfecta para jugar a este juego.

Tiffany ya estaba en la puerta, con la camisa a medio poner y el pantalón sin abrochar, cuando Maggie jugó esa carta que guardaba bajo la manga.

- ¡No tienes casa! ¡Me pediste que la vendiera! ¡Que cuando salieras querrías alejarte de todo lo que te recordara a toda esa etapa!

Tiffany se paró en seco. Quitó la mano del picaporte, como si estuviera caliente. Lo había olvidado.

- Pues me iré a un hotel.

- Es mejor que te quedes aquí. Si no quieres dormir conmigo, duerme en la habitación de mi hermana, como cuando empezaba lo nuestro. Si te vas... No quiero que te vayas.

- No encajamos ya. Tú has madurado. Eres dueña de un supermercado. ¿De verdad? ¿Tú que soñabas con ser astronauta te conformas con un trabajo normal? Yo solo soy esa chica que entró en prisión

- Podemos arreglarlo. Estoy dispuesta a hacer un esfuerzo. ¡Quédate!

Tiffany giró sobre sí misma. Relajó su semblante, sus mandíbula se destensó.

- Solo una noche. Después quiero encontrarme. No puedo amar a nadie, si aún no sé que voy a ser yo ahora

- Tómate el tiempo que necesites.

Tiffany caminó en sentido opuesto hasta la habitación de Aubrey, la hermana de Maggie, al final del pasillo.

Maggie se quedó quieta, viendo como Tiffany se iba haciendo más pequeña.

- Te he esperado seis años y te esperaré ahora - dijo.

Tiffany sonrió

Por primera vez desde que salió de prisión.



- ¡Quédate! - le pidió Maggie a Tiffany, con ésta ya sujetando el picaporte

1 comentario


pingui.blog99
13 ene

Seis años en la cárcel son demasiados para mantener la chispa del amor. Pero todo puede volver a como estaba antes, con la confianza y la pasiont.

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Av. Cobá 202, Cancún, Q.R., México

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