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Locas por el surf

Alicia Márquez
23 may.
14 min de lectura

Un largo bostezo se dibujó en la cara de Vanesa cuando giraba su vieja Volkswagen Westfalia hacia la derecha siguiendo las señalizaciones. Las ojeras le oscurecían la mirada, como si un boxeador se hubiera cebado con ella. Su moño rebelde sujeto con un tenedor de plástico robado de la cafetería. El parpadeo frecuente...

Nada de eso iba a frenarla.

Nada de eso le importaba.

Tampoco le había importado amanecer a las cinco de la mañana en un área de servicio frente a una estación eléctrica, ni que se hubiera tomado aquel asqueroso café de la máquina de vending, ni que sus tripas rugieran como un león enjaulado...

Porque Vanesa llevaba tiempo deseando llegar allí.

Ella necesitaba estar en Steamer Lane.


Dos farolas iluminaban el aparcamiento de la playa, aunque la niebla, fina, pero intensa, apenas dejaba ver sus haces de luz. El viento mecía los árboles y la humedad se pegaba a la piel, incluso dentro de la caja metálica. Vanesa bajó la velocidad de su caravana, casi por instinto. El parking estaba prácticamente vacío.

Solo una Toyota Tacoma aguardaba en el otro extremo del estacionamiento. Una pick-up de un gris desgastado, los laterales llenos de barro seco e imposible de limpiar y ruedas que te contaban miles de historias solo con mirarlas.

Vanesa la usó de referencia para poder aparcar su vehículo, en el otro lateral. Junto a un panel de instrucciones de la playa que había perdido su colorido. En algunas partes, incluso, las letras estaban borradas.

Pero Vanesa imaginaba qué pondría.

"No arrojar basura, prohibido fumar, prohibido mascotas..."

Lo mismo que en otras playas.

Cuando el motor dejó de rugir, ella se dio un tiempo para admirar el paisaje que tenía delante. Pese a la niebla, era digno de postal. Y eso que el mar aún no era visible.


Vanesa abrió la puerta lateral, que pedía a gritos un poco de aceite, de la caravana. El aire frío la golpeó con fuerza.

- Genial - dijo, cuando se recompuso - Hipotermia antes del desayuno.

Y cerró la puerta refugiándose en le interior.

Era un recibimiento hostil.

Nada que Vanesa no esperara.

- Me habían advertido - añadió -, pero no es lo mismo que vivirlo.

Sin embargo, a Vanesa esos días inestables le gustaban.

Los amaba porque no había mucha gente, pero sí muchas olas grandes.

Ese era su lema.

"Muchas olas y poca gente con la que pelearse"

La adrenalina de surfear en días así pesaba más que los peligros que entrañaba. Las olas podrían revolverte en cuestión de segundos o que la resaca pudiera arrastrarte hasta quedarte varada en medio del mar, sin saber cómo salir.

A Vanesa no le importaba.

Se sentía preparada.


Los posters de grandes surfistas ocupaban el dormitorio. El más grande, en el centro, era el de Jack O´Neil, leyenda en la zona. El parche negro en el ojo, la barba blanca, esa sonrisa de pirata del Pacífico.

Vanesa sonrió.

Era imposible estar allí y no notar su espíritu impregnando toda la zona.

Además, Vanesa vestía un neopreno de su marca, y se lo ajustaba observando al rebelde surfista, que parecía devolverle una sonrisa cómplice.


El aire frío volvió a golpearla, pero esta vez Vanesa se mantuvo en pie, sin rechistar. Cogió su tabla del portaquipajes. Le pasó la pastilla de cera que te deja los dedos pegajosos.

El mar rugía a lo lejos.

Y ella también rugía.

Con ganas de lanzarse al mar.


Sentada en las escaleras de la caravana, se colocaba los escarpines y se ajustaba la correa de la tabla al tobillo.

De un salto, se puso de pie y empezó su caminata.

El Pacífico se escuchaba a lo lejos, bravo, monstruoso, agresivo, pero los pasos de Vanesa ganaban en velocidad, como si un imán la atrajera hacia él.

El asfalto del parking desapareció, dejando paso a un sendero de arena y hierba húmeda y aplastada por otras huellas.

El cambio de superficie fue un punto de inflexión. Vanesa sentía que no había vuelta atrás.


Una mujer, que caminaba en dirección opuesta, se cruzó en el camino de Vanesa. Morena, tez oscura, sin llegar al negro, el pelo mojado pegado a la cara, neopreno abierto dejando ver un sujetador deportivo, pies descalzos embadurnados de arena húmeda y una mirada felina.

Cargaba con una tabla bajo el brazo, más grande que la que portaba Vanesa.

- Buenos días - saludó Vanesa, por pura cortesía

- Buenos días - respondió la mujer, recogiendo un mechón tras la oreja - Ten cuidado. El mar está bravo y no perdona.

En el pelo de aquella mujer, Vanesa pudo ver restos de arena. Y su perfume era el salitre del mar.

- Lo tendré - dijo Vanesa.

Ambas siguieron su camino.

Pero Vanesa miró hacia atrás.

La mujer estaba apoyada en el parachoques de la Tacoma, secándose con una toalla rosa, con la mirada en la gran mole de agua.

- Vaya, parece que se va - dijo.

Y, sin saber muy bien porqué, le supuso una pequeña decepción.

Luego se dio cuenta de lo que eso significaba.

- Mejor, todas las olas para mí.

La hierba despareció, y una gran masa de arena fina y dorada se extendió ante sus ojos. Y el mar la recibía con grandes olas.

Vanesa sonrió

- Vamos allá. Es el momento.


Mientras Vanesa caminaba por el sendero, una mujer hacía el camino inverso

La cara de felicidad que tenía Vanesa era la misma que una niña cuando abre los regalos que le habían dejado los Reyes.

Para Vanesa el surf era su pasión. Le había servido como válvula de escape ante los problemas, pero también como la expresión máxima de alegría.

Por ello, salió corriendo hacia el mar.

Y remó con vigor, dejando pasar las primeras olas.

Pero era una desconocida en esas aguas.

El Pacífico la recibió con hostilidad.

Sus primeras series acabaron con Vanesa golpeada, sumergida, azotada, como una hoja en un huracán. Ella, sin embargo, no perdía la sonrisa.

Y poco a poco se fue imponiendo su pericia, empezó a surcar las olas con habilidad.

Giros bruscos.

Grandes tubos.

Piruetas en el aire...

Vanesa ya le ganaba la batalla al mar.

Y un pensamiento se le cruzó por su mente.

"Que pena que ahora no haya nadie viéndome"

Eso creía


Pese a los revolcones iniciales, Vanesa surcó las aguas con gran habilidad

Y es que Alyssa, la mujer de la camioneta, no había perdido detalle de sus fluidos movimientos. Estaba al principio de la playa, donde el camino de hierba dejaba lugar a la inmensidad de arena. Desde ahí, Vanesa solo era un punto negro, pero aún así quedó fascinada como atacaba las olas. Esa agresividad le recordaba a alguien.

A ella misma cuando era una jovencita de dieciocho años.

Pero el mar estaba bravo.

Y quizá Vanesa se confió.

La ola la tiró y la revolvió.

Vanesa tardó en aparecer y Alyssa contuvo la respiración. No sabía porqué, pero a aquella chica ya la tenía una estima especial.

Pero Vanesa salió. Tosió, escupió arena. Pero estaba bien. Feliz, pese al revolcón.

Ya tenía suficiente.

Salió de la playa con la misma velocidad con la que entró. Una gran ola rompió a su espalda y Vanesa giró la cabeza. Sonriendo. Con los ojos vidriosos de la emoción.

- Menudo revolcón te ha dado esa ola - dijo una mujer tras ella.

Vanesa volvió la vista.

Y se quedó sorprendida. Creía que nadie miraba.

La mujer de la camioneta.

- Creí que la tenía dominada... y de repente me zarandeó - dijo, con el corazón acelerado al recordarlo - La muy... puta ha querido recordarme quién manda.

Alyssa sonrió.

- Pero... ¿me has visto? - preguntó - Estaba segura de que te habías ido.

- Solo fui a por la toalla - la mostró con un gesto rápido.

Vanesa se sintió avergonzada, aunque no supo muy bien porqué.

- Aunque también he visto lo bien que te manejas sobre la tabla - añadió - Me has recordado mucho a mí

- Gracias, supongo

- ¿De dónde eres? - preguntó Alyssa para evitar el silencio incómodo - Porque no eres de aquí... ¿verdad?

- ¿Tanto se nota?

- Conozco a la mayoría de los que surfean aquí. Y a ti no te he visto nunca.

- Soy española - admitió -, pero llevo un mes en California surfeando por todo el estado... Y aquí estoy.

- Este sitio es especial. Yo vivo aquí desde que soy una cría. Es mi segunda casa... O la primera. Puedo enseñarte buenos trucos. Conocer mejor este lugar.

- No estaría mal - reconoció - Me llamo Vanesa.

- Alyssa.

Estrecharon sus manos. Sellando algo más que dos apasionadas del surf.

Solo que aún ellas no lo sabían.

El mar rugía.

La niebla se disipaba.


Alyssa, desde el inicio de la playa había observado a Vanesa sin que esta lo supiera

En el chiringuito de Ben, el olor a comida se mezclaba con la sal del mar, el sonido de las olas convivía con los gritos de las comandas, los golpes con los cubiertos, y las conversaciones entre los comensales.

Allí, en una mesa apartada, en el interior del local, estaban las dos nuevas mejores amigas. Alyssa, la local, la que saludaba por su nombre a todos los camareros, y Vanesa, la extranjera, la que se sentía abrumada, pero encantada de estar en un sitio como aquel.

El viento, que soplaba fuerte, amenazaba con hacer volar los manteles de papel de las mesas, pero sin embargo, no podía con las tablas de ellas, clavadas en la arena.

- Siempre que vengo aquí, paso por el chiringuito - dijo Alyssa.

- Es... coqueto - respondió Vanesa.

Ben - calvo, barba estilo "hipster", peto vaquero y sin camiseta debajo - esquivaba el resto de mesas con dos platos en sus manos.

- Natillas para mi gruñona favorita - anunció Ben - Y tarta de queso para la forastera. Que lo disfruten.

Alyssa le sacó el dedo corazón, al tiempo que mantenía la cálida sonrisa.

Vanesa rió tímidamente, ocultándose tras la servilleta

Ben sacó la lengua y se encaminó a la barra.

- Es un asqueroso - dijo Alyssa con humor -, pero se le quiere.


La comida dejó paso a nuevas series en un mar menos bravo que por la mañana. Aún así, Vanesa siguió disfrutando de la compañía, de los secretos que le contaba sobre aquella playa, de esos pequeños detalles que mejoraban su estilo de surfear...

Tras un nuevo revolcón de una ola, decidieron que ya era hora de salir.

- ¿Lo dejamos por hoy? - preguntó Vanesa.

- Sí. No quiero llevarme más disgustos - añadió Alyssa - Podemos quedarnos en la arena.

Vanesa dudó, buscó entre los árboles su caravana.

- Venga - insistió Alyssa ¿Tienes algo mejor qué hacer?

- La verdad es que no - cedió Vanesa.


Sentadas en la arena, con la mirada en el Pacífico, el silencio apenas pesaba. Era un silencio cómplice, amable, seguro. Solo estaba roto por las olas y por los gritos de unos niños que se quejaban de lo fría que estaba el agua.

Entonces, Alyssa decidió abrir un melón que hasta ahora se había librado.

La parte personal.

Aunque entró por la parte fácil: El surf.

- ¿Cuánto tiempo llevas surfeando? - preguntó.

- Solo tres años - respondió Vanesa.

Alyssa arqueó una ceja. No sabía cómo procesar eso. Quizá estuviera mintiendo, pero lo dejó pasar.

"Joder, tres años y hace cosas que yo no hice hasta pasados diez", pensó.

- Empecé a surfear en Tarifa. Mi novia... - hizo una pausa, tragó saliva - Bueno, mi ex me metió el gusanillo finalmente. Antes disfrutaba más viéndolo, que sobre la tabla, ahora no me imagino la vida sin surfear.

La rectificación de Vanesa no pasó inadvertida para Alyssa. Una puerta para seguir preguntando. Notaba que Vanesa quería seguir hablando.

- Siento lo de tu ex - dijo, con la mirada fija en la arena -, pero me alegro que te metiera en esto. Surfeas muy bien, podrías hasta dedicarte a ello.

- Gracias, pero no me entusiasma la idea. Me gusta surfear por hobby mientras me dedico a ser diseñadora gráfica. Eso es lo que me da de comer

- Vaya... ¿Y lo de tu ex? ¿Pasó hace mucho?

- Hace unos meses - confesó - No sé muy bien porqué pasó. El caso que un día me dijo que no íbamos. Que no hacía nada por luchar por lo nuestro. No pude responder. Me quedé muerta, no me salían las palabras.

- Supongo que has venido aquí para olvidarla

Vanesa la miró. Los ojos de Alyssa no la juzgaban, solo querían conocer la historia, la tez morena brillaba bajo un sol que se acercaba al horizonte y el pelo pegado sobre la piel le daba una elegancia que no había visto hasta entonces.

- Puede que influyera, pero es un viaje que estaba planeado de antes. Desde que sé que los JJOO de 2028 se van a celebrar en Los Ángeles.

El silencio que siguió fue incómodo, pero no pesó.

Vanesa se sintió más libre.

Alyssa, agradecida.

- ¿Y tú? ¿Algún amigo especial? ¿Amiga? - preguntó Vanesa.

- Bueno... Yo prefiero picar de aquí y de allí. Creo que no se me da bien comprometerme. Siento que la gente se va de mi lado. Así que prefiero no hacerme daño y buscar algo más esporádico. Es como surfear: Coges una ola; luego otra. Nunca surfeas la misma.

El atardecer le daba al lugar una belleza impresionante. Los últimos rayos golpeaban contra las rocas. Y los tonos naranjas de las nubes eran dignos de admirar. Los niños quejicas iban abandonando la playa. Se fueron quedando ellas dos solas. Y frente a las dos, la inmensidad del Pacífico.

- Sabes... - dijo Vanesa -. Hace dos días estuve surfeando en Santa Mónica. Conocí a Andrew, que me recomendó este sitio, así que vine. Llevo conduciendo desde entonces. Hoy he despertado a las cinco de la mañana en una área de servicio junto a una estación eléctrica...

- Ah sí, la conozco.

- El caso es que no sabía muy bien qué me iba a encontrar. Pero es un lugar maravilloso. Buenas olas, buen ambiente. Y te he conocido. Me alegro haber venido. Ha sido todo un acierto.

- Sí. Has acertado de pleno - sonrió - Yo también me alegro de que vinieras.

- Pero todo lo bueno se acaba, supongo - dijo Vanesa, sabiendo que rompía la magia - Quiero llegar a San Francisco y debería ponerme en marcha... pero... ¿sabes qué? Te invito a cenar. Tengo comida en mi furgo ¿Tienes hambre?

Las tripas de Alyssa rugieron, como si la palabra "hambre" las hubiera despertado de la siesta.

- Bueno... ya has escuchado la respuesta.

Las carcajadas se escucharon en toda la playa.

- Yo hago la hoguera.

Vanesa desapareció por el camino.

Alyssa buscó palos por la playa.


"Ha sido un acierto venir aquí", dijo Vanesa. "Te he conocido"

Cuando los tonos naranjas del atardecer se fueron apagando, Vanesa regresó cargando con una nevera.

Dentro, botellines de cerveza y chorizos.

La hoguera prendía.

Ellas acercaron los chorizos pichadas en palos que hacían las veces de brochetas.

Abrieron los botellines.

Brindaron. El choque del cristal inundó toda la playa.

- Por el surf - anunció Alyssa.

- Por el surf - repitió Vanesa.


Bajo las escasas estrellas, las cervezas vacías se iban alineando en la arena como soldados derrotados - la última de ellas, incluso se había caído al suelo -, los chorizos desaparecían, bajando por el esófago.

Las conversaciones eran banales, sin importancia. Las risas eran cada vez más frecuentes, acompañadas por las olas del mar que se mantenía bravo

- ¿Alguna vez te has metido desnuda en el mar? - preguntó Alyssa.

- Una vez, en Capri - respondió Vanesa - Juré que no lo volvería a hacer. Del frío que pasé tuve los pezones duros una semana entera.

- Pero es la mejor sensación - dijo Alyssa - Podemos hacerlo ahora. Nadie nos mira.

- Estás loca.

- Quizá, pero es muy divertido. Venga, no acepto un "no"

- Ahora entiendo el motivo por el cuál Ben te llama exhibicionista.

- El viejo Ben... Ese no hace nada sin que se lo diga su mujer Sarah... Y ahora, vamos a meternos.

Alyssa, al levantarse rozó la mano de Vanesa. Un escalofrío recorrió su cuerpo. Sintió que la noche se hacía más pequeña, más íntima. Y la idea de meterse en el mar desnuda le parecía una tontería.

- ¿Qué ya has cambiado de idea? - preguntó Vanesa risueña.

- Sí, pero tranquila hay algo igual de loco que me gustaría a hacer ahora mismo.

Vanesa entornó los ojos.

No se imaginaba qué era eso que Alyssa buscaba.

O sí, pero no creía que fuera capaz.

El fuego crepitaba, expectante, e iluminaba sus siluetas; la luna brillaba con más intensidad. Incluso el mar se calló ante lo que estaba por venir.


Alyssa besó a Vanesa sin que ésta hubiera podido reaccionar. Vanesa le siguió el beso. Sus lenguas se fusionaron en una sola. El cuerpo de Vanesa temblaba; el de Alyssa, se mantenía firme, pero por dentro, su corazón gritaba de alegría.

Al separarse, Vanesa reaccionó.

- Así que era esto a lo que te referías - dijo la Vanesa más pícara - Este plan me gusta más que meternos desnudas en el mar.

La respuesta de Alyssa fue otro beso más largo y apasionado que el anterior.

La local fue atrayendo a la forastera hacia la arena mientras algunas botellas de cerveza perdían la vertical.

- Vas a disfrutar esta noche, amor - Alyssa le susurró al oído.

Y un tercer beso completó la escena.

Quitarse los neoprenos, aún húmedos, fue una misión casi imposible. El de Vanesa se atascó cuando bajaba la cremallera; el de Alyssa se enganchó en la cadera, pero ni eso las frenó.

Finalmente pudieron desnudarse.

Otro problema era la arena, que se colaba por todo los rincones.

Y las pequeñas conchas que parecían estar puestas con mala baba. Una de ellas se enganchó en el cuádriceps de Alyssa.

Pero ellas estaban en su mundo. En un lugar donde ni lo más antirromántico era capaz de romper la magia.

Alyssa le comió los pezones a Vanesa, mientras ella hundía sus manos en la arena. Sus gemidos le hacían la competencia a las olas del mar. Su respiración era agitada, y su corazón latía a mil por hora.

Alyssa bajó su boca hasta el coño. Vanesa abrió las piernas por instinto. Alyssa metió su lengua. Los gemidos subieron de nivel.

Vanesa agarró arena con sus manos, mientras cubría su melena con ella. Y Alyssa movía su lengua con más velocidad.

Vanesa crispó los dedos de los pies, enterrándolos en la arena, mientras Alyssa le seguía comiendo el coño. Ella movía la lengua con rapidez, como un gato bebiendo de un cuenco de agua. La extranjera tenía los ojos en blanco, dejándose llevar por la oleada de placer que Alyssa le insuflaba.

Entonces, explotó. Su cuerpo se estremeció. Y Vanesa llegó a un orgasmo deseado. Un orgasmo que la liberó de sus cadenas, con el que cerró su último capítulo.


Rodaron por la arena, se clavaron más conchas - otras simplemente, molestaban - y más cervezas se inclinaron hacia el suelo. Los soldados derrotados estaban más derrotados que nunca.

El naranja de la hoguera las iluminaba, aunque las llamas parecían extinguirse. Y la arena era intrusa. Ya las cubría por completo, desde el pelo, hasta debajo de las uñas.

Pero en su mundo, solo existían ellas dos.

Y ahora era el turno de Vanesa.

Alyssa se tumbó sobre el manto dorado, con las piernas flexionadas, abiertas lo justo para que Vanesa metiera su lengua.

Alyssa arqueó su cuerpo, se abandonó al placer. Su melena rozaba con la arena y su figura temblaba irremediablemente.


La marea empezaba a subir, el agua las humedecía, pero ellas seguían a lo suyo. Vanesa con su lengua ahí metida, mientras Alyssa temblaba. Sus gemidos salían en cadena, dispersos, incontrolables, inagotables...

Entonces, Alyssa tensó su cuerpo, preparándose para lo que venía.

El orgasmo llamaba a la puerta.

Vanesa aceleró.

Alyssa llegó al clímax

Gritó el nombre de Vanesa a pleno pulmón, perdiéndose en la inmensidad de la nada.

Debajo de ellas, el agua avanzaba imparable. Las mojaba enteras.


El fuego de la hoguera terminó por apagarse.

Ahora, la única fuente de luz provenía de la luna. Un punto brillante sobre sus cabezas que iluminaba sus cuerpos desnudos, sudorosos, mojados, llenos de arena y con pequeños arañazos que no eran de uñas, sino de conchas malditas.

Mientras Vanesa miraba hacia el Pacífico, Alyssa fijaba su mirada en su espalda, en esos tres lunares que adornaban su omóplato. Su dedo dibujó la silueta de su amada española.

En su cabeza, solo había hueco para un pensamiento, para unas palabras que había pronunciado horas antes y que ahora se caían por su propio peso.

"Soy de picar de aquí y allí. Prefiero lo esporádico"

Pero Vanesa estaba allí, respirando, relajada, en un mundo completamente diferente al que se encontró.

Alyssa no se sentía la misma.

Ni quería.

Lo único que quería era que Vanesa no fuera alguien que engordara esa lista de amores fugaces que se van antes de empezar.

Pero había un problema.

Y es que Vanesa se iría a San Francisco en cuanto el solo recuperara su lugar en el cielo. Y que, después, volvería a España y un enorme charco las separaría.

Y eso la mataba por dentro.


Vanesa, por su parte, solo pensaba en que su ex rompió su corazón en pedazos y que en solo una noche, aquella muchacha había intentado recomponer los trozos. Se sentía viva, deseada de nuevo, como un Ave Fénix que resurgía de sus cenizas.

- Ha sido... raro - dijo Vanesa -, pero especial

El sonido del mar se escuchaba a lo lejos, recuperando protagonismo en la banda sonora.

- Estoy completamente de acuerdo. Ha sido raro y especial a la vez - contestó Alyssa - Pero para la próxima vez... lo hacemos en tu caravana. No quiero que otra concha me desgarre la pierna.

Ambas se carcajearon.

Pero la risa de Vanesa murió pronto.

Había detectado algo que hacía que su corazón se acelerara y su cabeza echara humo.

"La próxima vez"

Solo tres palabras.

Unos planes que se iban por el sumidero.

Alyssa también se dio cuenta de lo que había dicho, pero ya estaba ahí. No podía rectificar. Así que decidió tirarse a una piscina en la que no sabía si había agua.

- Quizá deberías quedarte más tiempo - dijo Alyssa

- Quizá.


"Quizá deberías quedarte" suplicó Alyssa
"Quizá"

1 comentario


pingui.blog99
23 may.

Los neoprenos del surf, sin enseñar nada, dan a imaginar muchas cosas, y eso es lo interesante jajaja.

Por otra parte ya veremos qué pasa entre Vanesa y Alyssa.

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